2 de agosto de 2013

El periplo de Ramón González Peña

La detención de González Peña

Los hermanos González Peña -cuatro hombres y tres mujeres- vivieron en Ablaña, aunque los primeros nacieron en La Rebollada, donde la familia tuvo antes su casa. Todos los varones fueron mineros y los dos mayores, Alfredo y Ramón, alcaldes de Mieres, este último además fue también secretario de la Federación Estatal de Mineros, presidente del PSOE, diputado y Gobernador Civil de Huelva, ministro de justicia republicano y Comisario de Guerra del Ejército del Norte, pero sobre todo pasó a la historia por su destacada participación en la Revolución de Asturias, hasta el punto de que alguien le puso el rimbombante apodo de «generalísimo», un superlativo poco afortunado que nos recuerda inmediatamente a otro personaje muy distinto.
Tras el fin de la aventura de 1934 fue condenado a la pena de muerte y al pago de doscientos millones de pesetas de indemnización para hacer frente entre otras acusaciones a la de haber robado el oro del Banco de España de Oviedo. La exhaustiva investigación de este periodo ha dado a la imprenta miles de artículos y libros publicados en una catarata que no cesa. Muchas son memorias de testigos directos y como tales forzosamente subjetivas, y la mayoría de las que pretenden ser historias definitivas de los acontecimientos se limitan a repetir los mismos datos cambiando el orden de las frases sin aportar nada nuevo.
Pero después de leer todo lo que hemos podido, de consultar las hemerotecas y, lo que es más importante, de escuchar muchas versiones en la propia voz de quienes vivieron aquellos hechos, la conclusión a la que se llega es que Ramón González Peña fue un sindicalista honrado, que tuvo una intervención destacada en el desarrollo de los hechos revolucionarios, pero que de ninguna forma fue su máximo responsable, aunque las fuerzas del Gobierno magnificaron su importancia para dar mayor relevancia a su detención. Si me permiten el comentario, salvando las comparaciones, algo así como lo que sucede actualmente cada vez que se detiene a un comando etarra y se le presenta sistemáticamente ante el público como el máximo responsable de la organización terrorista, dando la impresión de que en su estructura no hay más que jefes.
En fín, no voy a tratar de resumir la vida de González Peña en estas líneas, porque comprenderán que no hay espacio suficiente, pero lo que si voy a contarles es como cayó en poder de la guardia civil, a partir de los informes de prensa de aquellos días, que se extendieron en detallar todos los pormenores para que sirviese de ejemplo a quienes aún permanecían ocultos por los montes de las Cuencas.
Ramón González Peña fue detenido en la madrugada del lunes 5 de diciembre de 1934 en Ablaña, después de haber vagado por aldeas de Quirós y Teverga, escondido por las casas de otros compañeros socialistas. En su periplo había intentado llegar hasta el puerto de Tarna en automóvil, pero desistió cuando unos simpatizantes le advirtieron de que allí le aguardaba una encerrona, entonces tomó la determinación de dirigirse hasta su pueblo, donde conocía el terreno mejor que nadie y contaba con más apoyos que en ningún otro lugar.
Lógicamente no podía acudir a su propia casa ni a la de ningún compañero, porque estaban vigiladas y optó por refugiarse en un domicilio que no levantase sospechas. Eligió el de doña Eduvigis González, viuda de don Francisco Montoto, una mujer conocida por su catolicismo, que regentaba un comercio de vinos y vivía con sus dos hijas en una casa «de magnífica construcción» situada al lado de la estación del Vasco. Según el informe policial, la familia, que no fue acusada de complicidad, aceptó esconder a González Peña ante los ruegos de una de sus hermanas conocida de la viuda porque en su momento la había hecho caso cuando la aconsejó que legalizara su matrimonio canónicamente.
El revolucionario llegó hasta allí en la madrugada del día 25, acompañado de tres correligionarios que después siguieron su propio camino, y se alojó en una habitación del piso alto, donde diariamente la dueña en persona le llevaba comida y prensa, pero las fuerzas móviles del comandante Doval -conocido de sobra por quienes siguen estas historias heterodoxas-, que venían realizando registros en la zona de Mieres recibieron un soplo y reforzaron sus investigaciones en Ablaña.
