2 de agosto de 2013

El capitán de caballería Francisco Suárez Baíña,

La muerte del cabecilla Suárez Baíña

El capitán de caballería carlista, responsable de múltiples acciones de guerrilla contra el régimen establecido, falleció tiroteado en Morcín por un grupo de mierenses


Como es sabido, al morir el rey Fernando VII los españoles se enfrentaron en la Primera Guerra Carlista agrupados en dos bandos: uno en torno a su hija, la futura Isabel II, representada en aquel momento por su madre la regente María Cristina de Borbón y otro a favor del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón, hermano del fallecido y por lo tanto tío de su rival. Incluso se ha llegado a decir que desde ese momento ya nunca nos hemos vuelto a poner de acuerdo y que aún vivimos hoy las consecuencias de aquel enfado entre Borbones.

                                        Isabel II, de niña (anónimo). http://es.wikipedia.org

La minoría de edad de Isabel II es el período de la historia contemporánea de España durante el cual Isabel II, a la muerte de su padre Fernando VII, reinó bajo la institución de la regencia de su madre primero, María Cristina de Borbón y del general Baldomero Espartero después, abarcando casi 10 años de su reinado, desde el 29 de septiembre de 1833, fecha de la muerte de Fernando VII, hasta el 10 de octubre de 1843, cuando Isabel fue declarada mayor de edad el mismo día en que cumplió trece años.
A la muerte de Fernando VII su esposa, María Cristina de Borbón, asumió de inmediato la regencia en nombre de su hija, Isabel II. Parte de la sociedad española estaba expectante ante un posible cambio en el reinado que se iniciaba que incorporase al país los modelos de corte liberal que se desarrollaban en algunas naciones de Europa. La Guerra Carlista y los enfrentamientos entre los liberales moderados y progresistas culminarán con el ascenso a la Jefatura del Estado del general Baldomero Espartero mientras dure la minoría de edad de la futura reina, Isabel II, en un periodo convulso plagado de crisis gubernamentales e inestabilidad social. http://es.wikipedia.org



                                   Carlos María Isidro por Vicente López Portaña

Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma (Madrid, 29 de marzo de 1788 – Trieste, 10 de marzo de 1855), Infante de España y conde de Molina, fue el primer pretendiente carlista al trono español, con el nombre de Carlos V. Fue el segundo hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma y hermano de Fernando VII. También fue conocido como Don Carlos.
Carlos nació en el Palacio Real de Madrid. Entre 1808 y 1814 vivió prisionero de Napoleón en Valençay con sus hermanos. En 1814 volvió con el resto de la familia real a Madrid. En septiembre de 1816 se casó con su sobrina la infanta de Portugal María Francisca de Portugal (o de Braganza), hija del rey Juan VI de Portugal y de Carlota Joaquina de Borbón, su hermana. En segundas nupcias contrajo matrimonio con María Teresa de Braganza, Princesa de Beira, hermana de su primera esposa y con quien no tuvo descendencia.
Carlos era una persona muy religiosa que creía en el derecho divino de la monarquía. http://es.wikipedia.org

El caso es que aunque los choques armados se extendieron a la mayor parte del país, afectaron más unas zonas que a otras y tuvieron una intensidad muy distinta, ya que mientras hubo regiones que vivieron verdaderas batallas, en otras la violencia solo se produjo ocasionalmente. Este fue el caso de Asturias, donde no se puede hablar de guerra abierta en este período, sino de saltos aislados protagonizados por partidas integradas casi siempre por campesinos azuzados por la pequeña nobleza rural, los curas de las aldeas y algunos militares contrarios a las ideas liberales.
Entre estos últimos, destacaron por sus acciones en la Montaña Central José Villanueva, quien llegó a entrar en Sama de Langreo con mil hombres, y el capitán de caballería Francisco Suárez Baíña, responsable de múltiples acciones de guerrilla contra el régimen establecido y famoso por haber liberado a los carlistas presos en la cárcel de Laviana. Hoy les vamos a contar como fue el final de este último, basándonos en las informaciones publicadas en «La Revista Española».
Los hechos ocurrieron al final del verano de 1834, cuando Suárez Baíña, después de unir sus fuerzas a la partida de Bernardo Sánchez Lamuño, otro rebelde natural de Bimenes, se dedicó a imponer su ley por nuestros montes, asaltando las propiedades de aquellas familias que habían manifestado su apoyo a la reina regente e interrumpiendo el desarrollo de las actividades cotidianas en los caminos y los pueblos.
La primera noticia de su muerte apareció el 8 de septiembre de 1834 en este periódico realista, que se limitó a hacer una reseña de urgencia: «El 30 de agosto fue conducido a Oviedo el cadáver el famoso faccioso Baíña, que tantos robos y tropelías había cometido en ella. Pereció a manos de unos cuantos individuos de la compañía de seguridad y de algunos beneméritos urbanos de la villa de Mieres, que bajo las órdenes de don Manuel Argüelles, subteniente de dicha compañía, atacaron a Baíña en el concejo de Morcín y acabaron con él y con otro de los forajidos que lo acompañaban».

