19 de agosto de 2015

El Robo en la Catedral de Oviedo, lo que preservaron milenios casi no sobrevive a la barbarie del siglo XX

El robo que consternó a Asturias en 1977
La Catedral de Oviedo
El 10 de agosto de 1977 la Cámara Santa fue saqueada brutalmente durante la noche, quedando destrozados los símbolos de Asturias y de Oviedo
El armazón de la Cruz de la Victoria en el suelo, como fue encontrada el 10 de agosto de 1977.
Oviedo se despertaba un 11 de agosto con la noticia de uno de los hechos más tristes de su historia reciente. Las joyas de la Cámara Santa de la Catedral, concretamente la Cruz de la Victoria, la Cruz de los Ángeles y la Caja de las Ágatas, habían sido robadas, y con ellas el corazón de miles de asturianos. Corría el año 1977, en plena transición política, acababan de celebrarse las primeras elecciones libres y el sentimiento autonómico aún era algo muy difuso en una Asturias que sufría dos largas huelgas en el transporte y la hostelería.
La noticia corrió como un reguero de pólvora por toda la región, y los ecos de lo que ya se consideraba como una tragedia resonaron en toda España. Los primeros días fueron de incredulidad y de consternación, hasta que el día 14 de septiembre el ladrón fue detenido y aparecieron parte de las joyas. Durante esos días Asturias vivió en plena conmoción, quizá descubriéndose, a través de los símbolos robados, como una comunidad con identidad propia.
José Domínguez Saavedra es el hombre que puso en vilo a todos los asturianos y la persona que con sus actos arrancó un pedazo de la historia de la región. Este gallego, un simple delincuente habitual que por aquel entonces tenía 19 años, escondió parte de las joyas en Gijón antes de escapar a Portugal, donde fue detenido cuando se dirigía a cometer otro atraco.

Estado en el que quedaron las joyas de la Cámara Santa de Oviedo tras ser destrozadas por el ladrón, José Domínguez Saavedra
La forma en la que se sucedieron los hechos todavía sigue siendo un misterio y tiene algunas preguntas sin resolver, pues la Policía afirmó que era imposible que el robo lo hubiese cometido una sola persona, sino que debía de tener un cómplice. Pese a estas suposiciones y rumores, se cree que los hechos se produjeron así:
El día 9 de agosto de 1977, hacia las siete de la tarde, José Domínguez Saavedra entró en la Catedral y se escondió hasta que se cerraron las puertas. Una vez solo en templo, ya de madrugada, subió a la torre románica y se descolgó hasta el vestíbulo de la Cámara Santa, donde forzó la puerta y se hizo con el botín.
A la mañana siguiente salió de la Catedral y fue en taxi a Gijón, un dato que nunca fue confirmado, donde días más tarde aparecerían las joyas. Poco después las mujeres de la limpieza descubren, horrorizadas, el robo. La noticia se expande por toda la región en cuestión de horas. Asturias se paraliza, sobrecogida.
El 16 de agosto la Cámara Santa se abre de nuevo al público y son numerosos los visitantes que se acercan a ver los desperfectos. El día 17 la Policía consigue las huellas de Domínguez Saavedra y el 19 logra localizarle, aunque el delincuente consigue huir tras dejar una bolsa con docenas de piedras procedentes del robo.
El 13 de septiembre Saavedra es detenido y el día 15 aparece una parte importante de las joyas es una escombrera en Gijón, cerca de la fábrica de Moreda.
La condena fue unánime en toda España, como demuestran los titulares del día en la prensa nacional. «El País» hablaba de «un robo a España entera», el diario «Ya» de «una ofensa a todo el Estado español».
Por aquel entonces era arzobispo de Oviedo Gabino Díaz Merchán, gobernador civil de Asturias Aparicio Calvo-Rubio, deán de la catedral Demetrio Cabo, alcalde de la capital Félix Serrano y ministro de Cultura Pío Cabanillas. Todos ellos reconocieron su parte de culpa, ya que las condiciones de seguridad del recinto no eran las más adecuadas.
Imagen del apóstol Santiago que figura en el códice robado
FUENTE: Luis FERNÁNDEZ

