13 de julio de 2013

El atentado Domingo Orueta y Duarte el 24 de junio de 1910 en Gijón

Fuego sobre Domingo Orueta

No lo recordarán, han sido demasiadas historias desde entonces, pero en 2005 ya les hablé de Domingo Orueta y Duarte; en aquella ocasión contándoles su relación con Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón, y su viaje a Egipto para conocer el Valle de Los Reyes en 1924. A lo mejor, si lo leyeron aquel día, esta aventura ya les suena más.
Hoy voy a referirme otra vez al personaje, ahora en un capítulo de su vida mucho más desagradable. «Chomin» Orueta fue uno de los hombres que intervinieron en nuestra industrialización; dos líneas para resumir su biografía: nació en Málaga en el seno de una familia rica y destacó por sus inquietudes culturales, estuvo relacionado con la Institución Libre de Enseñanza y concluyó sus estudios de Geología y Paleontología en la Escuela de Minas de Madrid consiguiendo el número uno de su promoción. Cuando quiso trabajar, se empleó en una ferrería de su ciudad para adquirir experiencia y de allí pasó, ya como directivo, a explotaciones de Palencia y Matallana, ingresando el 10 de enero de 1887 en el cuerpo de ingenieros de minas del que llegó a ser Inspector General.
Luego vino a Asturias, y en Mieres compaginó su labor docente como profesor de electrotecnia en la Escuela de Capataces con su cargo de Ingeniero-Director de la Fábrica a partir de 1889, sin dejar de lado sus negocios particulares. El prestigio de Domingo Orueta, políglota, escritor, buen conferenciante y especialista en todo lo relacionado con los estudios teóricos de los minerales le hizo ser miembro de varias Academias españolas y Director del Instituto Geológico de España e incluso algunas universidades le nombraron doctor honoris causa. También tuvo tiempo para patentar un sistema de envases para el azogue de las minas de Almadén que se utilizó con éxito durante tres décadas.
En 1893, pudo abrir su propia fábrica de forja en Gijón transformando planchas de acero de Duro Felguera en herramientas con las que abastecía a muchas minas de las cuencas, y en esta industria llegó a dar empleo a 200 obreros. Residiendo en la ciudad costera se integró muy pronto en su vida social siendo el primer presidente de la Filarmónica Gijonesa en 1908; en política militó en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez y fue elegido presidente de la patronal, que entonces se llamaba Agremiación de Fabricantes e Industriales de Gijón.
Al parecer era muy laborioso, pero inflexible en sus convicciones, de modo que cuando en 1910 los trabajadores plantearon un conflicto en torno a la reducción de jornada laboral, se negó en redondo, lo que en aquellos años de violencia le colocó en el punto de mira de los anarquistas.
A las siete y media de la tarde del 24 de junio de 1910, fue tiroteado mientras esperaba el tranvía en la plazuela del Carmen de Gijón, cerca de las oficinas que había ocupado la sociedad minera Cántabro-Asturiana, que era un lugar frecuentado por los patronos para sus reuniones. En el momento del hecho, se encontraban con él su mujer, su cuñada, el capitalista José Menéndez Álvarez y el vizconde del Puerto.
Tranvias de Gijón , Plazuela del Carmen, postal comercial, fondo : Miguel Diago Arcusa.

La acción fue muy rápida: de pronto se acercó al grupo un joven de unos 30 años, vestido humildemente y haciendo uso de una pistola Browning disparó sobre el empresario, que a la sazón se hallaba de espalda a su agresor, con las manos atrás y apoyando el hombro derecho sobre la fachada de un establecimiento comercial. El proyectil le atravesó el brazo izquierdo yendo a parar a la región glútea del mismo lado, pero antes de caer, el presidente de la Agremiación, que siempre iba armado, pudo sacar su revolver y disparar contra su agresor, aunque sin conseguir herirlo.
