11 de julio de 2013

Un hecho inexplicable del "Padre Coll" en el Sanatorio Adaro de Sama de Langreo

El milagro del padre Coll

Sanatorio Adaro en sama de langreo (Asturias) - Foto antigua





http://www.lne.es
En una ocasión anterior, al referirme a Práxedes Fernández «la santa de Sueros», ya les conté como en el proceso que sigue la Iglesia católica para que alguien sea declarado beato es condición indispensable que se le atribuya un hecho milagroso después de su muerte. Si se trata de una curación, se analiza cuidadosamente la documentación para descartar que pueda haber una razón científica, se visita al paciente si aún está vivo para constatar que el mal está erradicado definitivamente y se escucha con la ayuda de especialistas médicos a los testigos del caso. Luego, todo el material recopilado se lleva a Roma donde la Congregación para la causa de los santos lo analiza bajo la dirección de un relator.
Los supuestos casos milagrosos son estudiados por dos peritos de oficio y basta con que uno de ellos lo considere conveniente para que se vaya al siguiente paso: un Consejo compuesto por cinco médicos que deben determinar que la curación es inexplicable. A partir de este momento la cuestión ya es estrictamente teológica y son los cardenales quienes se pronuncian sobre el milagro y si lo aceptan ya es el Papa quien tiene la última palabra.
Dicho esto, verán que el tema de hoy puede resultar importantísimo para algunos, ridículo para otros y seguramente curioso para la mayoría. Todas son opiniones igualmente respetables, así que yo me voy a limitar a contar unos hechos que acontecieron hace relativamente poco en el Sanatorio Adaro de Sama de Langreo y a los que la jerarquía vaticana y los fieles católicos consideran como un milagro realizado por la intercesión del Padre Coll.

Francisco Coll fue el fundador en 1856 de la congregación de Dominicas de la Anunciata, una orden religiosa muy conocida entre nosotros porque desde que llegaron a Sama en 1897 se fueron encargando de la educación de varias generaciones de niñas en nuestras cuencas y aún hoy son el referente de la enseñanza concertada en Mieres y Langreo. En 1912, al cumplirse el centenario de su nacimiento sus devotos empezaron a moverse para lograr su canonización y en los años 30 ya habían demostrado que su biografía era intachable y que por méritos era acreedor a figurar en el santoral, pero les faltaba adjuntar en su proceso la señal divina que la Iglesia espera en estos casos y que debía ser un hecho misterioso para la ciencia y que se hubiese resuelto por mediación del candidato a la santidad. Ahora les cuento como se produjo.
El 18 de diciembre de 1958, Justa Barrientos, una joven langreana de 28 años que esperaba su primera hija, vio como su embarazo se complicaba inesperadamente hasta el punto de que fue necesario realizarle una cesárea. Parecía que la madre había salido sin problemas de la operación, pero 6 días más tarde seguía teniendo fiebre y empezó a presentar un cuadro de vómitos e hinchazón de vientre que extrañó a los médicos, así que el día 27 se le hizo una radiografía para descartar que por accidente se hubiese dejado algún instrumento quirúrgico dentro de su cuerpo. Pero no había nada anormal y la gravedad seguía aumentando, de modo que se tomó la decisión de volver a llevarla al quirófano.
                         Mariano de Cossío: El quirófano. 1935.