En la noche del domingo 4 de diciembre, unos cien hombres cercaron el edificio discretamente y el propio Doval, escondido, pudo ver como el diputado socialista entraba en su habitación y daba la luz para apagarla momentos después, lo que indicaba que se había acostado. Éste fue el momento elegido para realizar la detención. A las dos y media picaron a la puerta y una vez que la sirviente Esperanza Álvarez les franqueo el paso, se internaron en ella los jefes y algunos números; entonces el comandante pidió a una de las hijas de la dueña que le acompañase hasta donde se encontraba el cabecilla.
Se dijo que Peña, al oír los aldabonazos dados por Doval a la puerta, se había asomado a uno de los balcones, advirtiendo que varios guardias le apuntaban y tras comprobar la situación por otras ventanas había vuelto resignado a su habitación, pero fuese o no cierto, el caso es que allí estaba cuando fueron a buscarle.
Al llegar a la alcoba, el comandante ordenó a la muchacha que abriese la puerta y así lo hizo, pero la habitación se hallaba en tinieblas y entonces el oficial gritó desde el pasillo a quien se encontraba dentro que encendiera la luz. Peña, cuyos movimientos se adivinaban en la oscuridad, no acertaba a encontrar el interruptor, por lo que tardó en cumplir la orden algunos momentos y cuando lo hizo apareció con los brazos en alto, en medio de la habitación y en paños menores. Se le instó a vestirse rápidamente y mientras lo hacía se le oyó decir: «Ya sabía yo que quien me había de detener a mí era Doval».
El prisionero fue esposado a un oficial y, escoltado por la guardia civil, salió andando por la carretera hasta Mieres, donde se había prohibido la entrada y salida de vecinos cerrando todas las carreteras mientras duró la operación para evitar que en los demás puntos de la cuenca minera fuese conocida la detención y se registrase algún incidente.
Ya fuera de Ablaña, se le subió a un automóvil que lo llevó hasta el cuartel establecido en el convento de las Madres Adoratrices de Oviedo, a donde llegó a las cinco y media de la mañana aproximadamente. Allí pidió café y agua, porque tenía mucha sed, rogó que no se le hiciese daño y solicitó que se le fuese enviado un barbero, pues tenía la barba muy crecida.
La prensa informó también de que González Peña ya tenía ultimado un plan para salir de España, para lo cual iba a ser llevado en una camioneta oculto entre unas cajas de botellas de sidra, hasta un pueblecito pesquero inmediato a Gijón, donde de madrugada se embarcaría en una barca a motor preparada al efecto, e incluso por si surgía alguna complicación, se había dispuesto otro camino alternativo por Santander.
Según las informaciones de los corresponsales, sometidas a censura previa, la noticia de la detención corrió como un reguero de pólvora por toda la villa, causando honda impresión, principalmente entre los obreros, y en los días que siguieron, desde los periódicos se fue exagerando la importancia de la acción policial publicando manifestaciones como que en todas partes había renacido la tranquilidad «pues aún se tenía el presentimiento por muchas gentes de que los hechos revolucionarios se pudieran reproducir, instigados por este alentador de masas», e incluso se llegó a afirmar que la caída del líder socialista venía a favorecer la reanudación de los trabajos en las minas, la entrega de las pistolas, fusiles, bombas y municiones que aún estaban ocultas en muchas casas e incluso la rendición de los grupos que aún sostenían la rebelión por los montes.
Mientras tanto, en el cuartel ovetense, Peña manifestaba que había leído la prensa todos los días y que no le gustaba el trato que le daban los periódicos, pues él no era todo lo que se decía y hacía la sorprendente declaración de que en el momento de ser detenido acababa de acostarse después de terminar de leer todos los libros que poseía la dueña de la casa, «libros religiosos que habían obrado en su espíritu causándole los mismos efectos que el opio» y dijo que en la celda al menos podría descansar, pues llevaba varios días de inquietud constante.
Pronto se le hicieron también las primeras preguntas sobre el paradero del dinero sacado del Banco de España durante el asalto revolucionario, pero, a juzgar por lo que llevaba en los bolsillos del pantalón que se puso apresuradamente en Ablaña, el interrogatorio prometía ser duro: una peseta y setenta y cinco céntimos.


