9 de mayo de 2013

El Lobo cerval (lince boreal), en Asturias

Tras las huellas del lince en Asturias

     El lince boreal, también denominado antiguamente "lobo cerval"

El hallazgo por el FAPAS de un ejemplar disecado, cazado en el Cuera en 1953 e identificado como ibérico, sucede al rescate, en Ubiña, del primer esqueleto reciente de la especie europea

Las huellas del lince en Asturias están borrosas para los científicos. Ahora sabemos, por el hallazgo de un esqueleto en una sima del macizo de Ubiña, en Quirós, que aquí vivió el lince boreal hasta hace algunos siglos (la datación de los restos está pendiente y aún no se puede acotar un intervalo temporal preciso, pero el estado de los huesos apunta a un tiempo reciente). Este descubrimiento viene a respaldar la tesis de que los linces que sobrevivieron en nuestros montes hasta finales del siglo XIX o principios del XX eran linces boreales, pertenecientes a la misma especie que habita en la actualidad en Centroeuropa, Escandinavia, Siberia y Asia central. La fecha de la desaparición de este felino tampoco es concluyente: las observaciones de supuestos linces se suceden en las últimas décadas, principalmente en el área de la sierra del Aramo y el macizo de Ubiña. El problema es que no había evidencias físicas de su presencia actual, pese a que las noticias incluyen al menos dos atropellos, uno en el puerto del Connio, entre Cangas del Narcea e Ibias, y otro en la vertiente quirosana del alto de La Cobertoria. el Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (FAPAS) publica en un boletín una fotografía de un lince disecado, que se conserva en una casa de Llanes y que, según su propietaria, fue cazado por su padre en la vertiente llanisca de la sierra del Cuera en 1953.
El FAPAS lo identifica como un lince ibérico, reabriendo el debate sobre la identidad del gato manchado y dando pie a la posibilidad de que ambas especies hayan coexistido.

Carlos Nores, profesor titular del área de Zoología del departamento de Biología de Organismos y Sistemas de la Universidad de Oviedo, ha seguido la pista del lince en Asturias a lo largo de las tres últimas décadas. «La primera vez que se planteó seriamente la presencia de linces en Asturias fue en un artículo que preparamos Víctor Vázquez y yo en 1984 para la revista "Acta Biológica Montana". Hasta entonces se conocían sólo algunos datos antiguos y se creían erróneos. Revisamos toda la información, la ordenamos y vimos que era verosímil. Y no sólo eso. Me resulta especialmente interesante el hecho de que la gente hablase de algo que no conocía, ya que no existía el sesgo que hay ahora, cuando todo el mundo tiene idea de lo que es un lince. Por ejemplo, un informador del "Diccionario Histórico" de Martínez Marina (1792-1805) discrimina entre los lobos vaqueros y los cervales (linces)», comenta.
Hasta ese momento también se daba por sentado que los linces del área cantábrica habrían sido linces ibéricos, pertenecientes a la especie endémica de la península Ibérica, catalogada actualmente «en peligro crítico de extinción» y considerada como el felino más amenazado del mundo. El biólogo Miguel Delibes, experto en este carnívoro, les dio otra perspectiva. «Nos comentó que se le hacía raro el lince ibérico en Asturias porque está muy ligado al conejo, que nunca hubo aquí ni en el resto del Cantábrico». Las pruebas arqueozoológicas halladas hasta ahora sustentan la hipótesis de que todos los linces al norte de la cordillera fueron boreales («al sur, quién sabe», matiza Nores). «Todos los esqueletos completos fósiles o subfósiles hallados en el País Vasco y en Cantabria (en los yacimientos de Pagolusieta, en Álava, Santimamiñe, en Vizcaya, y en el cántabro de Rascaño) son de lince boreal. La primera constatación de la presencia de esta especie en Asturias fue un cráneo hallado en la sierra del Sueve en los años noventa, pero no está datado. Sin duda es holoceno, pero no sabemos si de hace unos cientos o unos miles de años. El esqueleto encontrado en Ubiña también es reciente, su datación nos dirá cuánto. Si tuviese 200 o 300 años sería la constatación de que el lobo cerval de la literatura era el lince boreal. Con respecto a los restos de lince ibérico (identificados en Asturias por el destacado paleontólogo y arqueólogo guipuzcoano Jesús Altuna en Tito Bustillo), son siempre fragmentos y me inclino a creer que en esos casos se determinó el género y se asignó la especie por proximidad geográfica», opina Nores, quien también cuestiona que se identifique el lobo cerval con el lince ibérico por su pelaje manchado, «muy parecido al tigre en los colores», según lo describe un informador de Martínez Marina. «En Grecia existía un morfotipo (variedad) de lince boreal con las manchas muy marcadas y se pensó que sería lince ibérico, pero se demostró mediante análisis genéticos que era boreal», explica. Un caso parecido es el de las poblaciones de los Cárpatos, de linces muy moteados. «Es posible que los linces boreales cantábricos fuesen mucho más manchados que los del norte de Europa, donde, por la abundancia de nieve, resulta más ventajoso un pelaje menos manchado».