Dos días más tarde, «La Revista Española» ya pudo publicar una crónica más extensa con numerosos detalles proporcionados por la Comandancia General del Principado, que nos permiten reconstruir lo que ocurrió en aquella jornada.
Todo comenzó con la salida del sol el mismo día 30, cuando los dos cabecillas envalentonados por sus últimas acciones se presentaron en la villa de Mieres del Camino con un pequeño grupo de apenas veinte hombres para recorrer impunemente los establecimientos oficiales y las casas particulares de los vecinos conocidos por su tendencia liberal, Saquearon las que pudieron como era su costumbre; luego, sin demasiada prisa, llevando consigo un botín de joyas, caudales reales e incluso mazos de cigarros de la Administración, se retiraron carretera arriba en dirección a El Padrún, con intención de ocultarse en sus refugios de Baíña y Loredo.
Pero no contaron con la reacción de un grupo de mierenses que no dudaron en organizarse rápidamente para salir en su persecución. La iniciativa partió del teniente de infantería amnistiado, don Juan García Valdés, quién se percató de la dirección que tomaban los facinerosos y en cuestión de pocas horas pudo juntar con él a don Alonso Álvarez, don José López, don Manuel Robles, don Rodrigo Vázquez Prada y don Joaquín Álvarez, con quienes no tardó en reunirse don Manuel Argüelles, subteniente de la compañía de seguridad, con la partida de su mando en el sitio de La Lloreda, término del concejo de Morcín.

Desde allí siguieron su búsqueda hasta avistar a los carlistas en Castandiello, encargándose Valdés del grupo de mierenses y una guerrilla de tropa, que iniciaron un ataque por sorpresa sobre el grupo de Suárez Baíña, de modo que los dispersaron casi sin resistencia y con tal eficiencia que cuando cesó el fuego se pudo ver sobre el terreno a su caudillo y uno de sus seguidores muertos y a otro compañero herido de gravedad.
El informe oficial atribuyó el disparo que mató al cabecilla al soldado de la compañía de seguridad Francisco Carreño, que con los de su clase Manuel Riesgo, Manuel Serrano, Manuel Argüelles y el de Manuel García, soldado de caballería de carabineros, le siguieron con la mayor resolución; extendiendo la felicitación al resto de la partida y a los ciudadanos de la villa de Mieres que ya citamos antes.
Las demás columnas que componían aquella compañía a las órdenes de su capitán don Francisco Baqueros, el subteniente don José Trelles y el teniente coronel graduado don Manuel Candamo, comandante de armas del concejo de Morcín y Riosa, y un destacamento de carabineros a cargo del arrojado teniente coronel graduado don Ángel Carrillo, salieron tras aquel incidente en persecución del resto de los insurgentes que aún obedecían a Bernardo Sánchez Lamuño, forzando en todo lo posible su marcha «llenos del mayor entusiasmo y deseos de dar fin con la canalla» hasta que pudieron alcanzarlos y el citado capitán Baqueros volvió a protagonizar otro hecho de armas que le valió una nueva mención por su valentía.
Fue al llegar a un caserío que estaba sobre Los Mártires, cuando vio a tres facciosos delante de la puerta e intentó darles el alto. Entonces ellos se lanzaron a una huida desesperada adentrándose en un maizal siendo perseguidos en solitario por el militar que tuvo la gloria de coger vivo al otro cabecilla.
Lo que ocurrió después ya fue más extraño, aunque dado el tiempo transcurrido no podemos aventurar ninguna hipótesis, pero se parece demasiado a otros casos similares que se repitieron a lo largo del siglo XX: al parecer, el jefe carlista intentó fugarse a las 11 de la noche consiguiendo substraerse de la vigilancia de los centinelas y echó a acorrer en la oscuridad, pero se le aplicó la ley de fugas y fue alcanzado y también muerto.

