21 de noviembre de 2015

El periodista anticomunista Ignacio Iglesias Suárez (1912-2005), un mierense interesante

Ignacio Iglesias: rojo sobre rojo
Ignacio Iglesias Suárez (1912-2005)- www.filosofia.org
Una reseña de este mierense que llegó a ser dirigente del Partido Obrero de Unificación Marxista, cuando se cumplen diez años de su fallecimiento
Ilustración de Alfonso Zapico
Hace ya diez años de la muerte de Ignacio Iglesias. En aquel momento los principales diarios de este país publicaron la noticia e incluso yo mismo hice una breve nota necrológica para este diario. Luego, el olvido. Pero hoy quiero volver al personaje, para guardar su recuerdo y también porque en estos tiempos de mediocridad y sumisión no está de más releer a este maestro y recordar que el periodismo político también se puede hacer dignamente y con inteligencia.
En una breve autobiografía que sirvió de prólogo a su libro Experiencias de la revolución, Ignacio Iglesias resumió su vida. Nació en Mieres, en 1912, en el seno de una familia militante formada por un picador minero y una costurera, para pasar pronto a la Cuenca del Nalón. Uno de sus tíos fue Nemesio Suárez, quien figura en la relación de fundadores de la Federación Socialista Asturiana; otro, Benjamín Escobar, asimismo fundador del Partido Comunista en Asturias y enseguida inclinado hacia el trotskismo como el mismo Iglesias. Un hombre interesante, al que otro día le dedicaremos una de estas páginas, porque también merece la pena. Benjamín y Marcelino, el padre de Ignacio eran hermanastros y participaron en la creación del Sindicato Único de Mineros compartiendo después cárcel y persecuciones.
Ignacio Iglesias quiso ser ingeniero y en casa hicieron el esfuerzo de pagarle los estudios en Gijón, primero de bachillerato y, en cuanto pudo, los de Perito Mecánico y Técnico Industrial, pero la política desvió su carrera por otro camino. A finales de 1930 ya había organizado junto a un amigo la Juventud Comunista en Sama de Langreo, de la que no tardó en ser expulsado por su postura crítica con lo que estaba sucediendo en la URSS. Entonces contactó con Andréu Nin e ingresó en el grupo que se convertiría en Izquierda Comunista, empezando sus colaboraciones en la revista Comunismo.
Al estallar la insurrección de Asturias fue miembro del Comité local de la Alianza Obrera y tras la derrota proletaria logró escapar primero a Madrid y desde allí a Barcelona, donde Nin lo quiso a su lado participando en la formación del POUM.

Ilustración de Alfonso Zapico
En abril de 1936 regresó a Langreo y aquí estaba al inicio de la guerra civil. Formó parte de aquella columna minera, que intentó llegar hasta Madrid engañada por el coronel Aranda en los primeros momentos del alzamiento y tuvo que regresar precipitadamente tras conocer que Oviedo también se había sublevado.
Volvió a ocupar el mismo puesto que había desempeñado en octubre de 1934 hasta la caída de Asturias, siempre en roce con los estalinistas y huyó como la mayor de los dirigentes del bando republicano, aunque en su caso para incorporarse a la lucha donde aún se mantenía la resistencia. Pudo llegar a Bilbao y en enero de 1937, tras un primer intento fallido embarcó en Cantabria rumbo al puerto francés de Bayona.
Pocos días más tarde se incorporaba en Barcelona a la redacción de La Batalla. Allí vivió en carne propia la persecución que sufrió el POUM como consecuencia de los hechos de mayo y la desaparición de Andréu Nin, pero pudo salvarse de la prisión y seguir un tiempo la publicación de forma clandestina gracias a una identidad falsa, que le facilitó en nombre del Consejo de Asturias el diputado socialista Amador Fernández, viejo amigo de su padre.
Como otros compañeros de la izquierda revolucionaria buscó la ayuda de los dirigentes de la CNT y en el verano de 1938 se incorporó en la 119 brigada mixta a un batallón que se hallaba al mando de Avelino Roces, un joven minero langreano, que había militado en el Sindicato Único de Mineros y al conocer su situación lo ayudó a escapar de los comisarios comunistas facilitando su ingreso en la Escuela de Guerra con el nombre falso de Ignacio Andrés Ignacio Suárez.
