22 de junio de 2016

Otra versión del asedio al cuartel del Regimiento Simancas en Gijón (Y II)

La niña que sobrevivió al asedio del Simancas
Ilustración de Alfonso Zapico
Los datos sobre la biblioteca del Instituto los recuerda María José gracias a su hermano Alfonso, «cinco años mayor que yo y un chico muy estudioso y listo, que después de la guerra estudió Medicina»
Famosa fotografía de Constantino Suárez que refleja el asalto último al cuartel del Simancas (21-08-37)
Aquel chico «subía a la biblioteca con un cabo del que se hizo muy amigo, así que siempre que podía estaban allí mirando libros y después me contaba lo que había visto». Sobre esa misma biblioteca «un día dispararon un morterazo y cuando subieron mi hermano y aquel cabo, cuyo nombre recordé durante mucho años, pero con el tiempo se me ha olvidado, vieron el agujero del impacto y como ellos querían seguir yendo allí lo taparon con libros a los que nadie hacia caso».
Respecto a la actuación del crucero de la Armada Nacional que durante la guerra bombardeó Gijón, «no recuerdo en qué fecha fue, pero el "Cervera" disparó hacia los asediadores y dos obuses dieron en las paredes del jardín; yo vi la parte trasera de aquellas balas tan grandes incrustadas en sus agujeros, y como mi hermano y yo nos metíamos por todos los sitios, fuimos a la base de la torre del edificio y vimos bajar corriendo a un telegrafista al que llamaban Romanones, aunque ése no era su nombre verdadero, como más tarde supimos, porque se casó después con mi hermana Blanca».
El telegrafista Romanones «bajaba muy sucio y sudado y sacó un pañuelo muy grande que alguna vez había sido blanco y se limpiaba el sudor. Corrió hacia él el teniente López y le pregunto: "Pero Adolfo, ¿Qué está pasando"; y él respondió: "Ya, ya mandé una señal y les dije que alargaran en tiro, que nos estaban atizando a nosotros"». El nombre de Romanones (apodo que tenía en su pueblo), era Adolfo Montaña Gancedo y en los años ochenta del pasado siglo defendió que nunca se pronunció ni se envió el mensaje: «Disparad sobre nosotros, el enemigo está dentro», mandado desde el Simancas al «Cervera» en el día final del asedio.
Edificio dañado en la Calle Marqués de San Esteban
Adolfo Montaña publicó en 1988 el libro «Memorias de un perdedor», y en 1983 había debatido en el Ateneo Jovellanos de Gijón con el periodista José Antonio Cepeda acerca de que los mensajes enviados desde el cuartel al crucero habían sido los de «alargad el tiro porque disparan sobre nosotros». Cepeda, por su parte, defendía la autenticidad de la célebre frase. «Pero lo que yo presencié de niña es cómo Romanones daba aquellas explicaciones de los impactos, cosa que al parecer había sucedido más de una vez».
El cerco y la intensidad del asedio sobre el Simancas se van intensificando a medida que pasan los días. «Antes del día de Begoña, 15 de agosto, nos cortaron la luz y el agua; mi papá ya sabía que las cosas se habían puesto muy mal y sacaba de una cesta botellines de sidra El Gaitero y nos daba algún sorbín, porque agua ya no teníamos». Será también su padre el que les pase «un candil de carburo a los telegrafistas para que enviaran señales de luz». El día 16 de agosto llegan al Simancas los zapadores supervivientes del cuartel de El Coto, que había caído ese día. «De Zapadores vinieron unos cuantos y también guardias civiles; uno traía una bandurria y otro soldado tenía una guitarra y entonces cantaban coplas y compusieron una canción con la música del himno "Valencia", y la letra decía: "Simancas /, regimiento sin cobardes ni engañados por traición /, que sepan /, que si Dios quiere que caiga lucharé como un león /, mis padres queridos espero pronto abrazar /, Gijón angustiado trasmítele mi canción /, no importa que apenas duerma /, no importa que pase hambre/, no importa que morir pueda /, lucharé como un león"».
