9 de marzo de 2013

Celestino Baizán Lobo

Celestino Baizán, héroe de la Cuba libre

 En otras ocasiones han visitado esta página personajes de las Cuencas que destacaron por su arrojo en las guerras coloniales y por ello recibieron en su día el reconocimiento de sus vecinos, pero deben saber que junto a estos valientes defensores de la identidad española también hubo otros que prefirieron luchar en el bando contrario, por la independencia de los territorios ultramarinos, y algunos lo hicieron con tanto empeño y valor que acabaron convirtiéndose en héroes de las nuevas repúblicas americanas.
Hoy les traigo como ejemplo a Celestino Baizán Lobo, nacido en la parte alta del Concejo de Aller, que se identificó con los ideales cubanos hasta el punto de ser coronel del ejército rebelde y cuando llegó la paz desempeñó en tres ocasiones el cargo de gobernador de La Habana, accidentalmente en 1917, de facto en 1933 y por elección en 1936 y hasta 1940.
Está considerado como un héroe nacional y su cadáver fue honrado durante décadas en un hermoso monumento funerario del cementerio Cristóbal Colón, pero ahora las cosas andan revueltas en la isla y la necesidad ha hecho que en aquel camposanto de 56 hectáreas se multipliquen los saqueos ante la impotencia de la autoridad castrista, de manera que las venerables tumbas de muchos asturianos ya han sido robadas; en la lista de infamias nos dicen que ya figuran los sepulcros colectivos costeados por los naturales de Cangas de Onís, Amieva, Parres y el del propio Celestino, que se ha quedado ya sin varias piezas de su bóveda. Desde aquí nos es difícil ayudar a reponerlas, pero en desagravio sí podemos recordar a este ilustre y desconocido vecino de la Montaña central contándoles el episodio que le encumbró al Panteón de los mambises.
Lo primero debe ser recordarles que el término mambí designa en Cuba a los guerrilleros que participaron a lo largo del siglo XIX en las guerras por su independencia, y ahora vamos a viajar en el tiempo hasta la mañana del día 7 de diciembre de 1896 cuando el general Antonio Maceo entró al frente de su estado mayor en el campamento de Montiel, ya muy cerca del extrarradio de La Habana.
El líder independentista, llamado por los suyos «El Titán de bronce», llegaba precedido por valentía y su leyenda de ser inmune a las balas españolas y la tropa le recibió entre aclamaciones. Ante él estaban el regimiento de Santiago de las Vegas, el de Tiradores de Maceo y los de Goicuría y Calixto García -en el que se encuadraba el entonces comandante Celestino Baizán-. Dicen que Maceo al verlos formados exclamó lleno de orgullo: «Con estas fuerzas se puede ir al cielo», sin sospechar que sus palabras iban a ser proféticas.
Sus planes pasaban por esperar la llegada de la noche para lograr un ataque por sorpresa, pero alrededor de las tres de la tarde unas descargas de fusilería anunciaron que los españoles estaban disparando sobre una avanzadilla rebelde. Los tiradores de Maceo y los mambises del Goicuría fueron los primeros en acudir en su auxilio, mientras el grueso de las tropas permanecía en el campamento; aunque era imposible contener el ansia de combate de Maceo, quien dio la orden de que la caballería avanzase machete en mano sobre el enemigo.
En vez de buscar el cuerpo a cuerpo, los españoles viraron grupas y se atrincheraron tras unas cercas de piedra, que frenaron el empuje de los cubanos. Maceo iba gritando un lado a otro «¡Viva Cuba Libre!, ¡Adelante! ¡Al Machete!», hasta que lo detuvo una alambrada que cerraba el paso de una finca, entonces mandó a sus soldados que la retirasen y varios hombres descabalgaron para emprenderla con ella a machetazos. «Esto va bien», le oyeron decir, y al momento una bala le seccionó la carótida penetrando por el maxilar derecho y fracturándolo en tres pedazos.
Entonces cundió el desconcierto entre quienes lo acompañaban, y el enemigo al darse cuenta de que había ocurrido algo grave redobló el fuego sobre aquel lugar obligándoles a abandonar al cadáver donde había caído. Cuando la noticia corrió entre los mambises, reinó el caos. Sólo un hombre, su ayudante Panchito Gómez Toro, a pesar de que estaba herido, quiso ir a morir junto a él. Le buscó y no tardó en ser acribillado por las balas.