Ilustración de Alfonso Zapico
Ya en el exilio, pudo huir del campo de concentración de Argelès Sur Mer, con el apoyo de los trotskistas franceses y ocultarse en un albergue para refugiados establecido cerca de la frontera suiza. Allí conoció a la que siete años después sería su esposa, con la que tuvo dos hijos, José Luís y Anne-Marie, pero de nuevo la denuncia de un comunista español, también exiliado, lo devolvió al campo de Argelès.
Cuando salió, en enero de 1940, logró contactar con sus camaradas de Toulouse y en noviembre de 1941 fue juzgado junto a una quincena de acusados de pertenecer a POUM ante un tribunal militar. Su condena incluyó 12 años de trabajos forzados en el presidio de Eysses, degradación cívica y diez años de prohibición de residencia en Francia.
Con la invasión alemana pasó al campo de concentración de Dachau, cerca de Munich y al comando de Allach, un pequeño campo de trabajo con unos 8.000 internos, de donde fue liberado el 30 de abril de 1945 por una unidad del ejército norteamericano, integrada en su mayor parte por chicanos.
Carlos Semprún, que fue amigo de Iglesias, contó tras la muerte de este una anécdota que resume la persecución de que fue objeto durante toda por los estalinistas. Ocurrió cuando lo entrevistaba a principios de los años 80 para una cadena de radio francesa: Ignacio Iglesias acababa de manifestar ante el micrófono que él, que siempre fue ateo, se sorprendió rezando para que fueran las tropas aliadas y no las soviéticas las que llegaran las primeras y el ingeniero del sonido, emocionado, se olvidó las normas radiofónicas que les imponen no intervenir y, nervioso, le preguntó: "¿Y qué pasó? ¿Quiénes llegaron primero?". Iglesias sonrió y dijo: "Si hubieran sido los soviéticos no estaría aquí para contarlo".
En París formó parte de la nueva dirección del POUM, con unos pocos centenares de militantes repartidos por el exilio y España y volvió a colaborar en La Batalla trabajando a la vez en un organismo norteamericano de ayuda a los refugiados, traduciendo libros y escribiendo en diarios franceses.
Ilustración de Alfonso Zapico
Por último, en enero de 1953 se incorporó al Congreso por la Libertad de la Cultura, para ocuparse de la secretaría de redacción de Cuadernos, Mundo Nuevo y Aportes y en junio de ese año se apartó del POUM, aunque siguió manteniendo la amistad con los antiguos compañeros que conocían su posición política. Él consideraba que la URSS se había convertido en capitalismo de estado y la burocracia en una nueva clase social dominante, explotadora y poseedora y por lo tanto también había que combatirla.
En plena guerra fría, esta organización internacional en la que colaboraban numerosos intelectuales fue acusada de estar controlada por la CIA y de haber aceptado su financiación, disimulada con la ayuda de una fundación de Nueva York para alguno de los actos que organizaban.
El partido comunista enseguida sacó una conclusión de la que volvió a hacerse eco el diario derechista El Mundo en su necrológica el lunes 7 de noviembre de 2005: "Durante la Guerra Fría, Iglesias pasó del antiestalinismo al proamericanismo". Pero la verdad es que Iglesias siempre mantuvo que tanto él como otros colegas, antiguos comunistas o anarcosindicalistas, acogieron esa historia con tranquilidad: "Siempre consideré y considero que más que servirse de nosotros, fuimos nosotros los que nos servimos del Congreso porque nos dio la posibilidad de luchar contra el estalinismo merced a unas publicaciones que tenían miles de lectores"
En 1972 -aprovechando que los antiguos deportados podían solicitar su jubilación al cumplir los 60 años-, se retiró para vivir modestamente.
También lo contó Semprún: "Vivía en unos suburbios "verdes", a los que resultaba complicado llegar en autobús, yo iba en coche pero siempre me perdía. Durante mi última visita recuerdo que su mujer estaba frenética, porque una vez más, en un artículo reciente, se aludía al "POUM trotskista". "¡Si no éramos trotskistas! ¿Hasta cuándo lo van a repetir?".
