1 de enero de 2014

Las cosas de Jesús Ibáñez de Mieres

Jesús Ibáñez, en la caverna de Zarathustra. (Artículo actualizado).
Oñón, , fue la sede de dos periódicos que salieron en Mieres, en los años 1918 y 1919. Los dos, fueron dirigidos por un genial periodista mierense de nombre Jesús Ibáñez, con carnet del Partido Comunista.

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En otras ocasiones ya les he ido contando cosas de Jesús Ibáñez, un personaje que, a mi juicio, es el más interesante de la historia de Mieres y que, sin embargo, no conoce apenas nadie. Ibáñez nació en 1889 y murió en el exilio mexicano en 1948, después de haber intervenido intensamente en todos los acontecimientos políticos de estas décadas en Asturias, España y Europa, hasta el punto de que muchas veces, según voy descubriendo sus andanzas, me veo obligado a confirmarlas en varias fuentes porque se me hace imposible que un hombre que estuvo en tantas salsas permanezca en el olvido de sus paisanos. Hoy les voy a contar otro de sus lances, confiando en que les atraiga tanto como a mí desde el momento en que me encontré la primera pista y hasta que finalmente logré encajar todos los pormenores que pude ir reuniendo sobre el asunto.
De momento vámonos al presente histórico del 8 de marzo de 1921: en Madrid acaba de terminar la sesión del Senado, y el presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato Iradier ,toma el coche que le va a llevar hasta su domicilio, le acompaña solo su chófer y va sin escolta. Son las ocho de la noche y cuando el vehículo llega a la plaza de la Independencia, una motocicleta Indian con sidecar en el lado derecho, ocupada por tres individuos, se aproxima a toda velocidad. La conduce un hombre corpulento vestido con pelliza oscura, boina y medio rostro cubierto por unas gafas enormes. Cuando están a su altura, los otros, que llevan una pistola en cada mano, al grito de «¡Viva la anarquía!» abren fuego disparando más de cuarenta balas; tres de ellas hieren de muerte al presidente en una acción que para algunos investigadores es el primer paso hacia la Guerra Civil de 1936.
Cuando se supo que los autores habían sido tres sindicalistas catalanes, la policía echó el resto para capturarlos. El primer detenido fue Pedro Mateu, de 26 años y natural de Tarragona, que en el interrogatorio confesó el nombre de los otros dos: Luís Nicolau y Ramón Casanellas. Nicolau también caería más tarde, en Berlín, donde se había refugiado junto a su mujer, acción por la que Alemania recibió la recompensa que ofrecía el Senado español por su captura y que ascendió a 850.000 marcos; por su parte, Casanellas, el conductor de la moto, logró llegar hasta la URSS, desde donde remitiría meses después varias cartas declarándose único responsable del atentado.
Ahora veamos lo que hacía por las mismas fechas nuestro hombre. El 28 de abril de 1921 Jesús Ibáñez se reunía en Barcelona con Andrés Nin, Joaquín Maurín, Arenas, Hilario Arlandis y Arturo Parera para elegir a los cinco trabajadores españoles que debían acudir como delegados al III Congreso de la Tercera Internacional que iba a celebrarse en Moscú durante el mes de junio. El mierense fue uno de los elegidos y el primero en desplazarse hasta Berlín para esperar a los otros. Allí vivió otra de sus peculiares andanzas que podemos conocer gracias al testimonio de Joaquín Maurín.
El revolucionario catalán describió en uno de sus escritos al Ibáñez de aquellos años como un personaje sumamente pintoresco: «Parecía escapado de las páginas de la novela picaresca clásica. Carpintero de oficio, empezó siendo socialista, después se hizo sindicalista, más tarde comunista, y, finalmente, como un hijo pródigo, regresó al redil socialista. Joven, de unos treinta años, le atraía la aventura y, lo que es más grave, le fastidiaba la garlopa».