Milicianos durante el asedio, ante la verja del cuartel
Mientras, «en esas incursiones que hacían aquel cabo y mi hermano en la biblioteca encontraron un plano del edificio y la finca y vieron dónde estaba un antiguo pozo, así que fueron corriendo a decírselo al coronel Pinilla». Fue al abrir dicho pozo «cuando encontraron que estaba todo cegado con libros escolares del Instituto; sacaron los libros y empezó a salir el agua, así que vino un camión cisterna del regimiento y aspiraba el agua y después nos poníamos a la cola para recibirla: los pequeños en una jarrina y mi padre con un caldero».
Antes de que el número de bajas se fuera incrementando, María José ya había observado directamente el rostro de la muerte. «Recuerdo los primero muertos, porque mi hermano y yo fuimos a mirar detrás de un muro y allí vimos a uno que le llamábamos "El chato" y a otro, que era Murillo; el primero estaba blanco como mármol y el otro estaba negro, porque parece que le habían disparado en el corazón y se había congestionado».
María José también tuvo trato con el coronel Pinilla, «aunque quien fue cogiendo el mando fue el teniente coronel Inocencio Suárez, que no se me olvida cómo se llamaba, porque un cañonazo lo mandó contra una pared y perdió parte de la cara y le quedó el cuerpo paralizado; mis padres iban y lo curaban, y mi mamá le daba de comer una papilla que ella hacía». En aquellas circunstancias, «decían que Pinilla era indeciso y yo no sé si Suárez fue tomando el mando porque lo pedían los capitanes o por qué motivo». Sin embargo, «Pinilla era también un gran hombre; Alfonso y yo íbamos a veces a la sala de banderas a llevarle algún recado que le mandaban mis padres, y era muy amable y nos daba siempre caramelos».
Ruinas en el cuartel de Zapadores (Simancas)
Sobre el mismo Pinilla «tengo oído contar que tras la caída del Simancas sobrevivió, pero al ver los fusilamientos él se puso al lado de una hilera de los que iban a fusilar y murió allí, junto a ellos». La historia oficial del Simancas, recogida en los tomos de «La historia de la Cruzada», relata la escena de que Pinilla murió combatiendo a campo abierto en el patio del cuartel.
El final del asedio del Simancas comenzó por la biblioteca, «que recibió un tiro de mortero y prendió fuego; ahí se inició el incendio, o sea, que esa biblioteca desapareció totalmente y lo que allí había se quemó todo». Mientras el fuego se extendía por la techumbre de madera del edificio, «nosotros estábamos metidos debajo de las camas; la perra empezó a ladrar y llegó un cabo que era guapísimo y muy alto, Modesto Iglesias, que con el tiempo se casó con mi hermana mayor, Oliva». El cabo Iglesias «abrió la puerta de una patada y gritó: "¡Corred, corred, salid todos, que está quemando el edificio", y efectivamente, cuando salimos entraba ya el humo por todas partes». María José evoca también que «en el primer piso estaban recluidos dos capitanes que al comienzo del asedio habían salido con dos compañías, Nemesio Gómez y Ángel Hernández del Castillo; habían dejado las compañías fuera y volvieron a entrar a buscar más soldados para sacarlos: eran desertores y Castillo hablaba con nosotros desde la ventana, por eso lo recuerdo más». Ambos oficiales estaban detenidos desde entonces, «y tenían cada uno un ordenanza; cuando empezó a arder todo, el ordenanza de Castillo le abrió la puerta y huyó, mientras que el ordenanza del otro no lo hizo, con lo que Nemesio Gómez murió allí mismo, asfixiado».
El incendio tras la caída del acuartelamiento
En cuanto a María José y su familia, «salimos casi desnudos del lugar en que estábamos y cruzamos el patio grande; en la salida hacia el patio, no se me olvidará nunca, estaba el capitán Arroyo, que siempre nos daba caramelos a los pequeños y al que después vi morir, y gritaba: "Corred, corred, meteos todos en aquella trinchera"». Al tiempo que «papá y mamá llevaban a los dos pequeños, uno de dos años y otra de poco más, corrimos y yo perdí las sandalias; nos metimos en aquella trinchera, que estaba al fondo del patio, junto al paredón del cuartel que daba a Ceares, y que a la vez era enfermería». Junto a ellos está «Alfredo, el del botiquín, que era muy amigo de mi hermano». En esa trinchera «estuvimos metidos todo el día, sin comer ni nada, y venían algunos heridos, pero tenían que marchar otra vez porque no les podían atender». En concreto, «recuerdo que llegó uno con la pierna toda descarnada, sólo tenía hueso, y venía a que lo curaran, pero le dijeron que no había forma de hacer nada; se retiró y yo, como era muy curiosa y siempre lo miraba todo, me asomé y vi que le disparaban desde atrás y caía muerto». María José se emociona en este momento de la conversación con LA NUEVA ESPAÑA.
