2 de agosto de 2015

La costa asturiana esconde un puñado de restos arqueológicos

El islote del tesoro y otras estrellas de mar
la ensenada de Bañugues nos muestra sus más de 100.000 metros cuadrados de superficie
Del pecio de Bañugues a los cañones del Eo, la costa asturiana esconde un puñado de restos arqueológicos, algunos pendientes de estudio, en un mar "complejo y poco propicio para la conservación"
Buzo trabajando en la zona donde permanecen los restos del galeón del siglo XVI, hundido en la parte gallega de la ria del Eo
El barco, quién sabe si un mercante, naufragó un día de junio de 1698 al Oeste de la ensenada de Bañugues, en Gozón, a unos doscientos metros mar adentro, tal vez contra el islote de El Corbiro. Lo que queda de él son centenares de bolas metálicas de munición, un surtido de bombas y cargas de artillería y cuatro cañones, uno de los grandes hitos en la escasa red de vestigios submarinos del Cantábrico asturiano. Tal vez sea aventurado reconstruirlo así, pero a Adolfo Rodríguez Asensio, director general de Patrimonio Cultural del Principado y especialista en arqueología subacuática, le ha gustado imaginar que la historia que duerme bajo el mar de Bañugues es la de un barco que tal vez pudo haber sucumbido "a la rucha", una singular práctica de piratería de la época, de tradición irlandesa, que consistía en el encendido en tierra de hogueras que hacían de "faros artificiales" para confundir a los barcos en la oscuridad y provocar naufragios que facilitaran el saqueo.
Con las evidencias disponibles no se puede asegurar que haya pasado, pero si no es cierto está bien armado, "Ir a la rucha" fue el título y el argumento de un documental submarino sobre el pecio.
Buzos trabajando en el pecio de El Corbiro en Bañuges (Gozón) 
El caso es que el navío sin nombre hundido en El Corbiro es el pecio más conocido y estudiado, un elemento esencial entre los restos de arqueología sumergida mejor relacionados con su origen de los que están documentados y son reconocibles bajo el Cantábrico asturiano. Es uno de los pocos que resisten en el fondo de este mar "complejo" y "poco propicio para la conservación", de costa rectilínea y poco cobijada, "difícil y destructor" y sin nada que conecte sus aguas agitadas con la calma de los paraísos arqueológicos subacuáticos del Mediterráneo o la bahía de Cádiz. Estos días, eso sí, al abrigo conservante de la ría del Eo, el equipo investigador del proyecto internacional "Forseadiscovery" ha vuelto a bajar a ver el galeón del siglo XVI, quién sabe si parte de la Armada Invencible, cuyas ruinas sumergidas figuran entre las mejor preservadas de las conocidas en un pecio de su época. Esta notable excepción, posible porque está en un lugar resguardado de la ría y además "protegido y enterrado en arena", apunta el arqueólogo Miguel San Claudio, reposa en la zona gallega del estuario fronterizo, frente a Ribadeo y Figueras pero más cerca de Lugo. En la vertiente asturiana del Eo, muy cerca de la playa de Arnao (Castropol), aún aguarda estudios en profundidad el conjunto de catorce cañones sumergidos hallado en 2007. De aquí hacia el Este importan sobre todo, al decir de los arqueólogos, un descubrimiento de piezas de artillería en las proximidades marítimas de Oles (Villaviciosa) y otro abundante puñado restos menores, de ánforas o vestigios cerámicos y piezas diversas diseminadas a lo largo de un litoral complejo.
Bala de munición del barco El Corbiro
Cuesta, en todos los sentidos, encontrar evidencias cuando los vestigios duermen a decenas de metros de profundidad y el agua "no es la del terrorífico Mar del Norte", pero sí pone sus propias condiciones y destruye restos con cierta facilidad. Aún así, a Adolfo Rodríguez Asensio le agrada poder imaginar aquello que puede reconstruir a partir de los pocos restos encontrados. Retrocede hasta el proyecto "Dorada 92", que en los años noventa intentó esbozar la carta arqueológica submarina de la costa asturiana y que dio con algo, no demasiado, pero suficiente para trazar esa ruta que del Eo a Llanes se detiene sobre todo en el entorno del Cabo Peñas y en Villaviciosa.