Maurín contó en sus memorias cómo cuando el resto de los delegados pudieron llegar a la capital germana Jesús Ibáñez ya había sido detenido por la policía, a pesar de que era el único de los cinco delegados que viajaban con pasaporte. Pero lo sucedido no tenía que ver con la política sino con las faldas o, para ser más exacto, con la carencia de las mismas, puesto que ninguno de los implicados en el suceso que le llevó a la cárcel llevaba ropa cuando ocurrió. Me explico: Jesús Ibáñez, mujeriego como pocos y al parecer con bastante éxito, por lo que nos cuenta en su críptico libro «Memorias de mi cadáver», en vez de buscar en la capital alemana el contacto con los sindicalistas, como sería de esperar dada su misión, se dirigió a una comuna anarco-comunista llamada «la caverna de Zarathustra» que había fundado el extravagante dominicano Heinrich Goldberg, más conocido como Filareto Kavernido, nombre que él mismo se puso en una variante del esperanto y que puede traducirse como «el amigo de la virtud que habita en la caverna».
La comuna estaba emplazada en una especie de cueva habilitada como vivienda a unos 25 kilómetros de Berlín y en plena naturaleza, como lo prueba el dato de que en la actualidad la zona se haya convertido en un parque natural; y aunque la tierra no era allí especialmente fértil, se dedicaban al cultivo de frutas y verduras y a la cría de animales buscando siempre el autoabastecimiento e intentando compaginar esta vida con el desempeño de algunos trabajos en la ciudad.
El grupo lo integraban mitad hombres y mitad mujeres, partidarios del amor libre y la comunidad total de bienes, que vivían desnudos bajo el mismo rústico techo. El ambiente ideal para Ibáñez quien llegó sin buscarlo en un momento de ausencia del fundador que se encontraba haciendo prosélitos por otras zonas del país, así entró con buen pie en la comunidad y se convirtió enseguida en el varón más solicitado del grupo. Rápidamente se hizo querer, sobre todo por las féminas libertarias entre las que prodigó sus dotes amatorias, pero una noche, inesperadamente, Filareto Kavernido regresó y sus convicciones filosóficas hicieron agua al encontrar a su preferida en brazos del recién llegado. Filareto era un personaje de gran envergadura, que completaba su imagen de patriarca utópico saliendo a la calle con una melena descuidada, larga barba negra, sandalias de cuero y una túnica blanca que dejaba un brazo al aire a la usanza de los clásicos griegos. Con esta facha y las ideas que predicaba no es de extrañar que se convirtiese en uno de los personajes más característicos del Berlín de los años veinte, pero de Jesús Ibáñez podía esperarse cualquier cosa menos que se dejase intimidar por semejante adefesio, de modo que la paz de la comuna saltó en pedazos y los nudistas alemanes pudieron asistir primero a un recital de insultos en español, idioma en el que los dos hispanos se entendían entre ellos, y luego a un intercambio de tortas que fue en aumento hasta alarmar a todo el barrio.
Por fin, la denuncia de un vecino hizo intervenir a la autoridad y de esa forma, cuando los anarquistas catalanes llegaron a la ciudad teutona sin pensar en otra cosa más que en la manera de salvar el camino clandestino hacia Moscú, se encontraron con que el asturiano estaba en la cárcel y se alarmaron al imaginar, lógicamente, que el motivo de la detención era su implicación en la fuga de Casanellas, que era en aquel momento la primera preocupación del Gobierno de Madrid. Es de suponer lo que pudieron pensar al conocer la increíble historia del asturiano que no renunciaba a disfrutar de la vida incluso en los momentos más delicados de la revolución.
Luego, a los pocos días y una vez solucionado el asunto, Ibáñez pudo seguir viaje hacia la URSS, donde participó activamente en la Internacional, como ya les he contado aquí en otra ocasión.
