6 de diciembre de 2016

Asturianos que hicieron las Américas

Así lucían el dinero los indianos
Emigrantes asturianos en Argentina en 1916. Fotografía. Memoria Digital de Asturias (DP).
Sólo una pequeña parte de los asturianos que emigraron en el éxodo de finales del XIX consiguieron hacer las Américas y construirse una mansión al regresar
Emigrantes viajando en tercera clase 1882. (la línea del horizonte), de Teresa Mirri

http://www.elmundo.es
En ellas vivieron rodeados de comodidades, como auténticos nuevos ricos. Un libro recorre las casas más importantes y muestra a sus moradores, algunos descendientes de aquellos aventureros de ultramar.
Entre 1870 y 1930, más de 300.000 jóvenes se marcharon de Asturias y cruzaron el océano Atlántico en busca de una vida mejor. La mayoría eran adolescentes, incluso niños menores de i7 años, edad tope para poder librarse del servicio militar. “Cuando mi padre tenía i5 años fue andando desde Luanco a Gijón [que distan 13,5 kilómetros entre sí], acompañado por mis abuelos. Él, que iba delante, no paraba de llorar”, relata Inés Mori, hija de José María Mori, un luanquín que hizo fortuna en Cuba. Corrían tiempos de penuria. Son cientos los episodios que ilustran tanto el esfuerzo económico como el trauma familiar que suponía un viaje de ultramar. “Mi bisabuelo, Juan Fernández Bao, marchó con 14 años y fue andando hasta Santander [a 173 kilómetros] para embarcar. Hacía calma, el barco de vela no pudo salir y tuvo que regresar a su pueblo. A su familia, que había hecho un gran sacrificio para pagar la travesía del muchacho, no le hizo ninguna gracia, y casi le echaron de casa”, rememora Juan Álvarez Corugedo.

Al son del indiano, restaurante en Malleza (Salas)
El destino predilecto de los asturianos era Cuba, pero otros muchos se instalaron en México, Puerto Rico, Santo Domingo, Argentina o Chile. Fueron aquellos países, con su independencia recién estrenada, con sus fuentes de riqueza y su temprana industrialización, los que posibilitaron que se crearan grandes fortunas en poco tiempo. “Aquí La Habana estaba más cerca que Madrid. Mientras la capital española para nosotros era el fin del mundo, todos conocíamos a alguien en La Habana”, explica Paulino Lorences, nieto y sobrino de emigrantes, quien hoy regenta “Al Son del Indiano”, una casa de comidas en Malleza, cerca de Salas, convertida en un auténtico lugar de peregrinación para todos los que quieran rastrear las huellas de los indianos y sentir su pasado. Pero para percibir toda su dimensión y significado, es necesario estudiar las casas que mandaron levantar a su regreso, pues mezclan arquitectura, historias de familia, prosperidad y triunfo social.
https: //santostefanocarlosalberto.blogspot.com.es. Emigrantes en Argentina
El indiano compuso el arquetipo de un hombre hecho a sí mismo. La obsesión de todos estos hombres era la misma: “Hacer las Américas”, es decir, amasar suficiente capital para poder volver a la tierrina, hacerse un palacete en el mismo lugar que su casa natal, casarse con una señora de su tierra y vivir de las rentas. “Salía siempre a la barbería, donde se reunía con unos cuantos que habían ido a América, para jugar al tresillo (juego de naipes)”, relata Luis Romay G. Arias, recordando la vida cotidiana de su tío abuelo Luis Arias, quien volvió a su Navia natal después de haber reunido un capital importante en Puerto Rico con negocios de café. Fue él quien trajo el primer aparato de radio que llegó a Navia, en 1920. Muy endogámicos –una costumbre muy extendida entre los emigrantes asturianos–, Luis Arias se casó con su sobrina carnal.
Luis Arias Martínez
Otro ejemplo de consanguinidad es el Palacete Peñalba, que fue transformado en un hotel. Lo mandó construir la viuda y al mismo tiempo sobrina de Wenceslao García de Bustelo. Con aire modernista a lo Gaudí, fue obra de un ingeniero zaragozano llamado Julián Arbex. Y aquí hallamos algo de la esencia de lo indiano: llevar lo último, lo más extravagante, lo que estaba en boga en las grandes ciudades o en los selectos lugares de veraneo, y extrapolarlo a pleno campo, a la villa, al pueblo natal, y, a veces, hasta a la aldea. Las ostentosas casas de los emigrantes adinerados fueron las primeras en tener cuartos de baño, agua corriente, calefacción y luz eléctrica. Los dueños del palacio de Doriga quisieron que todo estuviera “a lo último” y con las mejores calidades. “Se trajeron un inmenso cuarto de baño de la Exposición Universal de París de 1900. Se pidieron dos para España: uno para la Casa Real y otro para el palacio”, comenta Juan Álvarez Corugedo al referirse a la reforma que acometió su bisabuelo, Juan Fernández Bao, en un castillo medieval adquirido a su regreso.
