6 de febrero de 2015

Los penitentes blancos y el luminoso invento de Davy y Stephenson " los hombres que vencieron al fuego"

El último penitente. (Artículo actualizado)

Este arriesgado y peligroso puesto, denominado del"Penitente", estaba a cargo de una persona cuya misión era entrar el primeroen la mina y detectar la presencia del gas , corriendo en cada una de las exploraciones que hacía un gran peligro por su vida. http://www.arqueologiaypatrimonioindustrial.com

Algunos hombres eran cubiertos con sacos o telas gruesas y capuchón, empapados en agua, para quemar con una antorcha el temido grisú de las minas.
Las Indias Negras - Julio Verne.
Entre las muchas y buenas obras que escribió Julio Verne está una, no demasiado conocida, llamada «Las Indias negras», en referencia a la denominación que los ingleses daban a sus minas de carbón en la época colonial, cuando nombrar a la India era sinónimo de riqueza. La novela fue publicándose por entregas en un periódico en la primavera de 1877 y mezcla, como no podía ser menos en el autor francés, la realidad con la quimera; con informaciones verídicas y atinadas sobre el trabajo minero y la existencia de una imaginada ciudad subterránea, fundada, cuando la explotación se cierra, por quienes han trabajado en ella y deciden seguir allí su vida, alejados de la civilización.
En este escenario se desarrolla también una historia de amor entre una joven de 16 años, que nunca ha salido de allí, y su enamorado, que viene de la superficie y está empeñado en que cambie los potentes focos artificiales que siempre han iluminado su vida por la luz del Sol. Entre los personajes, nos interesa uno, Silfax, el abuelo de la novia, el malo del relato, opuesto tanto a la relación de su nieta como al progreso que simboliza su acompañante, y que tiene un final dramático. Hoy lo traemos a esta página porque vamos a tratar sobre el trabajo que fue la causa de su locura: Silfax había sido el último penitente de su mina.
Después de muchos cálculos, pruebas y experimentos, Davy decidió encarcelar la llama dentro de una red metálica para que no estuviese en contacto directo con el grisú. http://rasgandolaoscuridad2.blogspot.com.es
A lo mejor ya saben lo que significa este nombre en el mundo de la mina, pero, por si acaso, se lo recuerdo. Los penitentes eran los encargados de entrar los primeros en la explotación para detectar la presencia del gas grisú y sanear el tajo antes de que se iniciasen los trabajos de extracción. Para realizar esta tarea, intentaban proteger su cuerpo de las previsibles llamaradas cubriéndose con sacos o telas gruesas empapados en agua y llevando en su cabeza un capuchón perforado sólo con dos pequeños orificios para los ojos, mientras acercaban una larga pértiga con una llama en su extremo buscando inflamar los gases.
No hará falta que les diga el riesgo que corrían en su labor a causa de la porquería que tenían que respirar y, sobre todo, del riesgo de explosiones.
Julio Verne describe a Silfax como alguien siniestro, que realizaba su labor ayudado por un animal fantástico: «Antes de la invención de la lámpara de seguridad, Simón había conocido a aquel hombre terrible que, con exposición de su vida, provocaba cada día las explosiones parciales de hidrógeno. Había visto a aquel ser extraordinario arrastrarse por la mina, acompañado de una enorme ave, una especie de mochuelo monstruoso, que le ayudaba en su arriesgado oficio, llevando una mecha encendida a los sitios en que Silfax no podía llegar con la mano».
Es evidente que la referencia al animal entrenado no es más que una fabulación para ayudar al dinamismo de la narración, pero en otro párrafo de «Las Indias negras» podemos leer una descripción más ajustada de cómo se desarrollaba realmente esta labor, que ya aparece documentada en Inglaterra a mediados del siglo XVII:
-¿Os acordáis de qué modo se evitaba antiguamente la explosión en las minas, antes que nuestro buen genio, Humphry Davy, inventase su lámpara de seguridad?
El carbón era cada vez más necesario y los accidentes se cobraban más y más vidas. Era imposible moverse en la oscuridad de la mina sin la llama, pero ésta era un peligro al entrar en contacto con el gas llamado grisú. Como nadie sabía cómo enfrentarse al problema, llamaron a un gran científico: Davy. http://rasgandolaoscuridad2.blogspot.com.es
-Sí, respondió Jacobo Starr. ¿Queréis hablar del «penitente»? Pero yo no lo he visto practicar nunca.