El equipo que realizó la intervención estaba dirigido por un joven cirujano de 28 años e integrado por los ayudantes habituales, más un ginecólogo, un encargado de transfusión y un anestesista.
Años más tarde el cirujano jefe declaró ante el tribunal del proceso apostólico que lo que se encontró en la mesa de operaciones aquel día 30 de diciembre le hizo temer inmediatamente lo peor: «Las circunvoluciones intestinales carecían de vitalidad. Había muchas adherencias aglutinadas y sus funciones anatómicas destruidas. Había peritonitis con obstrucción intestinal, fístula yeyunocólica, infinidad de adherencias de las circunvoluciones y un absceso de Douglas». De modo que ante el riesgo que corría la vida de Justa, la intervención tuvo que resolverse por las bravas después de seccionar 12 cm de colón y abriendo un ano artificial en un costado mediante un tubo de plástico - lo que se conoce como un ano contra natura-.
Aquel mismo día la enferma recibió la unción de los enfermos, el sacramento con el que los católicos se preparan para pasar al otro mundo, y con el convencimiento de que la ciencia ya no podía hacer nada, la madre y los hermanos de la enferma decidieron seguir los consejos de Sor Trinidad, una monja que venía siguiendo de cerca el caso, y se encomendaron a la intervención de Francisco Coll colocando una imagen del religioso a los pies de su cama y una reliquia en su camisón e iniciaron una novena para pedir la curación.
Ante el asombro de todos, Justa empezó a mejorar, la fiebre bajó, cesaron los vómitos, y a los 3 días ya hizo ademán de levantarse, aunque no se le permitió, pero la sorpresa llegó cuando el sexto día empezó a tener ventosidades y a defecar. Aquello era materialmente imposible: en la operación la parte superior del intestino se había cerrado de modo que las heces no podían seguir su curso natural y tenían que desviarse forzosamente por el ano artificial y además el último tramo del colón estaba deshecho. 
Después de realizar varias pruebas, un enema y otra radiografía se constató que el colón se había reconstruido sin ayuda y estaba funcionando con normalidad. El 14 de abril de 1959 le quitaron el ano artificial y al revisar lo que había pasado con la zona operada pudieron comprobar que todo seguía en su sitio, como si no se hubiese tocado nunca. Algo totalmente inexplicable para los médicos.
Estos hechos se hicieron llegar a la autoridad eclesiástica y ésta dio el visto bueno para el proceso apostólico que se inició en 1964. Cuando los médicos declararon, solo hubo uno de ellos apuntó que la curación anatómica y médicamente en las circunstancias en las que se encontraba podía haber sido posible por medio de las fuerzas de la naturaleza, sin embargo se tuvo en cuenta que en los días en los que ocurrieron los hechos había negado esta posibilidad, y como las opiniones de los otros tres médicos del equipo que había participado en la operación se mantuvieron, todo siguió adelante.
La otra voz discrepante fue la del doctor que había colaborado en la retirada del ano artificial, quien afirmó que en aquel momento no había ni el menor rastro de que el colon hubiese sido operado, por lo que aventuró la posibilidad de que lo ocurrido fuese que en vez de seccionarlo, lo que podía haber pasado es que se hubiese operado una peritonitis estrangulada; pero los dos peritos médicos primero y el Consejo Médico más tarde lo rebatieron ampliamente, así que finalmente el dictamen de la Santa Congregación para los procesos de los santos concluyó que «la curación fue no sólo funcional, sino también anatómica. Una pared destruida en varios centímetros no podía reconstruirse de forma tan perfecta que hiciera declarar al cirujano, que reexploró la zona, que ésta aparecía como si nada hubiese ocurrido. Por tanto, la absoluta inexplicabilidad de la curación no radica tanto en el hecho de que la señora Justa se salvara, sino en el hecho de que ocurriera una reconstrucción perfecta, absolutamente impensable, de acuerdo con los actuales conocimientos".
El padre Francisco Coll fue declarado beato el 29 de Abril de 1979 con la ceremonia habitual para estos casos en la Basílica de San Pedro del Vaticano y allí estuvo presente la propia Justa Barrientos que fue recibida por el Papa en la capilla de La Piedad, pero aún quedaba un paso más para que el dominico llegase a ser santo, porque a los beatos, con estar muy cerca, les falta subir el último escalón de la santidad.
Según las normas de la Iglesia católica se puede ser santo sin milagros si se es mártir y se muere por la fe, pero quienes no cumplen esta condición deben seguir los pasos marcados por los pontífices que exigen un segundo milagro.
Éste no tardó en llegar: en abril de 2004 se abrió otro proceso para autentificar que la mediación del padre Coll había vuelto a ser decisiva en una curación inexplicable; esta vez fue una recién nacida la que según los católicos fue salvada de la muerte, entonces se siguieron los mismos pasos que en el caso de Justa Barrientos, aunque con mucha más rapidez, ya que el Papa Wojtila tuvo una querencia especial por las canonizaciones y firmó el Decreto de milagro en diciembre de 2008.