La Quinta Guadalupe en Colombres tenía incluso una sauna o un “baño turco”, como se denominaba entonces. La vida de su dueño, Íñigo Noriega Laso, daría para más de un libro. “Don Íñigo marchó a México con 15 años, llamado por mi abuelo, Íñigo Noriega Mendoza, tío carnal suyo”, cuenta Alfonso Noriega Sánchez, miembro de la saga y nacido en 1914. Con el tiempo, Don Íñigo llegó a ser uno de los principales terratenientes de México. Tuvo palacios, minas de plata, industrias textiles, ferrocarril y hasta un pequeño ejército.
Íñigo Noriega Laso. Fotografía. Archivo de Indianos.
También fundó las ciudades llamadas Colombres y Ciudad Reinos. “Era un auténtico virrey, muy poderoso e influyente”, dice Alfonso. Se casó con una mexicana y tuvo 11 hijos. Cuando en 1910 estalló la revolución mexicana, el indiano perdió absolutamente todo y murió arruinado en 1920. Pero hoy día, como un monumento a la figura del indiano –mitad realidad y mitad leyenda–, queda su casa, Quinta Guadalupe, construida en i906 y que ejerce orgullosa como sede de la Fundación Archivo de Indianos.
Patio interior de la Quinta Guadalupe. (Museo de Indianos) Colombres-Asturias
Signo de distinción. En clave genealógica, la Casa de la Torre en Somado (concejo de Pravia) representa el paradigma de construcción indiana. “Fue mi padre, Fermín Martínez, quien la hizo para su anciana madre”, nos cuenta el hijo del indiano y uno de los actuales propietarios de la casa, Antolín Martínez. Don Fermín, que marchó a Cuba en 1886, con 18 años, era natural de Somado e hijo de un indiano más modesto. Otras residencias que amplificaron el próspero regreso de los emigrantes americanos fueron Villa Isabel, La Javariega o El Noceo, englobadas en un catastro que reúne centenares de hermosas y grandilocuentes edificaciones. Todas ellas son un manual de interiorismo con alardes de lujo y ostentación: paredes decoradas con estuco, cerámica o pinturas murales de paisajes lejanos. Tampoco solía faltar una sala de billar, un juego muy popular entre los emigrantes retirados.
Distintos elementos representativos que los inmigrantes traían con sus equipajes de mano. MUNTREF Museo de la Inmigración. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.                                                     https: //santostefanocarlosalberto.blogspot.com.es.
Las galerías acristaladas, adornadas con muebles ligeros de caña, bambú o mimbre, eran espacios informales que comunicaban con un jardín romántico. Entre el arbolado exótico de este trazado sinuoso, destaca la emblemática palmera de la entrada, que ha llegado a ser sinónimo de casa indiana y que, a veces, era traída por el propio emigrante. Otras especies muy frecuentes son las araucarias, los cedros y las magnolias. Pero no hay ningún estilo indiano. Lo singular de estas edificaciones yace en su ubicación, en pleno medio rural. El estilo de las casas varía según fecha de edificación y gusto personal. Muchas tienen el estilo modernista predominante en el cambio de siglo, mientras que otras siguen la tradición vernácula de las antiguas casonas. Un destacado número se inspiraba en la arquitectura colonial, con techos planos, balaustradas, porches… Destaca la figura de Manuel del Busto, el arquitecto indiano por excelencia que, nacido en Cuba, diseñó el conocido Centro Asturiano de La Habana, y obtuvo muchos encargos de los emigrantes que regresaron con los bolsillos llenos.
Manuel del Busto. Asturianos Ilustres
En cuanto al tamaño de las viviendas, éste depende de la capacidad económica del fundador: desde una reforma de una modesta casa de aldea a la que se añadía una torre o una galería acristalada, hasta la construcción de enormes edificios, de corte palaciego, como Quinta Guadalupe, con más de 1.600 m2 construidos. ¿El precio actual? El metro cuadrado de una casa indiana cuesta entre 120.000 y un millón de euros dependiendo de la localización, el tamaño y el estado de conservación, entre otros factores. Un edificio en zona rural con 242 metros y a reformar cuesta 175.000 euros. En Ribadesella, 400 metros de casa lista para vivir se van hasta los 510.000 y en Cadavedo, en la costa, hasta los 800.000 euros.
