5 de septiembre de 2012

Biografia de Juan Muñiz Zapico, Juanín de CC.OO

Mierense de Adpoción:
JUAN MUÑIZ ZAPICO "JUANÍN" » Juanín: un líder de CC.OO.

La vida de Juanín (Biografia).

http://www.fundacionjuanmunizzapico.org/

 
«Mi actitud seguirá siendo
combativa hasta la muerte,
perseverando en beneficio
de mi clase, de la clase
obrera.»

(Juanín, al día siguiente
de abandonar la prisión
Carabanchel, 1-XII-75)


El inquieto «Loroño»
La Frecha es un pequeño poblado a caballo entre el campo y la circulación, apenas treinta casucas asomadas a la carretera general de Oviedo a León, entre Campomanes y Puente de los Fierros. Allí, a la salida, en la última casa del pueblo, nació Juan Marcos Muñiz Zapico hace ahora treinta y cinco años. Era el 25 de abril de 1941. Allí vivió Juanín hasta poco después de casarse, allí están sus hijos Yolanda y Marcos, y allí le llevaron desnucado una aciaga tarde de enero de 1977, tras el accidente de automóvil que le costó la vida. Un hombre que había nacido y crecido asomado a la carretera, moría en ella el primer domingo del año, cuando el cielo encapotado de la represión ya empezaba a despejarse y lucían los primeros rayos de una libertad ganada a pulso de lucha, despidos y cárcel.
Cuando Juanín viene al mundo, ni la época -los años 40-, ni el entorno social -clase obrera-, ni la familia -escasos recursos- pueden ofrecerle mucho, pero sí que le ponen en contacto desde el primer momento con una realidad: la penuria y el esfuerzo de los trabajadores, realidad a la que posteriormente irá dándole contenido hasta llegar a su integración en el mundo laboral en el que, como trabajador, exige sus derechos y lucha por conseguirlos.
Sobre estos primeros años de su vida, en junio de 1963, se decía en «La Chispa», órgano ya desaparecido de las Comisiones Obreras de la Cuenca del Caudal: «A pesar de ser hijo único de un matrimonio de obreros (minero y cocinera), intuye en su casa las dificultades y penurias de los trabajadores. Gracias al esfuerzo de sus padres, es criado con la atención, el calor y la generosidad que los obreros ponen en la educación de sus hijos, siempre que pueden.»
Tras su muerte, Ángeles, su madre, comentaría: «Hicimos lo imposible para que no le faltara de nada. A pesar de nuestros apuros económicos, le dimos lo mejor que teníamos, sin escatimar ningún esfuerzo. Eso es lo único que me tranquiliza.» Y recuerda las comidas que, como buena cocinera, le preparaba, el primer traje, aquella bicicleta que le compraron cuando trabajaba en Mieres -32 kilómetros diarios al pedal, soñando con «Loroño», que le quedó como apodo-, en fin, toda la atención de unos padres para con un hijo que pasó de la niñez al trabajo, del campo al taller, del balón al soplete casi sin darse cuenta.
Tras una infancia inquieta, pronto canaliza sus ímpetus hacia el deporte -su afición por el fútbol y el ciclismo era inagotable- lo que no impide que se rompa un brazo por montar en bicicleta y otro por subir a un caballo, amén de las energías vitales desatadas, que su madre recuerda y que el hijo de Juanín ha heredado. Más tarde siente inclinación por el estudio, y en la escuela de La Frecha pronto destaca por su inteligencia. «Fue el mejor alumno que pasó por mis aulas», diría años más tarde su maestro. Allí se inició su pasión por la lectura. Estos tres aspectos -deporte, inteligencia y lectura- unidos a su carácter afable y abierto, y su pronto despertar a la problemática socio-laboral, lo convertirían en las cárceles de Jaén, Segovia y Carabanchel en el hombre-bisagra que unía y charlaba con todos de todo, en el hombre-motor que comunicaba optimismo y generaba simpatía.
Sus cualidades humanas aparecieron en él a edad muy temprana. «Siempre fue muy desprendido -cuenta su madre-. Cuando era pequeño, si tenía una peseta en el bolsillo y veía que alguien la necesitaba, se la daba sin dudar y se quedaba sin nada.» Esta generosidad de Juanín se mostraba en todos los órdenes; así, por ejemplo, era raro el día en que, a la hora de comer, no se presentaba en casa con algún primo o amigo, a pesar de que sus padres contaban con pocos recursos económicos. 

