14 de febrero de 2021

Gustavo Bueno Martínez (y II)

Gustavo Bueno, casi medio siglo de permanencia en Asturias y de apasionada actividad intelectual

Gustavo Bueno Martínez uno de los últimos intelectuales españoles que realmente hicieron un esfuerzo por llevar la filosofía fuera de las aulas. Caninomag.

Gustavo Bueno Martínez nació en Santo Domingo de la Calzada en el año 1924 y cursó los estudios de Filosofía y Letras en las universidades de Zaragoza y de Madrid
Ignacio Gracia Noriega
Después de hacer su tesis de doctorado, obtiene en 1949 la cátedra de Filosofía en el Instituto Lucía Medrano de Salamanca, ciudad en la que permanece hasta que en 1960 obtiene la cátedra de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos en la Universidad de Oviedo. Casi medio siglo de permanencia en Asturias, de apasionada actividad intelectual y emocional asturiana ha convertido a Gustavo Bueno en un asturiano indispensable e ilustre. Repito lo que ya afirmé en el artículo anterior: el último medio siglo de historia asturiana no se explica si no se tiene en cuenta el paso de Gustavo Bueno por su Universidad. Este riojano, que jamás renunció a sus raíces, ha sabido encajar muy bien en todos los lugares donde ha vivido: en Salamanca conoció a Carmen. También en Salamanca conoció al obispo de la diócesis, el asturiano Barbado Viejo, e hizo tanta amistad con él que, siendo ambos grandes aficionados a la música, Gustavo Bueno iba a tocar el piano al Palacio Episcopal. 

Francisco Barbado Viejo (1890-1964). Dominico, nacido en La Cortina (Asturias). Ingresó en el noviciado que la Orden dominica tiene en Almagro. Y en su Colegio estudió Humanidades y Filosofía. Especializado en  Teología y Sagradas Escrituras, se doctoró en Sagrada Teología en Roma. (www.musicalenapepe.com). Saber más.

Gustavo Bueno apreciaba a Barbado Viejo como filósofo, y esto, que puede parecer extraño a quien no conozca a Bueno, es completamente coherente con su concepción de la filosofía que exige como paso previo una técnica filosófica, y en un sentido escolar, el silogismo escolástico es un instrumento insustituible. Cuando se entra en la Universidad, por lo general, se comporta uno como un joven petulante y pedante, que cree que porque ha leído un par de libros de Sartre y algún artículo de Merleau-Ponty publicado en «Temps Modernes» lo sabe todo, y por eso Gustavo Bueno descolocaba nuestra pedantería suficiente explicándonos la silogística escolástica, algo que yo creía que había dejado atrás en el Colegio de los Dominicos, en el quinto curso de Bachillerato. Y al año siguiente nos bombardeó con lógica matemática, algo todavía más temible, ya que yo esperaba haber perdido las matemáticas de vista para siempre después de la reválida de cuarto. En fin, cosas que yo al principio no comprendía por qué nos las explicaba un profesor que venía precedido de fama de ser muy de izquierdas y también de ser muy «hueso». Lo segundo me preocupaba bastante menos, que no empezara a explicar marxismo a palo seco o que no nos echara un mitin en cada clase y no las acabara gritando: «A las barricadas, a los parapetos». Le recuerdo entrando en el aula, apresurado, con el abrigo Loden gris, el pitillo en la boca y en la mano una grande y abultada cartera. Con prisas subía a la tarima, dejaba la cartera sobre la mesa y empezaba a explicar, sin concederse ni concedernos un segundo de descanso, el pitillo en la boca, el pelo revuelto, la voz afanosa y un gesto hacia arriba de las manos como si le faltara aire. 
Gustavo Bueno. / Javier Albo. Seguir leyendo. 
No se alarmen cuando vean a Gustavo Bueno en cualquiera de sus intervenciones públicas abriendo la boca como si le faltara aire: ya le ocurría lo mismo hace casi medio siglo, y es que explicaba con tal pasión que no se permitía perder el tiempo ni para respirar. A veces, la ceniza del cigarrillo le caía sobre el abrigo, pero, como era gris, le daba igual. Y si fuera blanco, también le daría lo mismo. Cuando Juanín y Pachu asomaban la cabeza para anunciar: «Señor profesor, la hora», él seguía explicando, explicando y explicando, algunas veces hasta que se presentaba a la puerta del aula el siguiente profesor. Lo llamábamos don Gustavo, y yo se lo sigo llamando al cabo de casi medio siglo. Los que lo llaman Bueno seguramente son de otra época. Y despertaba pasiones entre sus alumnos, también odios africanos. Cierto día me confió Paco Fierro: «Si tuviera que dar la vida por alguien, la daría por don Gustavo». Nunca había oído nada semejante ni lo volvería a oír hasta que en una de las reuniones previas del PPRA (Partido Progresista y Regionalista Asturiano, ahí es nada) la princesa de Asturias, doña Amelia Valcárcel y Bernaldo de Quirós, exaltándose en medio de un discurso sobre estatutos, o quizá porque había oído sonar una gaita, quién sabe, expresó solemnemente que si se diera el caso de que tuviera que dar la vida, la daría por Asturias, y en ese caso exigía que la envolvieran en la bandera asturiana. Como me entró la risa, Ramón Cavanilles Navia Osorio, el lord protector (como lo llamaba Juan Luis Vigil), me lanzó una mirada fulminante. Toda aquella gente tenía unos apellidos imponentes, como se habrá observado. Las clases de Gustavo Bueno eran terribles. Las daba en el aula Clarín, la mayor del viejo casón de la calle San Francisco, porque el año anterior había suspendido como quien tala y había muchos alumnos repetidores. 