Por aquel entonces, las obras y la construcción también costaban un potosí. La mayoría de los que marcharon procedían de familias campesinas y para elevar un palacete había que tener muchísimo dinero. Ramón Argüelles, ennoblecido con el título de marqués de Argüelles y nacido en una aldea de Llanes, es sin duda uno de los más espectaculares ejemplos de vertiginoso ascenso social. Emigró a Cuba e hizo gran fortuna con el comercio de tabaco. De hecho, cuando estalló la guerra contra Estados Unidos en 1898, desembolsó la, para entonces, inmensa suma de 10.000.000 de pesetas destinadas a equipar al ejército español. La segunda donación más importante fue la de la reina regente María Cristina, quien aportó 1.000.000 de pesetas. Pero no todos regresaron con el equipaje repleto de billetes. Hubo cierto rechazo del pueblo hacia los emigrantes que no triunfaron en América –en realidad, la inmensa mayoría–, a quienes les solían llamar con desprecio “americanos del pote” o “indianos maleta al agua”.
Palacio de Doriga
Casi todos los asturianos de ultramar estaban vinculados al sector del comercio. Lo más común eran los almacenes de coloniales o los llamados establecimientos de “ramos generales”, donde se vendían todo tipo de productos, desde alimentos hasta ropa. Fue así como se fraguaron El Corte Inglés de Ramón Areces y Galerías Preciados de Pepín Fernández. Nacido en un pueblecito llamado La Mata, Areces puso rumbo a Cuba con 15 años para trabajar junto a un tío suyo en los almacenes “El Encanto”. Como él, muchos de sus paisanos regentaron negocios mayoristas de importación-exportación, de tabaco, de tejidos… Otros, en menor grado, se vincularon a la agricultura.
La figura del “tío”(un pariente o vecino, ya establecido en la nueva tierra, como ilustra el caso de Areces), es esencial a la hora de entender el rápido ascenso de muchos emigrantes. Éstos prometían lealtad y disciplina, y a cambio se les hacía partícipes del negocio. Cuando el “tío”, ansioso de volver a su terruño, liquida el negocio, los sobrinos ocupan su sitio. Pero los comienzos de la vida en ultramar no fueron fáciles. “Se contaba en casa que mi abuelo y sus hermanos trabajaban de sol a sol; que dormían encima de un saco detrás del mostrador para estar de servicio 24 horas al día, con las ratas pasando por encima. Por la mañana venían a despertarles echándoles agua en la cara”, comenta Juan Carlos Bragado Pérez, nieto del indiano José Pérez, vecino de Villapedre que, junto con sus hermanos, fundó en La Habana el almacén de coloniales Hermanos Pérez Martínez.
Emigrantes  Asturianos
En el ámbito social, el masivo éxodo hacia el otro lado del Atlántico cambió para siempre la vida de los asturianos, incluso de los que nunca llegaron a marchar. Los indianos financiaron muchas obras que mejoraron la calidad de vida de los habitantes de sus pueblos natales; costearon traídas de agua, electricidad y teléfono, trazaron carreteras, levantaron iglesias, dotaron de cobertura médica a muchos pueblos… y sobre todo escolarizaron el Principado. Querían dotar a las nuevas generaciones de una formación de la que ellos carecieron.
No cabe duda que la aventura americana transformó las estructuras sociales y financieras de Asturias, aunque muchas de las fortunas indianas se esfumaran. Más de uno, ansioso de volver a la tierrina, dejó todo en poder de un administrador en el país americano, sólo para unos años más tarde asimilar la ruina. Hoy, muchas de las casas han sido vendidas a terceros como viviendas permanentes o residencias veraniegas. Guardianas de una era histórica y crucial, las hay que se han adaptado a los nuevos tiempos convertidas en pequeños hoteles con encanto como el Palacio Arias en Navia, el Palacete Peñalba en Figueras o Villa Argentina en Luarca. Otras, decadentes “bellas durmientes” casi ocultas por grandes árboles, esperan todavía que alguien las venga a despertar para devolverles su brillo de antaño.
Palacete construido en 1912 en Figueres, por encargo de la viuda de Wenceslao García Bustelo
“Indianos: la gran aventura” (Ed. Antonio Machado Libros), de Eduardo Mencos y Anneli Bojstad. Precio 36 €. Fundación Archivo de Indianos. Colombres, Asturias. Tel.: 985 412 005.