                         Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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González Peña, el pragmático rehabilitado.
 

El político y sindicalista de Ablaña (Mieres) se radicaliza como líder del 34, pero evoluciona en el prietismo hacia Juan Negrín y es expulsado del PSOE en 1946

La biografía del socialista Ramón González Peña registra episodios de pragmatismo político, por una parte, y de radicalización y revolución, por otra. Como líder del octubre de 1934, se implicará más que nadie en la insurgencia de Asturias, pero será el pragmatismo de haber seguido a Juan Negrín lo le costará la expulsión, junto a éste y 34 compañeros, del PSOE, en 1946. No obstante, el partido acaba de rehabilitarle.  

El socialista asturiano Ramón González Peña (1888-1952) fue minero «desengolador» y político pragmático. Lo primero significaba no «una especialidad técnica, sino psicológica», puesto que «cuando el pozo, convertido en una falsa tolva por la descarga repentina del carbón, se "engolaba", es decir, se cerraba en su boca sobre la galería más profunda, era menester que hubiera un hombre que lo desatrancara sin morir necesariamente, y que para ello reuniera tres condiciones íntegras: valor, serenidad, fortaleza».

Matilde de la Torre Gutiérrez (Cabezón de la Sal, 14 de marzo de 1884 - México, 19 de marzo de 1946) fue una escritora y política socialista. En su familia hubo pintores (María Blanchard era su prima) y periodistas (su abuelo fundó el periódico 'La Abeja Montañesa' y su tío Enrique 'El Atlántico'). En 1933 y 1936 fue diputada socialista por Asturias. Fundó en Cabezón la Academia Torre, que aplicó los métodos educativos de la Institución Libre de Enseñanza y las Voces Cántabras, un coro de canto y danzas populares, con el que desempeñó una gran labor de recopilación y recuperación de danzas y canciones de Cantabria, como la Danza de Ibio o El romance del Conde Lara.

Así describió Matilde de la Torre (1884-1946), escritora cántabra y diputada republicana por Asturias, la naturaleza de aquel militante socialista que fue alcalde de Mieres (1931), presidente de la Diputación Provincial de Asturias (1932), diputado por Huelva (1931, 1933 y 1936), «caudillo» de la Revolución de 1934, comisario político de las tropas republicanas del Norte y ministro de Justicia en el segundo Gobierno de Juan Negrín (1938).
La figura de Ramón González Peña acaba de ser rehabilitada en el reciente congreso del PSOE, partido del que fue expulsado en 1946, junto a otros 35 compañeros, encabezados por Negrín (1892-1956). En dicho grupo estaban también la citada De la Torre y el asturiano Amaro del Rosal (1904-1991), quien sostuvo económicamente a Peña, con fondos de los sindicatos franceses, en los difíciles años del exilio francés.
Curiosamente, la rehabilitación de Peña en el PSOE ya había tenido un precedente asturiano, en 1979, cuando la Agrupación Socialista de Ablaña homenajeó a su paisano, nacido en Los Llerones, cerca de Ablaña, aunque otras biografías le traen al mundo en el concejo de Las Regueras.
Los 36 expulsados en el congreso de Toulouse (mayo de 1946) fueron acusados de criptocomunistas, de caballos de Troya de Rusia, pero, en realidad, lo que se ventiló en aquella asamblea refundadora del PSOE fue un ajuste de cuentas entre facciones socialistas gravemente enfrentadas.
La evolución política de González Peña muestra las causas remotas y cercanas de aquella expulsión. «Peña está en la línea de Llaneza, fallecido en 1931, y del Sindicato Minero de Asturias (SMA): pragmatismo, es decir, lo que se persigue son las conquistas de la clase obrera, pero no interesan las discusiones ideológicas», explica el historiador asturiano Enrique Moradiellos, experto en el período, profesor de la Universidad de Extremadura y autor de la monografía «Negrín».
En virtud de dicho pragmatismo, «Peña incluso pacta con el régimen de Primo de Rivera, ¡qué más le da!», agrega Moradiellos. Instaurada la República, el PSOE mostrará tres tendencias, según explica el historiador, «la de Julián Besteiro (no mezclarse obreros con señoritos republicanos y abstenerse de participación política), la del asturiano Indalecio Prieto (socialdemocracia, según influencia del laborismo británico, y apoyo a los republicanos) y la de Francisco Largo Caballero (que también pactó con el primorriverismo, pero que evoluciona del pragmatismo sindical hacia la revolución y la colaboración con el Partido Comunista)».
Entre estas coordenadas, se produce un giro en el pragmatismo de los asturianos Peña, Amador Fernández y Belarmino Tomás, sucesores de Llaneza en el SMA. «En 1934, ante la posible entrada de la CEDA en el Gobierno, el socialismo asturiano se radicaliza y se encamina a la revolución. Es una contradicción que no tengo estudiada», señala Moradiellos, quien agrega que «Saborit llegará a decir: "Os pedimos a los asturianos una huelga general y nos disteis una revolución"».
En aquel tiempo, «el SMA es de tendencia prietista, y el prietismo apoyará a Largo en el 34, aunque, inicialmente, no con pretensiones insurreccionales». El caso es que «Prieto y su república de burgueses, y Largo, con su dictadura del proletariado, deciden que van a la revolución, aunque el primero la entiende social, y el segundo, violenta», explica el historiador. Ante dicha entente, los socialistas asturianos permanecen distantes de Largo. Incluso se reúnen con él en Madrid para preparar las acciones, y salen decepcionados. Peña ve indefinición en Largo, pero el temple de aquel «desengolador» ya había tomado la decisión de implicarse.
Llega el día 5 de octubre de 1934 y, a causa de la citada indefinición de Largo, Asturias casi se queda como única región insurrecta. En cambio, días antes del levantamiento, el mismo Prieto viene a la costa asturiana a descargar las armas del buque «Turquesa».
Peña será el «caudillo» de 1934 y es condenado a muerte por ello, aunque la pena le será conmutada con prisión en el penal de Burgos. «Prieto y Negrín dirán después, en el exilio, que el acuerdo revolucionario con Largo fue un error, e Indalecio afirmará, además, que contra el Estado no se puede emplear la fuerza, como ya habían mostrado los laboristas ingleses en 1926», precisa Moradiellos.
Lo que sucede después, entre 1934 y 1936, en el debate del socialismo, será «una lucha a muerte entre prietistas, que dominan en el PSOE, y largocaballeristas, que ganan en UGT». La lucha no sólo será de posiciones, sino que llegará a los tiros, como sucederá en el mitin socialista de la plaza de toros de Écija, en mayo de 1937: al intervenir González Peña, un asistente exhibe un revolver y, entre vítores a Largo Caballero y a Carrillo, se produce un tumulto del que salen heridos Prieto y Negrín.
En junio de ese mismo año, la renovación de cargos en la comisión ejecutiva del PSOE enfrenta a Peña y a Largo Caballero. El asturiano obtiene 12.088 votos, y Caballero, 10.624. Peña se hace con la presidencia. El político de Ablaña será también secretario de UGT cuando «Largo es expulsado del sindicato por no dar apoyo al Gobierno de Negrín, que en mayo 1937 sustituía a aquél como presidente del Gobierno», expone Moradiellos, quien encadena con que «en ese momento, los prietistas se han vuelto negrinistas: Vidarte Zugazagoitia, Lamoneda, González Peña...».
Pero las buenas relaciones del prietismo y el negrinismo se romperán cuando «en la crisis de Gobierno de abril de 1938, Negrín destituye a Prieto como ministro de Defensa Nacional, a causa de sus desplomes de moral». En esa circunstancia, «Peña está con Negrín». El pragmático asturiano «ve que las vías de Negrín eran único camino». El grancanario persigue una capitulación aceptable, que nunca llegará, por lo que el caballerismo y el prietismo le demandarán después cuentas.
Tras la guerra, los prietistas impugnarán la legitimidad del Gobierno de Negrín en el exilio. «Uno de los motivos será el de la utilización de fondos a nombre de UGT y PSOE. Prieto cuestiona a Negrín, y Largo se suma de inmediato, cuando, en 1945, acaba la Guerra Mundial y sale del campo de concentración». Al año siguiente, Negrín, Peña y 34 compañeros son expulsados.

