9 de julio de 2013

Benjamín González el "Bárgana"

Los últimos pasos de «El Bárgana»

La Raposera, pueblo de Blimea donde nacio  Benjamín González, conocido como "El Bárgana"

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En el verano de 1927 un suceso acaecido en extrañas circunstancias llamó la atención de los asturianos: Jorge W. Teasdale, un joven ingeniero inglés de las minas de Buferrera, había sido puesto a disposición del juzgado de Cangas de Onís por su posible implicación en la muerte de otro compatriota llamado Thomas Horne, que trabajaba junto a él como cajero en la misma compañía. No había ninguna prueba contra el británico, pero fue detenido porque tampoco existían testigos que avalasen su versión de los hechos. Según su declaración el hecho había sucedido cuando ambos iban en la misma moto por la carretera de Covadonga y dos bandidos dispararon sobre ellos sin mediar palabra matando a mister Horne, luego se acercaron para registrar tanto al superviviente como al difunto y huyeron por las montañas con todas sus pertenencias, entre ellas un valioso reloj de bolsillo de tipo saboneta con una inscripción grabada.
Unos meses después, gracias a otro suceso aún más sangriento ocurrido esta vez en Laviana, todo se aclaró, demostrando que el inglés decía la verdad y poniendo así punto final al asunto: me refiero al suicidio del último bandolero de la cuenca del Nalón y el penúltimo de la montaña central ya que Constantino Turón, su colega del Caudal, murió unos años más tarde.
Estoy hablando de Benjamín González, conocido como El Bárgana, aunque en realidad no había nacido en ese lugar de Laviana sino en el caserío de La Raposera, cercano a Blimea, donde vivía la familia de su tío y padrino Manuel y donde también puso fin a su vida el 15 de diciembre de 1927. Les voy a contar este episodio para poder llegar después a la resolución del crimen de Covadonga.
Benjamín no fue un bandido más, se creía su papel de bandolero y así lo demostró un mes antes de su muerte, cuando, a pesar de que se sentía acorralado por la Guardia Civil y seguramente presintiendo su final, hizo llegar una carta al corresponsal del diario El Noroeste en Laviana para poner algunos puntos en claro. El periodista, que firmaba sus crónicas como «el solitario de Tiraña», le había comparado con El Vivillo, otro famoso atracador andaluz y El Bárgana en su misiva admitía la comparación pero quería aclarar que se le estaba acusando de más delitos que los que en realidad le correspondían, poniendo varios ejemplos, así un robo denunciado por el doctor Gustavo Álvarez Canga, que según él sólo había sido un susto sin botín, u otro a la criada del cura de Entrialgo, que tampoco asumía, y concluía con una frase que lo resumía todo: «Con mi paraguas se tapan muchos».
Pero a su historial tampoco hacía falta añadirle nada porque hablaba por sí mismo. Sólo o en compañía de su cómplice, un rapaz de 16 años llamado Juan de la Fuente, en pocos meses había multiplicado los robos a mano armada, a veces tan espectaculares como el sucedido en tierras de León, cuando la pareja detuvo un auto que llevaba a trece personas hasta el santuario de la Virgen del Camino para hacerlas descender del coche y allí mismo, mientras el chico apuntaba al chofer con una escopeta, desvalijar a todos los viajeros.
El 12 de noviembre de 1927 el delincuente ya estaba identificado de sobra y era perseguido de cerca por la fuerza armada, pero sin importarle el riesgo había robado sobre las 9 de la noche en Villoria a dos jóvenes y al poco tiempo, en medio de una fuerte nevada, a otros cinco que estaban en grupo en el caserío de Tablazo; aunque el cerco policial cada vez era más insoportable. Por fin el 13 de diciembre estuvo a punto de caer ante una partida de mozos y somatenes de Tolivia y a pesar de que él les hizo frente y pudo escapar, su inseparable compañero Juan fue detenido y no pudo resistir la presión a la que fue sometido en el cuartel, así que cantó de plano denunciando todo lo que sabía sobre la situación y los contactos de su jefe.
Benjamín sin embargo pudo refugiarse en una pequeña bocamina sobre El Sotón y tras descansar, pasadas unas horas, decidió bajar a la Hueria de Santa Bárbara. Entonces los acontecimientos se precipitaron ya que alguien lo reconoció y dio aviso a sus perseguidores que lo siguieron hasta La Raposera, que era como ya he dicho antes la vivienda de su padrino. Allí estaban también su tía y dos primas que le prepararon una taza de leche antes de acostarse.
A primeras horas del día una de ellas salió de la casa y al descubrir la encerrona dio la voz de alarma, entonces el huido se incorporó rápidamente y subió al desván para intentar levantar las tejas y lanzarse al monte, pero al verse cogido decidió poner punto final a sus correrías y se colgó de una viga con su propio cinturón, que no aguantó el peso haciéndole caer pesadamente al suelo; volvió a pedir una cuerda a sus parientes, que se la negaron, y en aquel justo momento penetró en casa la Benemérita, derribando la puerta. Sin dudarlo, Benjamín sacó su navaja de afeitar y se dio un tremendo tajo en el cuello que le seccionó la traquea y la yugular.
Los diarios contaron después que ya en el suelo hizo un gesto como de apretar un gatillo indicando que lo rematasen y señaló la cama para que lo echasen en ella y al instante murió. También explicaron que, a pesar de que le fue ocupada una cartera que contenía 375 pesetas, llevaba ropas de muy pobre apariencia: unos calcetines blancos tan usados que los dedos del pie izquierdo le asomaban por una enorme rotura; el pantalón, de tela rayada, muy viejo y sucio y dos chaquetillas de tela ordinaria. Las dos prendas más nuevas de su indumento eran la boina y el gabán, producto de sus atracos, y un pañuelo empapado en sangre que rodeaba su cuello taponando la espantosa herida.
 Juzgado y cárcel de Pola de Laviana en 1934, en la Plaza de La Pontona donde está actualmente la Casa de la Cultura. Era una de las pocas cárceles que había en Asturias. El partido judicial de Pola de Laviana abarcaba muchos municipios: San Martín del Rey Aurelio, Langreo, Bimenes, Aller, Sobrescobio y Caso. Un partido era la división judicial que tenían las comarcas.