En medio de la confusión, el autor del atentado intentó ganar tiempo entregando inesperadamente su pistola a un viandante que la sujetó por puro reflejo sin saber qué hacer con ella; cuando la tenía en su mano fue detenido por la policía antes de que pudiese explicarse, pero en cuanto el ciudadano pudo reaccionar, señaló al autor de los disparos que aún no había logrado poner tierra por medio y que se dejó coger sin oponer resistencia; es más, una vez detenido, en vez de mostrar arrepentimiento, no paraba de repetir: «Lástima que no lo maté».
Entre tanto, el herido fue conducido a la Casa de Socorro en un coche de punto y allí volvió demostrar que se trataba de un hombre bragado pues se negó a recibir ningún calmante mientras le extraían el proyectil, que como estaba alojado en esa parte del cuerpo en que la espalda deja de serlo, requirió colocarlo en la más irreverente de las posturas. La escena fue tan cruda que su mujer y su cuñada, allí presentes, no pudieron soportarla y ambas tuvieron que ser asistidas en el mismo lugar afectadas de sendos ataques de ansiedad.
Una vez en comisaría se pudo identificar al agresor: se trataba de Marcelino Suárez Sánchez, un anarquista nacido en Porceyo que había tenido contactos en Barcelona con la Escuela Moderna y a la vez con los círculos violentos que proliferaban en Cataluña, y de vuelta a su tierra se había convertido en un incansable activista en el mismo Gijón y en el valle del Nalón donde había trabajado en las minas de Sotrondio.
En Sama de Langreo también había destacado por su labor como propagandista de la emancipación obrera y por hacer alarde de sus ideas disolventes y era un viejo conocido de la guardia municipal que le había detenido al menos en ocho ocasiones, una de ellas por negarse a descubrirse al paso de una procesión religiosa.
La casualidad quiso que entre los policías que lo interrogaron la tarde del tiroteo se encontrase el agente Manuel Díez, que enseguida supo quién era porque había sido cabo de municipales en la corporación langreana y no dudó en identificarle; aunque, a decir verdad, él nunca quiso ocultar su identidad, contestó sin dudar a todas las preguntas que se le hicieron y además manifestó varias veces su consternación por haber errado el disparo antes de que el revolver se encasquillase.
En su declaración afirmó que había actuado conscientemente, pero sin premeditación: «Regresaba ayer tarde de dar un paseo, cuando sorprendí en la plaza del Carmen al grupo de que formaba parte el Sr. Orueta. De pronto se agolpó a mí mente la siguiente idea: hay que negar el "yo propio" y prestarse a la defensa de los atropellos que con los oprimidos cometen los capitalistas. ¿El Sr. Orueta es el causante de la huelga que hoy en Gijón existe? -me pregunté yo-, pues lo mejor es acabar con su vida, y sin más me acerqué al grupo y disparé mi pistola sobre el Sr. Orueta. Pretendí seguir disparando, hasta agotar las municiones si preciso fuera, pero se interrumpió el funcionamiento del arma. ¡Ésta también se había declarado en huelga!».
Cuando se encontraba dando su versión de los hechos ante el juez, se produjo otro incidente inesperado: un individuo que se hallaba entre los alguaciles y los testigos que se habían citado, exclamó con voz fuerte levantando el puño derecho: «¡Valor, Marcelo!» e intentó marcharse atropelladamente de la sala, pero fue detenido antes de alcanzar la calle y al cachearle se le ocupó una libreta con diferentes anotaciones y una lista de suscriptores al periódico Solidaridad Obrera. Dijo llamarse Román Infiesta Cadrecha.
No sé cual sería la acusación en aquella época, hoy lo llamaríamos «apología del terrorismo», pero el caso es que acabó acompañando a Marcelino Suárez en la prisión incomunicada que decretó el magistrado.
