9 de marzo de 2013

El cura Arboleya y el marques D.Claudio

Un pulso entre católicos

 
            Maximiliano Arboleya
                    (1870 - 1951)






D. CLAUDIO LÓPEZ BRU (1853-1925), segundo marqués de Comillas

En los inicios del siglo XX, nuestras cuencas mineras vivieron, con una intensidad difícil de comprender desde la comodidad de nuestro tiempo, el debate sobre el derecho a la igualdad de todos los hombres con independencia de su nacimiento, lo que se plasmaba en la práctica en las reivindicaciones de los trabajadores para mejorar sus paupérrimas condiciones de vida. Como es sabido, fue el socialismo quien logró atraer a más partidarios, sobre todo a partir de 1910 cuando Manuel Llaneza decidió la fundación del SOMA, pero algunos patronos también se interesaron en el tema y apoyaron la creación de otros sindicatos, más domésticos, que huyesen de las huelgas y los conflictos y se limitasen a aceptar lo que, generosamente, les iban dando, como un regalo, sus amos.

En este empeño destacó, especialmente, el segundo Marqués de Comillas, nuestro ya viejo conocido, quien confiaba en que sus obreros debían cambiar la peligrosa idea de la solidaridad obrera por la del amor fraterno y la caridad cristiana. Corría el año 1901, cuando los directivos de la Sociedad Hullera Española, siguiendo las directrices de su católico señor, se pusieron en contacto con el padre Maximiliano Arboleya para que impartiese un ciclo de conferencias sobre el tema de «la cuestión social» a los sufridos productores de las minas de Aller.

Arboleya había nacido en Laviana, cuando aún estaba presente el recuerdo de otro cura de Villoria, fray Zeferino González -con z como a él le gustaba-, reconocido como uno de los mejores filósofos españoles de su época. Su familia, como no podía ser de otra manera, también era muy religiosa y le había mandado en la adolescencia al Seminario de Oviedo y, desde allí, con la influencia de su tío, el Obispo Ramón Martínez Vigil, a Roma, con una beca de estudios, lo que le permitió acercarse a los defensores de la encíclica Rerum Novarum promulgada por el Papa León XIII, en la que la Iglesia trataba por primera vez la situación de los obreros.

Resumiendo, a sus treinta años ya pasaba por ser un experto en la doctrina social de la Iglesia, la misma en la que inspiraba don Claudio, el marqués, y por eso se le llamó a Bustiello. El clérigo aceptó encantado y expuso en el poblado sus ideas sobre la necesidad de impulsar los sindicatos católicos si se quería frenar el avance del socialismo, pero resultó que sus planteamientos eran demasiado realistas y hacían tanto hincapié en la defensa de los intereses del proletariado, que los directivos, sorprendidos por lo avanzado de su discurso, decidieron no volver a repetir la experiencia.

No fue éste el único desencuentro del de Comillas con el de Laviana. En los años siguientes, el prestigio de Maximiliano Arboleya fue creciendo entre los trabajadores católicos, gracias a sus constantes artículos de prensa y a sus charlas por toda Asturias defendiendo la creación de sindicatos independientes de los patronos. Frente a él, estaban, lógicamente los socialistas, con los que mantuvo una constante polémica, y los intelectuales partidarios del laicismo, como los profesores de la Extensión Universitaria Buylla, Posada, Altamira y el mierense Aniceto Sela, contra los que escribió en 1904 el folleto «En las garras de cuatro sabios», pero también los sectores ultraconservadores de la propia Iglesia comandados por el propio marqués de Comillas y la todopoderosa Compañía de Jesús.

Todos, y especialmente estos últimos, cargaron contra él cuando en 1905 falleció su tío obispo y se quedo solo en la defensa del compromiso social de la Iglesia católica y del sindicalismo de inspiración cristiana.