En cuanto a los asesinos de Dato, Pedro Mateu fue condenado a pena de muerte, pero el rey Alfonso XIII se la conmutó por cadena perpetua y cuando llegó la II República salió en libertad manteniéndose en el ideal anarquista hasta que murió siendo ya anciano. Luis Nicolau y Ramón Casanellas también fueron detenidos y amnistiados por la República: el primero cayó en la Guerra Civil, mientras que su compañero llegó a organizar el Partido Comunista de Cataluña en 1932 antes de estrellarse al año siguiente con su moto contra un turismo falleciendo en el acto.
Si también les interesa saber lo que pasó con Filareto Kavernido, les diré que nunca abandonó la práctica de la utopía defendiéndola en varios libros; en 1928 llevó su comuna hasta Córcega y luego, ya muy reducida, a Haití y Santo Domingo, donde alcanzó buena fama como médico hasta que fue asesinado en 1933 sin que se condenase a nadie por su muerte.
Por último, lo más curioso de todo este asunto tal vez esté en una pequeña nota publicada en el diario barcelonés «La Vanguardia» en su edición del día 5 de noviembre de 1921: en ella se informaba de la detención en el Centro Obrero de Oviedo de Jesús Ibáñez y de su traslado a Madrid por su implicación en el atentado contra Dato, el comunicado de prensa firmado por el encargado del caso Millán de Priego, aclaraba también que «al ser detenido se colocó en una actitud de rotunda negativa, perseverando en ella en los interrogatorios a que se le sometió»? Jesús Ibáñez nunca dejará de sorprendernos.
Ilustración de: Alfonso zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS - HISTORIADOR
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Un mierense en la III Internacional.

                       La tercera internacional / http://www.taringa.net
 
Hay una anécdota poco conocida de Manuel Llaneza que me gusta recordar. Ocurrió en 1923 cuando volvía de una convocatoria de Cortes en Madrid acompañado por su compañero Manuel Cordero; venían hablando de la delicada postura en la que se encontraba el líder sindical tras defender la no integración en la III Internacional y de las acusaciones que se le hacían, incluso desde las filas más leales del socialismo, por haber mantenido una postura demasiado conformista en una entrevista solicitada por el Dictador Miguel Primo de Rivera. En aquel momento Llaneza era más partidario de buscar las mejoras en el día a día del trabajo minero que de embarcarse en empresas revolucionarias, y al bajar el Pajares soltó una frase lapidaria: “Desengáñate, mira: primero Mieres y después la Internacional”.
Efectivamente, ahí estaba la cuestión: el movimiento obrero de todo el mundo vivía la mayor escisión de su historia con la creación de los partidos comunistas que desde aquel momento iban a recorrer caminos distintos a los de los socialistas y en las Cuencas este enfrentamiento se vivía además con la existencia de dos tendencias que dividían a los mineros. Ahora es difícil imaginar la intensidad de aquellos debates en los que participaban trabajadores que apenas sabían leer y que sin embargo conocían de memoria los planteamientos de los grandes teóricos del marxismo, y sin embargo así era.
Entre quienes creían al contrario que Manuel Llaneza que la Internacional era más importante que Mieres estaba Jesús Ibáñez, un personaje por el que se pasa de puntillas en la historia de Asturias –estoy seguro que intencionadamente- y que sin embargo tuvo una dilatada vida política en la primera mitad del siglo XX. Entre otras cosas participó activamente en la formación de la III Internacional y aunque sólo sea por la importancia de este episodio merece que lo recordemos.
Las Internacionales surgieron como un intento de unir a los trabajadores de los diferentes países. La Primera se fundó en Londres en 1864 por sindicalistas ingleses, anarquistas y socialistas franceses e italianos republicanos y duró 12 años, hasta 1876; en 1889  se organizó la Segunda, que se mantuvo 25 años y en 1919 se convocó la Tercera por iniciativa del Partido Comunista Ruso con el objetivo de  superar el capitalismo, establecer la Dictadura del Proletariado y la República Internacional de los Soviets, abolir las clases y caminar así hasta una sociedad ideal  de paz y libertad.