Asensio ha vuelto al junio de 1698 en El Corbiro. Rescata el feliz hallazgo que hizo posible atar los cabos que unían un documento histórico terrestre -un escrito en el que el párroco de San Nicolás de Bañugues daba cuenta del entierro de dieciséis tripulantes de un barco hundido- con el fondo del mar, donde los restos de aquel buque permanecían dormidos, olvidados junto al islote. La incursión submarina guiada por el manuscrito encontró, recuerda Rodríguez Asensio, "un túmulo enorme, de unos trescientos metros cuadrados, una acumulación de materiales metálicos absolutamente soldados entre sí y solidificados formando un montículo, una especie de colina submarina" en la que había bolas, bombas, cargas de artillería o aquellos cuatro cañones. Nada de madera. Contra la primera impresión de estar en presencia de un buque de guerra, el estudio posterior inclinó a pensar que el navío pudo haber sido un mercante armado, probablemente de pabellón español, quizá procedente de una de las fábricas de armamento de la Cornisa, y la munición hallada parte de su carga.
Bomba extraida de El Corbiro
Hoy, pasa por ser lo mejor de lo encontrado y catalogable en la arqueología submarina asturiana, dejando al margen el galeón del siglo XVI de la parte gallega del Eo, en su género "el mejor conservado de los que conocemos", apunta Miguel San Claudio, que en 2011 descubrió los vestigios mientras participaba en el dragado del canal de acceso al puerto de Ribadeo. El arqueólogo no dispone de ningún dato concluyente que le permita asegurar que el barco, una estructura de 32 metros de eslora, haya pertenecido a la Armada Invencible de 1588, pero sí evidencias sobre la necesidad de protegerlo, de conservar sus restos mucho mejor que hasta ahora. "De estudiarlo en profundidad", concreta, "y establecer los mecanismos para su conservación". De "analizar su sistema constructivo, probablemente de excavarlo y seguro de establecer las medidas para garantizar su mantenimiento.
Justo lo que hasta ahora, asegura, no se está haciendo. La alerta sobre el estado de los pecios submarinos, o de la porción encontrada de sus restos, encontrará eco si al seguir el curso de la ría del Eo se alcanza la playa de Arnao. Allí buceó la arqueóloga María Noval, que también participó en la investigación de Bañugues, que estudió el conjunto de cañones descubierto en el estuario por unos buceadores en 2007 y vio "los cañones, también restos de madera y cerámica y vestigios metálicos? El yacimiento promete", pero la arqueología, que es una y la misma en tierra y bajo el agua, multiplica en la mar el coste y el esfuerzo, y si se suma la certeza de que la disponibilidad económica empezaba entonces a no ser la más abundante, se puede entender por qué aquella investigación encalló "en la documentación de lo que había y ahí sigue. A raíz de eso, hablando con gente de la zona", concluye, "te das cuenta de que en la ría del Eo hay muchas más cosas que están por documentar de forma ordenada".
Cañón y balas del navio de bañuges 
Por el número de piezas de artillería, interviene Rodríguez Asensio, "hay que calcular que se trata de un navío, pero por el momento no tenemos mas datos. El mundo marino es muy oscuro a la hora de dar información", aunque en este caso el contraste con la documentación disponible ha aventurado que las piezas pueden proceder de "El galgo de Andalucía" y el "San Francisco", dos fragatas de bandera española hundidas en combate en 1719. Según indicios "sin contrastar", apunta María Noval, los barcos habrían llegado la ría después de apresar a dos buques británicos, hostigados por ello por navíos ingleses. Ante la inminencia de un ataque enemigo, los españoles habrían preferido prender fuego y hundir sus naves antes que permitir que fueran capturadas.
