21 de diciembre de 2015

Julia Fernández González, de La Joécara (Langreo), cumplió 18 meses de servicio militar en los años 50, haciéndose pasar por un hombre

Julita "la Militara"
Julia Fernández González, natural de la localidad langreana de La Joécara, posa junto a un camión militar en el cuartel de La Rubia, en Valladolid.
La historia de una mujer de La Joécara (Langreo) que en los años 50 estuvo 18 meses en el ejército en Valladolid haciéndose pasar por un hombre
Ilustración de Alfonso Zapico
En los años 70 el folklorista Joaquín Díaz recorrió los pueblos de Castilla y León recopilando canciones populares antes de que se perdiesen para siempre, para crear un magnífico archivo con las voces de los últimos que sabían interpretarlas. No fue el primero en hacerlo, pero sí el más famoso y tal vez el más meticuloso. Ahora hay quien sigue con esta labor -también en Asturias-, aunque con mayor dificultad, porque los medios de comunicación llegan hasta el último rincón adulterando la poca memoria que aún se guarda.
Joaquín Díaz se detuvo a grabar algunas de estas piezas en el pueblo vallisoletano de Traspinedo y allí una de las vecinas llamada Marina López Parra, que entonces tenía 54 años, le transmitió varias, que fueron incluidas en un disco que salió al mercado para satisfacción de estudiosos y disfrute de aficionados.
En el vinilo figura, entre otras más conocidas, una con el titulo de "la Militara" donde se narra en cuartetas la historia de una chica asturiana a la que sus padres vistieron de varón para que con ese engaño pudiese heredar de un tío rico, quien había dispuesto que su fortuna fuese al primer sobrino de sexo masculino.
La copla va contando como la llevaron al colegio de niños y al cumplir los 17 años se incorporó al servicio militar en un cuartel de Valladolid igual que los chicos de su quinta, hasta que un día faltó una cartera en la compañía y los reclutas tuvieron que desnudarse para ser registrados, con lo que se descubrió el pastel, o en este caso su ausencia.
Este tema de las mujeres que pasaban desapercibidas e incluso hacían carrera en los ejércitos, cuando la milicia era exclusivamente masculina, se repite en el folklore con protagonistas de diferentes regiones y en épocas diversas, pero "la Militara" es original porque narra unos hechos muy recientes incorporados al cancionero en forma de romance tradicional; también por lo bien que está resumida la historia y por último y más importante, porque lo que se cuenta y canta es real con una protagonista que tiene nombre y apellidos: Julia Fernández González, nacida en La Joécara, en Langreo.

Fotografía de Julia Fernández

Su caso fue publicado por "El Norte de Castilla" en septiembre de 1951 adquiriendo la notoriedad que puede suponerse en aquel ambiente opresor del franquismo donde se enseñaba que la homosexualidad era a menudo una enfermedad, a veces un vicio y siempre un pecado y además -se nos decía- se daba casi exclusivamente entre hombres.
Julia Fernández solo tuvo que cambiar la última letra de su nombre y llegó a ser con el de Julio soldado de primera como recompensa a sus buenos servicios en la sección de automovilismo del cuartel de La Rubia, en Valladolid hasta que su identidad legal salió a la luz. Entonces se la trasladó en primera instancia al departamento de Cirugía del Hospital Militar de Valladolid donde permaneció custodiada por unas monjas y aislada de los otros soldados para pasar después al Colegio de Huérfanos del Ejército, en Aranjuez. Allí tuvo que reeducarse como mujer, aprendiendo a coser, cocinar, limpiar y llevar un hogar: lo que se esperaba entonces de cualquier españolita.
El periodista de "El Norte de Castilla" redactó su información después de haber intentado entrevistarse inútilmente con ella en aquel hospital: "En el momento de penetrar en la habitación, la joven se encuentra en unión de dos religiosas y una señora. Julia es delgada, de mediana estatura, faz angulosa y rasgos pronunciados. Viste una bata y lleva en la cabeza, a modo de turbante, un pañuelo de fondo marrón, con manchas blancas? habla con voz hombruna, aumentada el tono duro de la misma por la aspereza del dialecto asturiano"? Pero ella no quiso hacer ninguna declaración.