 A las cinco de la mañana.
Tras finalizar los estudios primarios con buena calificación, Juanín tiene que ponerse a trabajar, y a los quince años entra de aprendiz en Talleres Aguinaco, de Mieres. Era el 5 de junio de 1957. Mientras puede, alterna su trabajo con el estudio y acude a la escuela de la Maestría Industrial, donde realiza los dos primeros cursos en un año. Son tiempos de ilusión, pero también de fatiga y sacrificio. «Salía de casa a las cinco de la mañana, acompañado de mi padre -recordaba no hace mucho-. Él iba a la mina y yo al metal, en Mieres. Eran momentos difíciles, en los que sobre la base del sacrificio general de los trabajadores se estaba imponiendo una nueva política económica. Concretamente eran los años 58, 59, 60 y 61, en que los obreros comenzaban a tomar conciencia de sus problemas, al tiempo que superaban el miedo de la etapa anterior. Desde entonces comencé a vivir los problemas económicos en tanto que trabajador, así como los problemas referentes al sindicato que se nos había impuesto.» En esta primera época participa, junto con sus compañeros, en pequeñas acciones reivindicativas, especialmente contra las horas extras, que hacían agotadoras las jornadas, y que a él le imposibilitaban la normal asistencia a la escuela.
Este pronto despertar a la problemática laboral y sindical se debe, según él mismo explicaría, a las siguientes causas: «Por un lado, a mi infancia, que se desenvolvió en un medio en el que la problemática social era comentada con mucha frecuencia. Mis padres tenían un chigre, y por él pasaban gentes que habían vivido la República, la Guerra Civil y la etapa posterior. Era normal que estos trabajadores, con una clara conciencia de clase y de la situación, hiciesen comentarios. Eso me ayudó a generar en mi una inquietud. Por otro lado, también influyó el haber tenido la gran suerte de ir a trabajar a Mieres, el núcleo más importante de Asturias, donde se desarrollaron los acontecimientos de clase desde 1914, pasando por la República, hasta hace muy pocos años. El nivel de concienciación de los mineros de la Cuenca del Caudal impregnaba un poco la vida del resto de los obreros de la zona, aunque fuesen de otras ramas, como la del metal, que era la mía.»
Ya en esta primera época laboral, Juanín aprovechaba para leer cualquier momento libre, incluso los desplazamientos en tren de su casa al trabajo y viceversa. Este detalle le llama poderosamente la atención a un capataz de minas, con el que coincide a menudo en el trayecto y del que posteriormente se haría muy amigo. «Si usted es su madre, yo le quería como un padre», comentaría el día de su entierro.
Por aquel entonces, sus inquietudes van tomando cuerpo a medida que entra más en contacto con la realidad laboral. A ello le ayuda un compañero de trabajo, Lisardo Menéndez, que será quien le anime a ir más lejos.
Viene, luego, el paréntesis del servicio militar como voluntario, que corta su iniciación laboral y lo aleja de Asturias. Le toca Valladolid, y va destinado al servicio de Automovilismo. Allí, un compañero le presenta a una prima suya. Se llama Higinia Torre Patallo, es de Grado, y pronto entablan amistad, convertida en tres años de noviazgo y finalmente en boda, que se celebra en enero de 1964. A finales de ese mismo año nace Yolanda, que con el paso del tiempo se convertirá, por la fuerza de las circunstancias, en una niña que todo lo capta, increíblemente despierta, inteligente y con deseos de imitar a su padre, hasta el punto de que, a pesar de su corta edad, ya ha mostrado interés por la Unión de Juventudes Comunistas (UJC).
Si cuando Juanín entró en quintas aún no se había apagado el eco de las huelgas del 57 y 58 que abrieron brecha (20.000 parados, suspensión de tres artículos del Fuero de los Españoles durante cuatro meses y 200 despidos), cuando regresa de la «mili» pronto se ve envuelto en la huelga del 62, aún de mayor envergadura (60.000 parados, estado de excepción, 200 despidos).
Ambos acontecimientos, que sacuden de abajo a arriba toda la sociedad, y en especial a los trabajadores, que por primera vez comprueban como el sistema político y laboral cede ante la presión masiva, no pasan inadvertidos para Juanín, que empieza a profundizar en los problemas y a sacar conclusiones, si bien aún es pronto para integrarse de lleno en la lucha.
Los análisis y comentarios en torno a la huelga del 62, que inicia una nueva etapa en la historia del Movimiento Obrero, no escapan a su avidez de aprender. Lee todo lo que puede, todo lo que cae en sus manos, y nace en él un deseo de llegar más lejos, de ir a las fuentes. Los primeros contactos de su búsqueda los establece con el PSOE, pero pronto se decepciona ante su falta de conexión con la realidad y por su anticomunismo enfermizo.
Un día, su compañero Lisardo y él, que han oído hablar muchas veces a favor y en contra del Partido Comunista (PCE) deciden enterarse directamente de qué es y qué pretende. El primer contacto no surte el efecto deseado, pero posteriormente la mala impresión se desvanece y se inician charlas esporádicas, con la natural reserva que imponía la clandestinidad de aquellos años. 