LA CATEDRAL DE OVIEDO. Sancta Ovetensis. CAVANILLES NAVIA-OSORIO, Ramón. Prólogo de Alvaro Galmes ..Saber más 

Había un par de cristales rotos y poco presupuesto para calefacción, por lo que Gustavo Bueno hablaba, hablaba y hablaba sin quitarse el abrigo. Hablaba como hasta entonces yo no había escuchado hablar a nadie, como alguien que tiene muchas cosas que decir y tan sólo tres cuartos de hora para explicarlas. Aquel curso dedicó dos trimestres a explicar a los presocráticos y el tercero a Locke. Pero hablar de los presocráticos o de Locke era un pretexto para hacer un recorrido por la historia de la filosofía. Aquel método en apariencia era caótico, pero su coherencia interna se evidenciaba al final. No, no nos habíamos quedado en Anaximandro, Heráclito o Parménides, también salimos de aquel curso con ideas muy claras sobre Platón y Aristóteles. Y, sobre todo, yo al menos salí con el convencimiento de que en los presocráticos se encuentra formulada toda la filosofía posterior: de que toda la filosofía posterior es un comentario a las conclusiones de aquellos hombres que miraban por primera vez el mundo, cuando el mundo era joven. Yo, la verdad, no esperaba aquello. Esperaba más Sartre, más Marx. O bien, como decía don Pedro Caravia, un curso sobre Dilthey, ya que la mayoría de los que nos sentábamos en aquella aula nos dedicaríamos a estudios literarios. Pero aprendimos aquel curso mucho sobre filosofía en general por la vía de los presocráticos, y al curso siguiente bastante menos de lógica matemática, yo al menos. Debido a su tecnicismo, corría la especie de que don Gustavo aborrecía la literatura y el arte. Por eso, para muchos fue una sorpresa no sólo su sensibilidad musical, sino que fuera un excelente pianista. En cuanto a los poetas, solía ponerse en la línea de Platón, y si bien no proponía que fueran expulsados de la República, les achacaba ser muy derrochadores de papel, porque nunca escribían líneas completas. No obstante, Platón escribía con la calidad de un poeta, y don Gustavo una vez me confió que claro que le gustaba la poesía, pero la de poetas como Horacio, no la de cualquier cantamañanas (y hubo grandes cantamañanas bajo etiquetas de poetas, aunque figuren en antologías).
Gustavo Bueno. Imagen cortesía de Fundación Gustavo Bueno. Saber más 
Hace ya muchos años escribió un ensayo breve titulado «Poetizar», donde aborda el hecho poético tal como posteriormente plantearía las cuestiones concretas que lo llevaron a escribir sus libros recientes; evidentemente, argumentaba don Gustavo, si «poetizar» significa algo, debemos saber ante todo qué significa. Su preocupación de siempre fue fijar la concreción de las palabras, porque una palabra significa una cosa y no otra, no se le puede dar otro sentido que el que tiene. La primera ocupación del filósofo es definir el sentido de cada palabra. Que cada palabra signifique lo que tiene que significar. Y mientras nos enseñaba cosas elementales, pero que iban a servirnos para toda la vida, era un hombre comprometido políticamente que jamás descuidó su cátedra ni se permitió desde ella el menor asomo de demagogia ni faltó un solo día a clase: lo recuerdo con un gran flemón que lo obligaba a llevar media cara sin afeitar. Cuando había «encerrona», su despacho estaba permanentemente abierto, y él se quedaba (también Cachero) hasta que el último alumno había abandonado la Universidad bajo la mirada de los «grises», que nos observaban con ganas de saltar sobre nosotros desde la esquina del Florida. Una vez lo vi abrir la cartera y dar cinco mil pesetas para Fusoa: «Que no se entere Carmen...». Y recuperó para la Universidad al etnólogo Ramón Valdés de Toro, que estaba en el Instituto Laboral de Tapia de Casariego. Y porque nunca eludió lo que debía decir, un día le echaron encima un bote de pintura y otro le quemaron el coche. Así pagó su compromiso inflexible un catedrático de Universidad que verdaderamente dio la cara.
Gustavo Bueno. JOSÉ AYMÁ. Saber más 
FUENTE: JOSÉ IGNACIO GRACIA NORIEGA, Publicado por La Nueva España el 29-12-2008. Enlace.
Gustavo Bueno Martínez (01/09/1924 Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) - 07/08/2016 Niembro (Llanes-Asturias).
Filósofo y catedrático español. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Madrid, en la que obtuvo el título de doctor en 1947. Catedrático de Instituto de Enseñanza Media desde 1949, impartió clases en el Instituto Lucía de Medrano de Salamanca, del que fue jefe de estudios y después director. En 1960 obtuvo una cátedra de Filosofía en la Universidad de Oviedo y en 1997 creó la Fundación Gustavo Bueno, con sede en la misma ciudad. Es el creador del sistema filosófico conocido como materialismo filosófico y autor de numerosos libros. Portal de Archivos Españoles (PARES). - Foto: stecy


