30 de diciembre de 2014

Antonio López-Oliveros, director del periódico "El Noroeste" de Gijón

Cuando soplaba "El Noroeste".

Oliveros en Puerto de Vega, 1957. (Archivo Jesús Mella)
La historia de Antonio López-Oliveros, director del periódico de Gijón y sus cordiales primero y después tensas relaciones con el Sindicato Minero (SOMA) y su líder Manuel Llaneza.
Ilustración de: Alfonso Zapico

Supongo que para muchos ciudadanos es una costumbre habitual leer cada mañana el periódico del día. Yo lo hago, pero también cada tarde me siento ante el ordenador para ver lo que se publicaba hace ochenta, cien o ciento veinte años, según como esté de humor y a menudo aprovecho lo que encuentro para documentar alguna de estas historias. Cada uno se divierte como quiere, pero yo les recomiendo que de vez en cuando visiten las hemerotecas digitales porque resulta didáctico y -al menos para mí- entretenido. En la de Gijón se puede ver con facilidad "El Noroeste", donde se encuentra la historia de Asturias desde el 11 de febrero de 1897 hasta 1936. "El Noroeste" empezó siendo republicano y por eso escogió para su nacimiento la fecha de aniversario de la I República, luego se convirtió en el órgano de expresión del Partido Reformista de Melquíades Álvarez, pero siempre estuvo abierto a las ideas progresistas, sobre todo cuando lo dirigió Antonio López-Oliveros.
El hombre venía de una familia también republicana con solar en Santa Marina de Puerto de Vega, pero pasó su niñez y primera juventud en Cuba donde en medio de grandes penalidades logró publicar sus primeros artículos en la prensa isleña. Después, en 1907, retornó a España y aprendió lo suficiente para volver a cruzar el charco, pero esta vez como próspero especulador de terrenos hasta su regreso definitivo para instalarse en Gijón en 1915.
Antonio López-Oliveros tenía claro que su vocación estaba en el periodismo y en 1917, el mismo año en el que participó junto a Melquíades en la preparación de la huelga revolucionaria de agosto, fue llamado para dirigir "El Noroeste", que entonces era propiedad de un grupo de indianos que ya conocían sus colaboraciones al otro lado del mar.