 «Caciples», entre rejas.
A últimos de diciembre de 1968 Juanín llega a las cárcel de Jaén donde, a la sazón, los presos políticos se encuentran en huelga de hambre como protesta por las condiciones en que se les mantiene. Participa en la segunda huelga que se realiza más tarde por el mismo motivo, y es recluido, al igual que sus compañeros, en una celda de castigo en la que, según su propia confesión, llovía dentro. A raíz de esta acción, se encierran en la catedral de Oviedo diecisiete mujeres durante siete días en apoyo de sus familiares presos.
En Jaén propone iniciar una serie de charlas entre todos los compañeros de Comisiones Obreras allí encarcelados, para estudiar los planteamientos e intercambiar experiencias.
En agosto de 1969 es trasladado a la prisión de Segovia y allí comparte la celda con Espina, enlace sindical de La Camocha. »Recuerdo -dice este último- que Juanín siempre esperaba a que me durmiese leyéndome la «Historia del Movimiento Obrero Andaluz.»
Todas las mañanas, tras levantarse, hacía gimnasia y luego, en el tiempo libre, dedicaba dos horas al estudio, fundamentalmente de temas relacionados con la economía. «Caciples», como cariñosamente le apodaban por su buen apetito, se hace popular entre todos por su claridad de ideas, su carácter afable, su optimismo innato y su afición a los deportes.
Tras salir de la cárcel, en junio de 1970 -año en que ingresa en el Comité Regional de Partido Comunista-, deja a su hija en La Frecha, con sus padres, y se traslada a Gijón con su mujer. Allí, Genita, como se la conoce cariñosamente, que a los catorce años comenzó a trabajar como sirviente, se ve obligada a practicar el pluriempleo: por las mañanas friega dos pisos y una academia y por las tardes trabaja en la consulta de un dentista. Por su parte, Juanín, que durante estos dos años de cárcel ha madurado sus ideas, se lanza de lleno a la labor de Comisiones Obreras. Entra a trabajar en una subcontrata de Constructora Gijonesa como eventual, aunque nuevamente es despedido por participar en una Comisión Obrera que discutió con la dirección una tabla reivindicativa elaborada en asamblea.
Al continuar vinculado a la lucha, figura en las listas de la patronal y de la policía, encontrando grandes dificultades para conseguir un puesto fijo. Es admitido en una subcontrata del Dique-Duro Felguera, destacando por su capacidad y laboriosidad que le valen el ser nombrado jefe de equipo. Finalmente, y ante las presiones de la policía, es despedido de nuevo. «Estamos muy contentos con su trabajo -le había dicho un directivo de la empresa- pero la policía nos presiona más que si fuese usted el Che Guevara, para que le echemos.» En otra ocasión. La empresa de dio un traje de agua para que se protegiese de la lluvia, pero lo rechazó porque no quería privilegios: «O lo hay para todos, o yo no lo quiero», afirmó entonces.
Posteriormente, trabaja en varias empresas de subcontratas, así como en Astilleros Nervión, de donde fue despedido, tras un plante colectivo reivindicando la semana laboral de cuarenta y cuatro horas.
La mayoría de las reuniones de Comisiones Obreras se celebran en su casa, que contaba con la ventaja de que, en caso de apuro, permitía la huida por la terraza. Por entonces, todas las precauciones eran pocas, y a veces se producían curiosos equívocos, como en el caso de Nevado, líder de la minería, a quien Juanín, la primera vez que le vio, le confundió con un policía y echó a correr.
Con tanta reunión, Juanín apenas si tiene tiempo para dedicar a su familia, que en mayo de 1971 se ve aumentada con el nacimiento de Marcos. Juanín, primero por razones de seguridad, y luego por no añadir más preocupaciones a su familia, era poco comunicativo en su casa. La actividad sindical y política llenaba su vida y le absorbía de tal manera que se olvidaba de todo lo demás.
Lógicamente, no era perfecto. Negar que tenía «puntos flacos», además de significar una ridícula distorsión de la realidad, sería ocultar parte de su personalidad. Juanín sentía incapaz de sujetarse a cualquier estructura rígida. No era un hombre metódico, sino más bien desordenado, nervioso e impaciente, a pesar de su aparente calma. Dominaba en él la espontaneidad y la improvisación, que contrarrestaba a base de intuición y observación. Todo ello, si bien en cierto modo repercutía negativamente en su eficacia, también contribuía a resaltar su humanidad, su sencillez y su cordialidad, con las que conseguía ganarse la simpatía y amistad de todos, por encima de ideologías y partidos.
Pero dejemos aparte las reflexiones y sigamos con el corto relato de su vida. Habíamos dejado a Juanín entusiasmado con el nacimiento de su hijo Marcos. Entonces reina la felicidad en aquel primer piso de la calle Aguado, 36, al que un año más tarde llegarán negras noticias de cárcel.
En abril de 1972, sale al extranjero, en esta ocasión a la Unión Soviética. Allí visita los Sindicatos y se entrevista con varios líderes. Más tarde comentaría su impresión: «Me preocupa el papel de su movimiento sindical. Hace falta que surjan más ideas desde la base; que haya una mayor conexión entre la masa de trabajadores y el Ejecutivo. De existir esa conexión -aunque mis elementos de juicio son muy escasos- posiblemente si viviese allí adoptaría una actitud contestataria, porque estaría preocupado por desarrollar la pureza de las ideas del marxismo.» 