Arboleya y el marqués volvieron a verse de nuevo en 1912, dos años después de que Manuel Llaneza hubiese fundado el SOMA. El crecimiento de esta organización era imparable y anulaba incluso a la Agremiación Obrera Católica dirigida por el popular Samuel Fernández Miranda que se había constituido tras la «huelgona» de 1906, logrando una considerable implantación en la Fábrica de Mieres. Don Claudio quería impedir, por todos los medios, que sucediese lo mismo en el Coto de Aller, así que empleando como mediador a su primo Santiago, entonces gerente de la empresa, volvió a recurrir al cura lavianés para que le orientase en el planteamiento de una nueva organización confesional que pudiese servir para frenar a los socialistas. Como no podía ser de otra manera, el resultado de la entrevista fue negativo, ya que éste presentó unos estatutos que recogían entre otros puntos que alarmaron al de Comillas, el derecho a la huelga y la posibilidad de tomar decisiones con independencia de los patronos.

El pensamiento de Arboleya pasaba por la fundación de sindicatos obreros independientes en la industria y la agricultura que desempeñasen ese papel sin disimulos y así lo defendió constantemente en sus intervenciones públicas y desde sus artículos de prensa, especialmente en El Carbayón e incluso en periódicos fundados directamente por él como «El Zurriago Social», «Justicia Social» o «Asturias Agraria».

Un ejemplo de esta actitud podemos leerlo en el capítulo titulado «Como se apoderaron los socialistas de nuestra Fábrica de Armas y de la de Mieres» en su libro «El caso de Asturias». En él, después de lamentarse por la deriva hacia el marxismo de los obreros de Trubia, Arnao, Duro Felguera, Turón o Gijón, cuenta como recibió la visita de una comisión de mierenses que pertenecían a la Agremiación y que estaban interesados en ingresar en la Federación de Sindicatos Independientes que estaba bajo su control.

La crítica de Maximiliano Arboleya explica bien la diferencia entre los dos proyectos: «No me extraña que la Agremiación no les lleve a donde pretenden ir, pues no ha sido ni puede ser instrumento apto para semejantes transportes?tiene fin religioso; será pues, una Hermandad, una Cofradía, una Congregación piadosa, algo muy laudable, pero no un Sindicato obrero, que ha de tener por objeto reunir los trabajadores de una misma profesión para defender los intereses comunes?» Y, ante la insistencia de sus interlocutores, acabó explicándoles la conveniencia de fundar en Mieres, no uno sino por lo menos dos sindicatos obreros católicos: uno de metalúrgicos para la Fábrica y otro de mineros.

El religioso manifestó también su disposición para ayudarles en todo, pero con la única condición de que los patronos quedasen al margen del proyecto, sin asistir a las reuniones y sobre todo sin dar ni una peseta a los sindicatos para que éstos fuesen verdaderamente autónomos. Como pueden suponer, don Claudio y los suyos pusieron el grito en el cielo y Arboleya se quedó sin entrar en Mieres.

Cuando ambos volvieron a encontrarse, ya en 1916, el lavianés no tuvo pelos en la lengua a la hora de exponer las consecuencias que podía tener aquella cerrazón y puso en conocimiento del marqués que los metalúrgicos, convencidos por los socialistas, estaban organizando en la Fábrica un sindicato de carácter socialista, pero dar marcha atrás ya era imposible. Unos meses más tarde, ya eran mil doscientos los asociados y la empresa se veía obligada a negociar una subvención de ciento ochenta mil pesetas para cooperativas y escuelas laicas. «Supongo que los patronos estarán encantados y muy satisfechos de no tener que tratar con un Sindicato católico», se lamentaba irónicamente Arboleya.

Después de aquello, la distancia entre los dos hombres se mantuvo hasta que la muerte se llevó al aristócrata. En 1918, la Asociación Católica se convirtió en el Sindicato Católico de los Obreros Mineros de Asturias, integrado en una Federación nacional controlada por los jesuitas y su enfrentamiento abierto con el SOMA culminó en los desgraciados sucesos de 1920 en Moreda, que trataremos otro día con detalle.