La firma de Ignacio Iglesias figura en innumerables artículos de revistas tan conocidas como España Libre; Revista de Occidente, Cambio 16, Historia y Vida o Índice y sus libros sobre Trotsky están en las bibliotecas de decenas de universidades por todo el mundo, pero él nunca tendrá el reconocimiento que se merece en su tierra. Inconvenientes de la heterodoxia.
Ilustración de Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
El historiador Ernesto Burgos  visto por el lápiz de Alfonso Zapico
Ernesto Burgos Fernández nació en Mieres (Asturias) el 7 de julio de 1957.
Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo (1979). Diploma de Estudios Avanzados en Arqueología Histórica («La romanización en las cuencas mineras del sur de Asturias» 2006).Profesor de Educación Secundaria, ha trabajado en los institutos «Juan de Herrera» (Valladolid), «Sánchez Lastra» (Mieres), «Camino de La Miranda» (Palencia), «Valle de Aller» (Moreda) y desde 2006 en el IES «Mata Jove» de Gijón.

Autorretrato de cómic de Alfonso Zapico
Alfonso Zapico (Blimea, Asturias, 1981). Ilustrador y autor de cómic español, trabaja como profesional gráfico desde 2006.
Ha realizado ilustraciones, diseños, animaciones y campañas para diversas agencias de publicidad, editoriales o instituciones. Ha trabajado en proyectos educativos del Principado de Asturias (Aula Didáctica de los Oficios) e impartido talleres de ilustración en centros educativos de Asturias y Poitou-Charente (Francia).
Colaborador de diarios regionales asturianos (La Nueva España, Cuenca del Nalón), como autor de cómic ha publicado varias obras: La guerre du professeur Bertenev (Paquet/Dolmen 2006), Café Budapest (Astiberri 2008), Dublinés (Astiberri 2011) o La ruta Joyce (Astiberri 2011). Sus títulos más recientes son El otro mar (Astiberri 2013), auspiciada por la Fundación Mare Australe de Panamá, o Cuadernos d’Ítaca (Trabe 2014). Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, alemán o polaco. (…)http://alfonsozapico.com
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Biografía de Ignacio Iglesias Suárez (1912-2005)
Ilustración de Alfonso Zapico
Ignacio Iglesias Suárez 1912-2005 Periodista anticomunista español y funcionario del Congreso por la libertad de la cultura (de 1952 a 1972), antiguo dirigente del POUM, nacido en Mieres en 1912 y fallecido en París el 15 de octubre de 2005. En 1997 escribió unas Notas autobiográficas que se reproducen más abajo en su integridad y a las que remitimos para los detalles de su biografía. Terminada la guerra española fue internado en el campo de concentración francés de Arge al sur Mer, del que se escapó. Durante la guerra mundial estuvo en los campos de concentración alemanes de Dachau y Allach, de donde en abril de 1945 fue liberado por tropas norteamericanas. Unos meses después comenzó a trabajar en París en la organización yanqui International Rescue Committee, de «ayuda» a los refugiados (fundada en 1933 por militantes socialistas, gustan recordar que a sugerencia de Alberto Einstein –recién huído a Princeton– para ayudar a los perseguidos por la hitleriana Alemania: durante la Guerra Fría se convirtió en un brazo operativo de la CIA –que se fundó en septiembre de 1947–, como Eric Thomas Chester documenta en su libro de 1995 Covert Network: Progressives, the International Rescue Committee, and the CIA, transformándose de una pequeña y modesta organización a ocupar el protagonismo que aún mantiene en el presente) y después fue contratado por el Congreso por la libertad de la cultura, primero como traductor de su revista en francés Preuves, y desde enero de 1953 para hacerse cargo de la secretaría de redacción de la nueva revista Cuadernos del Congreso por la libertad de la cultura, que apareció en marzo de ese año y publicó 100 números hasta 1963. Hasta que se jubiló en 1972 trabajó para el Congreso por la libertad de la cultura, institución muy discutida desde los años sesenta por parte de algunos periodistas ingenuos e intelectuales burgueses occidentales escandalizados, no se sabe muy bien por qué, cuando se fue desvelando que tales actividades culturales eran directamente financiadas por el Imperio norteamericano a través de instituciones como la CIA, la Fundación Ford, &c., como un arma más en la Guerra Fría contra el Imperio soviético. Anarquistas y antiguos dirigentes trotskistas españoles como Julián Gómez García (Julián Gorkin), director de Cuadernos, o el propio Ignacio Iglesias (ver más abajo su conversación de 2005 con Juan Manuel Vera) conocían y aceptaban ser agentes del Imperio guasintoniano como la forma más eficaz de combatir el stalinismo y el comunismo… desde la socialdemocracia liberal.