La revelación por parte del FAPAS de la existencia de un lince disecado que, además, se asigna a la especie ibérica quizá obligue a replantear la cuestión. En cualquier caso, extiende hasta mediados del siglo XX las pruebas de la pervivencia del felino en nuestros montes. Las citas bibliográficas sugieren que aún era común en la transición del siglo XVIII al XIX, ya que el «Diccionario Histórico» de Martínez Marina lo menciona en 12 municipios: Santa Eulalia de Oscos, Cangas del Narcea, Somiedo, Quirós, Proaza, Santo Adriano, Morcín, Lena, Langreo, Parres, Caso y Llanes, y en la referencia al primero de ellos se dice que «hay gran número» de estos animales. Cuatro décadas después, el «Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar» de Madoz (1848) hace referencia al lince sólo en Morcín, y en 1859 Pascual Pastor y López lo omite en la primera síntesis faunística de la región. El contraste entre la información que suministran esas tres obras parece reflejar un acentuado declive de la especie a lo largo de la primera mitad del siglo XIX.
Los testimonios recogidos en la bibliografía alcanzan aún a las primeras décadas del siglo XX. Villalaín menciona una captura en Corvera en 1922, en su «Topografía médica» del concejo, y Jove y Canella citan en 1932 su presencia en Sobrescobio, en una obra de la misma naturaleza. Nores y Vázquez investigaron la primera referencia y dieron con el cazador, el «señor Alberca», quien les describió un animal «con rayas y pintas» y localizó el lance en los montes limítrofes con Castrillón. Según su relato, identificó de inmediato a su presa como un lince, que conocía de verlo en ilustraciones; dados los daños que provocaron los disparos, no lo disecó. Tampoco le tomó fotografías.
Se llega así a los testimonios orales, a las supuestas observaciones de las últimas décadas. Existen entre ellas varias noticias de capturas: uno muerto en los años treinta por un vecino de Lindes (Quirós), otro cazado en Cudillero en 1934, un tercero disecado en Riospaso (Lena), en fecha anterior a los años ochenta, y un cuarto cazado en Cecos (Ibias) hacia los años setenta y cuya piel fue vendida. Ninguno de esos ejemplares ha dejado rastro, lo mismo que los supuestos linces atropellados en el Connio y La Cobertoria.
Con respecto a las observaciones, la más conocida y fidedigna es la del biólogo estadounidense Tony Clevenger, quien, recién llegado a España (para participar en unos trabajos sobre el oso pardo), avistó, en septiembre de 1985, un lince en el límite entre Lugo y León, cerca de la localidad de Castillo de Doiras y de los territorios del suroccidente asturiano (Cangas del Narcea e Ibias) donde constan varias referencias del felino. La zona de esa observación, rica en conejo -presa básica del lince ibérico-, está próxima, además, al lugar donde, en 1967, se encontró un ejemplar muerto. La cita se atribuyó a un lince ibérico, según exponen Miguel Delibes y Alejandro Rodríguez en su monografía sobre esta especie. De esa misma década datan las referencias recogidas por el Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (FAPAS) en la sierra del Cuera, hacia 1980 y en 1983, y en el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en 1981, así como otras cuatro aportadas por Juan Carlos del Campo y Gregorio González en ese último espacio protegido, que incluyen la noticia de un ejemplar muerto, aparentemente despeñado, y otra señalada en Amieva por Delibes. Con anterioridad, en los años setenta, Eduardo Tigo recopiló testimonios orales sobre la presencia del lobo cerval en Cangas del Narcea. En los últimos años abundan las citas en el entorno de la sierra del Aramo y en Quirós.