La noticia se extendió rápidamente y hasta el lugar acudieron más de mil personas que acompañaron el traslado del cadáver en camilla hasta el Juzgado de primera instrucción de Laviana. Allí quedó expuesto hasta que al día siguiente por la mañana se practicó la autopsia sin que en ningún momento cesasen las visitas de una multitud que también acompañó a Benjamín en su último viaje hasta su entierro en el cementerio del Otero.
Mientras tanto sus parientes quedaron detenidos y el compañero de El Bárgana fue llevado hasta el depósito para que lo identificase. Consecuencia de sus declaraciones posteriores fueron los interrogatorios a unos cuarenta vecinos de la zona y la detención de otros cinco cómplices, entre ellos dos mujeres, y también el saber que los dos maleantes tenían planeado robar la paga de la Sociedad Coto Musel, pero seguramente lo más importante fue su confesión sobre el crimen de Covadonga.
Hasta Laviana llegaron en cuanto fueron avisados el director gerente de las minas de Buferrera Frederick T. Berkley y el inculpado Jorge W. Teasdale, quien manifestó su alegría al conocer la noticia, avalada además por el hallazgo del reloj robado, que había sido comprado sin reparar en su procedencia por un vecino de Laviana.
Como colofón, veamos ahora los pormenores de la declaración que hizo el joven Juan de La Fuente a la Guardia Civil: manifestó que, siguiendo las indicaciones de Benjamín González, ambos habían llegado hasta el escenario en el que se desarrolló la barbaridad con la determinación de realizar un atraco. En su camino tuvieron que atravesar tres carreteras y una vez allí permanecieron apostados detrás de una peña cercana al lago Enol esperando que alguien pasase por aquel paraje solitario.
Por fin, desde aquella altura habían visto venir a lo lejos a dos señores en motocicleta y tomaron la decisión de detenerlos. Descendieron con rapidez para esperarlos apostados en un punto por el que tenían que pasar forzosamente y dispararon con la intención de inutilizar las ruedas del vehículo, con tan mala fortuna que el que iba montado detrás hizo ademán de agacharse y la bala le alcanzó de pleno. Aún así se acercaron para despojar al conductor de todo aquello de valor que pudiese encima y El Bárgana le ordenó que registrase también al muerto, pero no lo hicieron porque el miedo se lo impidió, entonces se alejaron internándose por los montes hasta regresar a Tolivia por el mismo camino por el que habían venido y tardaron en hacerlo dos días en los que no tomaron ningún alimento.
No hará falta que les cuente nada más, se habrán dado cuenta, como me pasó a mí cuando me encontré en las hemerotecas con este caso, de que aquí hay un magnífico argumento para una novela y en cualquier caso un personaje que, por razones que ignoro, es un completo desconocido, cuando merece ser destacado en la historia secreta de las Cuencas. Yo pongo el primer ladrillo, ahora les toca a otros hacer el trabajo.
               Ilustración de: Alfonso Zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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