El atentado contra Domingo Orueta ocupó varios días los titulares de la prensa regional y tuvo como consecuencia la detención de otros significados sindicalistas asturianos que fueron conducidos a comisaría para ser interrogados por su posible complicidad en la acción, aunque cuando se demostró que Marcelino había actuado en solitario, salieron en libertad.
Finalmente, el juicio se celebró entre el 11 y el 15 de diciembre de 1911 en Oviedo y el defensor fue el conocido abogado Eduardo Barriobero, quien consiguió rebajar la petición fiscal, que era de 17 años, hasta una condena de tres años de cárcel, de los cuales cumplió la mitad. Luego, una vez en libertad, Marcelino Suárez continuó su actividad participando con la CNT en mítines y colaborando habitualmente en las numerosas publicaciones libertarias que entonces se editaban en la región, hasta que en 1931 fue expulsado del sindicato anarco-sindicalista.
Domingo Orueta, por su parte, tardó 17 días en curar sus heridas, pero no quiso seguir en Asturias y abandonó la región dejando sus negocios en manos de su hijo para volver a Madrid y centrarse de nuevo en la Geología y la Microscopía.
Ilustración de: Alfonso Zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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Los Orueta, a la vera del Obispo

                                    Domingo Orueta y Duarte




 http://www.lne.es
Cuando don José Moreno Villa, natural de Málaga, institucionista, soberbio diletante de la pintura y las letras, cumplidos sus treinta y seis años, llegó a Gijón, al declinar el verano de 1921, para desempeñar su plaza de bibliotecario del Instituto Jovellanos, el primer contacto que tuvo con la realidad de la villa fue con el barrio obrero de El Llano, donde residía su rico pariente político, el ingeniero de minas, capitán de industria y promotor de mil actividades en la villa gijonesa, el también malacitano, don Domingo Orueta Duarte, que de la declinante «ferrería» malagueña del señor Heredia, había venido a Asturias como miembro del cuerpo oficial de Ingeniero de Minas, designado profesor de la Escuela de Capataces, entonces Escuela de Auxiliares de Facultativos de Hornos y Máquinas, que el Estado mantenía abierta en Mieres.
Fue don Domingo Orueta, desde niño, devoto, a la jovellana, es decir, de verdad, de las ciencias útiles, que cursó en Inglaterra; su amor a la geología, que había heredado, junto con regular fortuna, de su señor padre, lo llevó a descubrir en la Serranía de Ronda yacimientos de diversos minerales y entre ellos, unos de rico platino...
Llegaba Moreno Blanco a la casa de los Orueta por relación familiar y amistosa: su padre era primo de doña Manuela Castañeda Ramírez, la esposa de don Domingo y, además, él mismo mantenía desde años íntima amistad, a pesar de la diferencia de edad, con Ricardo, hermano del ingeniero, que en tiempos «normales», llegaría a desempeñar brillantemente la Dirección General de Bellas Artes.
Los dos hermanos Orueta, y su primo Francisco, además de a Gijón, estuvieron unidos un tiempo al muy gijonés ideal melquiadista, del que don Domingo se apartó, aproximadamente sobre 1919 para acercarse al Rey; y Ricardo, por irse a la izquierda, con el señor Azaña; continuando fiel a don Melquíades, Francisco, diputado por Gijón entre 1920 y 1923, también ingeniero, y vecino de Somió.
Con Ricardo, había convivido Moreno en la Residencia de Estudiantes de Madrid. García Lorca, también huésped de la casa de los estudiantes, dejó, entre su genial obra seria, unos divertidos diálogos en los que, entre otros residentes, aparecen Moreno Villa, Ricardo Orueta y Luis Truán cargando con sus respectivas máquinas fotográficas y tratando de viajar a Gijón... del que Moreno recuerda, en su «Vida en Claro», la gran casa del pariente rico: «espléndida, anchurosa y revestida de madera por dentro, como las casas inglesas. Tenía un gran huerto y la fábrica de vagones y herramientas dentro de la finca, enclavada en el barrio de El Llano».
