2 de marzo de 2013

La Pelagra, enfermedad que acarrea el excesivo consumo del maíz

La lepra asturiana.

Hasta no hace tanto en Las Cuencas nos alimentábamos poco y mal, luego vino el progreso y con él la mejora en los transportes que permitió traer y consumir alimentos más variados y ricos en vitaminas con lo que la cosa cambió, pero la huella de aquellas épocas de miseria y enfermedades aún puede seguirse en los dichos populares; recuerden por ejemplo el conocido: «En Boo el que no tien papu non ye guapu», que hace referencia a la extensión del bocio, un llamativo aumento de la glándula tiroides que en la actualidad se alivia consumiendo pescado o simplemente aliñando las ensaladas con sal yodada.

El bocio fue descrito en el norte de España por primera vez en 1927 por don Gregorio Marañón y por ello cuando a mediados del siglo XVIII su colega y antecesor el doctor Gaspar Casal -al que ya hemos citado en otras ocasiones por sus visitas a Mieres- realizó un trabajo de campo sobre las enfermedades endémicas de los asturianos, no lo incluyó entre las cuatro que señalaba como las más extendidas: la sarna, la lepra, el «mal de la rosa» y el asma seco. Entre ellas sólo sigue teniendo incidencia la última, sobre todo en los niños como sabrán bien muchos de los padres que lean este artículo, pero hoy lo que nos interesa es «mal de la rosa» -la pelagra, para ser científicos-, un mal del que Casal decía que «de todas las afecciones corrientes en este país, no hay otra que la gane a horrible y contumaz» y que se caracteriza por alteraciones en la piel, diarreas y episodios de confusión mental que pueden acabar derivando en locura.

Según nuestro doctor debía su nombre a «una espantosa costra que, si recién salida no produce en la parte afectada más que rojez y aspereza, a la larga degenera en forma de costra muy seca, escabrosa, negruzca, entrecortada por frecuentes y profundas fisuras que, penetrando hasta la carne viva, producen gran dolor, quemazón y molestia», además solía venir acompañada de asperezas sobre la piel del cuello y el pecho y otras manchas que podían surgir en cualquier parte del cuerpo, pero para que se confirmase la enfermedad era necesario que esta costra se encontrase adherida a los huesos de manos o pies. Lo más curioso era que los síntomas llegaban siempre en primavera y desaparecían en el verano dejando unos estigmas rojizos parecidos a las marcas de las quemaduras ya curadas, que volvían a reaparecer cada año en un ciclo que en ocasiones se prolongaba hasta la muerte del paciente.

Esta enfermedad aún existe en los países subdesarrollados y ahora sabemos que la ocasiona la falta de una de las vitaminas del complejo B y por eso se ceba en las comunidades que basan su alimentación en el maíz: justo lo que comían a diario hasta hace bien poco la mayoría de los asturianos.

El maíz, como seguramente conocen, llegó desde América. En México ya se cultivaba hace al menos 7.000 años y en cuanto los conquistadores lo descubrieron se dieron cuenta del potencial que podía tener para matar el hambre en Europa. Cuentan que el primero en pasar el charco con él fue un asturiano, el almirante D. Gonzalo Méndez de Cancio, que había sido gobernador y capitán general de La Florida y que trajo en 1604 dos arcas llenas de semillas para sembrarlo en sus heredades. Efectivamente, consta que al año siguiente se recogió en la zona de Tapia de Casariego, donde él vivía, una buena cosecha, pero sabemos que el cereal ya se daba en Sevilla desde mediados del siglo XVI y también en Asturias donde Marino Busto ha localizado un testamento fechado en Carreño en 1598, en el que los herederos reciben entre otros bienes «una fanega de maizo y otra de panizo».

Aunque en nuestra región se quiere vincular este cultivo a la zona oriental, no debemos olvidar la extensión ni la importancia que tuvo en las Cuencas hasta que los hórreos cedieron su sitio a los castilletes. Jovellanos ya decía de la vega de Mieres que era una de las mejores de Asturias y el geólogo Guillermo Schultz la colocaba en primer lugar en la relación de las más importantes que tuvo que conocer para fundamentar sus trabajos de prospección minera.

Si son capaces de imaginarse este valle hace dos siglos, con el río sin encauzar y los pequeños núcleos de población que se arrimaban a la carretera de Castilla y salpicaban los montes, deben saber que desde el puente de Santullano hasta el de La Luisa, en la zona de la desaparecida Fábrica de Mieres hay 2.152 días de bueyes y que desde Bazuelo hasta Arroxo se contaban 600 días de bueyes dedicados a este cereal.