Joaquín Díaz escribió que, después de salir en los periódicos, la censura de la época no dejó que se publicase su historia y la policía llegó a intervenir en la imprenta los papeles que ya estaban preparados para su difusión, prohibiendo que se volviesen a imprimir. De modo que hubo que esperar hasta el año 2004 para que el periodista radiofónico José Delfín Val, la incluyese en uno de sus libros llamado "Aire de siglos". Delfín Val, que es autor de títulos tan sugerentes como "La picaresca femenina: putarazanas, bujarrones y cornicantores", investigó el asunto y pudo obtener algunos detalles sobre la personalidad de Julia tras localizar y entrevistarse con el suboficial de su compañía y el coronel que entonces mandaba en el cuartel.
Según ellos, la moza sabía mecanografía, conducía con destreza coches y camiones, y tenía hábitos masculinos, entendiendo como tales la costumbre de beber, fumar y cortejar a otra chica; pero el escritor no logró saber nada de lo que siguió a su salida del Colegio de Huérfanos del Ejército, salvo que condujo durante algún tiempo una ambulancia del sanatorio Jolín, denominación que se presta al chiste fácil, pero que llevó realmente un establecimiento especializado en cuidados maternales, ubicado en el alto de San Lorenzo de la capital castellana que hoy -como tantos de estos establecimientos privados- se ha convertido en una residencia para la tercera edad. Después se pierde su pista, pero la moza al parecer nunca regresó a La Joécara.
cuartel de la Rubia en Valladolid
Tampoco yo sé si vive aún Julia Fernández González y de ser así si preferiría que la llamásemos Julio, el nombre que escogió. De ser así, le pido perdón por seguir empleando el femenino. Si hubiese nacido en nuestros días no habría tenido ningún problema para entrar en el Ejército como mujer ni tampoco para que legalmente se le hubiese reconocido como hombre.
Otra incógnita son los verdaderos motivos que la condujeron al cuartel. Ya hemos visto que la copla cuenta que todo partió de un truco para hacerse con una herencia, pero hay más versiones: que si lo había hecho para suplantar a un hermano que se negaba a cumplir el servicio militar; que si sus padres querían reemplazar a otro fallecido; incluso que se trataba de un hermafrodita y su propia madre pensaba que era un hombre.
Yo pienso que lo único que se quiso con estas fantasías fue explicar a partir de la mentalidad de aquel tiempo algo que ahora es tan habitual como la elección de la propia identidad sexual. Si Julia -o Julio- quisiese contarnos su vida, no le quepa duda de que ahora tendría la comprensión y el cariño de todos.
Pero además de la propia historia, en este caso me llaman la atención otras circunstancias que lo rodean. Por ejemplo, no me explico como la joven pudo pasar el reconocimiento previo a su incorporación a filas ni permanecer después 18 meses entre sus compañeros sin mostrar sus genitales.
Entre los momentos más ridículos que yo he vivido tiene un lugar de honor el extraño ritual que cumplir ante un galeno en el desaparecido cuartel de El Milán, encargado de certificar mi idoneidad para pegar barrigazos en Ceuta. Me recuerdo perfectamente en posición de firmes y con aquel calzoncillo blanco de bragueta trapezoidal que mi madre había preparado para la ocasión a la altura de los tobillos, esforzándome en soplar, según la orden del capitán médico, que mientras tanto sujetaba con sus manos expertas mis dos huevos, sin duda para cerciorarse de que eran reglamentarios.
Luego, no sé si es que en África se suda más que en Valladolid, o mi milicia fue más promiscua, pero durante el año y pico que pasé allí, al menos una vez por semana tuve que ducharme en pelotas junto a una treintena de alborozados compañeros que pugnaban por combatir el agua fría entonando casi siempre un variado repertorio de cantos regionales.
Además, están las circunstancias particulares del cuartel en que sucedieron los hechos, porque precisamente en el de Artillería de La Rubia de Valladolid se había producido poco antes, en el verano de 1946, un capítulo poco estudiado de la resistencia antifranquista, lo que debe hacer pensar que la seguridad, la comprobación de la identidad y los registros serían entonces más habituales que en otras partes. Allí nació de un grupo de soldados el llamado "Comando de Fuerzas Libres del Interior", que además de llenar la ciudad castellana de pintadas logró hacerse con un pequeño arsenal sacado del mismo establecimiento, antes de que sus 36 componentes fuesen detenidos y se localizasen estas armas escondidas en una pescadería.