 El proceso 1.001.
El 27 de abril de 1972 es detenido de nuevo y obligado a abonar una multa que paga con un mes de cárcel. Tres semanas después, un nuevo percance viene a sumarse a los ya sufridos. Su mujer recuerda: « Se marchó de casa un viernes, a mediodía. Dijo que se iba a Madrid y que no pensaba regresar hasta el domingo.» Al día siguiente, 24 de junio de 1972, es detenido en el convento de los Padres Oblatos, en Pozuelo de Alarcón, junto con otros nueve compañeros allí reunidos. Tras sufrir el interrogatorio policial, y antes de ser oídos por el juez, ingresan en prisión. Se les acusa de reunión ilegal y asociación ilícita en grado de dirigentes de las Comisiones Obreras. Se iniciaba así el Proceso 1.001.
«Recuerdo -comenta Genita- que a los pocos días me puso unas letras diciendo que no nos preocupásemos, que estaba bien y que no pensaba permanecer en la cárcel tanto tiempo como la primera vez (dos años). Contaba, no sé si para tranquilizarnos, que les pondrían una multa y les dejarían en libertad. Luego, vino la sentencia: dieciocho años de prisión, y a todos nos dejó petrificados.»
Cuatro meses después se conoce la petición del fiscal, aunque pasaría más de un año antes de que fuesen juzgados. Durante ese tiempo, Juanín y sus compañeros preparan la defensa e intentan dar a conocer su situación y opiniones sobre los acontecimientos del mundo laboral. Desde la prisión los diez procesados se dirigen por carta a los trabajadores con motivo de determinados conflictos laborales o preparación de «jornadas de lucha».
En la cárcel se seguía la actualidad a través de la prensa y la televisión. Las informaciones eran comentadas y se celebraban cursillos sobre diversos temas. Juanín se encargaba de dar charlas sobre sindicalismo a los que iban entrando de la calle, ya que conocía de primera mano los textos más importantes de la teoría sindical moderna y dominaba como pocos la temática de los «consejos». Sobre esta faceta suya, contaba recientemente Nicolás Sartorius: «Fue él quien me recomendó algunos libros de Karl Korsh sobre estos temas... No es, pues, extraño que fuese, sin duda, uno de los hombres que más a fondo había calado en el significado de las Comisiones Obreras y el sentido y la importancia que tiene la necesidad de un sindicato de nuevo tipo. Esta capacidad suya para la abstracción teórica, que surge de una práctica real social, era reconocida por todos.»
Juanín, que quizá fuera uno de los presos políticos que en menos tiempo acumuló más sanciones -siete años de cárcel, cinco despidos, cuatro multas y dos condenas del TOP- participó, junto con sus compañeros, en cuatro huelgas de hambre. Le parecía inconcebible quedar al margen de cualquier protesta, si la creía justa y oportuna.
Tras ingresar en la Universidad a Distancia, aprueba en una convocatoria el equivalente a dos años de Ciencias Económicas. Sobre su dedicación al estudio y la lectura, decía también Sartorius: «No pasaba por Carabanchel estudiante de Ciencias Exactas o ingeniero al que no acudiera para que le facilitara algunas explicaciones sobre matemáticas. Estos profesores solían estar un par de meses -generalmente por impago de multas- por lo que tuvo que cambiar de maestros una docena de veces y pasar largos periodos sin tener a quien acudir. Pero no sólo estudiaba libros de economía; infatigable lector de novelas, se le veía no pocas tardes recorrer las celdas de los intelectuales, observando distraídamente las estanterías con el fin de encontrar alguna que no hubiese leído, o acudiendo al despacho de censura de libros con el encargado de traerlas a la galería, y así saber antes que nadie que nuevo producto literario había llegado y a quien iba dirigido. Como es normal, esta afición por la buena literatura le había dado una notable facilidad para escribir y tenía fama entre los compañeros de la prisión de ser un »pluma«. En este sentido, puedo testificar que una buena parte de los escritos -en Carabanchel se pergeñaban muchos- estaban redactados por este metalúrgico que no pudo estudiar el bachillerato.»
El 20 de diciembre de 1973, día del asesinato de Carrero Blanco, comienza el juicio. «Juanín -cuenta Sartorius- había preparado minuciosamente su intervención ante el TOP, con su abogado defensor, Manuel López, y conocía como nadie la importancia que este acto tiene en la vida de un militante revolucionario.» Las sesiones discurrían en un clima de tensión agobiante, y no era fácil expresarse ante los reiterados campanillazos de la presidencia. Cuando oyó su nombre, se puso en pie, con su figura sólida de metalúrgico que ha bregado duro desde la infancia, las manos enlazadas en la espalda. Con su voz tranquila, más bien baja, en la que se notaba el acento asturiano. «Pertenezco a las CC.OO., pero no a las Comisiones que entiende el Ministerio Fiscal como filiales del PCE, sino tal como las entendemos los trabajadores», le había respondido al fiscal del TOP. Luego, iría contestando con precisión al largo y hábil interrogatorio de su abogado defensor: «Queremos un Estado que tenga en cuenta nuestros intereses, un Estado en el que nos hallemos representados los obreros... estamos en contra del orden económico monopolista... queremos un orden que reconozca el derecho de reunión, asociación, expresión y huelga... Los objetivos de CC.OO. son la mejora de las condiciones de vida de los obreros, conseguir un sindicato libre, unido y de clase, unir a todos los trabajadores católicos, socialistas, comunistas y sin partido, todos sin exclusión». «Cuando terminaron aquellas agotadoras jornadas -prosigue Sartorius-, procesados, abogados y público asistente fueron unánimes: la intervención más brillante y con más contenido fue la del asturiano Muñiz Zapico. Sus palabras de unidad durante el juicio, al igual que sus conferencias y artículos posteriores, no eran gratuitas. Poseía como pocos el sentido de la unidad, tan importante en la tarea política y sindical.»
«Recuerdo que estábamos viendo el cine y nos llamaron por los altavoces: ¡que salgan los del 1.001!»; así fue como los procesados conocieron la sentencia que otorgaba las peticiones del fiscal: 20 años para Camacho y Saborido, 19 a Sartorius y García Calve; 18 a Juanín; 17 a Soto, y 12 a Santiesteban, Costilla, Zamora y Acosta.
Aún antes de que se hubiesen acallado las repercusiones de la sentencia, los procesados recurren ante el Tribunal Supremo. Por su parte, los familiares despliegan una intensa actividad destinada a llamar la atención sobre el caso y a recabar apoyos. Así, por ejemplo, en diciembre del 74, en una carta a la opinión pública, las esposas y madres de los diez de Carabanchel decían: «La defensa y los encausados demostraron en el juicio que la acusación carecía de pruebas concretas, por lo que el Ministerio Fiscal no presentó ni siquiera a los policías. El juicio se celebró el día de la muerte de Carrero Blanco, en un clima de exacerbación, de tensiones y de odios. En las proximidades del Palacio de Justicia se pedía la cabeza, no sólo de nuestros familiares, sino la de sus abogados e incluso la del cardenal Tarancón. En este momento crítico -sin pruebas concretas de la acusación-, se condenó a diez trabajadores sin tacha... Nosotras, como nuestros maridos e hijos, creemos que, efectivamente, está llegando la hora de la reconciliación nacional, la hora de la amnistía previa, de la convivencia y de la libertad para todos.»
Fijada para el 11 de febrero del 75 la vista ante el Supremo de los recursos, los encargados inician esa misma fecha una huelga de hambre en Carabanchel. Cuatro días más tarde se dicta nueva sentencia, «más ajustada a Derecho», en la que se les vuelve a condenar a todos por «asociación ilícita». Las penas, al desaparecer el calificativo de «dirigentes», son sensiblemente rebajadas, y en concreto, a Juanín, los 18 años le quedan reducidos a cuatro. Con este motivo escribiría a su esposa desde la enfermería de la prisión:
«Por vuestra carta aprecio la alegría que para vosotros significó el resultado del juicio ante el Supremo. Quiero deciros que la nuestra, como es lógico, no ha sido menor. La realidad es que fueron muchísimos los españoles que se alegraron. Nuestro proceso desbordó en popularidad los límites de lo imaginable, en una situación tan tensa como la que nos tocó vivir... Tú sabes de mi optimismo innato; por ello, los acontecimientos políticos no suelen pillarme por sorpresa, la confianza en mis ideas democráticas me prepara para todo tipo de pruebas, las buenas y también las malas..., aunque ésta no es una carta donde pueda pasar sin decirte que nuestras ilusiones tienen visos de convertirse muy pronto en palpable realidad, pero tenemos que seguir empujando con más ánimos aún...» 

