16 de marzo de 2013

El sacerdote Feliciano Redondo en Aviles

Un cura entre rojos (I)

El Avilés a retaguardia de la Guerra Civil sirve de escenario para una historia singular l El sacerdote Feliciano Redondo pasó refugiado entre los tabiques de una vivienda de la villa «quince meses inhábiles» durante la contienda

 Este hombre que posa descansando, como si estuviera en un jardín clásico, lectura a mano y ropa de paisano, no es tal cosa. Es un cura. Feliciano Redondo para más señas. Leonés de nacimiento, con la edad de Cristo recién cumplida y visitante ocasional de Avilés en un mes de julio del año 1936.
No le pareció el mejor mes ni el mejor año para ser cura en Avilés. La visita se le hizo larga. Quince meses y tres días. Los mismos que aquí duró la última guerra civil, desde el 18 de julio de 1936 al 21 de octubre de 1937. Los recordó para siempre como «Quince meses inhábiles en Avilés».
Era Feliciano Redondo un profesor del seminario de Valdediós a punto de iniciar sus vacaciones. Automóviles Luarca estaba en huelga y, para tomar el tren hacia León, la mejor combinación que se le presentó fue pasar la noche en Avilés, aceptando la invitación de un amigo. La agitación era máxima. En Oviedo circulaban noticias confusas: que si la Escuadra trae al Tercio, que si todas las guarniciones están complicadas e irán sumándose a la sublevación, que si Aranda toma posiciones. Vientos de guerra. Temió verse atrapado allí en una situación incierta y decidió refugiarse en Avilés esperando acontecimientos.
Pero desde la noche del 17 de julio alpargatas moras ya pisaban las tierras de África, rebeladas contra la Segunda República. A partir de entonces no hubo días para viajar. La guerra civil había comenzado.
Los tiempos eran de enorme confusión. Los gobiernos de la República habían sido hostigados por anarquistas, socialistas, monárquicos y militares. Estos dos últimos grupos, resueltos a aniquilar el sistema, organizados y con abundancia de armas en la mano, desataron el golpe definitivo, respondido con una resistencia, política y popular, convertida en revolución social.
El bando insurrecto tenía la fuerza. Unos 120.000 hombres armados y entrenados. Al otro lado, el gobierno, disponía de los recursos industriales, de las infraestructuras y de mayor población (unos catorce millones de habitantes), pero era una zona fragmentada que no podía conectar los minerales del norte con la industria manufacturera levantina y catalana. Un empate de ideologías y territorios que, olvidadas ya las urnas, sólo con las armas se quería resolver. Todos contra todos dentro de la piel de toro.
La vida, como el país entero, quedó dividida en dos bandos por la trinchera de la sangre. «Rojos» unos, «nacionales» otros. Etiquetas que el tiempo fue poniendo para explicar una inexplicable masacre entre hermanos.
El gobierno asistió a la quiebra absoluta de su poder militar. A primera hora puso armas en manos de milicianos y a veces de grupos incontrolados. Asturias, fiel a la República, había quedado aislada del resto de la zona gubernamental por el triunfo de los sublevados en Galicia y Castilla. Dentro de la propia región dos núcleos seguían la insurrección: Oviedo, defendida por el coronel Aranda, y el cuartel de Simancas de Gijón, que sólo prolongó un mes su resistencia.
La situación de Avilés a primera hora fue tranquila. Las fuerzas regulares de la villa (además de carabineros y policía municipal) eran escasas, habían mermado por la disolución de un escuadrón de caballería acantonado tras la revolución de octubre de 1934. En la mar, la inexistente flota gubernamental del Cantábrico (sólo un torpedero) estaba representada por buques de circunstancias, sobre todo lanchas guardapesca, que, como mucho, podrían garantizar algún suministro. En realidad, la única flota avilesina la componían los pescadores que, cuando pudieron, siguieron faenando durante la contienda.