Maximiliano Arboleya respetó tanto a la Dictadura de Primo de Rivera como a la República porque dejaron libertad a sus sindicatos, e incluso en este periodo no tuvo inconveniente en exponer su doctrina en los centros obreros y Ateneos controlados por socialistas y comunistas; cuando cambiaron las tornas incluso tuvo que hacer frente a un expediente abierto por el gobernador civil, el comandante Caballero, bajo la acusación de haber expresado en la prensa y la radio opiniones peligrosas. Finalmente se encargó del asunto el Tribunal Eclesiástico, que tuvo en cuenta su prestigio, y cerró el caso, luego pasó a un discreto y obligado segundo plano hasta que en 1951 falleció en Meres, un lugar del concejo de Siero, y no en Mieres, como dicen muchas de sus biografías, pero supongo que eso, a estas alturas, es lo de menos.

 Imagen de: Alfonso Zapico

FUENTE:  Lne.es » Cuencas
______________________________________________________
Maximiliano Arboleya Martínez
Maximiliano Arboleya
Sacerdote, deán del Cabildo Catedralicio de Oviedo, figura señera del catolicismo social y sociólogo español nacido en Laviana (Asturias, España) el nueve de octubre de 1870 y fallecido en Meres, en el concejo de Siero (Asturias), el diecinueve de enero de 1951. Era hijo de un oficial del Registro de la Propiedad en Laviana y de la hermana de Ramón Martínez Vigil, obispo de Oviedo durante veinte años y escritor.
Tras aprender las primeras letras abandona ingresa en el Seminario de Oviedo, donde sigue los estudios eclesiásticos hasta 1893, en que se traslada a Roma para ampliar su formación y conseguir el graduado en Teología y en Derecho Civil y Canónico. En la capital italiana recibe diaconado y algunos meses más tarde es ordenado sacerdote por su tío Martínez Vigil en Oviedo. Celebra su primera misa en la iglesia de Santo Domingo de Oviedo.
Durante su estancia en Roma se impregnó de sesgo social que León XIII trató de imprimir a la institución eclesiástica para tratar de contrarrestar el ascenso de los movimientos socialistas y se convirtió en un profundo admirador de este Papa. Conoció además al sociólogo Monseñor Portier, que había sido llamado por León XIII para explicar Sociología en el instituto que lleva su nombre. Esta figura, en cuya defensa saldrá en los años veinte frente a los ataques de los sectores ultramontanos, instilará en él gran parte de sus ideas sobre la Democracia Cristiana que posteriormente sistematizará en su obra Las democracias, política social, civil y económica en el futuro, premiada en el año 1947 en el certamen promovido por la revista Resurrexit.
Al finalizar sus estudios es nombrado profesor de Apologética en el Seminario de Oviedo, ganando en 1898 el cargo de canónigo. Es en esta época cuando dan comienzo sus actuaciones en el plano social. En 1900 publica su obra Laboremos, donde, desde un enfoque sociológico, apuntaba que el mal fundamental de la sociedad española era la abulia. Laboremos tendría gran resonancia, siendo reseñado elogiosamente por La Luz Canónica, Revista Popular, Revista Eclesiástica, Revista Católica de las Cuestiones Sociales…; no obstante la buena acogida, un sector importante del clero lo tachó de modernista. En 1900, aprovechando el tema de su discurso de apertura del curso 1900-1901 en el Seminario, publica un nuevo libro La misión social del clero, pensado como un complemente de Laboremos, donde predice el alejamiento paulatino de la masa obrera con respecto a la Iglesia si ésta no trata de asumir parte de sus reivindicaciones. Consideraba en este sentido que el principal enemigo eran los socialistas, a los que trató de disputar su base social haciendo uso de sus mismas armas: asociaciones, conferencias, prensa… Se volcó principalmente en la prensa, llegando a ejercer prácticamente como director de El Carbayón. Asimismo fundó El Zurriago Social y promovió la creación de sindicatos católicos, con sede en la Casa del Pueblo de Oviedo, y la Federación Asturiana Católico-Agraria, cuyos órganos de expresión fueron Justicia Social y Asturias Agraria respectivamente. Colaboró además con el diario ABC, con el Tiempo, con Revista Eclesiástica Ibero-americana y Jurisprudencia entre otras, y dirigió la revista Cuestiones Sociales Científico-Literarias.