Sea como fuere, el trabajo de documentación está en esa zona del Eo "casi sin comenzar". También, por razones distintas, frente a los acantilados de la zona de Oles (Villaviciosa), donde el topónimo puede llegar a dar fe de lo que a veces pasa con los rastros de naufragios hundidos en el Cantábrico. Que las olas, en áreas de aguas muy batidas, juegan a taparlos y descubrirlos a su antojo. Después de un temporal que revolvió el fondo, un pescador submarino habitual de la zona dio con un cañón antiguo en un lugar donde habitualmente sólo había arena. Se hallaron varias piezas de artillería y antes de que otra marejada los volviera a cubrir se recuperó un mortero de bronce. El conjunto hace pensar en un barco, pero nuevamente sin muchas más certezas ni prospecciones más profundas por todo lo que tapa el fondo y a veces lo que resta la escasez de fondos.
A partir de ahí, la ruta trazada por Rodríguez Asensio se sumerge "en el universo de los hallazgos de elementos caídos o arrojados intencionadamente desde tierra", que también de esto hay en abundancia en la costa asturiana. "Pueden ser baterías de costa o cañones tirados cuando esas zonas dejan de ser estratégicamente importantes o después de un enfrentamiento", apunta. En el litoral asturiano se pueden encontrar, del Eo a Llanes, en varios emplazamientos, algunos de ellos con cierta fama: casi todo buceador sabe que justo debajo del paseo llanisco de San Pedro se puede tropezar con un cañón en una zona relativamente accesible, pero hay más. "En Luanco, en Candás, en Puerto de Vega? Incluso algunos han sido recuperados y están siendo utilizados como norais en muchos puertos". Hace unos meses, de hecho, el Principado aprobó la primera catalogación de piezas de artillería reutilizadas y "la relación es numerosa" y desvela algún problema de conservación. De entrada, apunta Asensio, "los de bronce desaparecen todos. Los que se recuperan y se usan son los de hierro, sobre los que hasta ahora no se efectuaba ninguna acción de restauración. Al sacarlos se pintaban con minio o cualquier pintura y se colocaban, sin pensar que en esos casos la corrosión y el óxido continúan por dentro".
Mortero de bronce del pecio de Oles (Villaviciosa)
De la mar vienen también, remata el profesor, elementos peculiares que pasaron del fondo a las alturas, como unas anforetas de los siglos XVII y XVIII que los investigadores hallaron además de sumergidas "formando parte de los tejados de casas, palacios y hórreos. Diecisiete de ellas, por ejemplo, las localizamos en un cabazo en la carretera que une Castropol con Vegadeo".
Queda la sensación de que a lo mejor hay más sin descubrir, pero desde el punto de vista del interés arqueológico "me temo que no será ni el grandioso barco romano cargado de ánforas ni la flota de embarcaciones de madera que tienen en Vigo", razona María Noval. En el entorno del Gijón romano, los investigadores no dieron en la gran expedición de los noventa con casi nada digno de interés. Y como el fondo del mar es también terreno abonado para la fabulación, en la Concha de Artedo, en Cudillero, la historia del submarino alemán hundido es leyenda. "Buceamos en la zona", precisa Adolfo Rodríguez Asensio, "y no encontramos nada. En fotografías aéreas se aprecia una mancha alargada que podría llegar a confundirse con un submarino, pero que es en realidad una roca. Arqueológicamente, no hay ninguna constancia".
Los buzos trabajando, ayer, en la zona del pecio.
Aquí hubo una fiebre del oro
Tierra adentro, la búsqueda de tesoros legendarios supuestamente enterrados por los musulmanes generó un fenómeno sociológico de gran arraigo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX
M. P. Cuando no había lotería ni quinielas, salir de la miseria encontrando un tesoro enterrado desató en la Asturias rural un fenómeno sociológico, una meta a la que consagrar una vida. Una "fiebre del oro", "sin exagerar". Jesús Suárez López, responsable del Archivo de la Tradición Oral del Museo del Pueblo de Asturias, da fe de ello porque subtituló así el libro en el que recopiló en 2001 las historias de los buscadores de tesoros de tierra adentro entre finales del siglo XIX y bien entrado el XX . Cuenta el etnógrafo que el mito de las ayalgas, de las yalgas o las chalgas, de los tesoros y los chalgueiros que las buscaban sin desmayo hunde la raíz en la creencia, tan falsa como arraigada en su tiempo, de que "a los moros, cuando fueron expulsados, no les dio tiempo a llevarse sus innumerables riquezas y las dejaron enterradas con la ilusión de recuperarlas algún día". Habría animales de oro, toda clase de utensilios de oro, vajillas de oro, incluso mezquitas subterráneas labradas en oro... Y como todo tesoro, tenía sus mapas, anotaciones en papeles manuscritos, muchos hechos y vendidos por embaucadores, que "los campesinos llamaban gacetas".