En la tarde de aquella jornada, «hubo que salir del cuartel porque ya habían entrado los rojos, y lo hicimos por la garita de arriba, en el extremo del cuartel; echamos a correr por allí y había montones de cuerpos de soldados, y corríamos por encima de ellos, y yo recuerdo que los cuerpos estaban calientes porque caíamos y los tocábamos». El hermano de María José, «iba cogido a uno de los que estaban encargados del polvorín, Peregrín, y lo llevaba porque había quedado ciego de un balazo y Alfonso le había estado curando los ojos con manzanilla. Él decía: "Alfonsito, no me dejes, no me dejes, no me abandones", y salió cogiendo a mi hermano por el brazo hasta que le dispararon y cayó, y al hacerlo le arrancó la ropa a mi hermano».
Cuartel de Gijón tras la liberación foto recuperada por Modesto Fernández
Los hermanos de María José eran Oliva, de 17 años, «que como digo se casó con Modesto Iglesias, y que aún vive, con 94 años, en Palencia; después venía Blanca Rosa, de 16, que se casó con Adolfo Montaña, y María del Pilar, de 14». A las tres hermanas mayores les seguía Alfonso, de 12 años y «cinco años más tarde nací yo, y luego vinieron María del Carmen, cuatro años menor, Clara Isabel, que vive en Tenerife, y Manolín, el más pequeño, que tenía dos años». Por tanto, de la familia Díaz Gutiérrez aún viven cuatro supervivientes del asedio, «aunque la mayor no quiere hablar de ello y Clara Isabel y María del Carmen eran muy pequeñas entonces para recordar cosas».
Pero María José recuerda que aquel 21 de agosto «el cuartel quemó entero y no se me olvidó nunca el olor». Pese a sobrevivir la familia entera al asedio, las penalidades de la contienda no se habían acabado. Fueron apresados por los milicianos y «nos llevaron por las huertas de El Coto, y salían las milicianas y gritaban: "Matadlas, matadlas, que no las matáis porque son guapas". Tras aquel suceso nos llevaron al comité de Ceares y nos metieron en una habitación sin comer; estuvimos allí todo el día mientras ellos estaban reunidos en otra habitación, deliberando». A continuación «nos metieron en un camión, y cuando íbamos por La Calzada se subió por un lado un capitán republicano, que antes de la guerra nos servía de la cervecería La Estrella a la cantina; le llamábamos Juanazas, porque era muy bruto, y le preguntó al miliciano que adónde nos llevaban. "¿Adónde va a ser? A fusilarlos?", y él replicó: "Eso será por encima de mi cadáver"». Conducidos al «comité de La Calzada, nos dieron de comer fréjoles y onzas de chocolate, y luego nos llevaron a una casa de unos que habían fusilado». Sus padres «se dedicaron a coser sacos terreros», y acabada la guerra comenzaron de nuevo «con un puesto en la Plaza del Sur».
Simancas la batalla de Gijón-(maqueta)
María José Díaz Gutiérrez se casó en 1950 con el fotógrafo gijonés Roberto Lena, propietario del conocido establecimiento Foto-Lena. Hasta 1958 no volvió al Simancas, rehabilitado desde comienzos de los años cuarenta y devuelto a los jesuitas. El citado año se inauguró la escultura de Manuel Laviada en la fachada principal del colegio. «Vinieron supervivientes, me acerqué al grupo y vi muchos que conocía, como el cabo Gutiérrez, Iturmendi, Valiño?; mi marido los estaba retratando y yo intenté acercarme a saludarles, pero un señor me lo impidió y le dije: "Yo también soy superviviente del Simancas", a lo cual me replicó: "Ande, vaya a contar cuentos a otra parte"». Sin embargo, «esto es lo que recuerda aquella rapacina de siete años», concluye María José con cierta emoción en la mirada.
Tres supervivientes del Cuartel de Simancas
FUENTE: JAVIER MORÁN
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