 Un año de libertad.
Por fin, el 30 de noviembre del 75, en virtud del indulto del Rey, es puesto en libertad, junto con el resto de sus compañeros del «1,001», que aún cumplían su condena. «Mi impresión -decía entonces- es contradictoria. Por un lado, tengo alegría de salir, y por otro, tristeza porque se desaprovecha una ocasión más para la concordia entre todos los españoles. El indulto nos ponía en la calle, pero sólo a una mínima parte, ya que el setenta y cinco por ciento de los presos políticos quedaban dentro. Por si esto fuera poco, desde la promulgación del indulto entraron treinta presos políticos en la cárcel, unos cinco más de los que se esperaba que salieran en total. La misma denominación de indulto no iba demasiado lejos, puesto que nuestro objetivo, y la exigencia de este momento, era y es la amnistía.»
El 1 de diciembre llega a su casa natal de La Frecha, donde, al fin, puede abrazar a su familia. Tres días más tarde tiene lugar el recibimiento público o, para ser más exactos, del orden público. A su paso en tren por Mieres, unas mil personas intentan concentrarse en la estación para saludarle, pero la Guardia Civil lo impide, carga contra los allí reunidos y detiene a once personas, que, posteriormente, fueron objeto de malos tratos en el cuartelillo. Poco después de las ocho de la tarde, Juanín arribaba a Gijón. Allí mismo sólo le esperaba la Policía Armada, la Brigada Social en pleno, dos periodistas y un fotógrafo para levantar acta del hecho y apenas media docena de allegados que lograron sortear los controles. El paso al andén estaba prohibido al público y las inmediaciones de la estación, donde se encontraban cientos de personas, habían sido desalojadas por la policía momentos antes, al iniciarse los gritos de «Amnistía, libertad.»
Cuando descendió del tren con su mujer, sólo un trabajador, más allá de la verja que le separaba de la estación, alcanzó a gritar: «Juanín, los trabajadores de Gijón estamos contigo.» Luego, tras saludar a varias personas y responder a unas preguntas de los informadores, se metió en un coche y se marchó a su casa, seguido por un «jeep» de la Policía Armada.
Durante los últimos tres años y medio pasados en Carabanchel, sus ideas no sólo no cambian, sino que se fortalecen. «Ahora tengo una visión más seria y racional -manifiesta entonces-. Al voluntarismo que creo haber mantenido en todo momento, se une la experiencia que me dio el convivir con el resto de los compañeros. Mi actitud no cambia con respecto a la que tenía cuando entré en prisión. Los problemas de entonces siguen pendientes. Mientras no haya auténtica libertad de reunión, asociación y expresión; mientras los derechos de la persona no sena reconocidos, mi postura no variará. Cuando se reconozcan esos derechos, mi actitud seguirá siendo combativa hasta la muerte, perseverando en beneficio de nuestra clase, pero sin la sombra de la cárcel a la que hoy se nos lleva. Pienso que no es la prisión la que hace cambiar al hombre; la inclinación de éste depende de unas condiciones objetivas en que se desenvuelve en la sociedad y mientras esas condiciones no cambien, e hombre no cambiará.»
Reincorporado de inmediato a sus tareas sindicales, reemprende con entusiasmo y eficacia su actividad, que consiste, fundamentalmente, en llevar CC.OO. a sectores y zonas nuevas, incluso a león y Santander, extenderlas allí donde ya están creadas y difundirlas a través de charlas, conferencias y entrevistas.
Poco más tarde firma, junto con más de cien dirigentes, el primer documento público de Comisiones Obreras a nivel de Estado, que se difunde con nombres y apellidos. Tras solicitar y obtener su readmisión en Talleres Aguinaco, lo abandona y se coloca en una distribuidora de libros, que, según decía, «me permite más tiempo libre para ocuparlo en el objetivo fundamental de mi vida: la lucha por los derechos que como clase nos pertenecen». Finalmente, pasaría a se un «liberado».
Poco más tarde intervienen, en nombre de Comisiones Obreras, en el primer encuentro de las organizaciones sindicales con la patronal en el marco «Euroforum», donde diría: «Estoy en contra del pacto social porque éste -al menos tal como se entiende hoy día- significa la negación de la lucha de clases.»
El 11 de julio del 76 se celebra en Barcelona la Asamblea General de Comisiones Obreras. En ella, Juanín, que fue reelegido para el Secretariado General. Presenta la ponencia «Reforzamiento organizativo de Comisiones», señalando que éstas necesitan «agrandar su cohesión y alcanzar un grado de dirección a través de sus órganos representativos superior al logrado, que responda a las necesidades de este momento concreto, así como a las perspectivas que se le abren». Juanín terminaría señalando que «ruptura, congreso constituyente y unidad serán posibles en la medida en que nuestras fuerzas y presencia orgánica crezca».
A últimos de julio se celebra en Roma el pleno del Comité Central del PCE, en el que figuran siete asturianos, entre ellos Juanín. A raíz del mismo, y sobre el papel de este partido en la lucha sindical, manifiesta lo siguiente:
«El nuevo capitalismos extiende su explotación desde la empresa hasta todo el entramado social... Es, por tanto, partiendo de la empresa y extendiendo su acción a todo el campo en que tal explotación se realiza, donde el asalariado, a través del movimiento sindical, puede contestar estas amplias formas de usurpación del valor del trabajo colectivo a manos y capital privado. Sólo si la lucha sindical se centra en lo que es común a todos los trabajadores y renuncia a dependencias religiosas o partidistas, su poder de unidad, y por tanto de contestación y creación, alcanzará cotas muy altas; sobre todo si tenemos en cuenta que nos encontramos ante un nuevo tipo de trabajador más culturizado, con mayor capacidad crítica y autocrítica, y, por supuesto, más creativo.»
«Consciente de todo esto, el PCE renuncia a tener su sindicato y respeta la dinámica propia de ese movimiento. Es claro que se han tenido que vencer reservas, pero en el pleno Comité Central, y ya muchos años atrás, se admitió sin reservas este nuevo tipo de sindicalismo que deja al asalariado la capacidad de decisión y no limita sus iniciativas ni las condiciones.»
En agosto se celebra en Oviedo la asamblea regional de CC.OO, donde Juanín presenta, asimismo, una ponencia sobre organización.
Paralelamente a su tarea sindical, y como representante de Comisiones Obreras, desarrollo una importante labor en la Junta Democrática primero y posteriormente en Coordinación Democrática de Asturias, uniendo a sus cualidades humanas y políticas su capacidad para el diálogo y su espíritu unitario. López Salinas, del comité ejecutivo del PCE, diría de él a raíz de su muerte: «Sabía aunar perfectamente la teoría y la práctica. Hombre de las situaciones concretas, era también persona lúcida a la hora de la elaboración teórica de los problemas de la libertad, la democracia y el socialismo.»
El 12 de noviembre del 76, con motivo de la «jornada de lucha» convocada por la COS a nivel de Estado, Juanín sería detenido una vez más -la última- a la salida de la Universidad de Oviedo, donde, junto con otros líderes sindicales, había explicado la significación de dicha jornada. Tras ser retenido en comisaría varias horas, es puesto finalmente en libertad.
Su intensa actividad, que únicamente se vio truncada por la muerte, cuando empezaba a disfrutar de su libertad, le llevó a pedir, junto con los demás miembros del Comité Regional del PCE en Asturias, la libertad de Santiago Carrillo.
Este comunicado, dirigido a la opinión pública el 22 de diciembre, sería el último que firmase Juanín: Once días más tarde fallecía víctima de un accidente. 