-En efecto, señor Starr, sois demasiado joven, a pesar de vuestros 55 años, para haberlo visto. Pero yo, con diez años más que vos, he visto funcionar al último penitente de la mina.
Se le llamaba así porque llevaba un largo hábito de fraile. Su verdadero nombre era «fireman», «hombre de fuego». En aquella época no había otro medio de destruir el gas maléfico que descomponiéndolo por medio de pequeñas explosiones, antes de que su ligereza le condenase en grandes cantidades en lo alto de las galerías. He aquí por qué el penitente, con el rostro enmascarado, la cabeza cubierta con un capuchón y el cuerpo envuelto en su sayal iba arrastrándose por el suelo.
Respiraba en las capas inferiores, cuyo aire es puro, y en la mano derecha llevaba, elevándola por encima de su cabeza, una antorcha encendida. Cuando el carburo se encontraba mezclado con el aire formando una mezcla detonante, se producía la explosión, sin ser funesta, y renovando varias veces esta operación, se conseguía evitar las catástrofes. Alguna vez el penitente, herido por la explosión, moría. Otro le reemplazaba.
Los penitentes desaparecieron de las minas de Inglaterra cuando la invención de las lámparas de seguridad los hizo innecesarios, pero su existencia está demostrada también en Francia, donde otro gran escritor, Emilio Zola, se ocupó de ellos en «Germinal», la mejor novela jamás escrita sobre el tema minero, donde escribe que allí trabajaban los llamados penitentes blancos, cubiertos con sábanas mojadas, quienes se adentraban en la mina portando antorchas para quemar el grisú que a veces se había acumulado en el techo de las galerías.
En España también consta su existencia en algunos lugares concretos como Villanueva del Río, en Sevilla, donde por analogía con los capuchones de Semana Santa se les llamaba nazarenos o sufridores, o en Vallejo de Orbó, un lugar de la montaña palentina, en el que se abrieron las primeras explotaciones en la década de 1840 y hubo vecinos que heredaron el apodo de «penitentes» por la profesión de sus antepasados.
Allí se recordaba muchos años después en qué consistía este penoso trabajo. Quienes lo asumían, tenían que bajar a la explotación una hora antes de que lo hiciese cada turno, para recorrer las galerías protegido por un levitón realizado en lana que recordaba a las chilabas árabes y llevando en una mano una lámpara de seguridad y en la otra un bastón con un cotón en un extremo para buscar el gas. Una vez encontrado, el penitente inflamaba el cotón y lo arrojaba con rapidez hacia el fatídico gas, al tiempo que él se tiraba al suelo rezando por que la llamarada no fuese muy grande y respetase su vida pasando sobre su cuerpo.
Los penitentes tienen hasta su propia estatua. Hace poco, el mierense Alberto Vilela, en su libro «Luces en las minas de Asturias» -imprescindible para el conocimiento de nuestro pasado minero-, nos descubrió la existencia de una escultura con la efigie de este tétrico personaje, exhibida hasta 1950 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Madrid y cuyo destino era incierto. Posteriormente ha logrado localizarla, después de indagar entre los funcionarios de dicha institución, colocada en una repisa en un laboratorio, y reclama que sea colocada en un lugar más digno.
Ilustración de la colección de Bruguera del año 1975
Ésta es una prueba del reconocimiento que en otro momento tuvo esta figura en nuestro país, pero a pesar de que algunos autores asturianos hayan escrito historias sobre las desventuras de este personaje en nuestras galerías, no parece encontrarse ninguna evidencia sobre este oficio en nuestras cuencas. Seguramente porque aquí se popularizó, como ya he escrito otras veces, el empleo de pájaros para detectar el gas y, además, la industrialización y la minería empezaron a despegar mucho más tarde, cuando ya se había extendido el uso de las lámparas de seguridad.