Barco hundido y dos buceadores
La búsqueda llegó a ser un fenómeno de dimensiones superiores a las imaginables, abunda Suárez. "Cuando alguien piensa en tesoros tiende a imaginar galeones hundidos o riquezas submarinas, pero durante mucho tiempo aquí el tesoro era el que estaba enterrado, oculto bajo tierra". La paradoja es que la búsqueda de una joya llevaba a destruir otras, que el rastreo conducía a los chalgueiros a la excavación incontrolada e incansable de castros, túmulos y construcciones megalíticas hasta ser considerados "la pesadilla de los arqueólogos".
Todo esto cedió cuando surgieron "otras fórmulas a las que confiar la expectativa de la fortuna rápida y que vinieron a sustituir a la búsqueda de la riqueza escondida", asegura Suárez, pero el fenómeno es nuevo ni exclusivo. Más bien todo lo contrario. Incluso se puede trazar un círculo histórico universal siguiendo el rastro de las leyendas que empujan al rastreo de la riqueza legendaria o inexistente. Sería más o menos así: "En Asturias buscamos tesoros abandonados por los moros; en Marruecos, las riquezas que dejaron los romanos; en Roma, las de los etruscos" y si hace falta cerrar el bucle "también en México andaban detrás de los caudales que habían dejado atrás los conquistadores españoles".
Buscando a los buscadores, siguiendo las huellas que dejaban sus relatos, Jesús Suárez encontró deliciosas anécdotas capaces de ilustrar por sí solas el fenómeno. En Folgueraju, Cangas del Narcea, se llegó a sostener sin asomo de duda que en Casa Tiso habían hecho su fortuna cuando el patriarca "soñó que si viajaba a Madrid encontraría un tesoro en la Puerta del Sol. Lo hizo y no encontró nada, pero se topó con un transeúnte al que le contó su caso. 'Si tuviésemos que aceptar todo lo que dicen los sueños', le respondió éste, 'yo estaría ahora en un pueblo de Asturias, Folgueraju, porque soñé que allí hay una casa con una cuadra que tiene escondido un tesoro debajo de la solera donde duerme el castrón pinto'. Tiso se dio cuenta de que hablaba de su casa, volvió, veló una noche y cuando comprobó dónde se acostaba el castrón levantó la solera y halló una cabra de oro". Lo mejor de esta historia de sueños cruzados es que también está muy lejos de ser nueva o exclusiva de Cangas del Narcea: "De este mismo relato hay dos versiones de los siglos XVI y XVII que transcurren en Sevilla, también se cuenta en 'Las mil y una noches', he descubierto incluso una versión japonesa y hasta es labase de un best seller, 'El alquimista', de Paulo Coelho".

La historia no se calla debajo del agua
El galeón de la parte gallega del Eo está "envasado" en arena, por eso mejor conservado que ninguno de los conocidos en su género. Cuando la historia habla debajo del agua, a veces los arqueólogos deben batallar contra el impulso de la extracción. "A no ser que se trate de piezas muy excepcionales", opina María Noval, el criterio general dicta que lo prudente "es estudiar y documentar los restos en el fondo y si están en una zona conflictiva sellarlos, con redes o arena. El problema de la conservación en el exterior de vestigios que han estado en un medio líquido es muy complicado".
Buzo entre las ruinas de un pecio o barco hundido
FUENTE: Marcos Palicio
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