De la importancia que tuvo aquí este cultivo da idea la cantidad de molinos que llegaron a funcionar y cuya enumeración resulta imposible. Sólo una muestra: a lo largo del Caudal y en el tramo de lo que hoy es el núcleo urbano de Mieres se situaban de norte a sur los molinos del Furuñu, situado en medio de los llerones y que se acabó llevando una riada hace ahora un siglo; el de Juan de Colás; el de Casa Rabona, el de El Polear; el de Bazuelo y otro que dependía del Palacio de Camposagrado y estaba en su propiedad, aunque seguramente había más de los que ya no se tiene noticia y a ellos había que sumar los de las enormes vegas de Cardeo, Baiña, Lloreo, por un lado y los que iban salpicando la orilla hasta Lena y Cabañaquinta, los de los afluentes y los de los afluentes de los afluentes.

El maíz se da en verano, por lo que resultaba perfectamente compatible con otros cultivos y no era extraño que si las cosas venían bien se sacasen tres y hasta cuatro cosechas en dos años, sembrando escanda o trigo en invierno e incluso una vez recogido el cereal, nabos o cebada a fines de año. En su espacio se aprovechaba todo: los rastrojos eran para el ganado hasta que se volvía a sembrar en primavera; una tradición que aún se recuerda en Mieres era la de colocar en las fincas en las que aún no hubiese sallado el maíz por San Xuan la «muyerona», una especie de espantapájaros que buscaba la vergüenza de los perezosos señalándolos para que recibiesen así las burlas de sus vecinos.

El Padre Feijoo dejó escrito sobre la miseria de los campesinos asturianos que «sus vestidos, sus camisas, sus lechos y sus habitaciones son semejantes a sus alimentos: cuatro trapos cubren sus carnes, o mejor diré, que por las muchas roturas que tienen las descubren. La habitación está igualmente rota que el vestido, de modo que el viento y la lluvia se entran en ella como por su casa?», de manera que todo servía para aliviar la necesidad: las cañas y los tarucos valían como forraje e incluso los más pobres empleaban las hojas de las panoyas (que difícil resulta escribir esta frase en castellano) como relleno de sus colchones.

Hubo un momento en el que el maíz se convirtió en la mayor riqueza de la Montaña Central, aunque sus beneficios quedaban en pocas manos. La práctica totalidad de los mierenses antes de la industrialización trabajaban para las dos grandes familias del valle: los Bernaldo de Quirós, a los que Carlos II otorgó el marquesado de Camposagrado en 1661 y los Revillagigedo, marqueses de San Esteban del Mar de Natahoyo desde 1708 por la gracia de Felipe V. Los primeros residían, como es sabido, en su palacio convertido hoy Instituto Bernaldo de Quirós, los segundos en Figaredo y tenían en lo que hoy es el concejo de Mieres nada menos que 300 colonos para lo que habían designado unos administradores que vivían en el zona de La Cay, donde por otra casualidad histórica también se levanta hoy el IES Sánchez Lastra.

De cualquier forma, el rendimiento del maíz es superior a los de los cultivos tradicionales como el mijo, el panizo o la escanda y por eso llegó a hacerlos desaparecer casi por completo y la verdad es que nos quitó mucha hambre: principalmente transformado en fariñes en las que el agua venía a sustituir a la leche o en boroña, el pan que se elaboraba en las maseras con su harina y que no faltaba en ninguna casa, y como su sabor y sus posibilidades culinarias eran bastante mejores que las que ofrecían las castañas, acabó relegándolas para convertirse en el único alimento que consumían muchas familias junto a las fabes, los guisantes y las calabazas que se sembraban a su sombra.

Pero la falta de vitaminas cayó como una maldición sobre los campesinos y a mediados del siglo XVIII la población resultó severamente afectada por la enfermedad que acarreaba el consumo del maíz, hasta el punto de que en algunas regiones llegó a dejarse la planta sólo para el ganado y en otras incluso se prohibió su cultivo. Aquí no se llegó a este extremo, aunque a mediados del siglo XVIII la pelagra se hizo tan común en nuestra región que lo extraño era no padecerla y entonces empezaron a llamarla «lepra asturiana», así que cuando oigan este término ya saben a qué se refiere.
Ilustración de: Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR

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