10 de abril de 2014

Avelino Tudela, el maletero que se gano el cariño de los Mierenses.

Avelino Tudela: de profesión, maletero.

               Escena típica del mundillo de los "maleteros" o "mozos de cuerda"
  Avelino Tudela, un popular personaje que se ganó el cariño de los mierenses.
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Tanto ha cambiado la vida de los currantes de este mundo en cosa de cuarenta o cincuenta años?. La influencia de las nuevas tecnologías, ¿ha sido tan determinante para que, en cosa de un abrir y cerrar de ojos hayan desaparecido por completo los sistemas vitales y tradicionales de los humanos?. Hablemos de lo nuestro y veamos el panorama que ofrece, "desde mi Mieres del Camino", la estampa de lo cercano durante las últimas décadas. Y en los pequeños detalles -que a lo mejor no son tan pequeños- basaremos la tesis a desarrollar.
No es posible, a estas alturas, encontrarse, en un día de labor, a un carrillo tirado por la motriz humana y llevando mercancía, por las calles de esta santa casa. Si acaso, como algo excepcional, cabe que aún aparezca la imagen de un pintor de brocha gorda que usa ese medio para el traslado de sus bártulos de faena. Pero lo que se dice, portando paquetería o similares, pues no, salvo en las cercanías de la plaza del Mercau. Y sin embargo no mucho más allá de cuarenta años Mieres tenía representación de maleteros y sobre todo un profesional del ramo con todas las de la ley que, por sus características personales y la acción que desarrollaba, llegó a convertirse en un personaje con bandera popular y en cierto modo excepcional: Avelino Tudela, el maletero.
Claro que, para llegar a un tanto así de éxito en la investigación periodística sobre la personalidad de nuestro hombre, no es posible contar con muchas fuentes de información, dada la fuerte dosis de discreción y sencillez que rodearon, en todo momento, su figura. Hasta la residencia de personas mayores donde finalizó su tramo vital resulta ser un hándicap más para el intento, amparándose, como es lógico, en la normativa vigente de confidencialidad.
Un erudito de la historia local, vinculado fuertemente al quehacer comercial, colectivo, de defensa de los intereses comunes y amigo de Avelino, nos abre una puerta para conocer detalles. Mario Martinez, titular que fue del comercio de tejidos y sastrería La Casa de Todos, fundador y muchos años presidente de la Unión de Comerciantes del Caudal, impulsor de la Feria del Comercio y la Industria de Mieres y aún otros frentes que sería largo enumerar, es el portavoz para un elemental conocimiento sobre los pormenores del último maletero en las estaciones de Renfe y Vasco Asturiana de esta plaza.
Lo que se dice saber, es probablemente de total desconocimiento la procedencia geográfica de nacimiento y origen de nuestro protagonista. Da la impresión de que fue puesto ahí de la noche a la mañana, para jugar un papel importante y pintoresco a la vez. Al menos, según Mario Martinez, se le desconocían parientes y su punto de estancia se ubicaba en el Hotel Iberia de La Pasera, cuando en Mieres solo había otros dos establecimientos de tal característica, a saber, Fonda Victoria y Casa Pachín. Pero la estela de Avelino el maletero iba dejando señales inequívocas de su prestancia, habilidad, responsabilidad y sentido del deber, por la senda de un Mieres atado aún a las viejas tradiciones. Porque, para más inri, nuestro personaje de hoy ni sabía leer ni escribir. Y a fe de las manifestaciones de quién nos sirve de guía, "nunca se equivocaba a la hora de recoger paquetes y entregarlos a su destinatario". "Tenía -asegura Mario- una habilidad especial que en ocasiones llegaba a pequeñísimas maniobras en el talón de recogida, como una doble, una muesca o algo similar, que identificaba al destinatario". Pero sobre todo Avelino Tudela (único apellido que se le conocía), era todo un buenazo y como tal ejercía. Dos anécdotas, de distinta índole, sostienen esta creencia,
En cierta ocasión dos viajantes catalanes de tejidos llegaron a Mieres con la misión de ampliar mercado y se encontraron de frente con Avelino quién les transportaba la mercancía -es decir, el muestrario- y prometía buscarles alojamiento para varios días. Como en la villa del Caudal se estaban celebrando unas importantes jornadas sectoriales, en los referidos establecimientos de hospedaje no quedaba ni una sola plaza. Mal asunto. Pero Avelino era hombre resolutivo y estaba a disposición de soluciones, quiero decir, tenía recursos para salir airoso en la misión que asumía. Con la mejor de las voluntades llevó a los visitantes hasta la casa de "solaz sexual de Doña Cloti, en las inmediaciones de la estación del Norte, donde con toda su inocencia solicitaron una sola habitación para dormir los dos. Con una buena dosis de extrañeza la "doña" accedió y al día siguiente, sobre las once de la mañana, al toque de "chicas al salón", los dos pardillos huéspedes se encontraron con el pastel, adornado a base de una buena dosis de adjetivos y calificativos, al más puro nivel barriobajero, sobre su inclinación sexual por haber dormido juntos en la misma habitación. Nada dijeron, aunque se supo, y Avelino, desconocedor de ello, se sintió satisfecho por el servicio prestado.
Alternante con la clientela del Bar Casa Valerio, a espaldas de la más antigua estación del Norte, un día, don Herminio, popular párroco de Seana, le encargó subir hasta la iglesia, con toda la cuesta por delante, un paquete parecido a un ataúd, cuya longitud debería rozar los dos metros. Fiel a su obligación y con el gran esfuerzo del kilómetro y medio de un desnivel, hacia arriba, de más del quince por ciento, el popular maletero llegó hasta el templo católico con la lengua afuera y las fuerzas al límite. A la hora de abrir el paquetito y presente Avelino, se encontró con que era la imagen de un venerable en olor de santidad. Su exclamación llevaba toda una carga de filosofía y resignación: "Acabo de subir un santo a los altares".
El último maletero de Mieres merecía un reconocimiento. Y así fue que, la Unión de Comerciantes, por iniciativa de Mario Martínez, su presidente, rodeado de toda la corte de actividad mercantil de Mieres, decidió rendirle un homenaje popular en el teatro Capitol, como premio al buen hacer y para cubrir su inmediato futuro, puesto que no había por el medio pensión de autónomos ni nada que se le pareciese. En el acto, con lleno a rabiar, prestaron su colaboración desinteresada, en un festival musical y de variedades de altos vuelos entre otros Víctor Manuel (por indicación de su recordado padre Jesús), Vicente Díaz, Diamantina, Orfeón de Mieres, Ochote la Unión y un largo etcétera. Con todo lo recaudado y previa pequeña trampa para huir del acoso de los impuestos dado el carácter benéfico que el representante de la Sociedad de Autores supo valorar, Avelino Tudela se fue para la Residencia de Ancianos Canuto Hevia de Pola de Lena, donde discurrieron, con tranquilidad, sosiego y bienestar, sus últimos años.