Fue una idea de Lenin y no resultó como se esperaba, ya que en vez de unir a los obreros los dividió facilitando la llegada del fascismo y el nazismo e incluso según consideran algunos historiadores pudo contribuir a provocar la Guerra Civil española y la posterior Guerra Mundial.
En diciembre de 1919 la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que entonces simpatizaba con la revolución rusa, se adhirió a la convocatoria y tuvo que preparar con prisas una representación para enviar a Moscú. El primer español en llegar fue Ángel Pestaña, quién según parece causó una buena impresión a Lenin y en el verano de 1920 ya intervino en las discusiones firmando algunos documentos y manifiestos, pero cuando hacía el viaje de regreso para informar a sus compañeros fue detenido y encarcelado en Milán, entonces el Comité Nacional del sindicato anarquista, cuyo secretario general era Andrés Nin, decidió reunir un pleno en Cataluña, entre otras cosas, para elegir a quienes debían acompañarle en su misión rusa.
Para despistar a las autoridades, los designados por las regionales fueron llamados a presentarse en Lérida, como si fuese allí donde debía tener lugar la reunión, pero según iban llegando Joaquín Maurín se encargaba de desviarlos a una casa situada en el barrio de la falda de Montjuich en Barcelona. Por fin en la mañana del 28 de abril de 1921 empezó el debate con la asistencia de Andrés Nin y el propio Maurín por Cataluña; el gallego Arenas; Hilario Arlandis llegado desde Valencia; Arturo Parera por Aragón, y Jesús Ibáñez representando a los asturianos.
Primero se discutió la estrategia del sindicato ante la represión que se estaba sufriendo en aquellos meses y luego se pasó a elegir la delegación de los trabajadores españoles en  el III Congreso de la Tercera Internacional que debía celebrarse en Moscú durante el mes de junio; finalmente fueron escogidos Andrés Nin, Joaquín Maurín Hilario Arlandís y Jesús Ibáñez por la CNT y Gastón Leval por la denominada Federación de Grupos Anarquistas, que sería el embrión de la FAI. No se crean ustedes que aquello se parecía en algo a uno de los encuentros sindicales  que se celebran en la actualidad con desplazamientos en avión, hoteles caros y dietas apetecibles: a los pocos días emprendieron el viaje a Rusia cada uno por su lado, sin dinero y sin pasaporte, confiando en la solidaridad que podían encontrar  entre sus compañeros extranjeros.
Hace unos años, escribiendo una serie de biografías mierenses me encontré con la vida de Jesús Ibáñez, seguramente el más apasionante y olvidado de nuestros personajes. A pesar de que en su momento llegó a ser un escritor de éxito y aún viven algunos de quienes  lo conocieron, es muy difícil seguirle el rastro ya que su evolución –siempre dentro de la izquierda- resulta incomoda para todos los grupos políticos y nadie se atreve a reivindicar su memoria.
Ibáñez fue turonés, aunque la casualidad quiso que su madre Celedonia Rodríguez le pariese en el penal de Santoña, mientras visitaba al mítico bandolero Constantino Turón y pasó su infancia y juventud en Mieres tratando de superar el hambre y la miseria; siendo niño sirvió de lazarillo a un ciego y luego trabajó como carpintero y albañil, aprendiendo de los veteranos obreros de la Fábrica todo lo que necesitaba  sobre las injusticias y la manera de hacerles frente.
En diciembre de 1918 había fundado en Oñón el periódico “La Batalla”, con la consigna de defender la dictadura del proletariado y la violencia revolucionaria; entonces militaba en  las Juventudes Socialistas, pero su idea ya estaba más próxima a los métodos de acción de los anarquistas y los bolcheviques rusos. Dos años más tarde volvió a la carga con “La Dictadura”, un quincenal que se publicaba también en la villa del Caudal con tirada de mil ejemplares donde propugnaba la creación de un Partido Comunista en España.
