18 de agosto de 2013

El mierense Manuel Grossi Mier, «Manolé»

Barcelona, 19 de julio de 1936

El mierense Manuel Grossi Mier, «Manolé», escribió con detalle en «Apuntes del movimiento» la reacción que se produjo en la ciudad catalana ante las primeras noticias sobre el alzamiento militar

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En la primera semana de este mayo celebramos en Mieres unas jornadas de homenaje a Manuel Grossi Mier «Manolé». Su memoria quedó dignificada con la colocación de un pequeño monolito en el barrio de La Villa y muchos vecinos supieron por vez primera de un personaje que fue clave en el movimiento obrero de los años 30 y que había permanecido en un olvido intencionado; pero «Manolé» sigue dando sorpresas.
Cuando el joven minero pudo salir de la cárcel aprovechando la amnistía que benefició a los presos del Octubre asturiano, entre los que se encontraba, se trasladó a Barcelona y allí le tocó vivir el inicio de la Guerra Civil, que para él y sus compañeros de ideología fue también la hora de la Revolución. Luego, desde octubre del 36 hasta el final de la contienda y el inicio de su exilio en Francia, tomó Sitges como pueblo de adopción; allí conoció a la mujer con la que iba a compartir el resto de su vida y participó activamente en la vida política y militar del POUM, sufriendo como testigo directo la persecución a la que fueron sometidos sus militantes por parte del estalinismo.
Después del homenaje, Jordi Milá, un historiador de Sitges, me ha escrito con la grata noticia de que está trabajando en un proyecto sobre la guerra civil en esta localidad catalana y en su investigación se va encontrando una abundante y prometedora información sobre Manuel Grossi y los hombres que lucharon bajo su mando en la Sierra de Alcubierre. Gracias a él he conocido los interesantes artículos que «Manolé» fue publicando regularmente en el semanario «FRONT» y en los que abordó asuntos internos de su organización, recuerdos de la revolución de Asturias, comentarios políticos y, sobre todo, crónicas de los combates que el estaba dirigiendo en primera línea.
Con el título de «Apuntes del movimiento», entre el 21 de febrero y el 28 de marzo de 1937, el mierense publicó en sus páginas el relato de la reacción que se produjo en Barcelona ante las primeras noticias que iban llegando sobre el alzamiento militar. Fueron seis entregas que quedaron interrumpidas porque el 4 de abril consideró que era más urgente informar a sus lectores de lo que estaba ocurriendo en el frente y cortó su narración para seguir con otra cabecera que lo dice todo: «El eco de las trincheras».
Este testimonio de «Manolé», como todo lo suyo, ha sido silenciado. Supongo que quienes siguen estas «Historias heterodoxas» ya tendrán claro por qué. Ahora, a la espera de la prometedora investigación de Jordi Milá, les resumo el texto de estos «apuntes» para seguir poniendo las cosas en su sitio.

19 de julio de 1936. Guardias de asalto en la calle Diputación de Barcelona.- AGUSTÍ CENTELLES