Ilustración de Alfonso Zapico
Notas autobiográficas (1997)
Nací en 1912, en el corazón de la cuenca minera asturiana. Mi padre, Marcelino Iglesias, fue minero picador, y mi madre, Orosia Suárez, tenía un pequeño taller de costura. Mi tío Nemesio Suárez fue uno de los fundadores de la Federación Socialista Asturiana, en 1901, y su nombre figura en el libro de Andrés Saborit Asturias y sus hombres (Toulouse 1964). Otro de mis tíos, hermanastro de mi padre, Benjamín Escobar, fue asimismo fundador del Partido Comunista en Asturias, en 1920, y también es mencionado en el citado libro de Saborit. Mi padre, que militaba desde muy joven en las Juventudes Socialistas, abandonó éstas en el momento de la escisión entre los que quisieron ser fieles a la II Internacional y los partidarios de la III Internacional creada por los bolcheviques rusos, pero no se adhirió al naciente PC. A partir de entonces se dedicó exclusivamente a tareas sindicales y participó en la creación del Sindicato Único de Mineros, del que fue uno de sus dirigentes. Tanto mi padre como su hermanastro Escobar sufrieron persecuciones y encarcelamientos durante la dictadura militar del general Primo de Rivera. El hecho de trabajar mis padres y ser hijo único propició el que pusieran el máximo interés en mi educación. Hice mis estudios de bachillerato, como alumno libre, en el Instituto Jovellanos de Gijón, y luego, en la misma ciudad, en la Escuela Industrial, los de Perito Mecánico y Técnico Industrial, con el propósito de acabar siendo ingeniero, propósito frustrado a consecuencia de la revolución de octubre de 1934.
Comencé a militar muy joven y a finales de 1930 fundé con un amigo de entonces la Juventud Comunista en Sama de Langreo, centro de la cuenca minera del Nalón; a las pocas semanas, por orden de la dirección del PC de Asturias, fui expulsado acusado de trotskista. Establecí correspondencia epistolar con Juan Andrade y Andrés Nin e ingresé en la Oposición, convertida más tarde en Izquierda Comunista. Organice en mi pueblo un pequeño grupo y colaboré en la revista Comunismo, órgano teórico de los trotskistas españoles.
En el Archivo Histórico de Salamanca se encuentra la carta que firmé solicitando el ingreso de nuestra organización en Asturias en la Alianza Obrera, que luego dirigió el movimiento insurreccional de octubre de 1934. Durante el mismo fui miembro del Comité local y tras su fracaso logré escapar y llegar a Madrid. Allí estuve un par de meses, transladándome luego a Barcelona a petición de Nin. Colaboré cotidianamente con él durante poco más de un año, pues en abril de 1936 regresé a Asturias. Mi contacto con Nin me fue muy enriquecedor, pues reforzó en grado sumo mi formación política e intelectual.
Participé activamente en la formación del POUM y en la hora actual soy el único superviviente de la reunión fundacional, celebrada el 29 de septiembre de 1935 en el domicilio del recientemente fallecido Francisco de Cabo. Asistieron, por el Bloque, Maurín, Bonet, Arquer, Rovira y Coll, y por la Izquierda Comunista Nin, Molins y yo. El Comité Ejecutivo del POUM quedó integrado por todos los mencionados, salvo yo, designado para dirigir las Juventudes junto con Germinal Vidal, Pedrola, Solano y Gelada, todos ellos del Bloque. A causa de mi regreso a Asturias, meses después, puede decirse que prácticamente no participe en sus tareas.