Pasados quince días, el recién llegado abandonó el palacete y tomó pensión económica, proporcionada a su sueldo de funcionario, y desde ella, vio Gijón de otra manera, «como una mina, como un túnel sombrío...», del que escapaba sumergiéndose, las tardes de invierno en la Enciclopedia Francesa, del Casino; jugando al tenis en el club de este deporte, bautizado con el muy londinense nombre de Gijón Lawn Tenis Club, ubicado en el hermoso parque de recreo de los Campos Elíseos, donde se duchaba con agua fría, por carecer la pensión de tal adelanto higiénico y el club de calentador; y dando largos paseos, los atardeceres sin lluvia, con el pintor Piñole, que también, en su casa, se duchaba con el agua fría de Llantones...
La finca de los Orueta, en El Llano de Arriba, se encontraba justo en el entronque de la carretera Carbonera con la del Obispo, donde hoy está el parque dedicado al recuerdo del hijo de don Domingo, trágicamente muerto... lugar conocido como La Jabonera. No lejos, se encontraba la célebre Cuchera, gran llanada a la vista del cementerio de Ceares -hoy perfectamente urbanizada- monumento maloliente y antihigiénico, donde la villa acumulaba lodos, basuras y desperdicios de toda clase, también de pescado, por lo que el olor a podrido corría, como las ratas, libremente, medio kilómetro a la redonda... Por aquellos años, buena parte de la población obrera de El Llano moría, sencillamente, de peste que, según los vientos, también llegaba, hasta que fue desecada, a los buenos aires de la finca-fábrica del señor Orueta, a cuya puerta, llegó el adelanto del tranvía «de sangre», en 1905 y, en 1909, en auto y de visita, la Infanta Isabel, «La Chata».
Para instalar su industria, don Domingo, primero, alquiló la finca, donde habría estado la fábrica de jabón, que luego compró con la ayuda del crédito industrial gijonés, del banquero Luis Belaunde. Las reformas fueron tales que, además de hacer de la vieja casa un palacete y de la huerta, jardín y vivero, convirtió las naves de trabajo en establecimiento higiénico, luminoso y espléndido...
Don Domingo, apasionado del progreso industrial, había comenzando su industria gijonesa en 1893, con la fabricación de frascos de hierro «patentados» por él, destinados a contener el azogue de las minas de Almadén, actividad sin competencia, con la que se enriqueció durante treinta años... después, 1896, la amplió con moderna instalación dedicada a la fabricación de palas, con acero procedente de la Duro Felguera... más tarde, incluyó en su catálogo otras herramientas destinadas a la minería y la agricultura y, por fin, inició la prestigiosa fabricación de coches de ferrocarril y tranvía... llegando a tener en su establecimiento más de doscientos obreros. Firme y bien desenvuelto el negocio, sobre 1923, lo dejó en manos de su hijo Manuel, ingeniero como él, y se instaló en Madrid para entregarse a sus dos grandes aficiones, los estudios de geología, que le llevaron en 1924 hasta el lejano Egipto, y la microscopia que, por el contrario, lo retenía atado a su silla.
Compaginó don Domingo, durante su estancia en Gijón, tal era su interés por todo y su capacidad de trabajo, su actividad industrial en El Llano, con la cátedra de Electrotecnia en la Escuela de Capataces y con la dirección, como ingeniero-director, de la Fábrica de Mieres; además, en tiempos bien convulsos, ejerció la presidencia de la Agremiación de Fabricantes e Industriales, desde cuyo puesto dirigió con mano firme, como nueve años antes lo hiciera el joven don Emilio Olavaria, la huelga de 1910... iniciada, ¡vaya por dios! en el servicio de carpintería de sus propios talleres, cuando quiso «imponer» (¡tantas palas fabricaba!) la jornada de diez horas para surtir de mangos sus palas, en vez de las nueve que venían realizando los operarios. Sufrió Orueta, en plena huelga y en la plaza del Carmen, donde hoy la Caja, cuando esperaba, con su esposa y otras personas, el democrático tranvía eléctrico de El Llano, (¡en plena huelga!) un atentado la tarde de San Juan, obra del joven anarquista Marcelino Suárez Sánchez, natural de Porceyo, «por ser el causante de la huelga que hoy existe en Gijón...», se justificó el autor del atropello.