 FUENTE: 

“Ningún rico recuerda cuando era mozo de cuerda”.

Los mozos de estación o maleteros, un oficio antiguo con muchas categorías.

La vida en lasestacionesera bastante agitada, sobre todo a la hora del paso de los trenes de viajeros.Se podían ver por la sala de espera o por los alrededores de la estación, señoras vendiendo rosquillas, tabaco, fruta etcétera, ya que los trenes solían también ir llenos demilitares con destino a los acuartelamientos; también ‘mozos’ o ‘maleteros’, que esperaban posibles viajeros, para transportar sus equipajes. Así mismo, el almacén, la cantina y muelle era un ir y venir de personas, que junto con sus medios de acarreo, llenaban de animación y colorido todas las estaciones. Los mozosy maleteros de estación eran por lo general hombres rudos y con bastante picaresca e ironía; la mofa y la sonrisa también vendía a la hora de que un viajero contratara a una señal de brazo en altosus servicios. Eran unos trabajadores queestaban al margen de cualquier contrato laboral con las estaciones. Pero el jefe de estación y la guardia civil o policía armada, sabían perfectamente quién era cada cual. Cabe destacar que pocos conflictosexistían, pues de lo contrario dejaban de trabajar de mozos y a ver de qué comían. Imagino que habrá miles de anécdotas de aquellos tiempos donde el pícaro tenaz y trabajador sobrevivía con las propinas. Lo malo era que el tren llegaba, y todo el mundo se bajaba y necesitaba de los maleteros para llevar los bultos hasta lasparadas de taxi o aquellos otros carros más grandes, que repartían también otras mercancías por las ciudades y sus comercios. Todo debía de ser muy rápido, y así intentar hacer losmáximos servicios, pues hasta otra entrada de tren en la estación, estaban parados contando historiaso bebiendo en la cantina. Muchasde aquellas mesas de mármol blanco de las cantinas de estaciones de tren, si hablaran, cuantas historias contarían.
Hubo un tiempo en que las despedidas al borde del andén tenían el aire de las conversaciones interrumpidas. Era el tiempo en el que las palabras no pronunciadas no contaban con una segunda oportunidad. Muchos de estos mozos vieron y escucharon despedidas dolorosas de familiares y amoríos; lágrimas derramadas en los andenes y miradas cómplices de las que nada se podía hacer. Como en las películas, las estaciones y su propia vida interna, nodejaban nada al azar. Los trenes expresos eran el negocio para muchos trabajadores y trabajadoras que se buscaban la vida honradamente, siempre alrededor de la estación. La estación era punto de llegada, de salida y de intercambios. Desarrollaba en su entorno otros servicios de transporte al punto, maleteros y mozos de equipaje, consignas, cantina, prensa, venta ambulante de diversos productos y recuerdos de artesanía; las estaciones alojaban y guardaban sentimientos y recuerdos de encuentros y despedidas.
Las estacionesdel Norte, donde los mozos de cuerda, avisados o contratados sobre el andén, cargaban sobre sus lomos bultos y baúles. Tenían la cara colorada, quizá por el fatigoso ejercicio al aire libre y la comprensible inclinación hacia el morapio. El nombramiento y funcionamiento de los Mozos de Cuerda, era para aquellos que se ponían en los lugares públicos, pero sobre todo enlas estaciones y cercanías, con una cuerda al hombro a fin de que cualquiera pudiese contratarle para llevar cosas de carga o hacer otro mandato, como se reglamenta en las ordenanzas municipales de 1883. Nadie podrá dedicarse al servicio de mozo de cuerda sin obtener la patente expedida por la Alcaldía. Para inscribirse y obtenerla era