Los primeros días fueron el momento de los mayores desórdenes. De las milicias armadas, con más entusiasmo que disciplina. Allí pescaron los oportunistas. Pandillas de delincuentes que se aprovecharon de la situación para sacar tajada. La alcaldía de Avilés denunció los sucesos ante Comité Local del Frente Popular cuando se llevaba casi un mes en esa situación de, en sus propias palabras, «reiteración de los hechos vandálicos y de vergonzosos latrocinios» cometidos por «algunos elementos que sin justificar representación de los Comités responsables ni de autoridad alguna realizan registros domiciliarios en determinadas casas para apropiarse de objetos de valor». Tiempos de rencor y venganzas.
Representantes del viejo orden, derechistas, monárquicos, algunos periodistas o sacerdotes fueron blanco de estos incontrolados. Feliciano Redondo, dentro de uno de los grupos de riesgo, se vio atrapado en Avilés, preso del miedo. Vivió escondido con una familia amiga en una vivienda del número 35 de la calle Rui Pérez. Un refugio próximo a las casas de la plaza, las de los Hermanos Orbón, incendiadas en 1934, que reconstruidas, acogieron en sus bajos la «Farmacia Única». Le acompañaban, al principio, otros cinco refugiados más. Desde allí vieron como se desperezaba la guerra cuando el coronel Aranda lanzaba por la radio su bando asumiendo el mando en toda la provincia. Poco más iban a escuchar. Las radios fueron incautadas en los primeros días de la contienda. La única emisión se oía por el altavoz del ayuntamiento.
A partir de entonces fueron topos. Buscaron noticias con sordina, intentando comprobar informaciones de segunda o tercera mano. Las arengas sañudas de Queipo de Llano hicieron concebir a sus informantes esperanzas de brevedad para la guerra. Pero todo era propaganda. Entre las noticias ciertas llegó la de la muerte del político y periodista Julián Orbón, el 28 de julio. Alguien dijo: «¡Ahora vienen a por los curas!», y cundió el terror.
Feliciano Redondo veía en una casa de la misma calle, entre visillos, a otro refugiado. Y se pasaban noticias en lenguaje de signos. Siempre el final estaba cerca. Las tropas nacionales, al doblar la esquina, pero el tiempo seguía pasando. Registros por sorpresa y noticias alarmantes los mantenían en tensión mientras, el odio a «los rojos» seguía creciendo. Los imaginaba y los veía como energúmenos; como fieras con forma humana. Hasta desconfiaba de la criada de sus vecinos, Piedad, que le parecía «roja perdida».
Siempre mantenía franca la posibilidad de huida hacia otro piso si las cosas se complicaban, pero, como ya era un topo, se construyó una madriguera. Tenía un escondite dentro de su escondite. Un lugar recóndito de la casa. La vieja despensa que comunicaba con el salón se condenó, cubriendo su puerta con un aparador. Desapareció de verás. Desde allí se ocultaba de cualquier visita, aunque fuese de confianza. Era ya el único refugiado.
Entre tabiques, verdaderos y falsos, escuchaba conversaciones, imaginaba reuniones y ponía cara a los sonidos. Llegó a conocer a todos los visitantes sin necesidad de verlos. Por la voz, por sus giros y palabras, por la forma de pisar. Hoy están los parientes de Valliniello; ayer vinieron los sobrinos de Carreño? Sólo le llegaban noticias de sacas y paseos sin retorno. Desde la cárcel a Lugones, al monte Palomo.
Se ocultaba en la casa, donde procuraba no dejarse ver y salir lo imprescindible a pasear por un Avilés donde nadie lo conocía. En la práctica había desaparecido. No lo buscaban allí, aunque los registros de casas para descubrir reuniones clandestinas, armas o refugiados continuaron.
Un día vinieron al piso donde se escondía. Y lo encontraron.
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Un cura entre rojos (y II)