A pesar de tan intensa actividad industrial y social, no olvidó ni el estudio, ni la propagación del saber, dando conferencias en diversos círculos e impulsando las actividades de la Extensión Universitaria... Ni tampoco olvidó, ni por un momento, su gran afición, la música, ¡hasta tres mil cilindros grabados llegó a reunir para el órgano eléctrico que tenía en su salón! A su iniciativa, con la de los Merediz, Solares, Murillo y otros doscientos setenta y cinco conspicuos gijoneses, se debió la fundación, el 2 de abril de 1908, de la perdurable Sociedad Filarmónica Gijonesa, de la que fue primer presidente.
A los sesenta y cuatro años, en 1926, falleció don Domingo en Madrid, cargado de honores académicos. Seis meses después, una tremenda tragedia asolaría su familia gijonesa, de la que otro día hablaremos. Don Domingo, como los más destacados gijoneses de su tiempo, entregó a la villa saber, energía y entusiasmo industrial y es de los impulsores que no cuenta -sí su hijo Manuel- ni con calle, ni con paseo... Valga este rápido boceto como intento de reparar el olvido.
Plaza de San Miguel en Gijón. Fondo Juan Peris Torner

FUENTE: FRANCISCO PRENDES QUIRÓS
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Domingo de Orueta y Duarte (Málaga, 1862 - Madrid, 1926) 
http://www.madrimasd.org
Entre los personajes del siglo XIX que se dedicaron al estudio de la geología del territorio español, muchos de ellos pertenecientes al Cuerpo de Ingenieros de Minas, los hay que sobresalen por encima de los demás por la innovación que imprimieron a sus investigaciones, brindando auténticos ejemplos de perseverancia y dedicación, algunos de ellos con notoriedad incluso a nivel internacional. Este es el caso de Domingo de Orueta y Duarte (1862-1926), quien realizó notables descubrimientos geológico-mineros en la Serranía de Ronda (Málaga) y autor de importantes mejoras en las técnicas microscópicas y microfotográficas.
Sus antecedentes hay que buscarlos en su padre, Domingo de Orueta Aguirre (1833-1895), predestinado en su juventud a seguir los negocios familiares en Málaga, pero su gran afición por las ciencias naturales, el arte y la literatura hizo que pronto dejara estas actividades, para convertirse de forma autodidacta en un gran experto en la geología y entomología malagueñas. Fundador en 1872 de la Sociedad Malagueña de Ciencias, su amistad con el geólogo de origen gaditano de la Institución Libre de Enseñanza, José Macpherson (1839-1902), influyó grandemente en su personalidad científica, al que inició por otra parte en el uso del microscopio. A las excursiones geológicas que realizaban estos dos grandes amigos se sumaba uno de los hijos de Orueta, Domingo, quien pronto sintió esta gran afición a la geología y a la microscopía de la mano de su padre. Había nacido Domingo en Málaga, el 24 de enero de 1862, ciudad donde realizó sus estudios primarios y los de Perito Químico, ampliando conocimientos en Inglaterra. Sin embargo, las inquietudes científicas de Domingo iban más allá, y en 1880 ingresa en la Escuela de Ingenieros de Minas de Madrid, realizando una brillante carrera que finaliza en 1885 con el número uno de su promoción.