Los cadáveres de los dos guerrilleros fueron trasladados rápidamente hasta Oviedo y enterrados allí. El de Francisco Suárez Baiña llegó a la iglesia de la parroquia de San Isidoro a las 8 de la noche del mismo día y, dada su notoriedad, fue expuesto al público curioso durante toda la noche hasta que a las 11 de la mañana del domingo 31 se enterró en aquel cementerio, después de que los expertos de la Real Audiencia de la provincia le practicasen el correspondiente reconocimiento para certificar su personalidad. Por su parte, el cuerpo de Bernardo Sánchez Lamuño se llevó hasta la iglesia de La Manjoya, que entonces estaba extramuros de la capital, y de igual modo, después de ser reconocido, se le dio tierra en aquel camposanto.
El general Nicolás de Isidro, pariente del político Martínez de La Rosa y que destacó en este periodo por su enconada persecución de las partidas carlistas en numerosas provincias españolas, no cabía en sí de gozo cuando firmó el informe con el que daba cuenta de estas acciones a la población asturiana, aunque de paso tampoco perdió la ocasión para amedrentar a quienes aún no tuviesen claro su apoyo a la pequeña Isabel II.
Vean el párrafo final: «?lo que presurosamente y con la más honda satisfacción notifico a los habitantes de esta capital y Principado para la suya, asegurándoles que el mismo término tendrá todo traidor que osare pronunciarse en contra de los legítimos e indisputables derechos de nuestra carísima reina y señora doña Isabel II y del maternal gobierno de S. M. nuestra amada Reina Gobernadora. Oviedo 1 de septiembre de 1834».
Ya ha pasado demasiado tiempo para que todo esto se recuerde, pero para la historia queda el nombre del prado donde murió Francisco Suárez Baiña en Palmiano, La Piñera de Morcín, que desde entonces se conoce como «El Capitán». Ya lo ven, aunque las personas quieran olvidar, a veces el destino se empeña en guardar algún testimonio de las disputas que han ido regando de sangre nuestra tierra.


 


Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR 
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Guerras Carlistas 1833-1876

 Episodio de la Batalla de Mendizorrotz, (29 de Enero 1876) http://www.zumalakarregimuseoa.net

http://www.recursosacademicos.net
Con el nombre de las Guerras Carlistas se conoce a las tres guerras civiles que tuvieron lugar en España durante el siglo XIX por la sucesión al trono, tras la muerte del rey Fernando VII.
En ellas se enfrentaron, por un lado, los partidarios de los derechos al trono de la hija de Fernando VII, Isabel II, y, por otro, los que defendían la línea dinástica encabezada por el hermano de aquél, Carlos María Isidro de Borbón (el infante Don Carlos) y sus posteriores descendientes. El conflicto, no obstante, fue más complejo que el meramente dinástico aunándose, además, motivos ideológicos (Antiguo Régimen-Liberalismo), económicos (campo-ciudad) y religiosos.
El conflicto se localizó fundamentalmente en la zona de Cataluña, Navarra y el País Vasco, con ligeras ramificaciones en el interior, y estuvo marcado por la desigualdad de recursos y medios materiales entre uno y otro bando, así como por sus distintas simbologías y estrategias.
La muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833 fue el inicio de este enfrentamiento entre los denominados isabelinos o cristinos, partidarios de la legitimidad al trono de la regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, y los defensores del infante Don Carlos, los carlistas, que defendían la validez de la Ley Sálica por la que las mujeres no podían reinar. La primera guerra carlista se desarrolló fundamentalmente en el País Vasco, Navarra, Pirineo catalán y la zona del Maestrazgo, desde 1833 hasta 1840, y es conocida como la Guerra de los siete años. El conflicto estuvo desnivelado desde un principio debido a la neutralidad de los Estados Pontificios y al apoyo sólo moral de la Santa Alianza (formada por Rusia, Austria y Prusia) a las posiciones carlistas, frente al apoyo decidido de los liberales europeos a la causa isabelina (Cuádruple Alianza formada por Gran Bretaña, Portugal, Francia y España). La escasez económica y armamentística del carlismo y la prolongada duración de la contienda, que enmascaraba los objetivos iniciales de lucha y acentuó los contrastes ideológicos y socioeconómicos de uno y otro campo, evidenciaron las dificultades de una solución negociada del conflicto, además de la demostrada pericia de los militares carlistas, su profundo conocimiento del medio físico en que se desenvolvía la guerra y la decisiva complicidad de la población civil.