El zoólogo Carlos Nores llama la atención sobre el hecho de que muchos observadores coinciden en la descripción de la actitud del lince al toparse con ellos: «dicen que se para, los mira con cierto descaro y luego se va caminando tranquilamente». Todos esos testimonios, debidos a personas con muy diversa cualificación (desde biólogos a pastores, pasando por guardas y alimañeros) plantean una gran incógnita: ¿por qué no hay evidencias? Los linces se mueven habitualmente por caminos y sendas y en ellos dejan sus huellas y sus excrementos (estos últimos actúan como marcas territoriales). El caso es que nunca se han hallado rastros atribuibles con seguridad al lince, lo que se une a la desaparición de todos los cadáveres de los linces cazados y atropellados en las últimas décadas, hecha la excepción del localizado en Llanes por el FAPAS. «El enigma del lince en Asturias se mantiene», sentencia Nores.

Una presencia enigmática en todo el norte peninsular

Las huellas del lince no sólo aparecen en Asturias; también en el resto del Cantábrico y en Galicia ha dejado rastro, igualmente misterioso. La cita más antigua en la comunidad gallega data de 1760 y se refiere a la localidad orensana de Verín; un siglo después, en 1863, López Seoane lo menciona en el municipio de Lalín y en los montes de San Pedro de Orozco, en Pontevedra, y en Villalba y la sierra del Caurel, en Lugo. Más reciente es una piel muy estropeada que Eduardo Trigo aseguró haber visto en los años setenta del siglo XX y que correspondería a un ejemplar cazado en las sierras portuguesas de Gerés y Jurés, cerca de la frontera con Orense. Este mismo autor da noticia de la caza de un ejemplar viejo, en 1975, en la sierra del Caurel. A su vez, Miguel Delibes y Alejandro Rodríguez citan otro individuo cazado, hacia 1965, en la vertiente gallega de la sierra de Loronco. La famosa cita de Tony Clevenger de 1985 constituye la referencia más reciente de lince en la comunidad vecina.
Nores y Vázquez recopilaron en 1984 numerosas referencias bibliográficas sobre la presencia de linces en el País Vasco y en Navarra, las más antiguas del último tercio del siglo XVIII, debidas a Bowles y Seminario, y localizadas en la comarca vizcaína de Las Encartaciones y en las localidades guipuzcoanas de Idiazabal, Lizarza y Oyarzun. A principios del siglo XIX, Seminario recoge una cita, de 1820, en Lizarza, y en 1880 Brehm cita la presencia de linces en las «provincias vascas», sin especificar más. Eduardo Trigo sitúa la última captura de un lince en Navarra en 1936, unos 15 kilómetros al sur de Pamplona, en una zona donde se tienen noticias de otros linces cazados en fechas previas muy cercanas. López de Guereñu, en su obra «La caza en la montaña alavesa», de 1957, dedica una entrada al «Gato cerval, lince o tigre» en la que relaciona varias capturas contra recompensa de los ayuntamientos entre finales del siglo XVI y principios del XIX; las últimas se localizan en el límite entre Álava y Navarra. Ya en el siglo XX, en 1964, existe una supuesta observación en el macizo navarro de Gorramendi.
Al sur de la cordillera Cantábrica, el lince o «lubicán» ocupó la sierra zamorana de La Culebra hasta bien entrado el siglo XX, según informaciones recogidas de cazadores por Eduardo Trigo. Delibes y Rodríguez hacen referencia a alguna captura en cepo hacia 1950. Se repiten las citas en La Culebra, por boca de otros autores, aunque sin fechas ni fiabilidad, y en la comarca de Sanabria, hasta los años sesenta. Igualmente, se conocen diversas referencias en el norte de León, Palencia y Burgos, de mediados del siglo XX, pero también resultan poco fidedignas.
El caso cantábrico se repite en los Pirineos, donde se tiene constancia que hubo linces boreales hasta principios del siglo XX y en cuya vertiente catalana se han registrado varias supuestas observaciones recientes, principalmente a partir de los años noventa.

Una alfombra elaborada con la piel de un lince ibérico, procedente de una colección privada / Antonio Sabater.

FUENTE:  LUIS MARIO ARCE

1 comentario:

  1. Muy buena y extensa informacion. Ojala pronto cabalgue por el norte español de nuevo el lince, ya sea el boreal o el ibérico, me pregunto si se hibridarían.. Acabo de leer la publicación de unos antiguos manuscritos de 1800 del padre Mateo Suman sobre las Cinco Villas de Aragon y nombra al lobo cerval o lince en varias localidades pero en la segunda itad del siglo XX ha sido el lince también esquivo aunque siempre se aviva la esperanza con posibles avistamentos.
    Jorge Castiliscar

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