El 18 de julio de 1936 formé parte de una columna, en su mayoría mineros, que se proponía llegar a Madrid e impedir allí la sublevación militar. Ocupamos León el 19 a la madrugada y en la noche del mismo día, ya en Benavente, provincia de Zamora, enterados de que en León y Oviedo se había sublevado el Ejército, decidimos regresar a Asturias en autocares, eligiendo carreteras secundarias y pasando el Puerto de Leitariegos, a más de 1.500 metros de altura, hasta llegar al frente de las afueras de Oviedo, ya en manos de los sublevados, el 21 de julio. Allí estuve varios días, hasta que, reclamado por el Comité de Sama de Langreo, volví para ocupar el mismo puesto que en octubre de 1934.
Ilustración de Alfonso Zapico
Enfrentado una vez más a los stalinistas, decidí irme a Bilbao, para estar al lado del camarada José Luis Arenillas, médico de profesión, el cual desempeñaba la función de Inspector general de Sanidad del Ejército del Norte. En realidad, lo que me proponía era dar el salto a Francia, para seguir luego hasta Barcelona y ponerme allí a las órdenes de mi organización. Gracias a la ayuda del presidente del Gobierno de Cantabria, el socialista Juanito Olazábal, pude embarcar en un barco de pesca que zarpó del puerto de Santander a primeros de enero de 1937, pero la presencia de un buque de guerra franquista malogró el intento de llegar a Francia, pudiendo al fin atracar en Castro Urdiales; unos días después logre embarcar en un yate muy veloz, que salió de Bilbao y de noche, casi pegado a la costa, logrando alcanzar el puerto francés de Bayona. En tren viajé hasta Barcelona, a donde llegué a mediados del mes de enero de 1937.
Por decisión del Ejecutivo me incorporé inmediatamente a la redacción de nuestro diario, La Batalla, como redactor político; escribí la mayor parte de los editoriales y varios artículos y comentarios. Suspendido el periódico como consecuencia de los hechos de mayo, Nin me envió a Lérida en compañía del amigo Víctor Alba, redactor también de La Batalla, para intentar editarla allí. En Lérida recibimos la noticia de la detención de Nin y el inicio de la represión comunista contra los poumistas. Regresamos a Barcelona, ya arrojados a la clandestinidad. Puesto en relación con Arquer, que aún estaba en libertad, me ocupé con él de editar La Batalla clandestina. Conté entonces con una documentación falsa que me facilitó, en nombre del Consejo de Asturias, replegado a Barcelona, el diputado socialista Amador Fernández, asturiano y conocido de mi padre.
En el verano de 1938, con las sucesivas direcciones del POUM encarceladas y ya sin posibilidad de acción política alguna, busqué refugio en una unidad militar anarquista. Previamente me entrevisté con varios miembros de la sección Defensa del Comité Nacional de la CNT, instalado en un edificio de la Vía Layetana, en Barcelona, a los que expuse quién era y lo que deseaba. Me acogieron muy bien y me dieron una carta para Antonio Ortiz, militante anarquista que mandaba la 24 División y estaba instalado en Seo de Urgel. Éste también me acogió con gran simpatía y me envió a la 119 Brigada Mixta, cuyo 569 Batallón estaba al mando de un cenetista asturiano. Éste resultó ser un joven minero de mi pueblo, que conocía mucho a mi padre. A su lado estaba, pues, tranquilo y libre de los stalinistas. Meses después pasó a mandar la brigada y aprovechó esta circunstancia para inscribirme en la Escuela de Guerra de Barcelona, aduciéndome que lo había hecho sin decirme nada para evitarme ir a la batalla del Ebro, para donde tenía que marchar mi unidad. Ingresé en la Escuela de Guerra con el nombre de Ignacio Andrés I. Suárez, para evitar ser reconocido por algún comunista. Con los demás alumnos y profesores efectué la evacuación a Francia, acabando en el campo de concentración de Argelès Sur Mer, cerca de la frontera franco-española.