Cuando llegó a Moscú como delegado para  la III Internacional pertenecía al minoritario sindicato de la construcción de la CNT de Mieres y ya había pasado por varias cárceles españolas, aunque  aún le quedaban las portuguesas, alemanas y belgas e incluso las rusas, adonde le llevó la policía de Stalin bajo la acusación de simpatizar con el troskismo. En la Unión Soviética Jesús Ibáñez trabajó como funcionario de la Internacional y secretario de Andrés Nin al tiempo que defendía en Asturias la unidad con la UGT junto a los anarquistas gijoneses Eleuterio Quintanilla y José María Martínez.
No pudo ser, y finalmente el 18 de noviembre de 1922 las secciones escindidas del SOMA se reunieron en el Centro Obrero de La Felguera y después de deliberar dos fines de semana, los obreros anarquistas y comunistas aprobaron el informe presentado por Ibáñez en nombre de la Internacional Sindical Roja (ISR); así nació una nueva organización, el Sindicato Único de Mineros de Asturias (SUM), con 25 secciones y 1.752 afiliados en las Cuencas. Su Comité Ejecutivo se estableció en Mieres –el feudo de Manuel llaneza- y estaba compuesto por Jesús Rodríguez (presidente), José Prieto (vicepresidente), Benjamín Escobar (Secretario), Críspulo Gutiérrez, vicesecretario, y Jesús Huelga (tesorero).
Jesús Ibáñez participó activamente en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil y siempre estuvo en el bando de los perdedores, incluso en las rencillas con sus propios compañeros; después de la Guerra Civil marchó al exilio mexicano donde falleció tras haber dedicado sus últimos años a la literatura, pero no intenten ustedes encontrar su obra en España, es imposible. Tampoco figura su nombre en ninguna calle de los ayuntamientos regidos por los socialistas ni en el listado de fundadores del PCE, a pesar de que su implantación en Asturias fue en gran medida obra suya, pero ya saben…la historia, como la hacemos los hombres, es el reflejo de nuestros complejos.

Monumento a la Tercera Internacional
Vladimir Tatlin
1920
Altura de la maqueta: 5 m
Galería Tetriakov, Moscú.
http://espina-roja.blogspot.com.es

FUENTE: ERNESTO-BURGOS-HISTORIADOR
                                                   [-----------------------------------------]
 Jesús Ibáñez
 http://www.fan-asturies.org

Jesús Ibáñez (1889-1948) fue una de las principales figuras del socialismo asturiano. Natural de Mieres, fue un incesante agitador y una de las mentes más lúcidas del socialismo asturiano. Ejerció una labor fundamental en el diario Avance con su buen amigo Javier Bueno. Perteneció a la corriente izquierdista del PSOE aunque si labor militante estuvo centrada sobre todo en el terreno sindical, primero en el sindicato de la Construcción y luego en la Internacional Sindicalista Roja y en el Sindicato Único de Mineros (SUM) que aglutinaría los sectores a la izquierda del SOMA. El 23 de abril de 1946 fue expulsado del PSOE junto con otros treinta y cinco militantes más por alinearse con la tendencia que apoyaba a Juan Negrín en el exilio en México.
En 2008 el XXXVII Congreso Federal del PSOE volvió a restablecer la militancia, a título póstumo, de todos los integrantes del grupo disidente de México. La resolución hablaba de reincorporarlos a la disciplina del Partido. Jesús Ibáñez se habría reído mucho.
Entre sus obras destacan: Discos de Acero. Memorias de mi cadáver (novela encajada), Tatiana la bolchevique (publicada por capítulos en el diario Avance), Fuego del cielo y Acción directa.