Luego todo se olvidó, conspiraciones y "militaras", el acuartelamiento acabó siendo un incordio para el desarrollo urbanístico y en septiembre de 2011 se inicio el traslado de sus efectivos a la Base "El Empecinado" de Santovenia de Pisuerga dejando libres nada menos que 110.000 metros cuadrados de terrenos para construir viviendas y guardando uno de sus edificios para convertirlo en una residencia permanente para la tropa.
Pero éste ya es otro asunto.
La barriada de la Joécara, en Langreo
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR (La Nueva España)



Ernesto Burgos Fernández nació en Mieres (Asturias) el 7 de julio de 1957.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo (1979). Diploma de Estudios Avanzados en Arqueología Histórica («La romanización en las cuencas mineras del sur de Asturias» 2006).Profesor de Educación Secundaria, ha trabajado en los institutos «Juan de Herrera» (Valladolid), «Sánchez Lastra» (Mieres), «Camino de La Miranda» (Palencia), «Valle de Aller» (Moreda) y desde 2006 en el IES «Mata Jove» de Gijón.
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El asombroso caso de “la mujer soldado”
Julia Fernández González, natural de la localidad langreana de La Joécara, posa junto a un camión militar 
Julia Fernández González cumplió 18 meses de servicio militar haciéndose pasar por un hombre; la noticia recorrió el mundo
Hasta los periódicos de Estados Unidos se hicieron eco del caso, inaudito hasta ese momento en nuestro país. Era septiembre de 1951 y la Agencia Cifra se apuntó un tanto al desvelar lo ocurrido en el cuartel vallisoletano de La Rubia: resultó que Julio era en realidad Julia, y que hasta sus propios compañeros de promoción, atónitos, tuvieron que frotarse los ojos para dar crédito a lo sucedido.
El rocambolesco suceso recorrió el mundo y comenzó a ser conocido como el de “la mujer soldado”. El reporterismo estaba de enhorabuena. Se trataba, en palabras del periodista de El Norte de Castilla, de «un singular descubrimiento que entra dentro del terreno de lo novelesco», pues si bien fue descubierto a mediados de agosto, «circunstancias fácilmente comprensibles para el lector nos impidieron, a su tiempo, dar publicación a este pintoresco suceso, que bien pronto constituyó el tema preferente de conversaciones y comentarios».
¿Qué es lo que había ocurrido? El cuartel de La Rubia bullía aquel mes de agosto de 1951 al descubrir que un soldado muy estimado por sus compañeros, conocido por todos como Julio Fernández González, no había tenido más remedio que desvelar su verdadera identidad sexual. Llevaba 18 meses de servicio militar en Automovilismo y nadie en su entorno suponía que se trataba, en realidad, de una mujer. Se llamaba Julia y había nacido en la localidad asturiana de Sama de Langreo.
«La muchacha (…) desde los primeros días fue tenida como hombre y como tal fue educada, ya que practicaba costumbres y tenía hábitos masculinos (bebía, fumaba y... hasta tenía novia, al correr de las hablillas)», aseguraba el periodista de El Norte de Castilla. Y es que no solo faltaba mucho tiempo, al menos más de cuatro décadas, para la plena integración de la mujer en las Fuerzas Armadas Españolas, sino que en aquella época el servicio militar, exclusivamente masculino, duraba por Ley dos años, aunque podía reducirse a 18 meses a criterio del Ministerio del Ejército.
Lo cierto es que en el cuartel de La Rubia, continuaba el cronista, el supuesto Julio «era estimado por sus jefes y compañeros, que sabían apreciar, junto a sus dotes morales, su pericia en la tarea de conducir vehículos». De hecho, tan destacada era su disciplina, que enseguida resultó galardonado con la categoría de soldado de primera. Hasta aquel día de mediados de agosto de 1951 en el que un hecho fortuito terminó deparando una sorpresa mayúscula. Ocurrió a raíz de la denuncia, por parte de un soldado del grupo, de la desaparición de una cartera, ante lo cual, los superiores ordenaron un registro exhaustivo.