La narración de Grossi comienza a las doce de la noche del día 18 de julio, con el ambiente de corrillos y comentarios que se repetían en Las Ramblas ante las noticias que transmitía la radio. En aquellos momentos, frente a la sede del POUM, en la Plaza del Teatro, ya se habían concentrado unos 200 militantes, que desconfiando de la llamada a la calma, esperaban acontecimientos y al saber que los trabajadores de otras organizaciones comenzaban a pedir armas para responder al golpe de Estado, decidieron pasar la noche en su local.
A las cuatro de la madrugada Andreu Nin, ante la evidencia de lo que estaba sucediendo en otras partes del país, telefoneó en nombre del Comité Ejecutivo del partido al Consejero de Orden Público de Cataluña, obteniendo la respuesta de que su gobierno lo tenía todo bajo control y por lo tanto los obreros podían irse a dormir tranquilamente. Lógicamente, nadie le hizo caso y en vez de obedecer el consejo de desmovilización se inició rápidamente la resistencia.
El POUM de Barcelona contaba en aquellos momentos con pocas armas, entre ellas diez winchesters escondidos desde la intentona de 1934, que se repartieron entre los hombres más significados de la organización, uno de ellos era el secretario general de la Juventud Comunista Ibérica Germinal Vidal, con quien «Manolé Grossi» había mantenido una interesante correspondencia desde las cárceles asturianas antes de conocerlo personalmente. Tras una nueva comunicación telefónica de Nin con los responsables de la Generalitat, su Comité Ejecutivo dio la orden de salir a la calle para dirigirse hacia los lugares donde los militares sublevados ya habían tomado posiciones.
A la hora de organizar los grupos de acción, los integrantes del Comité pretendieron incluirse en ellos, pero fueron convencidos por los militantes de que el riesgo de que alguno de ellos cayese en los primeros tiroteos podía dificultar la organización en aquellos momentos y por ello su lugar estaba en la propia sede desde donde debían dirigir el proceso y dedicarse a la coordinación.
Una vez resuelta esta cuestión, los militantes conocieron que el enemigo ya estaba en la calle y se dirigía hacia la Plaza de Cataluña dispuesto a llegar a La Rambla para emplazar allí dos cañones y controlar esta zona estratégica, impidiendo de paso las comunicaciones por el centro de la ciudad. De manera que junto a Grossi partieron hacia allí en dos filas, una por cada acera hasta llegar al kiosko de Canaletas donde pudieron convencer a un grupo de guardias de asalto para unirse a ellos, mientras ya podían ver caer los proyectiles disparados por el enemigo.
 
En este punto de su relato, «Manolé» se detiene a criticar la pasividad del resto de los partidos de izquierda, especialmente el PSUC, que aún no se habían movilizado mientras los militantes del POUM, junto a la CNT y a FAI ya iniciaban los combates avanzando hacia la Plaza de la Universidad «donde además de los militares facciosos había gente de los partidos de derechas, unidos a curas y frailes, que también disparaban contra el pueblo trabajador».
Allí, unidos a algunos elementos de la FAI, los militantes de POUM se coordinaron para distribuirse por las diferentes callejuelas que rodean el lugar intentando despistar a sus contrarios con un falso ataque por otra calle más grande, sufriendo entre las primeras bajas la del citado Germinal Vidal, que desde aquel momento pasaría a ser uno de los héroes de la izquierda revolucionaria española y cuya memoria iba a honrar «Manolé» poniéndole su nombre a uno de sus hijos.
Una curiosidad de este episodio, que no deja de sorprender, es que al lado de los militantes obreros estaba en aquel momento un grupo de 13 o 14 guardias civiles que -según la narración- combatieron con toda honradez y valentía e incluso fueron de los primeros en entrar en la Plaza para hacer prisioneros a los fascistas que estaban disparando desde el edificio de la Universidad.
Aquel punto quedó controlado, pero a las nueve de la mañana del día 19 los enfrentamientos ya se multiplicaban por todas partes y el asturiano, que se había encontrado con Francisco Ascaso decidió ir a por nuevas órdenes hasta la sede del POUM mientras el cenetista partía a buscar a sus compañeros Buenaventura Durruti y García Oliver, que combatían unas manzanas más abajo, para poner de acuerdo a los hombres de ambas organizaciones. Así se hizo, y en el local de POUM se decidió la estrategia que tuvo su primer fruto en la captura de 60 soldados y dos ametralladoras en las cercanías de la calle del Teatro.
El siguiente objetivo fue el Hotel Falcón, donde estaban atrincherados otros veinte sublevados, la mayoría italianos, que también fueron detenidos, lo que ocasionó una pequeña discusión que «Manolé» cuenta así: «Yo quería fusilarles en aquel momento, pero el camarada Durruti -quizás con más inteligencia que yo- me decía que no se podían fusilar puesto que por ellos podíamos coger el hilo y sin que pasasen muchas horas hacernos con toda la madeja. Por mi parte rectifiqué la propuesta?».

Otra pequeña discrepancia surgió poco después, esta vez con García Oliver, cuando ambos dirigentes hablaron a los combatientes concentrados en Las Ramblas a la espera de instrucciones, puesto que el comunista defendía la organización en grupos para aumentar la eficiencia y el anarquista se negaba a cualquier tipo de estructura formal.


Seguramente ya saben ustedes que aquellos grupos pudieron formarse a duras penas, pero aunque me gustaría seguir con el relato, se me acabó la página. Así es la historia que nunca nos contaron.