  • Jesús Ibáñez, la pluma y la pistola. Ernesto Burgos (La Nueva España, 2006)
  • Jesús Ibáñez en la caverna de Zaratustra. Ernesto Burgos (La Nueva España, 26/05/2009)
  • Jesús Ibáñez, un mierense en la Tercera Internacional. Ernesto Burgos (La Nueva España, 11/12/2007)
  • Y el verbo se hizo furia: Jesús Ibáñez (PDF). Ernesto Burgos
    (publicado en libro colectivo Los Olvidados, editado en Gijón con motivo de la Semana Negra 2010 y reproducido aquí con permiso del autor)
  • ¡A Rusia! (PDF). Jesús Ibáñez (Extraído de Asturias Republicana)

    Jesús Ibáñez,  la pluma y la pistola.

    Ernesto Burgos

    Semblanza de Jesús Ibáñez publicada en La Nueva España, en una seción que ha recreado figuras señeras de Mieres a través de estampas escritas en primera persona que les recrean en un momento destacado de su vida.
    Discos de Acero. Memorias de mi cadáver (novela encajada) fue publicada por la editorial mexicana El Libro Perfecto S. A. en 1946; poco después moriría su autor. La obsesión por la sinceridad y la libertad de pensamiento hace que hoy ninguna organización política reivindique su memoria, aunque se le considere el cuadro teórico más capaz del socialismo asturiano. Otras obras del autor son: Tatiana la bolchevique, publicada por capítulos en Avance, Fuego del cielo y Acción directa; las dos últimas, a pesar del éxito que alcanzaron en su traducción para los lectores rusos fueron criticadas por los comunistas españoles. Hoy es imposible encontrar los libros de Jesús Ibáñez en las bibliotecas asturianas.


    Me llamo Jesús Ibáñez, aunque también suelo firmar como Jotaibáñez o J. Bañezi. Si alguien ha de recordarme como escritor, me gustaría que lo hiciese por esta última obra en la que estoy trabajando para plasmar mi biografía. La llamaré Discos de acero y en ella quiero contar los detalles de una existencia que a muchos les parecerá exagerada.
    De haber nacido en el siglo XVI mi infancia hubiese podido dar argumento a una buena novela picaresca; pero llegué al mundo en 1889, en unas circunstancias que demuestran de qué manera la realidad supera a veces a la fantasía.
    Mi madre fue Celedonia Rodríguez, natural de Turón y, como yo, viajera impenitente; en su juventud había recorrido los caminos de España en una carreta de cómicos y conocía también la vida del convento, el presidio y los delirios del alcohol. La casualidad me hizo nacer en el penal de Santoña, mientras ella visitaba a Constantino Turón, el famoso bandolero de Urbiés. Sólo el amor por mi padre, Trifón, un molinero del pueblo salmantino de Buitrago, pudo poner un poco de orden en su vida.
    Deje mi infancia y mi juventud en aquel Mieres que crecía con la industrialización, luchando por superar el hambre y la miseria. Me veo de niño, sirviendo de lazarillo a un ciego, y más tarde trabajando como carpintero y albañil, siempre en busca de un momento para escaparme a los bares de Requejo, donde los obreros de la Fábrica y los mineros hablaban de huelgas, accidentes e injusticias.
    Pero mi vocación siempre fue el periodismo. La pluma es a veces un arma tan fuerte como la pistola, y yo he sabido manejar las dos a menudo. En diciembre de 1918 fundé en Oñón el periódico La Batalla, con la consigna de defender la dictadura del proletariado y la violencia revolucionaria; yo estaba entonces en las Juventudes Socialistas, pero me sentía más próximo a los métodos de acción de los anarquistas de la CNT y al pensamiento de los bolcheviques rusos.
    Este sentimiento de temor a no estar en el lugar preciso cuándo surja la revolución social me ha acompañado siempre, haciéndome quedar mal con aquellos que no ven más allá del parapeto de sus propias siglas.
