28 de septiembre de 2013

Gutierre Bernaldo de Quirós, inquisidor de Toledo y México y obispo de Puebla de los Ángeles y Tlaxcala

El inquisidor ya no vive aquí.

José Ordóñez, fue un vecino de Santa Cruz de Mieres acusado de herejía por un tribunal de la Inquisición a principios del siglo XIX, la peripecia de aquel pobre sujeto, está contada en el libro "El confín del Santo Oficio", firmado en 1998 por el ex-presidente del Principado Juan Luis Rodríguez-Vigil.
Según el autor, la actuación del Tribunal de la Fe en nuestra región no había tenido la misma importancia que en otras regiones, pero que, aun así, algunos personajes de las Cuencas llegaron a desempeñar cargos relevantes en su estructura jerárquica: Tomás Bernaldo de Quirós, de Mieres, como oidor en el México de 1634; Alonso González de Escalada, de Campomanes, procurador del Fisco en 1686; Alonso Llano Valdés, de Ciaño, y Francisco Bernaldo de Quirós Valdés, de Figaredo, oficiales, respectivamente, en 1672 y 1680, y el presbítero José Fernández Loredo, también de Mieres, comisario en el Santo Oficio ya en 1817.
Pero, sobre todos ellos, nuestro ex-presidente destacaba el currículum de don Gutierre Bernaldo de Quirós, aclarando que fue natural de Mieres e inquisidor de Toledo y México y obispo de Puebla de los Ángeles y Tlaxcala, desempeñando este último cargo en 1585. En aquel momento ya no me encajaban estos datos, y por ello me limité a recogerlos aclarando que no podía ampliarlos más por la dificultad que me supone a veces cumplir con el plazo semanal de entrega de estos artículos. Supongo que ustedes entenderán de qué les hablo y sabrán disculpar el hecho de que cuando no puedo verificar un dato prefiero dejarlo enfriando en el tintero para no meter la pata.
Ahora por fin le he dedicado unas tardes a Gutierre Bernaldo de Quirós y puedo decirles que realmente fue un hombre notable en su tiempo, pero haciendo justicia histórica debemos borrarlo de la lista de los hijos ilustres de nuestras cuencas porque no nació en Mieres, sino en Tineo, y de paso también tenemos que corregir la fecha que nos daba don Juan Luis para situarlo como obispo, aclarando que efectivamente en 1585 ya era inquisidor, pero todavía no había tomado posesión de la diócesis azteca. Veamos.
El nombre propio de Gutierre, sin z, que ya nadie lleva, se hizo muy corriente en las edades Media y Moderna, como lo evidencia el elevado número de Gutiérrez con z que hoy existen señalando a los descendientes de quienes se llamaban así. Ya saben que, de la misma forma y por poner algunos ejemplos muy extendidos, los González vienen de algún Gonzalo, los Fernández de Fernando, los Martínez de Martín, los López de Lope, los Álvarez de Álvaro o los Pérez de Pero, que era la forma antigua de llamar a los Pedros... y así sucesivamente. Como, por otra parte, el apellido Bernaldo de Quirós también lleva repitiéndose aquí desde hace siglos, no es extraño que en diferentes épocas de nuestra historia aparezcan varios individuos que se llaman igual: Gutierre Bernaldo de Quirós.
El más famoso de los que nacieron en la montaña central fue sin duda el primer marqués de Camposagrado, en 1661, que también desempeñó en Madrid el cargo de corregidor y heredó un montón de propiedades y mayorazgos que lo convirtieron en un hombre rico y poderoso, pero hubo otros que tuvieron su solar en concejos más alejados.
El que hoy nos ocupa nació en Cangas de Tineo en 1565 y fue el quinto de los siete hijos nacidos en el matrimonio del Procurador General del Principado de Asturias don Diego García de Tineo con doña Elvira Osorio González Sarmiento. Uno de sus hermanos, también obispo, estuvo en Málaga como deán, pero la carrera de Gutierre lo superó con creces: después de hacer sus estudios en el Colegio de San Pelayo en Salamanca y en el Mayor de Oviedo, fue inquisidor en Guatemala, Nicaragua, Filipinas, México y Toledo, para concluir su vida como obispo de Puebla de los Ángeles.
Y, ya puestos, perdónenme cuatro datos: les diré que esta archidiócesis se asienta en la ciudad mexicana del mismo nombre y comprende las diócesis de Huajuapan de León, Tehuacán y Tlaxcala, donde recibió su nombramiento el 22 de junio de 1626, tomó posesión el 14 de octubre de 1627 y murió el 9 de febrero de 1638, después de disponer en su testamento lo necesario para una fundación que mandó hacer en su patria dedicada a sustentar anualmente a seis ancianos vergonzantes, dos estudiantes y cuatro dotes.