Por fin el 11 de octubre de 2009 el nuevo santo subió a los altares. En la ceremonia celebrada en Roma estuvo presente Francisco Valencia Barrientos, el segundo hijo de Justa, nacido dos años más tarde de los sucesos del sanatorio Adaro. Francisco, al que muchos llaman aún el «hijo del primer milagro del padre Coll», lleva con orgullo el nombre que le impusieron en honor del dominico.
Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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BIOGRAFIA DEL PADRE COLL. http://www.anunciata.org.es
Francisco Coll y Guitart, fundador de las Dominicas de la Anunciata, nace en Gombrèn (Gerona) el 18 de mayo de 1812, siendo el décimo y último hijo de un cardador de lana.
Ya en un primer momento de su vida se dedicó a la formación de los niños, simultaneándola con su formación hacia el sacerdocio en el seminario de Vic, donde había ingresado en 1823.
Por una clara inspiración de Dios entra en la Orden de Predicadores en el convento de Gerona en 1830 y allí vive y hace la profesión solemne y recibe el diaconado, hasta que en 1835 la exclaustración de los religiosos le obliga a vivir fuera del convento, si bien nunca renunció a su profesión dominicana, sino que la vivió con aún mayor intensidad.
Con el consentimiento de sus superiores recibe el presbiterado con el «título de pobreza» en 1836 y fue destinado al ministerio parroquial y enseguida a la predicación itinerante, como le pedía su carisma dominicano. Pasó cuarenta años de intensa predicación en toda Cataluña, bien en misiones populares, bien en grupos, bien solo y fue instrumento importante de la renovación religiosa de aquella sociedad. Su predicación fue de gran fidelidad al Evangelio y de una fácil superación de las circunstancias adversas con gran fe en la vida eterna.
Nombrado director de la Orden seglar dominicana en 1850 tuvo en sus manos el instrumento jurídico para poner remedio a una necesidad urgente de su época y de su región; la formación cristiana de las jóvenes en los lugares más pobres y desatendidos y así puso el fundamento de la congregación de Hermanas Dominicas de la Anunciata en 1856.
Enfermo desde 1869 de achaques diversos, como la ceguera y pérdida de las facultades mentales, murió en Vic (Barcelona) el 2 de abril de 1875 y allí se venera su cuerpo en la casa madre de la congregación.
Fue beatificado solemnemente por Juan Pablo II el 29 de abril de 1979.
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EL MILAGRO DEL PADRE COLL. http://www.anunciata.org.es
La historia comienza el 16 de diciembre de 1958, cuando Justa Barrientos ingresa en el Sanatorio Adaro (Sama de Langreo) por sufrir importantes hemorragias a consecuencia de placenta previa, lo que exige se le practique, el día 18, una cesárea dando a luz una niña.
Pronto aparecen complicaciones que llegan a preocupar seriamente a los médicos. Su estado empeora por momentos y es necesario someterla a una nueva intervención.
El 30 de diciembre la trasladan de nuevo al quirófano donde es operada por el cirujano José Manuel Antuña Zapico, ayudado por el tocólogo Dr. Luis Álvarez Fernández y por el traumatólogo Dr. Manuel Fernández Alas, interviniendo en calidad de urólogo el Dr. Fidel Antuña Fernández, mientras que como transfusor estará el analista D. Juan Suárez y como anestesista D. Paulino Lastra.
Terminada la operación, el diagnóstico fue de extrema gravedad, debido a la existencia de una intervención hacía pocos días, un estado de depauperación por la obstrucción intestinal y peritonitis y, por último, por el schock operatorio con descenso de tensión y casi ausencia de pulso.
Ante un panorama tan crítico, los médicos reclaman la presencia de los familiares de Justa Barrientos, comunicándoles que estén preparados para un desenlace fatal en cualquier momento. Los médicos, sin embargo, no acceden a la petición de su esposo y de la madre de aquélla para trasladarla a morir a Valencia de Don Juan (León), de donde Justa es natural.
La paciente es trasladada a la sala, a cuyo cuidado está la hermana Trinidad Villaescusa, que sabedora de la extrema gravedad coloca una reliquia del P. Coll en la almohada al tiempo que, en compañía de la madre de Justa Barrientos, comienza una novena invocando al Padre Coll para la curación de la enferma.
Nadie podía imaginar que en aquel momento iba a tener lugar la curación milagrosa de quien era ya una desahuciada.
A las nueve de la mañana del día 31 de Diciembre de 1958, cuando los médicos que la intervinieron llegan al Sanatorio Adaro, preguntan si ya había fallecido la joven que habían operado horas antes. Al decirles que no sólo no había muerto, sino que estaba muy recuperada, no lo pudieron creer. Y menos aún cuando un día después la Hermana Trinidad Villaescusa le dice a D. José Manuel Antuña que la paciente hace sus defecaciones por el conducto normal, y no por el que le habían construido en el quirófano. El médico responde que eso es imposible y que serán residuos fecales. Cuando vuelve a repetirse el hecho se lo comunica de nuevo, respondiendo incrédulo y confundido: “hermana, eso no puede ser, es imposible, de ser así sería un milagro”.

FUENTE: ..anunciata.org.es
..Colegio Ntra. Sra. del Rosario
..Sama de Langreo - Asturias

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