Antigua sede de El Noroeste en la calle Marqués de San Esteban (Gijón) [Foto 2001, Arch. Jesús Mella]
Su postura inflexible a favor de la democracia le hizo defender desde sus páginas las idas republicanas y progresistas por lo que tuvo que bregar constantemente contra las asociaciones patronales que intentaron repetidamente su clausura. Su mejor aval está en un larguísimo historial de multas gubernativas, suspensiones y procesos judiciales de todo tipo, pero a pesar de todo logró mantener sus ideas hasta que la Guerra Civil le obligó a cerrar las rotativas después de unos meses en los que fue intervenido para servir de altavoz a los anarquistas gijoneses.
De la mano de Oliveros, el diario fue con diferencia el más leído en la Montaña Central, ya que siempre dio prioridad a todo lo relacionado con el ambiente industrial y sobre todo minero que entonces empujaba la economía de Asturias.
En 1935, Oliveros publicó en Madrid "Asturias en el resurgimiento español", un libro de memorias en el que pasó revista a la historia regional de las tres primeras décadas del último siglo en nuestra región, aportando detalles sobre los avatares de su periódico en estos años intensos, que nos interesa conocer porque, entre otras cosas, nos acercan a una faceta de Manuel Llaneza que desconocíamos.
Primero debemos dibujar el escenario recordando que la I Guerra mundial supuso el mejor momento económico para el carbón asturiano. Dos años después de su inicio el precio de la tonelada de hulla había pasado de treinta y cinco a doscientas pesetas, con los beneficios empresariales que se pueden suponer; y sin embargo, ni los salarios ni las jornadas de trabajo -entre nueve y diez horas- se vieron alteradas.
Contra esta situación clamaron la Confederación Nacional del Trabajo y el Sindicato Minero socialista. "El Noroeste" fue el altavoz de este último ante las críticas de los anarquistas que lo consideraron como "el órgano de Llaneza". Oliveros no negó en su libro esta circunstancia: "En 'El Noroeste' se apuntaban con anterioridad las iniciativas defensivas de los trabajadores que ponía en acción el Sindicato Minero asturiano; se redactaban muchas notas oficiosas de este sugeridas por Llaneza utilizando el teléfono desde Mieres, y se realizaban campañas político-sociales que el líder socialista creía convenientes a la democracia obrera, a la culturización de los obreros y a la disciplina de estos".
Pero en el periódico también se dejaba cancha libre a las corrientes más izquierdistas, que estaban en competencia con el SOMA, lo que acabó provocando el progresivo distanciamiento e incluso la abierta enemistad de Manuel Llaneza.
Manuel LLaneza. Ilustración de: Alfonso Zapico
En 1921, atendiendo al llamamiento de la III Internacional se produjo la inevitable escisión en el sindicato, con la circunstancia de que algunos de los colaboradores del periódico optaron por esta vía; entre ellos estaban el abogado gijonés José Loredo Aparicio y el corresponsal en la cuenca del Caudal, Benjamín Escobar.
La disputa interna que se había cerrado en falso con la destitución de Llaneza, se resolvió definitivamente cuando este recuperó su poder expulsando a las secciones que habían votado en su contra, lo que dio nacimiento a una nueva y poderosa organización: el Sindicato Único.
Según Oliveros, una tarde Llaneza se desplazó hasta Gijón para exigirle que no publicase nada sobre ellos, con una amenaza contundente: "Si 'El Noroeste' no cierra sus columnas a esa gente, nosotros tomaremos medidas contra 'El Noroeste'". Lógicamente, el periodista rechazó de plano aquella pretensión. Desde aquel momento ambos no volvieron a dirigirse la palabra y la lectura del diario progresista quedó proscrita para los socialistas que prefirieron vincularse a la prensa financiada por las patronales.
Aunque lo peor llegó en plena dictadura. En 1927, el año en el que se perdió la conquista de la jornada de siete horas, se rebajaron los salarios y miles de trabajadores fueron despedidos, Primo de Rivera desfiló por las calles gijonesas seguido por una comitiva triunfal en la que figuraban las secciones del Sindicato Minero con sus banderas desplegadas. Ante esta situación, desde "El Noroeste" se insinuó la posibilidad de una huelga y el guante fue recogido por los trabajadores que pararon la actividad en las cuencas durante un mes oponiéndose a las indicaciones del SOMA.
A mediados de octubre, Ricardo I. Eguren, el corresponsal en Oviedo, pudo escuchar por la puerta entreabierta del despacho del Gobernador Civil, José María Caballero, las palabras de Llaneza: "Si el Gobierno no ata corto a 'El Noroeste' yo no respondo de los obreros mineros".
Su afirmación no tardó en tener consecuencias: las oficinas del diario fueron registradas en busca de propaganda subversiva (que ciertamente estaba allí escondida) y Antonio López-Oliveros deportado a Madrid. Dos días más tarde, José Loredo Aparicio también fue detenido en Mieres por indicaciones de los socialistas y enviado a Páramo del Sil.
Ya en la capital, Manuel Llaneza intentó en vano ponerse en contacto con Oliveros para convencerlo de que él no había intervenido en su deportación, pero éste rechazó su visita. Unos días más tarde, cuando el periodista y un amigo se disponían a comer en un buen restaurante madrileño fueron avisados por un camarero de que en uno de los reservados el líder de los mineros socialistas se encontraba almorzando con Miguel Primo de Rivera. Al saberlo, abandonaron el local.
Llaneza murió sin haber visto el nacimiento de la II República; Oliveros sí pudo vivir este período y con él la evolución ideológica del reformismo que acabó colaborando con los partidos de la derecha. Aquel no era su sitio, pero la fidelidad a Melquíades Álvarez le hizo seguir a su lado mientras éste iba despojándose poco a poco de su identidad.
Las consecuencias llegaron con el alzamiento militar de julio de 1936. En los primeros días de guerra Melquíades fue ajusticiado en Madrid por unos exaltados y el periodista asturiano, señalado como uno de sus más íntimos colaboradores, se situó en el punto de mira de sus enemigos. Belarmino Tomás, quien quería pasarle la factura de sus desencuentros con el SOMA, ordenó su búsqueda y detención y tuvo que esconderse en la casa de unos amigos gijoneses.
Cuando cayó el Frente Norte, su pasado volvió a pasarle factura porque también era persona non grata para el bando sublevado, de modo que huyó hasta París con la pretensión de conseguir allí un visado para tierras americanas.
Sin el apoyo ni de los unos ni de los otros, fracasó en sus gestiones y decidió pedir el permiso del nuevo régimen para rehacer su vida en Madrid. Lo obtuvo, a cambio de no volver a su antigua profesión; entonces tuvo la suerte de encontrar un buen trabajo lejos del periodismo dirigiendo en Gijón "Industrial Zarracina S. A." y siendo ya mayor se casó dos veces, la primera vez en 1951 con la allerana Luz González Trapiello, que era viuda de un minero fusilado en 1937, y luego de segundas con otra mujer de Ávila llamada Paula Sánchez.
Antonio López-Oliveros falleció en Madrid, en 1967, a los ochenta y ochos años. Con él se enterró una forma única de entender el periodismo.
EL NOROESTE 2 JULIO 1917
 FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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Antonio L. Oliveros: un periodista de palabra.