Merced a la ayuda de unos militantes del PSOP, partido socialista de izquierda dirigido por Marceau Pivert, muy próximo al POUM, logré huir del campo y ocultarme en Perpiñán, de donde me dirigí hacia el este de Francia, pasando unos cuantos días en Besanzón acogido por un matrimonio del PSOP, hasta ingresar luego en un albergue para refugiados españoles establecido en Pontarlier, cerca de la frontera suiza. Allí conocí a la que siete años después sería mi esposa. Y también a un comunista que había sido chófer en el consulado soviético de Barcelona, el cual me denunció de no sé qué actividades, por lo cual fui encerrado en un castillo próximo y luego conducido de nuevo al campo de Argelès. En enero de 1940 pude salir del campo para ir a trabajar a Dijon, donde los camaradas del PSOP me habían obtenido un contrato de trabajo. Allí me encontré con el compañero Alberto Aranda, fallecido hace unos meses en Madrid. Trabaje unos meses en un taller mecánico, hasta que el avance de las tropas alemanas hizo que tuviera que irme. En junio llegué a Toulouse, donde me junté a Wilebaldo Solano y otros camaradas del POUM.
Solano y yo nos fuimos a Montauban, no lejos de Toulouse. Para abreviar diré que los dos fuimos detenidos, junto con algunos más del POUM. Los días 17 y 18 de noviembre de 1941, una quincena de poumistas –Andrade, Solano, Rodes, &c.– comparecimos ante la sección especial del Tribunal militar, acusados, ¡colmo de la ironía!, de "actividades comunistas". Las condenas variaron de los cinco años de cárcel que sufrió Andrade a los veinte años de trabajos forzados recibidos por Solano. Las sentencias fueron publicadas por el diario La Dépêche, de Toulouse, el 27 de noviembre: yo figuraba con una condena de "12 años de trabajos forzados, degradación cívica y diez años de prohibición de residencia en Francia". Los condenados a trabajos forzados, seis en total, fuimos trasladados al presidio de Eysses el 15 de octubre de 1943.
El 30 de mayo de 1944, las tropas alemanas nos llevaron –salvo a Solano, que se encontraba en la enfermería– al campo de concentración de Dachau, Baviera, cerca de Munich. El 6 de julio fui destinado al comando de Allach, un pequeño campo de trabajo –unos 8.000 deportados– situado entre Dachau y Munich. El 30 de abril de 1945 nos liberó una unidad del ejército norteamericano, integrada en su mayor parte por chicanos mejicanos, al mando de oficial californiano, profesor, que hablaba un perfecto castellano. Permanecí en cuarentena hasta el 25 de mayo, fecha en que fui repatriado a Francia, para llegar una vez más a Toulouse en los primeros días de junio. He de señalar, como hecho curioso, que durante mi encarcelamiento en Montauban, antes de ser conducido a Alemania, fui amnistiado por el gobierno del general De Gaulle, merced a una ordenanza del 1 de julio de 1943 fechada en Argel.
Ilustración de Alfonso Zapico
Tras unas semanas de descanso para recomponer el estado físico –casi cinco años de prisión y de deportación, amén del tiempo pasado en los campos franceses– me trasladé a Burdeos, donde había un buen grupo del POUM. Solano había reanudado la publicación de La Batalla en Burdeos, hacia el mes de junio de 1945. No recuerdo si cuando llegué Solano continuaba allí o ya se había ido a París, donde se encontraban algunos compañeros: Andrade, Bonet, Rodes, &c. En todo caso pronto me fui también a la capital francesa, donde se estableció la dirección del POUM. El Comité Ejecutivo en el exilio quedó constituido por Bonet, Solano, Rodes, Roc y yo mismo, si la memoria no me es infiel. La Batalla veía la luz cada quincena y además se editaban boletines y hojas de información. El partido quedó reorganizado a base de los centenares de antiguos militantes, repartidos por toda la geografía francesa. Y se establecieron relaciones continuas con los camaradas quedados en España o salidos ya de la cárcel, en particular con los de Cataluña, que se habían organizado clandestinamente. Sin embargo, pronto sufrimos un primer contratiempo: unas docenas de compañeros, dirigidos por los antiguos dirigentes del POUM Arquer y Rovira, nos abandonaron para crear un nuevo partido, el Moviment Socialista de Catalunya.