«Al corresponderle a ella el registro se advirtió cierta anormalidad, que dio lugar a bromas entre sus compañeros. Al siguiente día del reconocimiento, la muchacha fue a visitar al jefe del parque y le confesó la verdad de su condición de mujer, comprobada más tarde por los médicos», informaba la agencia Cifra.
Ilustración de Alfonso Zapico
La noticia cayó como una bomba entre sus colegas de armas, pues aseguraban que en el cuartel vallisoletano «siempre se le conoció y vivió como un muchacho, creencia en la que estaban incluso los hermanos de la muchacha, algunos de ellos casados».
Inmediatamente, Julia fue separada del parque y conducida al Hospital Militar bajo la tutela de las religiosas. En los corrillos fabulaban con la causa real que había motivado la suplantación de sexo, así como con las razones que la habían llevado a hacer el servicio militar. De inmediato, El Norte de Castilla envió a un periodista al centro hospitalario para aclarar las dudas que tanto entretenían a la opinión pública.
«Merced a la amabilidad y deferencia, que nunca agradeceremos bastante, de una religiosa, nos es permitido visitar a Julia, con quien deseamos conversar. Está instalada en el departamento de Cirugía, en un cuarto situado junto al quirófano. En el momento de penetrar en la habitación, la joven se encuentra en unión de dos religiosas y una señora. Julia es delgada, de mediana estatura, faz angulosa y rasgos pronunciados. Viste una bata y lleva en la cabeza, a modo de turbante, un pañuelo de fondo marrón, con manchas blancas». Pero no hubo suerte: al saber que aquel visitante era periodista, Julia se negó a hacer declaración alguna. Estaba profundamente disgustada por lo sucedido, pero también por el trato informativo que algunos periódicos habían dado a su caso.
«Julia habla con voz hombruna, aumentada el tono duro de la misma por la aspereza del dialecto asturiano», le habían confiado las religiosas al plumilla. Pero nada más. Al albur de las habladurías quedaron las razones de Julia para proceder como lo había hecho y, sobre todo, la verdadera causa de la ocultación de su sexo.
Algunos opinaban que se trataba de una estratagema para acceder a una herencia que habría de otorgarse bajo singulares condiciones; para otros, Julia había actuado así para suplantar a un hermano que se negaba a cumplir el servicio militar, y no faltaban quienes aseguraban que su propia madre, Carmen González Torre, creyó desde un principio que se trataba de un hombre. Los más osados, a decir del periodista de El Norte, sostenían que «Julia fue convertida en niño por sus padres, que habían hecho caso omiso del Sacramento del Bautismo, suplantando a algún fallecido».
De hecho, el caso de ‘la mujer soldado’ no tardó en servir de argumento a coplillas de carácter satírico que reproducen el argumento de la herencia para explicar lo sucedido: «Pongan atención señores/ con lo que voy a explicar/ un suceso que ha ocurrido/ con un joven militar./
En un pueblecito asturiano/ allí una niña nació/ y sus padres al momento/ la vistieron de varón./ Pues según la gente dice/ esta familia tenía/ un pariente que es muy rico/ y era tío de la niña./
Pues este señor tan rico/ a la familia la habló/ que dejaría su fortuna/ al primer hijo varón./ Entonces aquellos padres/ llevados por la codicia/ la vistieron de varón».
Sea como fuere, lo cierto es que, una vez descubierta, Julia rechazó regresar a su pueblo natal. Tras unos días de estancia en el Hospital Militar fue conducida a un colegio de la capital vallisoletana, donde, según la información de El Norte, la enseñarían a «desarrollar sus facultades femeninas, mediante el aprendizaje de aquellas labores que como las de la cocina, costura, bordado, la pongan en condiciones de ganarse la vida, ya que otros conocimientos, como el de la mecanografía, ya los tiene».

Julia Fernández González, natural de la localidad langreana de La Joécara, 
FUENTE: ENRIQUE BERZAL (El Norte de Castilla)
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