4 de julio de 2013

Veranos antiguos a orillas del cantabrico

Historias del verano asturiano, a las orillas de «una Suiza con mar»

Mujeres en la playa de Salinas,  (Municipio de Castrillon , Asturias).

Los orígenes del turismo en el «Paraíso natural»: «trenes botijo», la eclosión de Covadonga, la llegada del cine, el fútbol y el excursionismo, contados en el libro «Aquellos maravillosos baños»

Playa de San Lorenzo (Gijón)







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Cuando en el verano de 1910 llegó a la estación del Norte, de Gijón, el primer «tren botijo» la gente se echó a la calle. De aquel convoy que había salido muchas horas antes de Madrid y que recogió pasajeros a lo largo de toda Castilla y León se bajaron unos cuantos cientos de veraneantes entre los sones de la banda de música y los vítores de los gijoneses. Viajeros sencillos, de los de dinero tasado, pero riqueza agosteña al fin y al cabo, más por su número que por sus caudales. Los «trenes botijo» los organizó durante años un periodista madrileño, Ramiro Mestre Martínez, que se sacaba un sueldín extra con las comisiones.
La industria local y regional hervía, pero comenzaba a intuirse que el turismo era parte del futuro. Gijón disfrutaba ya de un nuevo muro de San Lorenzo, tras el monumental proyecto del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz. Doce años más tarde, el gobernador civil de la provincia, Pablo Nobell, iba a tener mucho que ver en la primera promoción institucional del turismo asturiano.
Estas cosas y muchas más las cuenta el historiador Juan Carlos de la Madrid en su libro «Aquellos maravillosos baños», premio «Alfredo Quirós» 2010, que acaba de ser presentado en Oviedo. Es una historia en papel de los veranos de un siglo, desde 1840 hasta 1940. Es la historia del crecimiento asturiano, del ocio y del progreso; y de la socialización del disfrute, que costó Dios y ayuda. Hace apenas 110 años de la promulgación de la ley de descanso dominical en España, y hasta los años treinta del siglo XX no se oficializaron las vacaciones pagadas. Asegura De la Madrid que «es en la década de los veinte cuando se toma conciencia de que Asturias puede llegar a ser un destino turístico». Hasta ese momento los que podían permitirse el lujo de cambiar de aires por el verano no eran visitantes de fin de semana. Ni siquiera de quince días. «La gente acomodada practicaba el veraneo, que no era otra cosa que vivir temporadas distintas en lugar distinto al habitual». Los tres meses estivales en Ribadesella, por poner un ejemplo.
                                            

El núcleo central de «Aquellos maravillosos baños» podría ser la playa de Gijón, la playa ciudad, que es nombre reversible: la ciudad playa. Gijón tira del turismo asturiano porque comienza a ser motor de ocio ya en las últimas dos décadas del siglo XIX y en la primera del siglo XX, coincidiendo con el pleno rendimiento de El Musel. De nuevo industria y turismo juntos. «Es habitual hasta los años treinta encontrarse fotos de bañistas con chimeneas como telón de fondo», señala el autor de «Aquellos maravillosos baños». Qué es el turismo si no una industria.

 Los baños de la reina y a los toros en barco.
En 1842, poco antes de que llegara la iluminación pública a la ciudad, el Ayuntamiento gijonés ya tenía organizada la seguridad de los baños en la zona más cercana a la iglesia de San Pedro. Puede que no hubiera en la iniciativa ningún trasfondo turístico, pero quizá sí flotaba la idea de que el turismo podía generar riqueza cuando, 16 años más tarde, la reina Isabel II se pasa 22 días en Gijón bañándose en la playa de Pando (actual zona de Fomento en la villa de Jovellanos).
En 1882 el poeta José Zorrilla, el autor de «Don Juan Tenorio», pasa unos días en Vidiago, Llanes, y habla del «paraíso asturiano». La idea del paraíso se recupera en los años veinte como imagen de marca, mucho antes de que en los ochenta el eslogan hiciera definitivamente fortuna. La primera frase de promoción turística asemejaba Asturias a Suiza, «la pequeña Suiza» o «la Suiza con mar». Estamos a finales del siglo XIX, en un momento de primer esplendor del turismo alpino, lo más de lo más. «La meca de ese turismo alpino era Suiza, y el paraíso resultaba de ponerle costa a Suiza», explica Juan Carlos de la Madrid.
                                                 

El modelo era, inevitablemente, Europa. En los felices años 20 una corriente de opinión muy optimista relacionaba Gijón con Londres, «el chiquitito Londres» se decía. De esa década data el primer proyecto para crear una autopista que uniera Oviedo y Gijón (1927, en concreto, año de inauguración del mirador de El Fito). Hubo estudio de flujos de circulación, hubo planos y hasta licitación de obras, pero la cosa quedó en nada, la República paró el proyecto, y la Guerra Civil lo enterró definitivamente hasta casi 50 años después.
El excursionismo, en ocasiones ligado a los desplazamientos cortos futbolísticos, cobró pujanza en los años veinte. Había muchas entidades sociales y culturales que disponían de su «manual de excursiones», que incluía un responsable de viajes. Y había grupos con cronista propio y hasta con dibujante. Eran muy frecuentes en la prensa regional y local del momento aquellas crónicas de viaje de radio corto.
El turismo está unido al desarrollo de una sociedad activa y moderna. Y tiene fechas indispensables para entender el fenómeno. Una es 1884, cuando se culmina la línea ferroviaria del Pajares. Asturias se acerca al mundo, y el mundo se acerca a Asturias cuando dos años más tarde se proyectan las primeras películas Lumière en la región. Al cine, algún ojo de lince, le dio entonces corto recorrido y poco futuro. Un divertimento de feria, decían.
Cine, fútbol, toros... Entre 1888 y 1889 se levantan las plazas de El Bibio y Buenavista. La plaza de toros de La Magdalena, en Ribadesella, la paga la marquesa de Argüelles en 1894, y en días de corrida los aficionados iban desde Gijón a bordo del vapor «María Gertrudis».
Y por encima de todo, las playas. La de Gijón, por supuesto, pero también la de Salinas, «que siempre fue como la playa de Oviedo, y la de la Universidad». La de Ribadesella, «que fue una playa arrabal, en el mejor sentido, una playa inventada sobre marismas y que tiene sentido pleno a partir de 1898 cuando se abre el puente» que separa la Ribadesella de siempre con la Ribadesella residencial, el sueño de los marqueses de Argüelles, tal y como explica en el libro el historiador De la Madrid.
En 1899 Bellmunt y Canella publican la «Guía General del Viajero en Asturias», que bien podría pasar como la primera guía turística. En 1924 se celebra en Gijón la I Feria de Muestras de Asturias.

FUENTE:  EDUARDO GARCÍA

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