El caso es que un personaje tan extremo, siempre al borde de la muerte, tiene esa atracción irresistible para la literatura y la imaginación popular que envuelve todo lo morboso, y ahora resulta difícil separar lo real de los datos que se le han ido añadiendo para aumentar su leyenda. Así, hay quien da por cierta la existencia de condenados por la justicia que obtenían beneficios penitenciarios a cambio de arriesgar su vida de esta forma; algo que sí fue cierto, como hemos visto, en el caso de Francia, pero que aquí no consta en ningún documento. Reos no, tampoco niños, como hemos leído en algún trabajo en el que para exagerar la miseria del trabajo infantil, ya tan desgraciada de por sí, se afirma que en la España de principios del siglo XX había menores a los que se hacía adentrarse en las galerías con una especie de candil con la misión de localizar el grisú.
Curiosamente, Silfax, el viejo loco ideado por Julio Verne, parece acercarse más a la verdad que los penitentes que nos presentan algunos historiadores. La lógica nos dice que la mayor parte debía ser voluntarios elegidos entre hombres de edad avanzada o mineros enfermos necesitados de un jornal que no podían ganar con otro trabajo que requiriese un esfuerzo físico mayor, y a los que se les pagaba mejor que a sus compañeros por el riesgo que corrían sus vidas. Tampoco debían faltar, como siempre ocurre con estos puestos de alto riesgo, los aventureros o, simplemente, quienes decidían vivir al día, con un pie en el cementerio y el otro en el burdel o la taberna.
Lo demás podemos suponerlo. Pero el caso es que hasta que no se demuestre lo contrario, lo que conocemos de ellos en la Montaña Central es porque lo hemos leído o nos lo han contado.
Ilustración de: Alfonso Zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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Los hombres que vencieron al fuego

los mineros bajaban a las minas de carbón con lámparas de gas para iluminarse, pero al contacto con el grisú explotaba y causaba muchos muertos y derrumbes. Se comenzaron a utilizar canarios como «avisadores» de los escapes de gas pero todavía se producían explosiones y  gran cantidad de muertes. http://quhist.com
La mina de Arnao conmemoró el 200.º aniversario de la lámpara de seguridad.
Humprhry Davy en 1813, tras varias investigaciones, había descubierto que si rodeaba la llama de la lámpara con una fina gasa metálica el calor desprendido por  ésta no inflamaba el gas del ambiente. Esto suponía el poder prevenir las explosiones de metano en las minas de carbón, algo bastante común en estos momentos.  Por ello su hallazgo despertó admiración y a la Legión de Honor que le había concedido Napoleón por sus trabajos sobre galvanismo y electroquímica, unió un premio de 2.000 libras esterlinas y las alabanzas de la Royal Society. Pero aquí se desató la polémica, ya que un guardafrenos de vagonetas hijo de un fogonero llamado George Stephenson había inventado antes que Davy una lámpara basada en el mismo principio. En la de Stephenson lo que rodeaba a la llama no era una fina gasa metálica, sino una placa de metal agujereada y de hecho ya se utilizaba con éxito en varias minas inglesas. Es de imaginar lo que poco que gustó a Stephenson el premio y los honores que estaba recibiendo de Davy, pero poco pudo hacer, ya que le negaron el derecho a la patente y el premio. http://quhist.com
http://www.lne.es
Un olor pestilente que inunda la galería, empalagoso como el de las aguas quietas de un pantano, un olor que anuncia la próxima explosión de gas inflamable o grisú. Entre las sombras se arrastra un hombre vestido con ropas de cuero o saco, empapadas, que recuerdan a una túnica religiosa y protegen su cuerpo. Un capuchón completa la estrafalaria e inquietante vestimenta. Lleva en sus manos una larga pértiga con una llama en su extremo y respira con dificultades apurando las últimas bocanadas de oxígeno que el mortífero gas ha respetado a la altura del suelo. Sin duda conoce su oficio. Como todo minero veterano sabe, las bolsas de grisú tienden a concentrarse en las zonas más elevadas de las galerías.
Es posible que no haya existido en la historia de la minería una figura más romántica y novelesca que el penitente de minas, el responsable de provocar la deflagración del hidrógeno protocarbonado, el tan temido grisú o "mofeta", como se le llamaba en España, arrimando la tea encendida al foco donde se ha detectado su presencia. Tanto es así que el mismísimo Julio Verne imaginó a Silfax, el tenebroso villano de su obra "Las indias negras", como uno de aquellos penitentes que poblaban las minas de antaño. Un oficio heroico, habitualmente letal y también desesperado, puesto que en Francia podían escogerse condenados a muerte para desempeñarlo.