Podría haber errado don Juan Luis Rodríguez-Vigil confundiéndose un obispo de parecidos apellidos arriba o abajo, pero tampoco esto parece fácil porque Gutierre vino a sustituir a Alonso de la Mota y Escobar, que lo era desde 1607, y fue sustituido a su vez por Juan de Palafox y Mendoza, que estuvo en el cargo hasta 1653. Y con esto creo que ya está bien fundamentado que no puede haber equivocación y, por lo tanto, debemos borrarlo de la lista de mierenses.
No se quejen, no es la primera vez que hacemos esta operación, pero también en otras ocasiones hemos añadido alguno a nuestro panteón de ilustres. Sé que el asunto no tiene mayor importancia, pero en capítulos más delicados se ha hecho la historia con las posaderas y ahora que con un poco de paciencia y gracias a internet podemos llegar a archivos e informaciones que hasta hace poco no nos atrevíamos a soñar es hora de ir poniendo las cosas en orden.
Otra de las ventajas que tiene el revolver en estos asuntos es que a veces buscando una cosa encontramos otra; vean, por ejemplo, un caso curioso acaecido también en América con un individuo llamado Ignacio Gregorio de Mieres que, a juzgar por la expresión que le condujo a la condena, tiene toda la pinta de descender de la montaña central asturiana. Según recoge José Toribio Medina en su «Historia del tribunal de la Inquisición de Lima: 1569-1820», fue juzgado allí en 1740. El hombre, que tenía entonces 55 años de edad, fue denunciado por el ama de su esposa, que dormía en la casa familiar dos veces por semana y le había oído decir que el pan de la misa era lo mismo que el que se comía todos los días y que «quería a su mujer más que a Dios».
Ya ven que se trata de una frase que se emplea en esta tierra como el mayor de los halagos, pero que si se coge al pie de la letra y en otras latitudes acaba convirtiéndose en blasfemia. Y es que las cuestiones de alcoba, bigamia, homosexualidad, promiscuidad y otros pecados que salen de la bragueta ocupaban mucho tiempo en los debates de los inquisidores, que sufrían especialmente cuando quienes los cometían eran los mismos clérigos de su jurisdicción. Al mismo don Gutierre y a su compañero Alonso de Peralta se debe un informe dirigido a su superior general en el mes de agosto de 1603 en el que expusieron cómo en ocasiones llegaban ante el Santo Oficio personas que daban noticia y testificaban que algunos religiosos, en el momento de la confesión, «los solicitaban con tocamientos deshonestos y ósculos y los han llevado a sus celdas para cometer el pecado nefando», y pedían consejo para saber cómo tenían que proceder en estos casos.
La respuesta de arriba se limitaba a decirles que indicasen a los denunciantes que no volviesen a dirigirse al mismo confesonario y cambiasen de sacerdote, aunque consta que en algún caso especialmente escandaloso hubo que tomar otras medidas. Esto fue lo que sucedió con fray Cornelio, un agustino rijoso que mientras era prior de un pueblo de indios mexicanos fue denunciado por mantener relaciones con sus hijas espirituales, a las que solicitaba durante la administración del sacramento de la penitencia, y que durante su declaración confesó voluntariamente que tampoco le hacía ascos al otro sexo ya que, según su propio testimonio de arrepentimiento, «algunas veces confesando muchachos indios en diversos actos y pueblos tocó sus vergüenzas con intento de alguna sensualidad y deleite». El fraile, que tampoco era de Mieres, fue condenado a no volver al confesonario en lo que le restase de vida, a disciplinarse y tomar sólo pan y agua los viernes del primer año y a «abjurar de levi», que era una especie de pena menor aplicada cuando se estimaba que el delito no era de gravedad.
Ya ven, el tema de la Inquisición da para mucho y en Asturias está prácticamente sin tocar. Más arriba les citaba a Francisco Bernaldo de Quirós Valdés, uno de sus oficiales en el Figaredo de finales del siglo XVII; pregúntenles a los mayores por qué la construcción almenada que se llevó la piqueta hace pocos años frente al palacio de la localidad se llamaba El Quemadero. Nosotros lo dejamos para otra vez.
 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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La Inquisición