 «Este coche te mata».
«Este coche te mata cualquier día. Vete con cuidado», le había dicho Espina, representante sindical de La Camocha, pocas fechas antes de su muerte.
Tras el breve paréntesis de las fiestas navideñas pasadas con su familia («que días tan felices -dijo entonces-; hacía tiempo que no disfrutaba de un descanso así»), reemprende su actividad.
El domingo, 2 de enero, estaba citado a última hora de la tarde con Gerardín; ambos tienen que trasladarse esa noche a Madrid para asistir a una reunión de Comisiones Obreras. Al final de la mañana, tras resolver algunos asuntos en Gijón, se reúne con su familia en La Frecha, sin acordarse de que había quedado con un compañero en ir al fútbol. Es uno de sus típicos despistes. Después de comer, sale al bar de enfrente, se encuentra con dos amigos y juntos deciden dar una vuelta en coche por el cercano Valle de Huerna.
Ya de regreso, bajan despacio, charlan animadamente, dejan atrás las curvas más peligrosas, están casi llegando. Caen las primeras gotas, Juanín toma una curva más, pisa el freno, pierde el control del coche, y el Seat 850 se precipita dando tumbos por un desnivel de 30 metros. Un árbol les detiene ya casi al final. Los compañeros, en una de las vueltas de campana, han salido despedidos por el cristal trasero, pero sólo sufren diversas magulladuras. Juanín corre peor suerte: su cabeza queda aprisionada entre el coche y el árbol. Resulta desnucado. Cuando más tarde se presenta su padre en el lugar del accidente, es casi de noche. La Guardia Civil impide bajar hasta el automóvil. Eloy pregunta quien es el muerto y le dicen que lleva chaqueta marrón y pantalón de pana. No hay duda: es su hijo. Las seis de la tarde, Juanín son dos ojos muy abiertos o cerrados para siempre, quietos. 