CASAS DE INDIANOS
Quinta Guadalupe en Colombres Asturias
Quinta Guadalupe. Colombres (concejo de Ribadedeva), construida por Íñigo Noriega Laso en 1906. Esta imponente quinta palaciega perteneció a uno de los indianos más legendarios de Asturias, cuya vida fue propia de una novela de aventuras. Íñigo Noriega Laso se hizo rico en América pero, tras la revolución mexicana, cayó en desgracia y se arruinó. Se cree que el edificio fue proyectado por el arquitecto Lavín Casalís, quien lo dotó de un precioso parque y un gran estanque. Durante la dictadura de Primo de Rivera se reconvirtió en un centro de reposo y, cuando estalló la Guerra Civil, se transformó en un hospital. Tiene cuatro plantas que albergan un museo, salas para exposiciones, biblioteca, despachos, terraza y torre. Los estucados y las escayolas atesoran el estilo indiano, pero no queda nada del mobiliario original. Actualmente, y tras haber sido durante 40 años centro de Auxilio Social, acoge la Sede del Archivo de Indianos.
Villa Rosario, en Ribadesella
Villa Rosario, en Ribadesella. Construida por Antonio Quesada en 1913. “¡Para! No añadas más cosas, que ya me he cansado”, le dijo Antonio Quesada a su cuñado, el arquitecto José Quesada, quien diseñó esta impresionante bombonera en La Playa de Ribadesella en 1913. Antonio, oriundo de un pueblo cercano a Cangas de Onís, Margolles, se hizo rico con un negocio de tabaco en Cuba y a su regreso materializó una bella residencia en un lugar de moda a principios de siglo. “Es un monstruo de casa, de casi 750 metros cuadrados, hecha para un matrimonio con dos hijos”, comenta Alicia, nieta del fundador de la villa. Actualmente, las propietarias de la casa, Alicia y sus dos hermanas, la han dividido en tres viviendas, respetando gran parte la decoración original. Hasta hace poco, en sus interiores se conservaba un armario de tabaco que don Antonio había traído desde Cuba, como recuerdo de su estancia en la isla tropical.
Villa Rosa, en Querúas (concejo de Valdés).Fotografía de Eduardo Mencos
Villa Rosa, en Querúas (concejo de Valdés) construida por José Celestino García. “Mi abuelo salió de Cuba disfrazado de cura. Fue durante la guerra, y había una orden de busca y captura contra él”, relata Juan Carlos García, nieto del fundador de Villa Rosa. Fue mandada levantar por José Celestino García, ferviente miembro del Partido Español y víctima del desastre del 98. Tras su precipitado regreso a Asturias, mandó construir un hogar de aire colonial y planta única, en homenaje a su mujer, Rosa Rodríguez. Con los ahorros de Cuba, compró tierras y ganado y procuró una educación digna para los ocho hijos que animaron la vida hogareña. Si los vástagos venían con malas notas, su padre les ponía a trabajar con los criados durante el verano.
Villa Isabel, en La Ferrería (concejo de Soto del Barco)
Villa Isabel, en La Ferrería (concejo de Soto del Barco) construida por los hermanos Fernández García de Castro en 1906. Como la mayoría de las casas de su alrededor, fue edificada por unos hermanos que hicieron fortuna en La Habana con Eduardo como jefe del clan. Se construyó en i906 en honor a su madre, Isabel, que les había animado a emprender la aventura americana. Esta grandiosa casa, que todavía conserva salones de la época, con techos y paredes pintadas, cortinajes barrocos y butacones de carísimas telas, era el lugar de reunión de toda la familia. La revolución de Fidel Castro en i959 acabó con el esplendor de los Fernández y en 1970 “Villa Isabel” es vendida. Sus compradores moran en ella durante todo el año.
La Casa de la Torre situada en Somado (concejo de Pravia)
La Casa de la Torre situada en Somado (concejo de Pravia) construida por Fermín Martínez en 1911. Para muchos es la quintaesencia de la casa indiana. Espectacular, colorista y vistosa, como un pájaro exótico en medio del campo asturiano, fue edificada por el arquitecto Manuel González del Busto. La casa, una buena muestra del estilo modernista, con sus esbeltas líneas, ligeramente curvadas, sigue igual que cuando se construyó, con su mobiliario original. Fermín Martínez la mandó levantar en homenaje a su anciana madre, en un paraje donde antes había una casita de aldea. Natural de Somao, este indiano marchó para Cuba en i866 con i8 años. La casa sigue en manos de sus descendientes, quienes se encargan de su mantenimiento.
Sr. Eduardo Piniella Friera, su Señora era Palmira Palacio Barro. Familia de asturianos que hicieron el viaje de ida y vuelta a las Américas
FUENTE: ANNELI BOJSTAD (elmundo.es /suplementos /magazine)
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