 Siendo aún estudiante, en diciembre de 1884, tuvieron lugar una serie de terremotos en Andalucía, que afectaron especialmente a Granada y Málaga. Orueta se encontraba pasando sus vacaciones invernales en la casa familiar malagueña y tuvo oportunidad de conocer directamente sobre el terreno los daños producidos por los seísmos. Con un permiso especial del Director de la Escuela de Minas, Orueta realizó un informe en el que destaca ya la relación de lo ocurrido con las características geológicas de la zona, muy poco conocidas en esos momentos. Este fue presentado en la Sociedad Malagueña de Ciencias y en la Sociedad Española de Historia Natural. También durante el curso 1884-1885, y fruto de su amistad con Macpherson, imparte clases de Geología y Laboreo de Minas en la Institución Libre de Enseñanza en Madrid. En su Boletín publica Orueta sus primeros trabajos científicos, resultado de sus observaciones con el microscopio, afición que hereda de su padre y en la que se convertiría en una autoridad en la materia, llegando a instalar en su casa un laboratorio perfectamente equipado.
Instalación original de Orueta para microfotografías con el microscopio en cualquier posición, y especialmente en la inclinada. Arriba, posición normal de trabajo, es decir, la de observación directa. Abajo, la cámara está en posición para tomar la microfotografía.

El 10 de enero de 1887 ingresa en el Cuerpo de Ingenieros de Minas, y realiza las prácticas preceptivas en la Ferrería Heredia de Málaga. En 1889 solicita licencia ilimitada en el servicio al Estado y, en fechas no determinadas aún, fija su residencia en Gijón y, emprendedor como era, en 1893 alquila la antigua fábrica de jabón del Llano y la transforma en taller de forja (Fábrica de Hierros Forjados y Estampados). Posteriormente la compró y la transformó en Fábrica Orueta, S.A. Uno de sus primeros encargos fue el suministro para las minas de Almadén de los frascos de hierro para el transporte del mercurio, cosa que hizo durante siete años con un modelo patentado por él mismo. Comienza igualmente a fabricar herramientas y diferentes elementos para las obras públicas, la minería y los ferrocarriles, ya con la fábrica en propiedad, con lo que alcanzó una prosperidad económica notable. Nada más llegar a Gijón es nombrado también director de la Sociedad Fábrica de Mieres, empresa constituida en 1879 para la explotación de hulla y la producción de hierro, cuya actividad siderúrgica se extendió hasta la segunda mitad del siglo XX. Y a comienzos del curso de 1893 se incorpora como profesor de Geometría, Trigonometría y Topografía del primer año de carrera en la Escuela de Capataces de Minas de Mieres que, inaugurada en 1854, había sido promovida por otro eminente geólogo de origen alemán, Guillermo Schulz (1805-1877). En 1897 pasa a impartir la asignatura de Electrotecnia, cuya docencia continúa hasta su traslado a Madrid en 1915. A la vez que se ocupaba de sus negocios y de la docencia en Mieres, Orueta continuaba con sus trabajos relacionados con la microscopía y con la microfotografía. En su casa de Gijón tenía instalado un laboratorio particular que, sin ánimo de lucro, había puesto a disposición de todo aquel que requiriera este tipo de servicios. No sólo disponía de los últimos modelos de microscopios, con una amplia serie de objetivos y lentes, sino que el equipo se completaba con todo tipo de aparatos auxiliares de iluminación, para dibujar (con cámara clara), para disección y para microfotografía. Este laboratorio lo trasladó a su casa de Madrid en 1915 cuando se incorporó a sus tareas como vocal del Instituto Geológico de España. Desde 1888 era socio de la American Microscopical Society y de la United States Optical Society. También era socio de la Royal Microscopical Society de Londres. En esta última presentó su nuevo "aparato para microfotografía con el microscopio colocado en cualquier posición, y especialmente en posición inclinada".
Banco óptico de luz monocromática de Luis Simarro, construido bajo diseño de Domingo de Orueta. Legado Simarro, Facultad de Psicología, Universidad Complutense de Madrid. (Fotografía: Alfredo Baratas).