Antonio L. Oliveros (c. 1922)
¿Quién fue Antonio L. Oliveros?  Uno de tantos nombres asturianos  -junto a Benigno Arango, Dionisio Morán Cifuentes, Antonio Ortega, José Loredo Aparicio, Ovidio Gondi, Mariano Merediz, Julián Ayesta,…- arrumbados por el olvido, que casi nunca es justo ni piadoso. En verdad su nombre no dice nada a casi nadie. Su obra como periodista y escritor tampoco ha sido bien ponderada. Solamente parte de la comunidad historiográfica asturiana ha venido librándolo del anonimato. Así, Gabriel Santullano destaca que Oliveros “fue siempre un observador sagaz”, el malogrado M. A. González Muñiz, refiriéndose a su libro más conocido, Asturias en el resurgimiento español (1935), lo considera “fundamental para conocer la Historia de Asturias”, Francisco Erice y Jorge Uría señalan su obra como “un importante testimonio sobre la evolución política del primer tercio del siglo [XX]” y Manuel Tuñón de Lara precisa que tal libro “ofrece fuentes, arroja luz y suscita reflexión para comprender la historia contemporánea de Asturias, pero también la de otros pueblos de España”[1].           
Siendo Oliveros un testigo excepcional y protagonista, en muchas ocasiones, de los hechos que recoge, hace que Asturias en el resurgimiento español sea fuente básica  -aunque desigual-  para el conocimiento del pasado asturiano y español. Es significativo, de cuanto afirmamos, el hecho de que quien consulte un estudio reciente sobre Gijón, o Asturias, aun de tema muy dispar, probablemente se encuentre con un pasaje o referencia concreta, muy apropiada al caso, proveniente de la obra de Oliveros. Obra que, en cierto modo, fue rescatada del olvido por el profesor David Ruiz en su pionero trabajo El movimiento obrero en Asturias. De la industrialización a la II República (1968), al integrar en el discurso muchas de las observaciones de Oliveros, y al tomarla como hilo conductor en varios momentos del relato. Indudablemente, y no es una exageración, sin el libro de Oliveros la Asturias del primer tercio del siglo XX no resulta plenamente inteligible.          
Y pese a ello, pese a ser uno de los grandes del periodismo regional y, probablemente, el mejor memorialista asturiano del siglo pasado, además de un hombre de grandes cualidades, su figura fue desacreditada entonces en determinados círculos e injustamente olvidada después, cuando de ninguna manera merece ser ninguneada. Un caso de exclusión parejo al de su jefe político, Melquíades Álvarez.