José Ignacio Gracia Noriega (Llanes, 17 agosto 1945 - Oviedo, 6 septiembre 2016)
ha sido uno de los escritores españoles más fecundos, críticos, originales e independientes de los últimos tiempos. La mayor parte de su obra la escribió en su casona familiar de Llanes, rodeado de libros y de un número variable de gatos, dedicado a su único oficio, el de escribir sirviéndose de vetustas plumas fuente y añejas máquinas ignorantes de la electricidad, que se negó a reemplazar por artilugios más modernos. Desde 2007 vivió en Sevares, buscando la tranquilidad y el sosiego que había perdido en su villa natal por enfrentamientos políticos. En febrero de 2011 recuperó judicialmente el título de Cronista oficial de Llanes, del que había pretendido despojarle en 2003 el alcalde del momento. Se formó en las Universidades de Oviedo y Madrid y ejerció el periodismo tanto en la radio como en la prensa regional y madrileña. Durante décadas fue colaborador del periódico ovetense La Nueva España. Miembro del Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), recibió los premios de novela Tigre Juan, Casino de Mieres y Asturias. Formó parte del Consejo de Redacción de la revista de filosofía El Basilisco y del Consejo Asesor de la Fundación Gustavo Bueno. Narrador, ensayista, articulista, gastrónomo, crítico literario y cinematográfico, autor de libros de viajes, &c., ha publicado Asturias en pocas palabras (1980), Las crónicas de la Cofradía de la Mesa de Asturias (1980), Crónicas viajeras (1985), Indianos del Oriente de Asturias (1987), Una raya azul por Oviedo (1987), El viaje del obispo de Abisinia a los santuarios de la Cristiandad (1987), Semblanzas (1987), Entre el mar y las montañas (1988), El paso de Faes (1988), Dudoso paraíso (1990), El muro de la eternidad (1991), Vísperas del nuevo tiempo (1992), Los asturianos pintados por sí mismos (1995), Oviedo en los libros (1997), En un jardín tenebroso (1998), El viaje del norte (1999), Alarcos en Oviedo (2001), Asturias, esa desconocida (2001), Hombres de brújula y espada. Aventureros asturianos por el ancho mundo (2002), Don Pelayo. El Rey de las montañas (2006), Emilio Alarcos Llorach (2006), Luz del mar. Faros atlánticos de España y Portugal (con Carlos Olmo) (2007), El arzobispo Fernando de Valdés, la Mitra, la Universidad y la Hoguera (2008), Vivir de milagro (2008), La montaña mágica (2008), Historias de Covadonga (2008), Sobre cocina y gastronomía (2009), El reino mágico de Arturo (2009), Iñigo Noriega, un conquistador en México (2009), Poesía del mar (2010), Menéndez Pelayo. Genio y figura (con César Alonso de los Ríos y Aquilino Duque (2012) y Las burbujas de la tierra (En torno a William Shakespeare) (2016), &c. La Universidad de Córdoba publicó en 2009, sobre su obra, el volumen Gracia Noriega, escritor, coordinado por Luis Palacios Buñuelos, y en el que se incluyen varios cuentos de Ignacio Gracia Noriega. FUENTE: Ignacio Gracia Noriega.

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“El único deber que tenemos con la historia es reescribirla”. (Oscar Wilde)

El Blog de Acebedo se adentra en la historia de nuestra tierra, TODO SOBRE ASTURIAS, MIERES Y CONCEJO. navegar en este blog, es conocernos mejor a nosotros mismos y nuestra dilatada historia. Como decía el poeta mierense Teodoro Cuesta García-Ruiz (09/11/1829 – 01/02/1895), “soy d´esa villa y á honra tengo haber nacío nella”

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