No sólo realizaba las fotografías de sus preparaciones petrográficas, sino que también colaboraba con otros investigadores en campos muy diferentes al suyo, experimentando nuevos métodos de tinción y de fotografía. Luis Simarro fue un usuario asiduo de las instalaciones de Orueta. Con los planos proporcionados por Orueta, Simarro mandó construir un banco óptico de luz monocromática, que se conserva actualmente en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid.
La Fábrica Orueta de Gijón prosperó de tal forma, que proporcionó a su fundador la independencia económica necesaria para acometer todas aquellas investigaciones que tenía pendientes desde su juventud. Nos referimos al estudio geológico de la Serranía de Ronda, comenzado por su padre y en el que participó desde muy joven. En 1913 pide una excedencia de unos meses en la Escuela de Capataces de Mieres (pagándose un suplente de su propio bolsillo), y realiza nuevas prospecciones de campo, que se extienden durante los dos años siguientes. Su larga experiencia con la microscopía hace que enfoque el estudio desde un punto de vista petrográfico, para lo que examina más de 500 láminas delgadas que se hace preparar en Alemania. La prosperidad económica que comentamos anteriormente, y su deseo de retomar los estudios geológicos, hizo que en 1915 se trasladase a vivir a Madrid, dejando la fábrica en manos de su hijo Manuel, también ingeniero de minas.
En su condición de miembro del Cuerpo de Ingenieros de Minas, el 15 de noviembre de 1915 es nombrado vocal del Instituto Geológico de España, cesando como profesor de la Escuela de Capataces de Mieres. Unos días antes, el 30 de octubre de 1915, presenta en el Instituto de Ingenieros Civiles, ante una audiencia muy selecta, el gran hallazgo realizado durante sus investigaciones en Ronda: el descubrimiento del platino en España. La noticia de este descubrimiento despertó el interés del Rey Alfonso XIII, quien encargó a Orueta un estudio detallado desde los puntos de vista económico y estratégico, pues además del platino existían indicios de cromo y níquel, utilizados en la fabricación de armamento y que España importaba de otros países. Para ello se incluyeron en los presupuestos del Ministerio de Fomento correspondientes a 1916 y 1917, respectivamente, la cantidad extraordinaria de 150.000 pesetas para hacer frente a las investigaciones. Igualmente, y por leyes de 8 de diciembre de 1916 y 16 de noviembre de 1917, el Estado se reservó los derechos de investigación y explotación hasta 1919. Entre finales de 1915 y 1918 Orueta llevó a cabo este encargo, estimando la existencia de 246.531 kg de platino en los ríos Verde y Guadaiza, cerca de San Pedro de Alcántara, en la provincia de Málaga. Además de ello, las cantidades de níquel y cromo prospectadas cubrirían con creces el abastecimiento de estas sustancias a las fábricas militares españolas. A pesar de los magníficos resultados de las investigaciones, el platino no se llegó a explotar nunca.
Muestra de platino procedente de la Serranía de Ronda (Málaga), recogida por Orueta y conservada en las colecciones del Museo Geominero (IGME, Madrid).

 "El estudio geológico y petrográfico de la Serranía de Ronda", publicado por Orueta en 1917, es una de sus obras cumbre y a la que dedicó gran parte de su esfuerzo. En ella analizó las rocas hipogénicas de la Serranía de Ronda a través de un trabajo petrográfico exhaustivo que exigió la realización de 500 láminas delgadas. Estas fueron estudiadas con un método muy moderno para la época (microscopio binocular con luz reflejada), e ilustradas en parte mediante microfotografías en colores realizadas según una técnica suya, con empleo de placas autocromas. Orueta fue pionero en España en la realización de microfotografías directas con luz polarizada en secciones delgadas de rocas. Las primeras publicaciones que realizó sobre el tema obtuvieron una rápida respuesta por parte de algunos de sus colegas, promoviéndose de este modo la creación de laboratorios de microfotografía científica.