Consideraba la promoción de sindicatos católicos como el eje central de la política de reafirmación de la Iglesia sobre las clases trabajadoras, lo que lo lleva a solicitar una beca e iniciar estudios de Ciencias Sociales y viajar al extranjero para estudiar las organizaciones sindicales europeas. El Sindicato Ferroviario, la Federación de Sindicatos Independientes, la Caja Obrera de Préstamos y otras muchos asociaciones albergadas en la Casa del Pueblo de Oviedo y fundadas por él son el resultado de sus indagaciones. Publica además un nuevo libro Liberales, socialistas y católicos ante la cuestión social, publicado en 1901 y complementado ulteriormente con Sindicatos obreros y otras obras sociales de 1915, De la acción social: Definiciones y principios de 1921 y La Sindicación Católico-Agraria entre otros. En estas obras plantea la génesis de la cuestión social, los principios sobre la propiedad, el trabajo, el salario o las desigualdades sociales, y contrapone la solución católica a las otras soluciones de estirpe liberal o socialista que juzga inadecuadas.
Otro texto relevante a efectos de conocer sus planteamientos doctrinales es su libro El Clero y la prensa, de 1908, donde criticaba la rigidez doctrinal y el desconocimiento de la realidad política y social española que aquejaba a la mayoría del clero, y reclamaba la consolidación de una prensa católica que aplicase su óptica la problemática laboral, económica y política. Sus planteamientos, que él presentaba como corolarios de las enseñanzas pontificias totalmente enraizados en la doctrina social de la Iglesia (en este sentido destacan una serie de estudios sobre la figura de Balmes redactados por Arboleya: Balmes: enseñanzas políticas de 1909, Balmes, político de 1911, Los orígenes de un movimiento social: Balmes precursor de Ketteler de 1912 y Balmes, periodista de 1914), concitaron constantemente el rechazo de los sectores más ultramontanos. Así, en 1924 es objeto de duras acusaciones por parte de P. Noguer en una prestigiosa revista, centradas en denunciar el carácter aconfesional de sus sindicatos, Arboleya saldría al paso con el escrito La confesionalidad en mis sindicatos y en un texto de P. Noguer. En 1929 su libro Otra masonería: el integrismo, contra la Compañía de Jesús y contra el Papa, ataque directo al integrismo católico, sería denunciado ante la Congregación del Concilio; la denuncia no llegó a prosperar.
Se encontraba en la aldea sierense de Meres cuando estalla la Guerra Civil, donde decide quedarse. Al cabo de siete meses huye a Vizcaya, regresando a Meres cuando concluye la Guerra y residiendo allí hasta su muerte en 1951. Meses antes de morir publica su último libro, El pueblo en la pasión. En total, entre las obras de antes y después de la Guerra, escribió cuarenta y cuatro libros y polemizó con Vigil Montoto, Álvarez Buylla o Posada entre otros. En 1923 Juan Bautista Luis Pérez lo nombró deán del cabildo catedralicio.
______________________________________________

  BIOGRAFIA: http://es.wikipedia.org

Claudio López Bru


Segundo Marqués de Comillas (1853-1925),

Vida

Nació en Barcelona el 14 de mayo de 1853 y falleció en Madrid el 18 de abril de 1925. Su nombre completo era Claudio Segundo Bonifacio Antonio López del Piélago y Bru.
Hijo de Antonio López y López y de Luisa Bru, fue el cuarto de los hijos nacidos del matrimonio. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona. En 1881 contrajo matrimonio con María Gayón Barrié, que contaba de 17 años. No tuvo descendencia. Heredó de su padre, fallecido el 16 de enero de 1883, el título de Marqués y la Grandeza de España y una cuantiosa fortuna. Las cualidades y las obras sociales y religiosas que realizó han llevado a iniciar un proceso de beatificación iniciado en 1945.