Emigrante y periodista en Cuba.         
Antonio José López-Oliveros Fernández nació en 1878 en Santa Marina de Puerto de Vega (Navia), cuna de hombres ilustres  -Marqués de Santa Cruz, Juan Pérez-Villamil-  y lugar de fallecimiento de Jovellanos. Como tantos otros del occidente asturiano, para librarse de la miseria emigró a Cuba siendo un niño y allí pasó sus años mozos. Huérfano de madre y distanciado de su padre, fue acogido por el pintor cubano Miguel Melero, quien le inculcó la virtud del estudio y le formó culturalmente. En La Habana llevó una vida triste y desdichada, circunstancia que contribuyó a formar su carácter. Se empleo en muy diversos oficios y, al mismo tiempo, se inició en el periodismo y otros trabajos literarios. Por un impulso romántico se alistó en el Cuerpo de Voluntarios y tomó parte en la guerra de Cuba (1895-1898), hecho que marcó su vida para siempre. Acabada la guerra, no se acogió a la nacionalidad cubana. Continuó sus labores periodísticas en el Diario de la Marina y otros periódicos, entre ellos, El Porvenir Asturiano y su continuador El Avance Asturiano, ambos de Navia.

Tras una fase de añoranza, retornó a Asturias. Se afilió al Partido Reformista, inauguró  -con polémica incluida-  el monumento a Campoamor en Navia (1913) y regresó por un corto tiempo a la Gran Antilla a fin de arreglar asuntos particulares. A la vuelta se instaló en Gijón donde realizó encomiables trabajos de acción social y colaboró en la prensa asturiana. En julio de 1917 fue nombrado director de El Noroeste de Gijón  -“sacrificio romántico”, según ha dejado escrito-  desde el que influyó con sus campañas en las victorias electorales republicanas y de izquierda, participando él mismo  -no sin dificultades- de forma activa en la vida política regional, aunque no ostentó cargo significativo alguno. En 1925 fundó, junto con otros colegas pertenecientes a las redacciones de los periódicos locales, la Asociación de la Prensa diaria de Gijón. 

La universidad popular de El Noroeste.

Desde el puesto de director intentó siempre un periodismo de calidad al servicio de la sociedad y de la clase trabajadora. Periodista insobornable y batallador, labrado a sí mismo en la emigración, hizo de El Noroeste una especie de plazuela intelectual o universidad popular, prestigiando al diario gijonés con destacados colaboradores en la redacción y convirtiéndolo en un referente del republicanismo a escala nacional. Además, laboró por civilizar las luchas del partidismo político, permitiendo la colaboración de los marxistas-leninistas en las páginas del periódico, lo que supuso el distanciamiento con el líder minero Manuel Llaneza. También sobrellevó la persecución de la patronal, con Enrique Cangas al frente.

Conspiró contra el Directorio y denunció el colaboracionismo de algunos dirigentes del socialismo asturiano, y del Sindicato Minero Asturiano, con el régimen de Primo de Rivera. Como consecuencia de todo ello, sufrió procesos, multas y destierro. Fue el precio de su compromiso permanente con la verdad y la salvaguardia de las libertades.