Su segunda obra cumbre fue "Microscopía. Teoría y manejo del microscopio", publicada por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y prologada por Santiago Ramón y Cajal. En ella recoge todo el conocimiento que había reunido en relación con el tema, habiendo realizado además importantes aportaciones a la óptica industrial, mejorando o inventando nuevos sistemas. Colaboró con las mejores casas europeas de óptica, como las de Carl Zeiss y Glastechnische Laboratorium (Jena) ó Watson & Sons y R. & J. Bech (Londres). A modo de ejemplo, en 1892 construyó un "aparato para microfotografía instantánea", cuya patente de invención cedió a la casa Carl Zeiss. Al Glastechnische Laboratorium le cedió en 1897 el descubrimiento del "sistema y del aparato para la investigación óptica del espato flúor", cuyo fin era determinar si los cristales eran o no aplicables a la construcción del lentes. Con la casa Carl Zeiss colaboró en el diseño de un aparato para luz ultravioleta que se empleó en microscopía y que Orueta instaló en su laboratorio particular. Además de ello, la mayor parte de sus trabajos sobre óptica precisaban de una montura de microscopio capaz de albergar diferentes objetivos, oculares, condensadores y demás elementos ópticos que no existían en el mercado. Es por ello que Orueta proyectó una nueva montura que satisfacía plenamente sus necesidades, y que fue construida en los famosos laboratorios del ingeniero Leonardo Torres Quevedo. En reconocimiento a toda su obra, y en especial a aquella relativa a la óptica industrial, la Universidad de Jena le nombró Doctor Honoris Causa en 1925.
Domingo de Orueta llegó a alcanzar en vida un alto grado de reconocimiento por el conjunto de sus investigaciones, tanto académico como profesional. En 1916 es nombrado socio honorario de la Sociedad Malagueña de Ciencias, en 1918 le eligieron Presidente de la Sociedad Española de Física y Química, y en 1923 pasa a ser nuevo Presidente de la Real Sociedad Española de Historia Natural. Ese mismo año ingresa en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, con un discurso sobre "la historia del microscopio y su aplicación en las Ciencias Naturales".
 Retrato de Domingo de Orueta perteneciente a la galería de directores del Instituto Geológico y Minero de España.

 En 1922 es nombrado subdirector del Instituto Geológico al ser ascendido a director César Rubio. En 1925, y tras dejar este último la presidencia del Instituto para asumir la presidencia del Consejo de Minería, le sucede en el cargo Orueta. Se da la circunstancia que fue el primer director en ser elegido por unanimidad de la Junta y no por nombramiento directo del ministerio. Durante los diez meses que estuvo al frente del Instituto continuó con sus trabajos y fue el responsable de avanzar en la preparación del XIV Congreso Geológico Internacional, que se celebraría en mayo de 1926. Preparó, junto con su colaborador más estrecho, Enrique Rubio, un itinerario geológico por la Serranía de Ronda para el congreso, con el fin de enseñar a los congresistas también los yacimientos de platino, si bien no llegó a presidir los actos inaugurales, pues falleció súbitamente en la madrugada del 15 de enero de 1926.

FUENTE: Isabel Rábano, Directora del Museo Geominero. Instituto Geológico y Minero de España

Más información:
Rábano, I., Baeza, E., Lozano, R.P. y Carroza, J.A. 2007. Microfotografías de Domingo de Orueta y Duarte (1862-1926) en los fondos históricos del Museo Geominero (Instituto Geológico y Minero de España, Madrid). Boletín Geológico y Minero, 118 (4), 827-846.

Rábano, I. 2008. Domingo de Orueta y Duarte (1862-1926) y la investigación del Platino en España. Boletín Geológico y Minero (en prensa).
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