8 de diciembre de 2014

La revolución social en las cuencas mineras finalizo en la madrugada del 19 de octubre de 1934

Un alto en el camino: el fin de la Revolución

El día 6 de Octubre los revolucionarios entraron en Oviedo tras una ofensiva desde el Naranco con 5.000 mineros llegados desde Mieres.
Los rebeldes decidieron aceptar la rendición tras el histórico encuentro celebrado en octubre de 1934 en el cuartel de Pelayo entre su líder Belarmino Tomás y el general López Ochoa


            
Eduardo López de Ochoa en 1934, fue jefe de las fuerzas encargadas de sofocar la rebelión de Asturias.
En la tarde del día 11 de octubre, la columna que dirigía el general Eduardo López Ochoa consiguió romper el cerco que los revolucionarios mantenían sobre el cuartel de Pelayo en Oviedo y enlazar con las fuerzas allí encerradas. La llegada del general López Ochoa no puso fin a la ocupación de buena parte de Oviedo por los revolucionarios, aunque sembró el desconcierto entre éstos en un primer momento. Otras más numerosas columnas militares se dirigían también a la capital asturiana desde todas las direcciones, pero a pesar del impresionante despliegue de efectivos bélicos, aún tardaron ocho días más en dominar toda Asturias y entrar en las Cuencas mineras.
En el origen del movimiento revolucionario de octubre de 1934 estuvo la Alianza Obrera que se firmó en Asturias el 31 de marzo de 1934 entre la CNT y la UGT de Asturias, con el objetivo de hacer la revolución social y establecer un régimen de igualdad económica, política y social, fundado sobre principios socialistas y federalistas. Al pacto se adhirió también la Federación Socialista Asturiana y posteriormente otros partidos. Desde entonces, se constituyeron en todas las localidades donde había representación de los sindicatos y partidos integrados, y en función de su fuerza, comités locales de Alianza Obrera, así como un Comité Ejecutivo Regional de la Alianza Obrera Revolucionaria de Asturias.
La abundancia de dinamita y dinamiteros favoreció el deslizamiento revolucionario en Asturias. En la foto, guardias civiles con cajas de dinamita
Al iniciarse la revolución de octubre de 1934 los comités de Alianza Obrera se fueron convirtiendo en comités revolucionarios, tanto a escala local como regional, a los que se incorporaron a última hora los comunistas del PCE. El primer Comité Revolucionario, de mayoría socialista, entró en crisis ya el 9 de octubre, cuando supo que la revolución había fracasado en el resto de España y que los revolucionarios asturianos se habían quedado solos. Pero no fue sino hasta el día 11 cuando este primer Comité celebró una reunión en Oviedo, a la que asistieron también otros elementos significados de las diversas fracciones revolucionarias y algunos jefes de grupo, en la que Ramón González Peña, uno de los máximos dirigentes del socialismo asturiano, expuso que no procedía prolongar la resistencia y que se imponía una retirada ordenada. Hubo una acalorada discusión, en la que los principales opositores a esta medida fueron los comunistas, pero el Comité aprobó por unanimidad iniciar una retirada ordenada. Pese al acuerdo, los comunistas aprovecharon la situación de descontento creado y convocaron una asamblea en la plaza del Fontán en la que, entre aclamaciones, quedó formado el segundo Comité Revolucionario, de mayoría comunista, con participación de las Juventudes Socialistas, el elemento más de vanguardia del movimiento socialista.
El segundo comité sólo tuvo vigencia y autoridad en Oviedo, y se difuminó y desapareció a medida que la capital fue cayendo en poder de las fuerzas gubernamentales. Ya el día 13 se había constituido en Sama el tercer Comité, presidido por el socialista Belarmino Tomás, mientras los revolucionarios abandonaban el centro de Oviedo y se replegaba hacia el sur, al barrio de San Lázaro y a San Esteban de las Cruces, posición clave para la retirada y en las comunicaciones con las dos Cuencas mineras de Mieres y Langreo. En los días siguientes, entre todos los dirigentes fue calando la idea de que había que "organizar la paz", en palabras de Manuel Grossi, dirigente mierense del Bloque Obrero y Campesino, pero tras unas "negociaciones de potencia a potencia".
Al atardecer del día 17, el comité se reunió en el Ayuntamiento de Sama, mientras que en la plaza un numeroso público estaba a la espera de lo que se decidiera. La reunión se prolongó hasta la madrugada y se acordó parlamentar con las fuerzas gubernamentales, para lo que se comisionó al teniente Torrens Llompart, jefe del puesto de la Guardia Civil de Ujo, que colaboró con la revolución. Éste se dirigió a Oviedo para verse con López Ochoa y preguntarle en qué condiciones estaba dispuesto a pactar con los revolucionarios y si recibiría a una comisión de éstos. El general López Ochoa exigió la entrega inmediata de las armas y municiones a los guardias prisioneros, y que una cuarta parte de los miembros del Comité se presentaran inmediatamente en calidad de rehenes. Las tropas avanzarían hacia la cuenca minera para tomar posesión de la misma y no se produciría ninguna represalia, si no mediaba agresión previa. Posteriormente, los tribunales exigirían las responsabilidades que la ley marcara.