 El adiós de 20.000 personas.
En la casina paterna de La Frecha no hay consuelo para una madre que llama a gritos al hijo único que yace ensangrentado en la sala contigua. Sólo después de una semana acertará a derramar las lágrimas que aún hoy, tres meses más tarde, se le escapan cuando alguien va a visitarla. Allí, en la pequeña salita-comedor donde charló con los periodistas tras dejar Carabanchel, donde abrazó a sus hijos y trazó los planes de su libertad recién nacida, se instaló su cuerpo en ataúd aquella noche de domingo en que casi nadie sabía lo ocurrido o se resistía a creerlo. A muchos la prensa del día siguiente les dio un vuelco al corazón: «Murió Juanín», decía a seis columnas la «Hoja del Lunes» de Oviedo.
El día anterior al entierro desfilaron ininterrumpidamente ante el cadáver amigos y camaradas de Juanín, incluidos sus compañeros del Secretariado General de Comisiones Obreras, desplazado en pleno desde Madrid, delegaciones de Comisiones Obreras de Madrid, Cataluña, Euskadi, Andalucía, Galicia, Valencia, Santander y Ponferrada.
Por su parte, los mineros acordaron con la dirección de HUNOSA el cambio de turno para poder asistir al entierro.
Cuando el martes, a las cuatro y media de la tarde, el ataúd con la bandera de Comisiones Obreras, tres claveles rojos y la insignia del Partido Comunista, fue sacado a hombros del domicilio por miembros del Secretariado Regional de CC.OO., las inmediaciones y toda la nueva carretera, aún no abierta al tráfico, estaba ocupada a lo largo de dos kilómetros por unas 20.000 personas que desde distintos puntos de Asturias y otros lugares habían acudido en autobuses, coches particulares y en tren a dar el último adiós a Juanín.
Ciento setenta y cinco coronas y cien ramos de flores llevados por compañeros y amigos formaron el cortejo que, presidido por miembros del Secretariado Regional y General de CC.OO. y de los Comités Regional y Central del Partido Comunista (PCE), recorrió, en medio de un impresionante silencio, el pasillo dejado por los miles de personas que al paso del féretro saludaban puño en alto.
A mitad del trayecto se detuvo la comitiva, y por medio de un megáfono, Gerardo Iglesias, Marcelino Camacho, Armando López Salinas y Horacio Fernández Inguanzo tuvieron palabras de emocionado recuerdo para Juan Muñiz Zapico, cuyo nombre, según había acordado esa misma mañana el Secretariado de la Confederación Sindical de Comisiones Obreras reunido en Mieres, llevaría la futura Escuela Central Sindical que iba a dirigir Juanín en Madrid.
Asimismo, Tini Areces leyó sendos telegramas de condolencia y solidaridad de Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri, a los que se sumaron más de cuatrocientos, entre ellos los enviados por los sindicatos soviéticos, yugoslavos, portugueses, franceses y de Alemania Democrática.
Posteriormente, se turnaron en el traslado del féretro miembros del Comité Central del PCE, compañeros del «Proceso 1.001», integrantes de la dirección del PCE en Asturias, del Secretariado General de CC.OO, de Coordinación Democrática de Asturias y de diversos clubs culturales, así como trabajadores de la empresa Talleres Aguinaco, de Mieres.
Cuando, finalmente, en el pequeño cementerio de Herías, Juanín, eterno enamorado de Asturias, reposó en su tierra, a la vera del Pajares, en el aire de una tarde fría, limpia y clara como pocas, quedó el puño, el saludo, el adiós hecho canto de «La Internacional».

Fuente:  Fundación Juan Muñiz Zapico.
 La Fundación Juan Muñiz Zapico es una entidad, sin ánimo de lucro, creada en 1990 por iniciativa de CC.OO de Asturias. Su ámbito preferente de actuación es la Comunidad Autónoma del Principado de Asturias.

Su objetivo primordial es preservar la memoria del movimiento obrero, a través de investigaciones, publicaciones, exposiciones y otras actividades. Así como fomentar y difundir la cultura del sindicalismo, más concretamente la historia de CC.OO, y del mundo del trabajo.

http://www.fundacionjuanmunizzapico.org
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Juanín, el obrero de la palabra.
Una nueva biografía recuerda el sacrificio, optimismo y capacidad dialéctica del histórico sindicalista de CC OO. Por  Aitana CASTAÑO.  

La Nueva España
Camisa a cuadros, pantalones vaqueros y mirada limpia. Ésa es la imagen que trasmite Juanín en las fotos que perduran treinta y un años después de su trágica muerte. Tenía pinta de obrero porque lo era, aunque si hablaba como sindicalista, como Juan Muñiz Zapico, hasta los catedráticos enmudecían con su capacidad dialéctica. Su manera de explicar la lucha, de hacer que «todo pareciera fácil de entender», es uno de rasgos de su personalidad que destacan los que lo conocieron, pero no el único. La biografía sobre el representante sindical que han dirigido los profesores Rubén Vega y Carlos Gordón recoge todos los temas, esos que hablan de amistad, de unidad y de democracia. El libro fue presentado el pasado viernes en Pola de Lena, dentro de los actos del Club LA NUEVA ESPAÑA en las Cuencas.

Lector inquieto, buen estudiante, trabajador, amante del ciclismo y excelente comedor. El que fuera secretario general de Comisiones Obreras en la década de los setenta nació en localidad lenense de La Frecha el 25 de abril de 1941. Fue el primer hijo de Eloy y Ángeles, un matrimonio humilde de Lena que no escatimó esfuerzos y cariño para que al pequeño Juan Marcos no le faltara de nada. De niño estudió en la escuela de La Frecha -«fue el mejor alumno que pasó por mis aulas», llegó a decir su maestro-, pero la coyuntura social lo obligó a iniciarse en el mundo laboral. El 5 de junio de 1957 entró en los talleres Aguinaco de Mieres. Al final de la década de los cincuenta, compaginó su labor con los estudios en la Escuela de Maestría Industrial. A Mieres bajaba en bicicleta o en tren.