                          Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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Mieres no olvida a «Manolé»

El Alcalde y el hijo de Manuel Grossi descubren una placa de homenaje al líder revolucionario en la plaza de la Villa

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Recuerdo eterno para «Manolé». La Fundación Andreu Nin, en colaboración con el Ayuntamiento de Mieres, inauguró ayer una placa en honor a uno de los protagonistas de la Revolución de Octubre de 1934: Manolo Grossi Mier «Manolé». El acto tuvo lugar en la plaza de Antiguos Juzgados de la Villa y contó con la presencia de familiares y amigos del líder revolucionario y responsables municipales encabezados por el alcalde, Aníbal Vázquez, que descubrió la placa junto al hijo «Manolé», Germinal Grossi.
Fue el acto final de unas jornadas que organizó la Fundación Andreu Nin-Asturias para grabar en la memoria de los vecinos el nombre de Manuel Grossi. «Manolé» era un minero mierense que pasó a formar parte de la historia de la villa cuando se encargó de proclamar la Revolución de Octubre del 34 desde el balcón del Consistorio. Fue vicepresidente de la Alianza Obrera y militante del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Según sus amigos y familiares, «luchó hasta el último día de su vida» por defender sus ideales «anticapitalistas».
Manuel Grossi Mier murió en 1989, pero ayer estuvo muy presente en Mieres. El presidente estatal de la Fundación Andreu Nin, Enrique del Olmo, no escatimó en elogios: «Fue todo un símbolo de lucha de la clase obrera, no podíamos hacer menos que esto por su memoria». Lo mismo piensa la presidenta de la Fundación en Cataluña, María Teresa Carbonell. Esta mujer, de 87 años, fue amiga del mierense durante mucho tiempo y, últimamente, no lo aparta de la mente porque «era un gran luchador. Me gusta pensar que su espíritu sigue vivo ahora y nos ayudará».
Luchador, revolucionario y con las ideas claras. Así lo recuerdan sus amigos, pero su hijo, Germinal Grossi, destaca otro aspecto de su carácter: «Sabía escuchar a los demás y creía en la unión». El historiador Ernesto Burgos y Manolo Cuso, representante del POSI, describieron a Grossi como «una pieza clave en la historia». La Fundación Andreu Nin dio las gracias al Ayuntamiento por su colaboración y el alcalde, Aníbal Vázquez, señaló que «hay que recordar siempre la historia, no debemos ni podemos arrancar ninguna hoja». El acto terminó con «La Internacional». La música corrió a cargo de la gaita. Los asistentes entonaron la letra. Algunos versos parecen escritos por «Manolé».


Germinal Grossi (hijo de Manolé Grossi)

FUENTE: 