Nadie sabía que hacer, hasta que el coronel Juan Delgado se dirigió a sus compañeros: «Si el cuerpo del general Maceo cae en poder del enemigo, mereceremos el anatema de cobardes de nuestros compañeros, de todos los cubanos y aún de nuestros propios enemigos. Antes que permitirlo y que el General en Jefe sepa que estando yo en este combate el cadáver del General Maceo fue capturado por los españoles, prefiero caer en poder del enemigo», y desenfundando su machete gritó: «El que sea cubano, el que sea patriota, el que tenga vergüenza, que me siga». Diecinueve hombres lo hicieron. Desafiando al peligro y sin haber planeado antes su acción, iniciaron una carga que quedaría para siempre en la mitología de los cubanos. Bajo las balas, se fueron dividiendo en grupos de tres o cuatro para dar la sensación de que un grupo más numeroso y llegaron a tiempo para impedir el saqueo de los cadáveres que ya habían iniciado los españoles, los hicieron retroceder y colocaron los cuerpos en sendas cabalgaduras para llevarlos hasta una finca llamada Lombillo, donde estaban los Generales Pedro Díaz, José Miró y Silverio Sánchez Figueras con las tropas que habían ido reuniendo.
Allí estuvieron unas horas, expuestos sobre un tanque que servía como abrevadero de ganado, y para dar solemnidad a la escena los soldados colocaron a su alrededor cuatro velones fabricados con cera virgen y mechas de tiras de lienzo. Delante de todos, el médico Máximo Zertucha examinó sus heridas: Maceo tenía un balazo que le había entrado por el mentón para salir por la parte posterior del cráneo y otra herida en el vientre, sin salida, y «Panchito» Gómez aparecía con una enorme herida de sable en el lado derecho del rostro que le seccionaba casi todo el cráneo.
Luego, al llegar la medianoche, ante el riesgo de que pudiesen volver a caer en manos del enemigo, se decidió llevarlos hasta otro lugar más seguro para darles sepultura. Juan Delgado tenía en la zona unos tíos y convenció a los demás de que su finca era el sitio más adecuado, entonces, acompañado por el coronel Dionisio Arencibia, con la intención de que nadie más conociese exactamente donde iban a ser enterrados, los dos llegaron hasta la finca «Dificultad» donde vivía Pedro Pérez, su tío.
Allí tocaron a la puerta y el hombre les pidió que se identificasen. Después de decir que era su sobrino, Juan Delgado le instó a abrir asegurándole que se trataba de algo grave; así lo hizo y entonces escuchó de que se trataba: «Te entrego los cuerpos del General Maceo y de Panchito Gómez, hijo del General en Jefe; murieron en un combate ayer tarde. Entiérralos de modo que jamás puedan los españoles encontrarlos, pues ya sabes que han de buscarlos».
Luego los cadáveres fueron sepultados por aquel hombre y sus cuatro hijos en secreto, de tal forma que ni los militares que los habían llevado hasta allí pudieron conocer el punto exacto, pero aunque no hubo honores, lo hicieron dignamente: primero Maceo y, con el cuello apoyado en su brazo derecho, su fiel Panchito. Allí se levanta hoy un Mausoleo dedicado a la memoria de los dos muertos y también una lápida que recoge el recuerdo de los 19 mambises que rescataron sus cuerpos. Hay 18 nombres porque de uno de ellos solo se sabe que era un español al que llamaban «el loco»; pero entre los que se conocen está Celestino Baizán Lobo.
Con la independencia el allerano mambí fue una figura destacada en el Partido Conservador y la Unión Nacionalista y, como ya hemos dicho, llegó a Gobernador de La Habana. El 13 de junio de 1941 falleció de un infarto en su finca de Guira de Melena dejando dos hijos Raúl y Consuelo, ambos enterrados con sus respectivos cónyuges junto a él, en el panteón familiar. Ellos le dieron una nieta llamada Consuelo y un nieto, Carlos. Sus descendientes viven en Cuba, junto a los de algunos miembros de su familia que en su día siguieron sus pasos. Otros se quedaron en las Cuencas: Manuel, uno de sus hermanos, murió a los 33 años en un accidente de trabajo en una mina de Turón, sus descendientes aún guardan su recuerdo.

Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS -HISTORIADOR

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