(...) El último penitente de la mina. Se le llamaba así porque llevaba un largo hábito de fraile. Su verdadero nombre era fireman, hombre de fuego. En aquella época no había otro medio de destruir el gas mortífero que descomponiéndolo por medio de pequeñas explosiones, antes de que su ligereza lo condensase en grandes cantidades en lo alto de las galerías. He aquí por qué el penitente, con el rostro enmascarado, la cabeza envuelta con un capuchón y el cuerpo envuelto en su sayal, iba arrastrándose por el suelo. Respiraba en las capas inferiores, cuyo aire es puro, y en la mano derecha llevaba, elevándola por  encima de su cabeza, una antorcha encendida. Cuando el carburo se encontraba mezclado con el aire formando una mezcla detonante, se producía la explosión, que no causaba el menor estrago, y repitiendo varias veces esta operación, se conseguía evitar las catástrofes. Alguna vez, el penitente, herido por la explosión, moría. Otro lo reemplazaba. Así se hacía hasta que la lámpara de Davy fue adoptada en todas las minas”. (...)                             http://alfon-lavidadesdeellago.blogspot.com.es
Así estaban las cosas en las salvajes explotaciones de carbón a inicios del siglo XIX, cuando los métodos de iluminación no habían evolucionado mucho desde los tiempos de las lucernas romanas. Métodos lumínicos de llama abierta y desprotegida que oscilaba con las corrientes de aire y que iban desde una simple vela a teas impregnadas con resina de pino o candiles de variopinto diseño alimentados con aceites no menos nauseabundos que el propio gas. Bastaba el contacto entre uno de estos candiles encendidos y una bolsa de grisú para que se originase una terrible explosión que provocaba la muerte de numerosos trabajadores y espeluznantes quemaduras. Si la onda expansiva hacía levantarse una humareda de polvillo o menudo de carbón, entonces esa nube oscura podía inflamarse y el fuego se extendía por todas las galerías como si fuese una enorme e incontrolable oleada de llamas.
En un escrito del año 1879, por ejemplo, se detalla la explosión de grisú en una mina, sucedida por otras dos que despedazaron la jaula y provocaron una "espantosa columna de humo y polvo de carbón". En aquellos momentos, sigue nuestro cronista, se encontraban presentes en la mina dos ingenieros, cuatro capataces, diecisiete operarios y por supuesto, dos penitentes. Únicamente la intervención del penitente salvaba a los mineros de un accidente funesto. Antes de su oportuna llegada, la detección del gas dependía del agudo trino de un canario, que era capaz de percibir la repentina falta de oxígeno y se hiperventilaba y movía alocadamente alertando con ello a los trabajadores del tajo.
Esta situación comenzó a cambiar a partir del año 1815 gracias a un descubrimiento fundamental en la historia de la minería cuyo doscientos aniversario quiere recordar el Museo de la Mina de Arnao; la lámpara de seguridad. A la lámpara de seguridad y a su inventor, Davy, deben la vida muchos mineros asturianos y el investigador Alberto Vilela, especialista en los sistemas de iluminación, ha dedicado fecundas páginas a estudiar su empleo. Davy, preocupado por los constantes accidentes y a raíz de una carta enviada por el reverendo doctor Gray, inició una serie de experimentos con los que trataba de conseguir un método más seguro. Hubo tentativas fallidas y frustrantes que lo condujeron en último lugar a una solución tan sencilla como eficaz; cubrir la lámpara con una tela compuesta por alambres de hierro que resguardaba la llama de cualquier atmósfera exterior. Pero la paternidad de este milagroso invento está dividida. En Newcastle y en aquel mismo año, George Stephenson fabricaba un modelo semejante con la ayuda de un hojalatero y se atrevía a probarlo personalmente introduciéndose en una galería abandonada a causa de la concentración de gas. Stephenson sería galardonado por su hazaña en 1818. Por el enorme mérito de sus esfuerzos, que señalarían una nueva época en la minería carbonífera, bien merecen ambos compartir el reconocimiento.