    Ya en 1920, también cada quincena, otro periódico: La Dictadura, con una tirada de mil ejemplares para defender la creación de un Partido Comunista en España. Aquel mismo año me detuvieron en Gijón, acusándome  de haber colocado una bomba contra un patrón;  entonces logré salir absuelto, pero no tuve la misma suerte en otras ocasiones.
     Pocas personas habrán conocido tantos penales como yo: He estado recluido en Bilbao, Zaragoza, Barcelona y –por supuesto- Oviedo, y también se de las cárceles portuguesas, alemanas y belgas -acusado de mil conspiraciones-, e incluso de mi querida Rusia.
    La Unión Soviética ya es parte de mi existencia; llegué allí como secretario de Andrés Nin y por muchos años que pasen nunca olvidaré los increíbles inviernos de Leningrado, mientras trabajaba como funcionario de la Internacional.
    Pero la burocracia de los comunistas de manual siempre acaba chocando con mi carácter y al final la terrible policía de Stalin me identificó con los troskistas, la única ideología de izquierdas que no he tenido nunca. Tal vez los momentos más amargos de mi vida los haya dejado en las prisiones rusas... así de extrañas son a veces las cosas.
    Lo curioso es que a pesar de mi actividad y de haber sido detenido en Mieres, acusado en 1923 de organizar un supuesto complot revolucionario, mi nombre no figura entre los fundadores del PCE; un ejemplo del sectarismo de los que me han acusado de dar bandazos en mi militancia, sin darse cuenta de que mi trayectoria no es más que el reflejo de mi propia libertad de mi pensamiento.
    De nuevo en casa, conocí a Javier Bueno, que siempre ha sido mi mejor amigo; ambos nos responsabilizamos de la redacción de Avance para ir preparando la revolución del 34; Yo fui uno de los responsables del movimiento en Mieres y cuando llegó la lucha estuvimos juntos, siempre en primera línea, asaltando el Ayuntamiento de Oviedo, y en las cunetas de Pumarín y La Corredoria.
    Tras la derrota vino la represión. Mientras la imagen de Javier con los brazos lacerados por la tortura recorría el mundo, mi compañero de celda Teodomiro Menéndez intentaba el suicidio, saltando del segundo piso al patio de la Cárcel Modelo. Se dijo entonces que lo había hecho presionado por mis acusaciones sobre su implicación en la detención de González Peña, pero este es un capítulo que es mejor olvidar.
    De todas las publicaciones en las que he colaborado (Solidaridad Obrera , España Nueva, Occidente, La Voz de Cantabria ), el mejor recuerdo siempre será para Avance. En cuanto se pudo volvimos a la rotativa... y también a la batalla.
     En 1936, Bueno y yo estuvimos juntos en el asedio a Oviedo y, al poco tiempo mi responsabilidad militar empezó a ir aumento. Primero tuve el mando del sector de San Esteban de Las Cruces; luego una zona del frente occidental; finalmente me nombraron ayudante del Comisario Inspector del Ejército del Norte ,el mismo González Peña, para acabar ocupando su puesto cuando la cosa se puso fea y él tuvo que marchar a Valencia.
    Ahora, el exilio mezcla los recuerdos: el aprendizaje como delegado de la CNT en  la Internacional moscovita de 1921; la actividad frenética dentro del Comité Nacional que se formó entonces para fortalecer el comunismo en España; las tardes de angustia tras las rejas; los mil tiroteos de la Revolución y la Guerra; los rostros de los muertos;  y, como una flor en el fango, la Liga de Escritores y Autores Antifascistas, en la que colaboré desde su fundación.
    Hace pocos meses, en agosto de 1945, aún he participado en una reunión del Frente Popular en el exterior, pero ahora lo que más me interesa es ordenar mi memoria en estos folios, antes de que mi tiempo se acabe.      
         FUENTE: Ernesto Burgos-historiador.
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