Torrens volvió a Sama y comunicó las condiciones de López Ochoa al Comité, que las consideró inaceptables. En esa tesitura, Belarmino Tomás tuvo un gesto de auténtico arrojo y decidió ir personalmente a Oviedo a entrevistarse con el militar. A las tres de la tarde del día 18, salió de Sama para Oviedo, acompañado del teniente Torrens, y se presentó ante el cuartel de Pelayo. López Ochoa aceptó recibirle. Nada más intercambiar los saludos de rigor, Belarmino Tomás le soltó al general: "Antes de que empecemos a tratar de lo que aquí me trae, quiero que no pierda usted de vista que quienes nos hallamos frente a frente somos dos generales; el de las fuerzas gubernamentales, que es usted, y el de las revolucionarias, que soy yo".
Belarmino tomas en un mitin
Belarmino Tomás planteó que no venía a rendirse sin condiciones y que, si no había pacto, la ocupación de las Cuencas iba a costar muchas víctimas. "Nos falta munición", le dijo, "pero tenemos dinamita suficiente para retrasar dos meses la entrada de las fuerzas en las Cuencas". Al final, Belarmino Tomás se comprometió a la entrega de los prisioneros y a recomendar la del armamento, con la condición de que no hubiera más represalias que las que dictaran los tribunales de Justicia y que ni el Tercio ni los Regulares marcharan en cabeza de las fuerzas que entraran en las Cuencas. López Ochoa aceptó y propuso ejecutar el acuerdo ese mismo día, pero Belarmino Tomás contestó que era imposible y que antes debía de ir por delante para comenzar a ejecutar la retirada de los revolucionarios. Quedó establecido que al día siguiente, entre los 11 y las 12 de la mañana, se produciría la entrada de las tropas.
Tras la entrevista, Belarmino Tomás volvió a Sama y se reunió con el Comité Revolucionario. Posteriormente, salió al balcón del Ayuntamiento y se dirigió a la multitud que allí estaba congregada. El dirigente puso de manifiesto ante la gente que su situación "no es otra que la del ejército vencido. Vencido momentáneamente. Todos, absolutamente todos, hemos sabido responder como corresponde a trabajadores revolucionarios. Socialistas, comunistas, anarquistas y obreros sin partido empuñamos las armas para luchar contra el capitalismo el 5 de octubre, fecha memorable para el proletariado de Asturias".
"No somos culpables del fracaso de la insurrección [?]. Tenemos fusiles, ametralladoras y cañones, pero nos falta lo esencial, que son las municiones. No disponemos de un solo cartucho [...].Ninguna ayuda podemos esperar del proletariado del resto de la península [...]. Sólo se nos ofrece un camino: organizar la paz". Expuso Belarmino Tomás, finalmente, las bases acordadas y, a continuación, se produjo una exaltada reacción de algunos grupos, que llamaron traidor al dirigente socialista, al tiempo que algunos fusiles apuntaban hacia el balcón desde el que hablaba. Tomás respondió, cuando se calmaron algo los ánimos: "Si creéis que somos unos traidores, como algunos manifiestan, pegadnos un tiro o haced con nosotros lo que mejor os parezca. Pero no continuéis vertiendo sangre cuando ya todas las posibilidades de éxito están perdidas [?]. No es de cobardes deponer las armas cuando claramente se ve que es segura la derrota [?]. Nadie, absolutamente nadie, podrá borrar de la Historia lo que significa nuestra insurrección [?]. La lucha entre el capital y el trabajo no ha terminado ni podrá terminar en tanto que los obreros y campesinos no sean dueños absolutos del Poder. El hecho de organizar la paz con nuestros enemigos no quiere decir que reneguemos de la lucha de clases. No. Lo que hoy hacemos es simplemente un alto en el camino".
Aún continuaron los murmullos y las discusiones en los alrededores de la plaza del Ayuntamiento de Sama, pero finalmente la decisión fue aceptada y comenzó la retirada. Según relató Carlos Vega, dirigente del Partido Comunista de Asturias, todo el mundo se puso "en marcha en busca de refugios", algunos grupos de obreros se dirigieron a las montañas y las calles de las poblaciones mineras quedaron desiertas.
En la madrugada del día 19, tal y como se había convenido, las columnas militares salieron a ocupar las dos Cuencas mineras, siguiendo la disposición de marcha ya prevista con anterioridad al pacto.
              
El cuartel de Pelayo, en los años treinta.
FUENTE:  

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