Colaboré muy asiduamente en La Batalla, con mi nombre o empleando los seudónimos de Andrés Suárez, Luis Soto, Ramón Puig, &c. También fui su director durante unos meses. Al mismo tiempo me ganaba la vida trabajando en un organismo norteamericano de ayuda a los refugiados, cuya sección española dirigía nuestro camarada Rodes, de Lérida. Cesé en ese trabajo de secretario-intérprete el 31 de marzo de 1952, a causa de una reducción de personal. Trabajé luego, durante unos meses y con carácter provisional, en la administración de un diario parisino, Franc-Tireur, en donde ya trabajaba otro buen amigo y camarada, Josep Rebull. Asimismo hice unas traducciones para la Editorial Poseidón, de Buenos Aires, que me había procurado mi viejo amigo Francisco de Cabo, que residía entonces en la capital argentina. Por último, en enero de 1953, gracias igualmente a otro compañero y amigo, Víctor Alba, entré en la Asociation Internationale pour la Liberté de la Culture, para ocuparme de la secretaría de redacción de Cuadernos, revista en lengua española destinada sobre todo a los países iberoamericanos; la sucedió Mundo Nuevo, que existió hasta abril de 1971. Me ocupé, por último, de la revista de ciencias sociales Aportes, hasta octubre de 1972, fecha en que me jubilé.
Creo que mi último artículo publicado en La Batalla lleva la fecha del 12 de junio de 1953, que debe corresponder, poco más o menos, a mi apartamiento del POUM. Ya hacía algún tiempo que habían surgido mis discrepancias. La principal correspondía a la llamada entonces cuestión rusa, mejor dicho a la caracterización del régimen soviético. Al contrario de lo que pensaban los trotskistas y otros más o menos próximos a sus puntos de vista, hacía años que yo consideraba que la URSS se había convertido en capitalismo de estado y la burocracia en una nueva clase social dominante, explotadora y poseedora. Expuse estos puntos de vista con el seudónimo de Andrés Suárez, en artículo titulado "Las nuevas tendencias de la economía política rusa", que salió en La Batalla el 1 de febrero de 1947. Abundé en los mismos argumentos en una serie de cuatro artículos, publicados de agosto a diciembre de 1951, también en La Batalla, con el título general de "Burocracia y capitalismo de Estado". Y, finalmente, el 15 de agosto de 1952, apareció en boletín interno mi proyecto de tesis "La URSS. De la revolución socialista al capitalismo de Estado", que firma conmigo el compañero Josep Rebull. Desde luego, hace cincuenta años mis puntos de vista respecto a la Unión Soviética resultaban muy minoritarios, incluso en el POUM. Abandoné, pues, el partido silenciosamente, sin tratar de formar grupo alguno y menos aún buscar refugio en otra organización, actitud que he mantenido hasta el día de hoy. Mas desde entonces no he dejado de mantener relaciones amistosas con todos y cada uno de mis antiguos camaradas. El POUM representó muchísimo para mí y a ese recuerdo me atengo.
Durante los años que van desde mi regreso del campo de concentración nazi, a mediados de 1945, hasta mi jubilación en octubre de 1972, sobre todo, he escrito y publicado mucho, primero en La Batalla y luego en distintas revistas hispanoamericanas, en éstas de temas literarios por lo general, así como en Ibérica y España Libre, publicaciones antifranquistas editadas en Nueva York. También colaboré en algunas revistas españolas, como Revista de Occidente, Cambio 16, Historia y Vida e Indice. Publiqué igualmente Trotsky et la Révolution Espagnole, Editions du Monde, Laussane 1974, con traducción española de la Editorial ZERO, Bilbao 1976; con el seudónimo de Andrés Suárez, El proceso contra el POUM. Un episodio de la revolución española, Ediciones Ruedo Ibérico, París 1974; La fase final de la guerra civil, Editorial Planeta, Barcelona 1977; y León Trotsky y España (1930-1939), Ediciones Júcar, Gijón 1977.
Terminaré diciendo que me casé en 1946 con una española que había conocido en Francia, en 1939; que tengo dos hijos –él ingeniero electrónico y ella con unas licencias en La Sorbonne– y tres nietos. Y que hago de benévolo patriarca en una familia muy unida. Cachan, Francia, 24 de diciembre de 1997.
Tomado de la Fundación Andrés Nin, fundanin.org/iglesias.htm

Ignacio Iglesias (1912-2005) nació en Mieres, una importante localidad de la cuenca minera asturiana, y fue un precoz activista de la izquierda obrera. http://www.fundanin.org
FUENTE: textos sacados de Filosofía en español (www.filosofia.org)
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