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La Catedral de Oviedo,  uno de los recintos sagrados de la cristiandad
Interior de la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo
La Cámara Santa de la catedral de Oviedo custodia desde antiguo joyas y reliquias misteriosas y sagradas, legendarias e ilustres, traídas desde lejos en tiempos lejanos. Esta capilla con cripta que se encuentra en la zona meridional del templo es uno de los recintos sagrados de la cristiandad. Atribuida su construcción a la época de Alfonso II el Casto, otros eruditos la trasladan al reinado de Alfonso III (866-910). Estas reliquias y el tesoro convirtieron a la iglesia de San Salvador de Oviedo en etapa central del Camino de Santiago, hasta el punto que los peregrinos franceses repetían a partir del siglo XI el conocido cantar:
Qui a esté à Sainct Jacques
et n'esté à Sainct Salvateur,
a visité le serviteur
et a laissé le seigneur.
Que vale, en nuestra lengua, por «quien va Santiago y no a San Salvador (ya que la iglesia de Oviedo estaba bajo la advocación del Salvador), visita al criado dejando al Señor» a un lado del camino.
En la Cámara Santa se reunieron reliquias piadosas y veneradas y joyas de alto valor material e histórico. Los primeros restos fueron los de los santos Leocricia y Eulogio, traídos por el presbítero toledano Dulcidio desde Córdoba, donde habían sido martirizados, y guardados en un cofre de plata, a comienzos del siglo XIV, por orden del obispo don Fernando Álvarez. Con la invasión musulmana fue preciso poner a salvo las santas reliquias cristianas en lugares inaccesibles.
Frente de Arca Santa (Cámara Santa)
El Arca Santa, que contenía algunas de las reliquias de la Pasión, había sido sacada secretamente de Jerusalén ante la amenaza de los selyúcidas y arrojada al mar Mediterráneo, ya que, al ser de madera, podía flotar. Sin piloto ni timón, como la barca de piedra que condujo el cuerpo de Santiago, llegó a las costas españolas y, después de la invasión árabe, fue trasladada a Asturias, donde se estaban produciendo los primeros focos de resistencia. Tales reliquias fueron celosamente guardadas. Nadie osaba abrir el Arca, pues se temía que el resplandor de los objetos que contenía cegara a quien lo hiciera.
A estas reliquias sagradas se añadían otros objetos de gran significación histórica e incalculable valor material. La Cruz de los Ángeles tenía una historia legendaria no menos prodigiosa que la del Arca Santa. La habían construido dos ángeles orfebres vestidos de peregrinos en el tiempo que el rey Alfonso II, quien había puesto a su disposición oro y piedras preciosas, echó en comer; y cuando ya terminaba la comida envió a sus «mandaderos» que fueran a ver qué hacían los «oreses» y regresaron los enviados diciendo que los orfebres no estaban, pero habían dejado «la cruz fecha e acabada de muy maravillosa obra», aunque la luz que inundaba el cuarto eran tan intensa que no pudieron contemplarla al detalle. Se trata de una cruz griega cubierta de chapa de oro y adornada con cuarenta y ocho piedras preciosas. El centro de la cruz estaba ocupado por un camafeo de ágata, joya delicadísima e infortunada, ya que se rompió en la voladura de la Cámara Santa por obra de los insurrectos socialistas de octubre de 1934 y se perdió, parece ser que definitivamente, en el robo de la noche del 9 al 10 de agosto de 1977.
La Cruz de la Victoria, a la izquierda, símbolo del Reino de Asturias
Lo que preservaron milenios no pudo sobrevivir a la barbarie del siglo XX.
La Cruz de la Victoria, de madera de roble, que enarboló don Pelayo durante la batalla de Covadonga (lo mismo que Arturo en su victoria sobre los sajones en el fuerte de Guinnion llevaba una imagen de la Virgen María), presidió la iglesia de la Santa Cruz de Cangas de Onís (el primer templo cristiano de Asturias) hasta que Alfonso III la trasladó a la iglesia del Salvador de Oviedo, revestida de oro y piedras, perlas, filigranas y cristales. Se la considera la joya más valiosa de la Alta Edad Media española.
La Caja de las Ágatas o de las Caldedonias, cubierta de oro, salvo la parte inferior, que lo está de chapa de plata, y adornada con placas de ágata listadas, es la gran muestra conservada de la orfebrería carolingia y la joya más destacada de la catedral de Oviedo, junto con las cruces, y otros objetos de gran significación material e histórica, como los dípticos bizantino y gótico, el Cristo de Nicodemus, el cofre eucarístico, el cáliz gótico, o religiosa, de los que sobresale el Santo Sudario.
Oviedo Camara Santa, Capilla San Miguel
Todas estas joyas y reliquias, imprecisamente conocidas por la mayoría de los asturianos o desconocidas por completo, estaban vinculadas desde los orígenes de la Catedral a la Cámara Santa y a la ciudad de Oviedo. Aunque no supieran qué había en ella, todos los asturianos sabían que la Cámara Santa custodiaba piezas muy santas y muy valiosas. Por ello, la ciudad, primero, y la provincia, después, se conmocionaron cuando la mañana del 10 de agosto de 1977 se supo que la Cámara Santa había sido saqueada brutalmente durante la noche. Las dos cruces estaban protegidas por inscripciones amenazadoras: en el brazo derecho de la Cruz de la Victoria figuraba, en latín, el consabido «Cualquiera que intente robar esta ofrenda nuestra perezca con un rayo divino»; y en la de los Ángeles: «Cualquiera que intente llevarme lejos de donde mi buena voluntad la dedicó, perezca espontáneamente con el rayo divino». Pero se conoce que no bastaron. Tampoco pudo protegerlas un coche de patrulla de la Policía Municipal que, según el canónigo don Luis Cortina, algunas noches rodeaba el recinto catedralicio. Pero aquella noche no pasó en el momento preciso. (…)
La leyenda cuenta que su alma es de madera, y fue la cruz que Pelagio,el don Pelayo moderno,exhibía en su lucha final en Covadonga.
FUENTE: Ignacio Gracia Noriega (publicado en La Nueva España (13 de agosto de 2007)
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