 Tipos de voluntarios carlistas, óleo de Ricardo Balaca. http://www.zumalakarregimuseoa.net

El “¡Viva Carlos V!” pronunciado en Talavera de la Reina el 3 de octubre de 1833 por Manuel María González, luego detenido y fusilado, se considera el pistoletazo de salida de esta guerra civil. El bando de los carlistas comenzó disperso y poco organizado, hasta la entrada en acción del coronel Tomás de Zumalacárregui, que lo convirtió en un pequeño ejército disciplinado y puso en marcha una efectiva táctica de guerrillas que propició célebres victorias para la causa carlista. Sin embargo, tras la muerte de este caudillo militar, en junio de 1835 se produjo un gran retroceso del bando carlista, plasmado en el desastre de la Expedición Real en su marcha hacia Madrid y en el repliegue en el norte, lo que llevo a la firma del Convenio de Vergara entre Espartero y Rafael Maroto el 31 de agosto de 1839, punto final de las hostilidades en esta zona y a raíz del cuál Don Carlos se exilió a Francia. La resistencia del militar Ramón Cabrera y Griñó en El Maestrazgo prorrogó la lucha en tierras catalanas hasta mayo de 1840, cuando se consumó la entrada de Espartero en Morella (Castellón) y la retirada de Cabrera hacia la divisoria francesa. El cruce el 4 de julio de esta línea fronteriza por los últimos soldados carlistas supuso el final de esta primera guerra carlista.
Las expectativas frustradas de matrimonio entre Isabel II y Carlos Luis de Borbón y de Braganza, conde de Montemolín y primogénito de Don Carlos, propiciaron de nuevo el inicio de la contienda en 1846, en la que se conoce como la segunda guerra carlista o Guerra dels Matiners. Históricamente se ha conocido a los protagonistas de esta guerra como los “madrugadores” (matiners).
En 1847 continuaron las acciones guerrilleras del bando carlista, que contaba con hombres muy preparados al frente como Bartolomé Porredón, más conocido como Ros de Eroles, Benito, Tristany, Juan Castells, Marçal, etc., logrando incrementar sus efectivos de cuatro a diez mil hombres a raíz del retorno a Cataluña de Cabrera, apodado “el tigre de El Maestrazgo”. Al frente de las filas isabelinas se sucedía una sarta de jefes y capitanes generales (Bretón, Manuel Pavía y Lacy, Manuel Gutiérrez de la Concha y Fernando Fernández de Córdova), que eran incapaces de pacificar el conflicto. La incorporación de elementos progresistas y republicanos a las filas carlistas, al hilo del impacto de las revoluciones de 1848 en el continente europeo, complicó aún más la situación. La abortada venida a España desde Londres del Conde de Montemolín, en la primavera de 1849, acabó por disolver los reductos carlistas, que optaron, al igual que Cabrera, por su traslado a Francia, sin quedar rastro de ellos en Cataluña en mayo de 1849.
En 1872 y hasta 1876 las tropas del pretendiente Carlos VII (duque de Madrid) se enfrentaron con las de los sucesivos adeptos de Amadeo I, de la I República y de Alfonso XII, en lo que vino a ser la tercera guerra carlista. Cataluña y el País Vasco fueron los escenarios principales de estas últimas contiendas del que se llamó “ejército de Dios, del trono, de la propiedad y de la familia”. Durante estos años se produjeron un sinfín de enfrentamientos armados, unas veces favorables a los rebeldes, como las batallas de Estella, Santa Bárbara, Montejurra, Luchana, Desierto y Portugalete, y otras que pusieron en evidencia sus errores, como el sitio de Bilbao, la toma de Cuenca y la marcha hacia Valencia.
En estos años se produjeron varios acontecimientos reseñables como la designación del infante Alfonso Carlos al frente de los combatientes catalanes y la devolución testimonial a este pueblo de sus fueros perdidos, o las atrocidades del cura Manuel Ignacio Santa Cruz, encarcelado por los propios carlistas y cruel excepción que confirma la regla del derramamiento indiscriminado de sangre inocente.Finalmente, la restauración de la Casa de Borbón se produjo en diciembre de 1874 con la subida al trono de Alfonso XII, hijo de la destronada Isabel II, demostrando, antes de certificarlo las armas en Cataluña y Navarra, la inutilidad del empeño carlista por acceder a la corona de España.
En febrero de 1876 cuando Carlos VII cruzaba el puente de Arnegui, huyendo de España rumbo al exilio, pronunció su histórico “volveré”, que nunca se llegaría a cumplir.

Composición de los reyes carlistas. Estella, Foto Vicente. Procede del Círculo Carlista de Villava. Depósito del Partido Carlista. http://www.lavoz.circulocarlista.com

FUENTE:  http://www.recursosacademicos.net 

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