Desenlace de la historia de Feliciano Redondo, sacerdote atrapado en el Avilés de la contienda civil y que no pudo recobrar su verdadera identidad hasta que llegó el final de la guerra, que dio paso al estallido de la paz

El relato se había interrumpido en el momento en que llamaron a su puerta. El día siguiente al San Agustín de 1936.
Era la Policía motorizada. Detrás de tan pomposo y moderno nombre se ocultaba una milicia que utilizaba para sus desplazamientos un camión amueblado con bancos del parque. El viaje era corto. Lo llevaron a la Delegación de Orden Público y al Comité de Guerra, en el Palacio de Ferrera. La casa de la marquesa era ahora cuartel. Armas sobre las mesas y en las paredes y mucho movimiento de correajes y cananas por la escalera noble.
Tras pasar un leve interrogatorio Feliciano convenció a sus interrogadores de que era un labrador de León y allí quería volver, pero León era la otra España y él debía permanecer en ésta presentándose todos los días a las ocho y media de la mañana a la nueva policía. Todo Avilés fue su cárcel, pero estaba contento. Temía algo mucho peor y disfrutaba del breve triunfo de haber engañado a «los rojos». De burlar, un día tras otro, a aquel guardia que lo recibía en la puerta y que, pese a los relevos, para su recuerdo «casi siempre tenía cara de idiota».
En Avilés se vivían las improvisaciones de la retaguardia y las prisas revolucionarias con evidentes cambios en su fisonomía. El palacio de Ferrera no era el único edificio que había mudado el uso. Otras casas importantes fueron acondicionadas para la situación, en especial el Palacio de Llano Ponte (hoy cines Marta) que se convirtió en Cuartel de Milicias, la antigua Banca Maribona, sede del Departamento de Industria y Comercio, la parroquial de San Nicolás, primero polvorín y más tarde cuartel. Todo tipo de organizaciones políticas y sindicales colonizaron otros edificios destacados, mientras las iglesias mostraban las huellas de la saña de los primeros momentos.
En toda Asturias la autoridad se había asentado. Llegaba la normalidad, tras dos meses de desmanes, si es que normalidad puede haber en medio de una guerra. Al menos fueron controlados los oportunistas y los asesinos. En mayo de 1937 en toda España la situación de violencia y confusión de los primeros tiempos estaba definitivamente zanjada con la sustitución del poder de los sindicatos por un gobierno de coalición. Se reprimió a los incontrolados y se inició una dura labor de búsqueda y depuración de infiltrados y quintacolumnistas. Los primeros desmanes se habían atajado pero, aún así, la situación era propicia para que la venganza saltara controles, se deslizara en las noches y medrara en el día a día. Era una guerra. Nada hay peor.
A pesar de las circunstancias los días de Feliciano Redondo se hicieron más agradables. En poco tiempo dejó de presentarse al Comité. En Avilés no había registros ni documentos que lo pudiera delatar, por lo que logró sortear la movilización, la obligación de tener el carnet de trabajo y aún de participar en el batallón de trabajadores para fortificaciones que se nutría de los civiles a retaguardia. Se dedicó a la lectura y al estudio del Método de Solfeo del Maestro Eslava. Pudo conocer Avilés, recorriendo sobre todo sus alrededores, desde San Cristóbal a Trasona, y guardó memoria de sus calles. La Cámara, que cruzó tantos días, era para él la «Calle Ancha», recordando la calle más importante de León.
Así pasaron trece meses más. Entre las voces de Queipo de Llano, los partes de Salamanca, que corrían de boca en boca, las colas del pabellón Iris y las del racionamiento, el lejano sonido de la orquesta o del cine sonoro, la radio única desde el altavoz del ayuntamiento, los mítines en La Peña y el pasar de milicianos. Feliciano logró borrar su rastro mientras la vida cotidiana no lo era. Todo era excepcional.
Los coches no circulaban. Estaban controlados y sus conductores a disposición del Comité de Transporte para realizar cualquier servicio que les fuese encomendado. Los tranvías, controlados asimismo, no empezaron a cobrar billete hasta noviembre de 1936. Los alimentos se servían a precios tasados, publicados por meses. Regían las cartillas de racionamiento. Como, por el miedo a la aviación, hacer grupos o colas en la calle era peligroso, se despachaban a resguardo de la estrecha calleja de Los Cuernos. Faltaban los productos de primera necesidad. El pan era negruzco y escaso. Los nabos sucedáneo de las patatas y la leche o les fabes piezas de colección que había que ir a buscar más allá de Trasona y a tiro fijo. A pesar de ello, nunca le faltaron leche ni huevos a Feliciano Redondo. Sus anfitriones lo eran de verdad, y muy hábiles a la hora de buscar viandas donde no había. Un lujo.
El cerco se iba estrechando. Aunque durante los quince meses de guerra Avilés no estuvo en primera línea de fuego, los bombardeos, sin embargo, llegaron a causar alarma. La aviación «nacional» aterrorizó a la población. Las sirenas de alerta eran el sonido del miedo de aquellos días. Los avilesinos se habían acostumbrado a su lenguaje chillón en función del número y la intensidad de los toques: «normalidad», «peligro» y «alarma».
Avilés también era retaguardia para una tropa de heridos y mutilados que llenaba su flamante hospital de Caridad y el no menos nuevo edificio del Instituto. El pánico sembrado por la aviación no se tradujo en efectos equivalentes hasta la última semana de la guerra, en la que las bombas cayeron sobre el centro de Avilés. Ni el edificio del ayuntamiento se libro de la ruina. Se temía lo peor. Corría una terrible frase de Queipo de Llano: «De Asturias sólo me interesa el solar». Pero el frente corría más. Llegó, sin más novedad, el día 20 de octubre de 1937 y, con él, el final de la guerra para Avilés.
Muchos de los datos de este artículo han salido de las memorias de su protagonista. Hechas de recuerdos, sin anotaciones y a posteriori de los hechos narrados, cuando, según él mismo reconocía, «el tecnicismo de llamar rojo o roja a una persona, lo hemos aprendido ahora, después de la liberación». Entonces se decía «del Gobierno» o «de los Militares».
Para él y sus compañeros de escondite llegó esa ansiada liberación, que celebraron en misa de campaña entre gritos de ¡Arriba España! Feliciano Redondo abandonó Avilés y pudo desarrollar después una larga vida profesional. Fue, durante 30 años, Párroco de San Tirso el Real, durante 17 Arcipreste de Oviedo y, como Monseñor, pasó a la historia de su pueblo leonés de Villaquejida dando nombre a una calle. Dejó atrás esos días que pasó viviendo, en sus palabras, «bajo el signo de Moscú».
Pero ahí no se acababa todo. La liberación llegó sólo para una parte de la población. En la misma tierra vivían dos ejércitos y uno de ellos quiso demostrar su victoria. Concluyeron los desastres de la guerra, con medio país aún en armas y, sin tiempo para el reposo, empezaron las venganzas legales de la paz, en una interminable posguerra.
Las madrigueras cambiaron de lugar, pero sirvieron de refugio a otros topos que dejaron de ver la luz durante décadas. Las fosas y las cunetas se volvían a abrir mientras nuestro protagonista dejaba de estar entre rojos y éstos, y muchos otros, empezaron a estar entre rejas.

FUENTE:  JUAN CARLOS DE LA MADRID

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