Aunque atado a un partido cada vez más alejado de sus convicciones políticas, pero en el que se creía obligado a permanecer para intentar mantenerlo dentro del ideario fundacional, y por devoción a Melquíades Álvarez, se entregó de lleno a la actuación revolucionaria. Al advenir la República se opuso a la derechización del Partido Republicano Liberal Demócrata  -apresurada transformación del antes Reformista-  y el propio  tribuno lo vetó como candidato a las elecciones generales de 1933, rompiendo entonces Oliveros -que era partidario de un posicionamiento claramente republicano- con Melquíades Álvarez y cesando voluntariamente como director del rotativo oficioso del melquiadismo, diario en el que había colaborado desde 1910 y al que había entregado la vida entera. Siempre se reveló como un hombre coherente y en esta ocasión también lo fue. Fijó en Madrid su residencia y allí comenzó a escribir Asturias en el resurgimiento español, tarea que apuró al máximo, pues aún en el verano de 1935 había corregido y añadido unas galeradas al texto primitivo. Entre éstas, el epílogo dedicado a la revolución de 1934, que condena sin paliativos. Después de muchos años de lucha por el triunfo de la República, el contemplar las fuerzas y la verdadera talla de los políticos  -de uno y otro matiz-  que sostenían el nuevo régimen le causaba dolor. La República de abril, la novia bien amada, se había muerto pronto.          
La guerra de 1936 le sorprendió de vacaciones en Gijón, llegando a ser amenazado de muerte por elementos de izquierda. Los dirigentes socialistas   -con Belarmino Tomás a la cabeza-  no olvidaban los desencuentros del ayer. Son noches de caza y Oliveros permanece oculto. Gracias a los servicios clandestinos de Eleuterio Quintanilla y Jesús González Malo –líder anarquista de Santander-  consiguió escapar a Francia e instalarse en París a principios de 1937. En el exilio se relacionó con otros españoles ilustres allí refugiados (Gregorio Marañón, Teófilo Hernando, Sebastián Miranda, Saturnino Zuazo,…), y colaboró en la corresponsalía del diario La Nación de Buenos Aires, instalada en el centro de la capital francesa, a cuyo frente estaba Fernando Ortiz Echagüe.

La mordaza del franquismo.

Acabada la contienda, tras arduos trámites y la intercesión de Marañón, se estableció en Madrid, aunque el régimen de Franco le prohibió el libre ejercicio de la profesión periodística, con lo que tuvo que ingeniárselas  -en un ambiente adverso-   para salir adelante. Era un superviviente muchos años antes de su muerte. Durante ese tiempo de exilio interior colaboró estrechamente con el magistrado asturiano Adolfo García González, tardío publicista de las teorías georgistas, y ultimó una biografía de Melquíades Álvarez, un retrato íntimo que  tenía listo en el otoño de 1945[2]. En 1953 fechará su escrito La guerra civil en Asturias (Memorias de un espectador), relato alternativo a las versiones oficiales, donde confluyen una historia que es la suya  -llena de vivencias conmovedoras-  y los propios hechos bélicos, matizados por la distancia[3].

Ya mayor,  regresó discretamente a Gijón  -veinte años más tarde de su última estancia en la villa-  al confiarle la condesa del Real Agrado la dirección y gerencia de la prestigiosa firma Industrial Zarracina S. A., responsabilidad que ejerció desde 1955 hasta 1964. Durante esos años llevó una existencia austera, desarraigada de la vida pública; años que el “gijonismo tabú” intentó que no fueran gratos. Todavía era considerado una figura nefanda por mentes hipotecadas por viejas rencillas ideológicas, que no le aceptaron ni le perdonaron su pasado de honradez e independencia al frente de El Noroeste. Tan claro había hablado en su día que se hizo el silencio sobre su persona. No obstante, viajó por la región y escribió bajo seudónimos multitud de artículos y reseñas en revistas de la colonia española en América, y en algunas publicaciones españolas; siempre con un estilo cáustico. En ocasiones, sus textos son alegatos lúcidos contra los nuevos vientos políticos que corren en España, ejerciendo una crítica irónica, amarga y meditada.

Oliveros fue un grafómano insomne. En 1962 concluyó otras memorias, de carácter eminentemente autobiográfico, que así mismo permanecen inéditas. Tras cesar en Zarracina regresó definitivamente a Madrid, donde falleció en 1967 a los ochenta y ocho años de edad[4]. Una sorprendente esquela, redactada previamente por él mismo, fue la última declaración de principios: reafirmaba su total independencia y reivindicaba su pasado profesional. Se había hecho periodista para vivir la historia y contarla.

Desde hace más de una década, el Ayuntamiento de Gijón ha venido incorporando al callejero local una serie de nuevos nombres que representan valores cívicos de muy diverso tipo: Constantino Suárez Españolito, Diario El Comercio, Ateneo Obrero de La Calzada, José María Martínez, Isidoro Acevedo, Segundo Blanco, entre otros. Se echan en falta bastantes, pero sobre todo uno. Si se quiere recuperar para Gijón la memoria colectiva,  reflejando en el nombre de sus calles el espíritu abierto y plural de un pasado irrepetible, no debe faltar el de quien activó como nadie el ferrocarril de Gijón a Ferrol (de la Costa), que El Musel fuese un puerto trasatlántico de primer orden, que presidió honoríficamente la Asociación de Ciegos de Gijón Santa Lucía, que fue vocal popular del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Gijón,  que durante diecisiete años realizó desde El Noroeste numerosas campañas en favor de la villa de Jovellanos, y que luchó infatigablemente por mejorar la condición económica de la clase trabajadora asturiana en una etapa histórica convulsa. Naturalmente nos estamos refiriendo a Antonio L. Oliveros, el Hombrín, tan íntimamente identificado con el pueblo llano de Gijón y que sólo tuvo un defecto grave: obró siempre como le dictaba su conciencia[5]

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[1] Prácticamente el libro  –primera entrega de sus memorias-  es un auténtico trabajo de historiador. No es extraño, pues, que haya merecido otras dos ediciones. Una en la “Colección Reconquista”, dedicada a recuperar libros de Asturias, con la novedad de que lleva un pertinente prólogo del historiador Tuñón de Lara y unos índices muy oportunos, y otra más  -con las novedades incorporadas- en la colección “Biblioteca histórica asturiana”, publicada con motivo de la conmemoración del VI centenario de la institución del Principado de Asturias. Las dos ediciones, facsímiles de la de 1935, fueron impresas por el editor Silverio Cañada, de Gijón (1985 y 1989).

[2] Apareció en La Habana (Cuba) en 1947 con el título: Un tribuno español. Melquíades Álvarez. Ha sido reeditada en Gijón (1999).
[3] Estas memorias sobre la guerra, inéditas hasta la fecha, han visto retrasada su impresión por imponderables de la propia investigación, pero pronto verán la luz en edición ampliamente anotada por quien esto escribe.
[4] Sobre la figura de Oliveros lo más recomendable es acudir a las propias notas autobiográficas que salpican Asturias en el resurgimiento español y completarlas con los datos  -inexactos algunos- que se recogen en la obra de Constantino Suárez Escritores y artistas asturianos, con adiciones de José Mª Martínez Cachero. Recientemente hemos compendiado la trayectoria épica de este periodista excepcional, centrada en su etapa americana: Jesús Mella Pérez, “Antonio L. Oliveros: Hecho en Cuba”, en 12 estudios sobre emigración y emigrantes a América, Oviedo, 2008, pp. 175-237. Oliveros se casó dos veces: en 1951 con Luz González Trapiello, viuda de Mauricio Fernández, minero fusilado en Aller (Asturias) en 1937; y en 1963, con la abulense Paula Sánchez Hernández. Con la primera mujer tuvo un hijo que llegó al empleo de capitán del arma de Aviación: Luis López-Oliveros Fernández-González (1921-1973).
[5] En 2002 el Círculo Republicano Gijonés solicitó del Ayuntamiento una calle para el periodista de Puerto de Vega, en la que debía figurar una placa con la siguiente leyenda: “D. Antonio L. Oliveros, ciudadano ejemplar, defensor de las libertades”. El escrito sigue durmiendo el sueño de los justos en algún archivador del consistorio gijonés. 
FUENTE:   Jesús Mella (http://jesusmella.blogspot.com.es)
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