imprescindible tener buena conducta, garantizada por vecinos de reconocida solvencia. Todos los mozos de cuerda formarán una sección a cuyo frente estará un capataz. Sus obligaciones son: acudir a los incendios, prestar cuantos auxilios se les reclame por las autoridades o los particulares, llevar en el brazo izquierdo una chapa de latón con el numero de su patente, de las que tendrá varias y entregará una a los particulares cuando le confíen los equipajes o efectos para el traslado, recogiéndola al terminar. Podrán exigir a los particulares que les ocupen por una comisión cualquiera; si el peso no excede de doce kilos, media peseta; si excede, sea cualquiera la distancia, una peseta. Si excede de cien kilos o se tratase de mudanza de casa el precio se ajustará con anterioridad. Los puntos donde deben de colocarse y el número de ellos se determinarán por el Jefe de Guardias. Los que falten a lo dispuesto serán multados: la primera vez con una peseta, la segunda con dos y la tercera supondrá la pérdida de la patente.
Siempre había un avispado que era el capataz o jefe de las cuadrillas, que también tenía otros chanchullos de los que sobrevivir. Cuando llegaban las mozas de los pueblos a la estación, él ya tenía sus buenos contactos para que las mozas empezasen a trabajar en alguna casa pudiente de empleadas domésticas; la calle era el despacho, así se ganaba una comisión que le daban las mozas y otra el intermediario contratante. Anécdotas y encuentros entre los mozos de estación hay para contar por miles… Había dos tipos muy pintorescos: “Patillas” y “Camilo”, este último era de muy pequeña estatura, rechoncho, parecía un saco de patatas puesto de pie, fumaba en una enorme cachimba, y como la manía de todos estos tipos son las cosas grandes, la petaca del tabaco era del tamaño de un ladrillo. Cuando sacaba del bolsillo el reloj, se quedaban admirados y algunos decían que podía servir para la torre de una parroquia. Las discusiones eran habituales en la convivencia del día a día. En una ocasión, cuentan las malas lenguas que se enfrascaron dos mozos; uno de ellos le buscaba las cosquillasal otro, hasta que tuvieron un mal encuentro en la cantina… - “Señor tal, si yo tuviera la desgracia de que todo el mundo me diera la razón por no discutir contigo, me consideraría tonto y no hablaría con nadie”. El señor cual contestó: - “La incultura y el analfabetismo dan lugar a la envidia y aplican sus propios adjetivos a los demás. El tonto será usted que no ha podido tener más oficio que el de mozo de equipajes”.
La intervención oportuna de los amigos de ambos evitó que la polémica no pasara a mayor cuantía. Así transcurrían los días en aquella tasca de estación; bebían y discutían, hacían tiempo, lo ganaban y lo perdían, todos los días eran iguales para ellos. Otra anécdota más internacional es la delfilósofo Ludwig Wittgenstein que se encontraba en la estación de Cambridge esperando el tren con una colega. Mientras esperaban se enfrascaron en una discusión de tal manera que no se dieron cuenta de la salida del tren. Al ver que el tren comenzaba a alejarse, Wittgenstein echó a correr en su persecución y su colega detrás de él. Wittgenstein consiguió subirse al tren pero no así su colega. Al ver su cara de desconsuelo, un mozo que estaba en el andén le dijo:- “No se preocupe, dentro de diez minutos sale otro”.- “Usted no lo entiende - le contestó ella- él había venido a despedirme”. Otro famoso y viejo refrán muy nuestro es aquel que dic: “Ningún rico se recuerda, cuando era mozo de cuerda”.

Toño Morala/ León.
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