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Desde el siglo XV hasta que se abolió en España en el siglo XIX, la Inquisición ha formado parte de uno de los pilares más pesados de nuestra Leyenda Negra, y hay que decir que, en este caso, con fundamentos ciertos.

Aunque apareció en Francia en el siglo XII, fuimos los españoles los que la pusimos de moda a lo largo de los siglos XV y XVI. Sus tentáculos se extendieron por toda la geografía del Imperio alcanzando América, con un rigor y una irracionalidad que hoy difícilmente comprendemos.

La Inquisición perseguía cualquier tipo de comportamiento heterodoxo planteado por la Iglesia y las Sagradas Escrituras. Es decir, se consideraba herejía cualquier otra religión, comportamientos supuestamente amorales, creencias en elementos paganos, etcétera.
La sociedad de la época mostraba un prisma de doble moral. Uno de sus mayores baluartes lo encontramos en el propio rey, Felipe II (1527-1598), instigador de la Inquisición y azote de infieles, mientras que al mismo tiempo y en su propia casa disfrutaba de libros de magia y de las reliquias más esotéricas e idólatras.
La Inquisición, en su celo de controlar todo aquello que estuviera relacionado con la Iglesia, también persiguió a algunos de sus protagonistas más insignes. Es el caso de santa Teresa de Jesús (1515-1582) y de su obra el Libro de su vida. A raíz de su estancia en la villa ducal de Pastrana, bajo la mano de la princesa de Éboli en Pastrana (Guadalajara), el texto de santa Teresa estuvo diez años secuestrado por la Inquisición, institución que tenía una casa en la propia villa alcarreña.
En la conocida calle de la Palma todavía se ve el escudo con la palma y la espada, símbolos del Santo Oficio de la Inquisición. A oídos de los inquisidores debieron de llegar los rumores y los comentarios del servicio de la Princesa sobre los extraños y sobrenaturales prodigios protagonizados por la santa abulense. No hay que olvidar lo presente que estaba en la mente de todos la existencia de supuestas herejías de alumbrados en Pastrana y que tanto se hicieron eco en el reinado de Felipe IV ya en el siglo XVII.
La expansión del protestantismo
Entre los siglos XVI y XVII Europa sufre intensamente los problemas que acarreaban la expansión del protestantismo y de diferentes corrientes religiosas denominadas heréticas. Esta es la razón por la que en 1542 el papa Pablo III funda el llamado Santo Oficio como una versión corregida y aumentada de la antigua Inquisición. Al mismo tiempo, cuando todo parece indicar que visto desde fuera nos encontramos ante una sociedad ultraconservadora, integrista y tradicional, resulta llamativo observar que en realidad sucedía todo lo contrario. Parecía ser público y notorio que absolutamente todo el mundo fuera de la condición social que fuese, tenía sus pequeños contactos con la magia y lo que hoy denominamos esoterismo. Cualquiera que se haya acercado a los libros de historia de esta época habrá comprobado la constante ambigüedad a la que nos referimos.
Como hemos dicho, el monarca español Felipe II, por ejemplo, fervoroso creyente y uno de los principales defensores de la institución inquisitorial, tenía su biblioteca particular de El Escorial repleta de libros de magia y astrología además de haber contratado para la fabricación de potingues maravillosos a diferentes alquimistas europeos. En el reinado de su nieto Felipe IV, el Conde Duque de Olivares (1587-1645), hombre fiel a la causa y la fe españolas, contaba con sus magos que, como cuenta Gregorio Marañón en su libro El Conde Duque de Olivares, la pasión de mandar (Madrid 1936), le ayudaban a decidirse en las cuestiones de estado o las de su familia. Ante todo esto, la Inquisición hacía la vista gorda.


FUENTE:  NACHO ARES  http://www.cadenaser.com

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