  El ingeniero George Stephenson
La lámpara de seguridad iba a extenderse de mina en mina, pero con ritmos de adaptación muy desiguales y determinados en ocasiones por las circunstancias de cada explotación. En la mina de Arnao, que tantos y tantos sistemas pioneros introdujo en Asturias, no hay de momento constancia segura de su uso. Desde el año 1833 en que un joven Armand Nagel compra los primeros candiles, los útiles de llama abierta serán predominantes.
En 1847, Lasala los describirá como candiles de chapa de hierro fabricados en Bélgica y "en todo iguales" a los utilizados en Almadén. Sobre la insoportable hediondez que desprendían los aceites empleados como combustible de ballena o "saín" primero, de linaza más tarde- dieron fe los mineros de Arnao. El capataz se responsabilizaba del aceite, que se almacenaba en una vasija y se reponía de acuerdo con las 10 o 12 horas de la jornada.
La ausencia de lámparas de seguridad en Arnao pudo deberse a la falta de noticias sobre detecciones de grisú u otros gases inflamables y a ello se refiere Lasala en su mencionado informe. No obstante, nuestra explotación no logró permanecer a salvo de virulentos incendios. La mezcla del polvo de carbón, que en una primera época se dejaba en el suelo de las galerías, con el oxígeno y el azufre que contiene el mineral de Arnao, provocaba tremendas deflagraciones. El ingeniero Desoignie, de hecho, considerará este fenómeno como el gran problema de las labores, la verdadera "espada de Damocles". Hacia 1903, un incendio mencionado por Luis Morote llega a ser tan catastrófico que obliga a inundar la mina con agua. Y Morote se imagina una infernal escena con los mineros quemados o asfixiados en sus tajos.
El luminoso invento de Davy y Stephenson, los hombres que vencieron al fuego, consiguió lo que en aquella situación de Arnao acaso no fue posible evitar y que caracteriza a algunos de los hallazgos más importantes de la Historia: preservar vidas. Y a nuestra inmortal tradición aportó una estampa clásica; la del minero acarreando la lámpara de seguridad con su inconfundible forma cilíndrica.
El invento de la lámpara de seguridad supuso un gran avance para disminuir la gran cantidad de muertes que se daban en las minas durante el siglo XIX. Su invento no fue sólo una mejora en la dura vida de los mineros, sino que también despertó una gran polémica en la Inglaterra del momento al disputarse su autoría dos personas diferentes. http://quhist.com
FUENTE: 

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LA ESTATUA DEL PENITENTE
  Estatua del Penitente en la Escuela de Minas de Madrid.
http://lucesenlasminas.blogspot.com.es


El penitente era un penado, que para redimir su condena penetraba el primero en la mina llevando una pértiga o un palo encendido en la mano, con la intención de quemar los gases inflamables. Iba cubierto de sacos muy bastos y empapados en agua para evitar las quemaduras que le produciría el gas al inflamarse.
A partir de 1650 en Inglaterra y posteriormente en España, concretamente en las minas de Palencia y Villanueva del Río en Sevilla, hay constancia del empleo de estas personas con tal fin y que en innumerables ocasiones perdían la vida en el desempeño de su labor.
Generalmente en las minas con gases inflamables entraba una hora antes que el resto de los mineros y recorría las galerías. Esta misma operación se repetía por la tarde.
En la Escuela de Ingenieros de Minas de Madrid existe una escultura dedicada a la figura del penitente. Esta tétrica escultura estuvo ubicada hasta 1950 en lugar privilegiado de la Escuela, una vez que accedes a su interior.
La primera vez que intenté localizarla en la Escuela, muchos de los funcionarios a quienes pregunté dónde se encontraba, desconocían su existencia y por tanto su paradero. Está en estos momentos colocada en una repisa en un laboratorio.
No soy la persona adecuada para recomendar, ni sugerir, dónde debe de estar dicha escultura, pero entre el lugar donde estuvo muchos años y el lugar donde está ahora, creo que hay un término medio.
Su arriesgada labor, que el penitente pagó muchas veces con su propia vida, era reconocida y respetada por el resto de los mineros de la explotación, pues su seguridad, desgraciadamente dependía de cómo éste realizara su labor.
Toda la información referente a esta figura minera está recogida ampliamente en Luces en las minas de Asturias. Pág. 55, 56 y 57.

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