Ramón Gonzalez Peña proclamando la II República en Huelva, el 14 de abril de 1931.

“No sé hasta donde llegaremos en esta República de burgueses, ni siquiera lo presiento; pero creo que esta República sólo actuará de puente que nos conducirá al logro de nuestras sanas, santas y legítimas aspiraciones. Mas me temo, camaradas, que nos traicionen. Si esto ocurriera, y me lo creo todo de esa caverna, aparentemente adormecida, entonces…ved este brazo en alto con e puño crispado”. (Ramón GONZALEZ PEÑA, el mes de  diciembre de 1933 en Asturias). http://antonsaavedra.wordpress.com     

FUENTE:  J. MORÁN - http://www.lne.es
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BIOGRAFÍA.

Ramón González Peña (Las Regueras, Asturias, España, 1888 - Ciudad de México, México, 1952), sindicalista y político socialista.
Minero en su juventud, lo dejó para dedicarse profesionalmente a la política. Fue secretario general de la Federación Nacional de Mineros y afiliado al sindicato socialista UGT (Unión General de Trabajadores), en el cual ocupó diversos cargos.
Durante toda la II República Española ocupa un escaño en las Cortes como diputado socialista por Huelva, provincia de la que fue gobernador al proclamarse el nuevo régimen. Vuelve más tarde a Asturias, donde ocupa los cargos de alcalde de Mieres y presidente de la Diputación Provincial de Oviedo.
En octubre de 1934, participa como dirigente de la revolución que tiene lugar en Asturias. Una vez es reprimida la revuelta por el ejército, se esconde en Ablaña hasta diciembre de 1934, cuando es detenido. Juzgado en febrero de 1935, es condenado a muerte, pero se le conmuta la pena por cadena perpetua. Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de 1936 es liberado y elegido nuevamente diputado.
Durante la Guerra Civil (1936-1939) dirige el sindicato socialista UGT, y ocupa el cargo de Ministro de Justicia en el segundo gobierno de Juan Negrín. Tras el final de la contienda huye a Francia y allí actúa como vocal de la SERE (Servicio de Emigración para Republicanos Españoles), organización creada por Negrín para organizar el exilio de los republicanos. Después marcha a México, en donde fallece en 1952.

FUENTE:  http://www.fade.es

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