Manuel Grossi Mier, tierra y libertad

Conozco de sobra la extraña sensación con que se cierran los días de lucha. Me encuentro en Barcelona, con Buenaventura Durruti, uno de los revolucionarios más valientes que he conocido y que ha decidido pasar esta noche del 19 de julio de 1936 en nuestra sede del POUM. Acaba de cerrarse la primera jornada de una contienda que no sabemos cuando acabará y hemos disparado juntos, primero en la Plaza de Cataluña y más tarde en los alrededores de la Universidad.
Durruti siempre ha tenido mucho respeto por Asturias: “Los socialistas asturianos no son como los demás socialistas”, le dijo hace un año a mi compañero Julián Gorkin, cuando coincidieron en la cárcel modelo de Valencia, y efectivamente, en la formación de la Alianza Obrera, esta fue la única región de España en la que los anarquistas de la CNT decidieron sumarse a nosotros.
No se como empezó todo, tal vez fue el ambiente politizado que se vivía en el Mieres de los años treinta el que nos empujaba a todos a la militancia. Yo trabajaba desde los catorce años en Mariana y, como la mayor parte de los mineros vivía convencido de que era necesario otro mundo más igualitario.
La miseria cotidiana y la represión tras las huelgas de 1906 y 1917 nos invitaban a la organización revolucionaria y, convencido por los actos de propaganda, las publicaciones obreras y el carisma de líderes como Jesús Ibáñez, en 1929 entré en el Partido Comunista.
El café Carolina era entonces un vivero para todas las ideologías. Allí coincidían a la vez varias tertulias políticas: había dos grupos socialistas, el que encabezaba Antonín Llaneza, siguiendo la línea de su padre, y el más intelectual del abogado Juan Pablo García.
En otra mesa, los anarquistas de Solano Palacios, que eran pocos, al contrario de lo que sucedía en La Felguera. Más allá, otros dos grupos: el de Izquierda Republicana y el de los reformistas del partido de Melquíades Álvarez, y para que no faltase el contrapunto, también los conservadores de la Agremiación Católica y Obrera, dirigidos por el cura Samuel Fernández- Miranda.
Y en medio de este ambiente, nosotros, un grupo de comunistas, que nos cansamos pronto del autoritarismo que imperaba en el partido y que buscábamos otro tipo de organización. En 1932, por fin nos decidimos a dar el paso y constituimos en Mieres un núcleo del Bloque Obrero y Campesino, una pequeña organización, que apenas contaba con implantación fuera de Cataluña, pero en la que encontramos mayor libertad de movimientos.
Allí estaba yo, junto a Benjamín Escobar, José Prieto, Mauricio Magdalena y otro puñado de compañeros de la mina.  Aún recuerdo la consigna que hicimos popular en las asambleas: “Ni un céntimo menos, ni un minuto más”.
Cuando llegó Octubre de 1934, todos entramos en la Alianza Obrera y a mí se me encargó su vicepresidencia. El presidente fue entonces el socialista Bonifacio Martín y el secretario el anarquista José María Martínez, dos héroes del pueblo  que supieron limar sus diferencias políticas y cayeron en aquellos combates.
Recuerdo las primeras escaramuzas en Mieres y mi primera intervención, a las ocho y media de la mañana del día 5, proclamando desde un balcón del Ayuntamiento, ante 2.000 mineros mal armados la República Socialista. Todo era nuevo: la supresión de la moneda, el intento de hacer desaparecer junto a los archivos los privilegios de la herencia...
Luego, la sensación fue agridulce. Las realidad nos hizo ver pronto que nunca pasaríamos de las primeras victorias y cuando Asturias se quedo sola, nos dimos cuenta de que la derrota era cuestión de días.
Tuvimos tiempo para conocer todas las facetas de la naturaleza humana: el valor y la cobardía; la generosidad y la traición; vivimos en nuestra zona la barbarie de los fanáticos y los asesinatos incontrolados de religiosos y sufrimos después en nuestras familias la inmediata venganza del ejército africanista.
Recuerdo que en la madrugada del día 19, tras la última reunión del Comité de Mieres, decidí entregar las armas al delegado gubernativo don Sergio León y asumir las responsabilidades que me correspondían, mientras otros huían.
Entonces por mi mente pasaron muchas escenas, pero una especialmente cruda: la jornada del día 9, cuando tras un bombardeo, pude ver sobre la calle Ramón y Cajal nueve cadáveres y veinticinco heridos; todos conocidos, y todos inocentes. 
Los quince días de revolución y utopía se cerraron con una derrota previsible. Y luego Asturias se llenó de torturas y de prisiones: La Modelo o Las Adoratrices, en Oviedo; El Coto, en Gijón; el Hachu y la Casa del Pueblo en Mieres.
Allí, en sus sótanos, mientras esperaba mi condena a muerte por un Tribunal Militar, decidí escribir la crónica de aquellas jornadas para que nadie pudiese tergiversar la historia.
Ya en septiembre de 1935, los compañeros del Bloque, que aún manteníamos la ilusión, nos unimos a otro partido minoritario de carácter troskista, Izquierda Comunista, con algunos afiliados en Oviedo, Gijón y Langreo y pasamos a constituir el Partido Obrero de Unificación Marxista en Asturias.
Desde entonces, las relaciones con los compañeros catalanes han sido muy fluidas; ahora Mauricio Magdalena forma parte del Comité Central del POUM y yo he sido encargado de dirigir junto a Jordi Arquer una de las tres columnas que van a partir inmediatamente hacia Aragón. Durruti se va encargar de la CNT y José del Barrio de la del PSUC.


FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
"Algunos hablan de guerra; nosotros volvemos a la Revolución".

Artículo publicado en 2005 en  La Nueva España

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