La entrada de Muñiz Zapico en la metalurgia también fue la de su acercamiento a la lucha obrera. Tras su paso por el servicio militar, donde conoció a la moscona Higinia Torre -su mujer-, volvió a la factoría de Mieres. Su retorno coincidió con la huelgona del 62. Más de 60.000 parados, estado de excepción y 200 despidos fueron una coyuntura propicia para que el joven Juanín comenzara a materializar su interés por la lucha obrera. En 1963 fue elegido enlace sindical de su empresa, un año después entró a formar parte de las Comisiones Obreras. En 1967 llegó su primera detención. Fue acusado, junto a sus compañeros, de asociación ilícita y de propaganda ilegal. Tras pasar 45 días en la cárcel de Pola de Lena, llegó la sentencia: dos años de cárcel, que pasaría en Oviedo, Jaén y Segovia. Su nombre ya traspasaba entonces la frontera de las Cuencas, y pronto el movimiento obrero de toda Asturias oía hablar de un chaval de Lena que apuntaba maneras dentro de las ilegales Comisiones Obreras.
Lluvia en la celda
A últimos de diciembre de 1968 Juanín ingresó en la prisión de Jaén, donde participó en una huelga de hambre por las condiciones en las que se encuentran dentro de la cárcel. El sindicalista confesó después a sus amigos que en la celda de castigo donde estaban llovía dentro.

El franquismo había recluido a Juanín, pero en su cabeza las ideas de lucha y unidad de la clase obrera seguían bullendo. La inquietud intelectual que tanto lo caracterizaba lo llevó a proponer charlas entre los reclusos para compartir opiniones y experiencias. En agosto de 1969 fue trasladado a la cárcel de Segovia, donde compartió celda con un enlace sindical de La Camocha. Lejos de amilanarse, el lenense dedicó su encierro a estudiar, a practicar deporte y a hacer gala entre los presos de su «optimismo innato». En esa época sus compañeros lo apodaron «Caciples», por lo mucho que le gustaba comer.

La libertad llegó en junio de 1970. Juanín volvió a La Frecha y, junto a su mujer, se trasladó a vivir a Gijón. En la ciudad el camino no fue fácil. Figuraba en las listas negras de la patronal y de la Policía, y las oportunidades de encontrar un empleo fijo se resistieron. Finalmente fue admitido en una subcontrata del Dique-Duro Felguera. Sus compañeros y jefes en Gijón siempre destacaron «su capacidad y laboriosidad», que le valieron incluso un ascenso a jefe de equipo. Pero la situación volvió a tornarse complicada. «Estamos muy contentos con su trabajo, pero la Policía nos presiona más que si fuese usted el Che Guevara para que lo echemos», le llegó a decir uno de los responsables.

En junio de 1972 volvió a ser detenido en el convento de los Padres Oblatos de Pozuelo de Alarcón, y es entonces cuando se inicia el proceso 1001. Juanín fue condenado a 18 años de cárcel por el Tribunal de Orden Público el 20 de diciembre de 1973. Afortunadamente, ni él ni el resto de encarcelados por el proceso 1001 cumplieron la condena. El 30 de noviembre de 1975 un indulto real los dejó en libertad. Juanín, siempre preocupado por la situación general más que por la propia, aseguró en esos momentos que tenía sentimientos «contradictorios» por todos los presos políticos que aún quedaban en la cárcel. El líder de CC OO volvió a Asturias el 4 de diciembre, festividad de Santa Bárbara. Los cientos de personas que se congregaron esa jornada en Mieres y Gijón para mostrar su apoyo a Juanín sufrieron una fuerte represión policial. En la estación de tren gijonesa los agentes impidieron el paso a los manifestantes, y las carreras «y los palos» se sucedieron durante horas. En el 76 Juanín fue reelegido secretariado general de CC OO. A finales de ese mismo año, con motivo de una «jornada de lucha», fue detenido por última vez a la salida de la Universidad de Oviedo. Y llegaron las Navidades, esta vez «medio tranquilas» porque estaba en casa. Pero un fatídico final lo aguardaba inexorable.
Un destino trágico
El 2 de enero de 1977, justo antes de viajar a Madrid con Gerardo Iglesias, Juan Muñiz Zapico viajaba en coche con unos amigos por la calle de El Huerna. De regreso a casa, sufrieron un accidente, en el que el líder de CC OO perdió la vida. El dolor contenido de la familia de Juanín se unió al de toda Asturias. Las crónicas de la época apuntan que hasta 20.000 personas se dieron cita en La Frecha para despedir al histórico dirigente. «Era patrimonio de los demócratas; por eso estábamos todos allí», dicen sus compañeros, que aquel día, además de despedir a un amigo, alzaron el puño y cantaron «La internacional». Juan Muñiz Zapico fue, y sigue siendo, un hombre clave en la transición española. Juanín, un recuerdo dulce y admirable para todos los que lo conocieron. 

FUENTE:  Aitana CASTAÑO

1 comentario:

  1. Yo estuve allí, soy de Campomanes y lo recuerdo vivamente, tanta gente por aquella carreteruca de Herías, el cementerio a lo lejos, desde el lavaderu porque era imposible acercase. Fue excepcional, lo nunca visto, comunista sí, pero con tanta gente a su alrededor que no había miedo y eso que estaba tan cerca el recuerdo de Franco.

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