Empresario

Presidió las empresas que heredó de su padre como la Compañía Trasatlántica Española, la Compañía General de Tabacos de Filipinas, los Ferrocarriles del Norte; también dirigió las empresas que añadió él a su fortuna como: la Hullera Española, cuyas explotaciones se ubicaban en los concejos de Mieres, Lena y Aller (Asturias); la Banca López Bru, la Constructora Naval y el Banco Vitalicio (Compañía de Seguros).

Benefactor

Vista parcial del complejo en el que se aprecia el Seminario Mayor de la antigua Universidad de Comillas.
Desde la muerte de su padre, fue el promotor del Seminario Pontificio de Comillas, dotando la construcción del edificio fundacional y a partir de la inauguración en 1889, financiando generosamente su funcionamiento. El Seminario fue erigido el 16 de diciembre de 1890 por León XIII y posteriormente convertido en Universidad Pontificia, por medio del Decreto vaticano "Praeclaris honoris argumentas", de la Sagrada Congregación de Estudios, de 19 de marzo de 1904, aprobado por Pío X. Fue un centro académico sobresaliente por la majestuosidad de la sede y la excelencia que alcanzó al poco tiempo en las área en que impartía títulos: Filosofía, Derecho Canónico y Teología.
El 20 de abril de 1925 en El Siglo Futuro, se publicó un artículo necrológico donde llama al difunto Marqués de Comillas «el limosnero mayor de España en el pasado y en el presente siglo». Era abundante el capital que anualmente destinaba al socorro privado.
Cuando en 1893, explotó en Santander el buque a vapor Cabo Machichaco destruyendo el puerto y segando la vida de 500 personas, aún no siendo el barco siniestrado de su propiedad, se sintió llamado a ejercer socorro, acudiendo de inmediato al lugar de la tragedia y de su cuenta fletó un tren desde Barcelona con médicos y bomberos para aliviar la desolación; después de consolar a los heridos, pasados unos días, abandonó la ciudad sin aceptar recompensa ni homenaje, alegando que le correspondía hacerlo para cumplir como cristiano y como montañés.
También fue el promotor de unas Misiones Católicas Franciscanas de Tánger proyectadas por Antoni Gaudí, que finalmente no se llevaron a cabo.

Patriota

Destacó por su patriotismo, especialmente durante la guerra hispano-americana de 1898. Siendo presidente de la Compañía Transatlántica Española, dirigió al capitán del buque "Antonio López" el día de su salida de Cádiz hacia San Juan, un telegrama que decía:
Es preciso que haga usted llegar el cargamento a Puerto Rico aunque se pierda el barco.
El buque encalló en Ensenada Honda, Puerto Rico, perseguido por el Yosemite, navío estadounidense, el 28 de junio de 1898. El valioso cargamento militar que transportaba el buque pudo ser rescatado más tarde. Veintiún buques dedicó la Compañía Transtlántica a soportar a España durante la guerra; siete de ellos en Filipinas y 14 en en el Mar Caribe. Claudio López Bru los enviaba a conciencia del riesgo que corrían. Sus marineros civiles rivalizaban en arrojo y pericia con los marinos del Almirante Cervera. Bastantes de sus unidades rompieron el bloqueo de la poderosa escuadra norteamericana y una sola destruyeron los cañones enemigos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada