5 de septiembre de 2014

La historia de personajes curiosos de Gijón

Jovellanos, Poblet y «El Mercrominu»

El Gaviotu anunciando "La Casera"- gijonenelrecuerdo.elcomercio.es
Personajes curiosos de la historia de esta ciudad.
Domingo Rodríguez, avecindado en el barrio del Natahoyo, entonces parroquia de Tremañes, fué el último gijonés que hizo uso del traje del país de manera habitual en el Concejo de Gijón. Fallecido a los 88 años, el 15 de agosto de 1891. http://recuerdogijon.blogspot.com.es
http://www.lne.es
La historia de Gijón es muy larga, y muy ancha. Admite de todo. Bien lo sabía el recién desaparecido Fernando Poblet. Admite desde ilustrados con peluca de los que sabemos hasta cuántas veces en su vida tuvieron fiebre hasta esos populares desarrapados de los cuales desconocemos muchas veces incluso el nombre y en los que Poblet era experto. Todos formaron parte de la historia de la ciudad, del paisaje urbano de Gijón. No se trata de poner en el mismo saco a todos, ya lo sé. No es la misma cosa Jovellanos que el «paisanucu» que hasta hace bien poco recorría Gijón con la cara llena de mercromina. Pero sí se trata de entender que Gijón es una ciudad abierta y de tener claro también que la nunca escrita «Enciclopedia de Gijón» coge a ambos. Y con el mismo tamaño de letra. El primero en la J y el segundo en la C de Chaquetu, o en la B de Barrunta, o en la M de Mercrominu, ¿qué más da?

De don Gaspar Melchor de Jovellanos hay mucho (y bueno) escrito. Y se sigue escribiendo con perfección. Sirva como ejemplo el último número de «Cuadernos de Investigación» que edita la ejemplar Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias. Nosotros aquí, para honrar a Poblet, vamos a otra cosa. A personajes como «El Mercrominu», por ejemplo, algunas veces llamado también «Barrunta» y «El Chaquetu».

Casi dos siglos de tradición. Las casetas al principio eran de madera y se acarreaban con caballerizas hasta la orilla. www.elcomercio.es
«El Chaquetu» porque llevaba una americana -siempre la misma- unas cuantas tallas más grande de la que le habría correspondido, siempre con su pantalón azul de mahón, con la misma boina negra y siempre en zapatillas de cuadros, de las de casa. ¿Era calvo «El Mercrominu»? Nadie lo sabe, la boina era sempiterna. Y, eso sí, la cara y manos siempre llenas de mercromina. Era su signo de distinción. La gente decía que era una manía de extrema limpieza, de pulcritud necesaria al vivir rodeado de basura. Deambulaba por todo Gijón, hasta hace bien poco, y la leyenda urbana dice que su nombre era Octavio y que había trabajado en la fábrica de Laviada. Y lo típico en estos personajes: que tenía una gran fortuna pero por causas varias enloqueció, barruntó, chifló. Octavio malvivió, al menos una temporada, en un bajo destartalado frente al bar El Sitio, en la calle de Numa Guilhou.
Aunque también llamaban «El Chaquetu» a otro paisano que andaba encorvado, con un bastón con cascabeles y cogiendo colillas del suelo. «Chaquetu», por lo mismo, al estar encorvado la chaqueta era para él tan larga como un abrigo.
No hay que confundir con Poquinone, también muy inclinado -el tronco casi paralelo al suelo- y que tenía el paseo de Begoña como su zona habitual de deambulación.
¿Qué fue de otro «paisanucu» que en la plazuela de San Miguel siempre iba con un radiocasete grande a todo volumen, con cintas de tonada asturiana?
Callado, siempre ataviado con una especie de gabardina (en invierno y en verano) con el aparato en bandolera y con unos cuantos coetáneos que compartían banco con él, escuchando, en silencio, casi religiosamente, a «El Presi», a Juanín de Mieres, a La Pastorina y demás. No nos confundamos, en este caso, con el gaiteru que sentado siempre en el suelo -cara hacia abajo con sombrero, nunca lo vi de pie- «amenizó» durante años la concurrida zona de la Acerona, con sus carrillos súper hinchados como si de un soplador de vidrio se tratase. Ya el maestro Fernando Poblet en su «Guía Indiscreta de Gijón», de 1980, incluye una foto de quien él llama «gaiteru civil». No pedía dinero este gaitero sin nombre, no hablaba, sólo tocaba.
El día 1 de junio de 1982 murió el palentino Benigno Piélago, «el hombre de las pérgolas», que en las pérgolas del Muro vivió durante años. El Clochard lo llamaban, y allí había hecho su casa y allí vio como se derribaba una de las dos pérgolas. Nadie lo vio fuera de ese entorno, no pedía, no hablaba con nadie, pero era enormemente popular en Gijón. En mayo del año 1982 se derribó la segunda pérgola y Benigno no aguantó vivo ni un mes.
Más frikis locales. Por ejemplo Delfina la Lloca, una mujer que andaba por Gijón, por todo Gijón, con sus piernas muy arqueadas, o una mujer muy alta que llamaban «La Calva» (porque lo era) o una lisiada de nombre «La Pancha». La Pancha estuvo muchos años recorriendo la ciudad con sus muletas y luego ya caminaba en la clásica silla de ruedas que movía dando con sus manos a la manivela. Otro marginal local. Un hombre que, hasta hace bien poco, recorría el Muro y otras partes de Gijón en verano arriba y abajo, a buen paso, a pecho descubierto, siempre con su camisa blanca en la mano. ¿Nombres y apellidos de este hombre, de «La Calva», de Delfina o de «La Pancha»? Ni idea.
Muy popular con su salacot y su traje de explorador fue Donan Pher, vendedor de bolígrafos en el rastro, «El Emperador del Bolígrafo» se hacía llamar. Su verdadero nombre era Fernando Santos Velázquez López, y murió en Pola de Siero en agosto de 2010 a los 86 años. Vendía bolígrafos, de muchos colores, mientras exhibía unas fotos suyas en muchas selvas del mundo y en las aparecía rodeado de enormes serpientes. Además de en Gijón, Donan Pher fue muy popular en Pamplona, ya que vendió bolígrafos en los Sanfermines desde 1941 hasta pocos años antes de morir. El «nombre artístico» de este vendedor, de este charlatán, provenía de jugar con las sílabas de su nombre, Fernando.
Y tantos más. Emilia Gómez, «La Perala», por ejemplo. Ataviada de forma muy estrafalaria, muy colorista, La Perala atravesaba el casco urbano procedente de Ceares donde vivía, y siempre arrastrando unos fardos de contenido misterioso. Artista, bailaora y cantante, La Perala siempre iba excesivamente maquillada y cargada de bisutería. Muy joven, a los 35 años, en mayo de 1983, murió «Emilio el de la botella». Tenía dos hijos, no se separaba de una botella siempre semi vacía y acarreaba agua de la fuente frente al ambulatorio de la Puerta de la Villa para las pescaderas que allí, al lado del Mercado del Sur, se instalaban. Les sacaba la basura a las verduleras? Lo clásico: «Tenía carrera, había ganao perres, pero el alcohol?». Cuando murió Emilio fue una tragedia entre las vendedoras.
Una mujeruca (ya septuagenaria, baja, ojos muy claros y vivos, abrigo muy largo, en origen no oscuro) recorría Gijón hasta no hace mucho, y hurgaba entre los contenedores. Siempre con una muñeca infantil entre los brazos.
Y ahora mismo, mientras esto escribo, escucho las atronadoras voces de un clásico en la zona de la estación Alsa, aunque también «actúa» en la plaza de Italia. El hombre se detiene durante una hora o más y lanza proclamas en voz muy alta pero ininteligibles como «eses flores no son para coger?» o «eso no me lo dices en la calle?» y siempre terminadas con una risotada muy sonora. Este hombre tan vocinglero aparece un día y luego no se deja ver (ni escuchar) durante meses.
¿Más información? En Internet. En páginas excelentes como gijonenelrecuerdo y recuerdogijon. Hace ya muchos años que para escribir la historia de Gijón no hace falta papel. Sirvan estas líneas, además, de homenaje póstumo a Poblet y su «Guía indiscreta».

Benigno Piélago.
FUENTE: 

Míticos del vieyu Xixón


Los gijoneses de mi generación recuerdan vívidamente al Chaquetu -rebautizado como el Mercrominu-, los de la anterior, a Rambal, los que son algo más mayores, a la Perala. Míticos en nuestro Xixón del alma hubo muchos en todas las épocas, pero ¿cómo eran aquellos que recorrían las calles a principios de siglo, ésos que ya no queda nadie que los recuerde ni guaje que los escorriera (o al que escorrieran)? Conozcámoslos pues. Empezaremos hoy con cuatro míticos de muy diferentes clases: el simpático, el tullido, el entrañable y el extraño.

El difuntu Castañón o Faustino el Civil. Se trataba de Faustino Castañón Alvarez (1880-1933), mítico parrandero y amenizador de fiestas. En abril de 1914 instaló en el campo de la iglesia de Somió, con motivo de una fiesta local, un enorme tonel de sidra al que llamó Espartaco. Con el nombre buscaba vencer en tamaño y popularidad a todos los toneles vecinos. Además de la sidra, ofrecía gratis a quien pasara por allí, militares y paisanos, indígenas y forasteros, percebes y centollos. Todo pagado de su bolsillo. Él se justificaba ante la prensa: ¡Pa qué quiero yo lo que gané por esos mundos, más que pa’ gastalo en francachelas!. El difunto Castañón era, de oficio, pintor, y a pesar de su fama de parrandero, trabajador… a veces demasiado: en 1911, el gremio de pintores lo declaró esquirol por no respetar el boicot establecido a unos talleres.
Recibía tal nombre el buen Faustino por la extremada delgadez que le caracterizaba y que El Noroeste del 17 de octubre de 1914 caricaturizó (imagen de la izquierda) junto a uno de los versos que, con motivo de cualquier ocasión -antroxu, toros, fiestas de guardar…- recitaba para diversión del público:
Dicen muchos que me vieron
toreando de salón,
que hay en mí buena madera,
¡piensen que soy un tablón!
Daré el pase de alto y pingo
con ceruyu y valentía,
y el pase del clau de rosca
y el pase a la enfermería.
Si la diño, que me lleven,
en automóvil o en coche,
y que sea por la mañana,
¡pa corréla tóla noche!

Toreaba con gracejo y poco arte pero mucha risa el Difuntu, alternando caídas y posturas imposibles frente al toro con versos y monólogos simpáticos. Por ejemplo, amenazando al toro con circuloquios como el que sigue: ¡Pues vas á morir afusiláu, y además, voy brindar la muerte tuya a les cigarreres, que saben de sobra de lo que ye capaz el Difuntu Castalón!.
***
Pulgarín, enano bautizado como Manuel Valdés, fue un peculiar limosnero muy conocido en el Gijón de finales del siglo XIX por su pequeña estatura. Pulgarín tenía como oficio pedir limosna en las puertas de las iglesias para hacer bien por las ánimas del purgatorio, es decir: no para sí, sino para la iglesia. Fue Valdés, en su época, limosnero oficial y conserje del antiguo cementerio gijonés, que se situaba al lado de la iglesia de San Pedro y que se utilizó hasta 1877, cuando se enterró el primer cadáver en el del Sucu (Ceares). La muerte de Pulgarín entristeció a Gijón aunque se viera venir: ya muy anciano, el 5 de mayo de 1897 sufrió lo que pareció ser un infarto a la entrada de su casa en Marqués de Casa Valdés, 9.
***

El ciego Tomás se llamaba Tomás Sánchez y había nacido en 1857. En 1872, con 25 años, se quedó ciego; y a finales de siglo comenzó a vender periódicos en una esquina del Mercado de Jovellanos. Poco a poco fue haciéndose un personaje popular y querido por los gijoneses, que cada día le veían ir y venir de su puesto montado en un cochecito tirado por un viejo caballo. La Prensa lo retrató en 1933 -es la foto de la derecha-, cuando ya tenía 75 años, una mujer de 84, un nietín huérfano de once y una hija metida a monja.
Nada que ver con otro vendedor de periódicos ciego de Gijón en esa misma época: Enrique Castro Alvarez, de Roces, no contó con la admiración de los gijoneses debido a sus continuos problemas con la justicia. En 1926 acusó a su tía, Luisa, de haberle sustraído 25 pesetas; nueve años después, la Guardia municipal le sorprendió , ayudado de un carrín y un asno, robando arena de la playa.
***
 Manín de la carne cruda, de nombre Manuel Palacios, fue uno de esos viejos víctimas de las canalladas infantiles que toda época ha conocido, pero éste con una curiosa historia detrás. En el siglo XIX, Manín se había dado a conocer por su afición a comer carne cruda, con la creencia -bastante generalizada por aquel entonces- de resultar beneficioso para la salud. Hubo quien decía, además, que consumía carne de los gatos que cazaba por la calle. Con la llegada del siglo, Manín ya era un anciano decrépito del que abusaban los niños con asiduidad, vagabundo por las calles gijonesas y causante de frecuentes anécdotas. Por ejemplo: en 1900 se le impuso una multa de 2,50 pesetas por hacer aguas en la calle Cabrales, quizás a causa de una de las borracheras de las que solía dar cuenta muy a menudo. La animadversión hacia Manín era palpable: en 1903 un muchacho le ocasionó graves heridas en la cabeza tirándole piedras, cruel diversión para con Manín de los niños gijoneses de principios de siglo. En 1906 le condenaron a una multa de 10 pesetas por haber agredido con el bastón a una mujer que, al parecer, le había arrojado una alpargata a la cabeza.
Manín de la carne cruda falleció en octubre de 1909, en la total y absoluta miseria, meses después de que su locura llenase de preocupación las páginas de los diarios gijoneses al negarse el viejo a ingresar en asilo alguno. Según El Principado de septiembre de 1909, Manín era un verdadero cuadro de miseria. A las once de la noche, recorre las calles de la población, y procurando albergue a todo trance va observando los portales de las casas, para refugiarse en el primero que encuentra abierto. Las escaleras de la oficina de telégrados, los asientos y mesas de alguno de los fielatos de consumos, sirven de refugio a ese pobre hombre, desamparado.
Puerto local de Gijón, primer tercio del siglo XX. www.asturias.es




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