26 de febrero de 2014

Lo que sucedió en los primeros días de 1929 cuando los obreros que trabajaban en el exterior de las minas de Mieres se vieron sorprendidos por una faja luminosa que atravesó el cielo del valle en dirección a Langreo.

El bólido de 1929.

Meteoro o bolido - http://www.taringa.net

Los obreros que trabajaban en el exterior de las minas de Mieres se vieron sorprendidos por una faja luminosa que atravesó el cielo del valle en dirección a Langreo y que fue observada en otros puntos de España.

http://www.lne.es.
Con bastante frecuencia llegan a la Tierra fragmentos de rocas que provienen del llamado Cinturón principal de asteroides, situado entre las órbitas de Marte y Júpiter, desde donde se desprenden como consecuencia de perturbaciones gravitatorias. El viaje es largo y cuando por fin penetran en la atmósfera se sobrecalientan rápidamente por el rozamiento y a veces explotan, con un estrépito que se oye desde la superficie. Luego, los fragmentos casi siempre se queman y toman la apariencia de bolas de fuego que recorren el cielo dejando tras de sí un surco luminoso que puede ser visto desde puntos bastante alejados. Incluso en pocos casos algunos pequeños trozos llegan hasta la superficie donde son recogidos y estudiados cuidadosamente por los expertos como lo que son: un tesoro caído del cielo.
En Astronomía estos meteoros se llaman bólidos, aunque como la mayor parte de los ciudadanos desconocemos esta materia, no es extraño que ante ellos dejemos correr nuestra imaginación y pensemos otras cosas. Dicho esto, ya saben que cuando encuentro un pequeño resquicio en la puerta cerrada con que la ciencia se blinda ante aquello que todavía se le escapa, siempre dejo que pase por allí el saludable aire de la duda.
Y es que benditos sean los beneficios que nos trajo la Ilustración, acabando con las supersticiones medievales y aclarando gracias a los experimentos modernos y a la razón como funciona este mundo, pero que hay que reconocer que el mandamiento laico de creer solo en aquello que puede controlarse y medirse, llevado a sus últimas consecuencias obliga a despreciar lo que aún no tiene explicación, como si ya lo supiéramos todo.
La consecuencia es que esta soberbia científica nos ha hecho ver como normal el rechazo y la burla ante quienes se atreven a afirmar que han visto algo tan puntual que no puede reproducirse en un laboratorio.
Sí; es verdad que la superstición hizo mucho daño en otra época y aún sigue haciéndolo en los países menos desarrollados, pero la cerrazón académica también lleva su propia culpa, porque si es un atraso creer que todo lo que vemos es lo que nos parece estar viendo, igual de dañino es intentar ocultar aquello que estamos seguros de haber visto simplemente porque no podemos ponerle nombre.
Esto viene a cuento porque hoy voy a contarles, para que ustedes saquen sus conclusiones, lo que sucedió en los primeros días de 1929 cuando los obreros que trabajaban en el exterior de las minas de Mieres se vieron sorprendidos por una faja luminosa que atravesó el cielo del valle en dirección a Langreo.


El diario independiente madrileño "La Voz" recogió la noticia el 9 de enero aclarando que, por la claridad desprendida y la estela luminosa que dejó, todo hacía suponer que se trataba de un bólido. Añadía además la información de lo sucedido en San Esteban de las Cruces, donde el resplandor había iluminado todo el pueblo mientras se pudieron ver claramente algunos fragmentos despedidos del meteoro que dieron al cielo un aspecto fantástico, aunque lo más curioso estaba en el dato de que el bólido hizo explosión sobre un monte próximo, dividiéndose en multitud de fragmentos luminosos.
Si la cosa hubiese quedado ahí, con ser llamativa, no le dedicaríamos hoy esta historia, pero es que mientras en Asturias se dio por hecho que el fenómeno no había pasado de aquí, aquella misma noche los pescadores que faenaban en la costa de Bermeo también pudieron contemplar en el mar un globo brillante que "con velocidad espantosa y como un cohete gigante, con su cola de fuego desapreció en el horizonte con dirección al Este", dando la impresión de que se trataba de un cometa.
Dado el gran interés que el meteoro había suscitado en toda España, el mismo diario decidió recurrir a la opinión de los especialistas para que diesen su opinión científica y el día 22 del mismo mes ya publicó un completo informe con todos los datos recogidos por sus corresponsales. Así, se supo que también alguien de toda solvencia llamado Ramón de La Serna, lo había lo observado desde Madrid, lo que ampliaba considerablemente la escala del supuesto bólido.
Desconocemos quién era este Ramón, aunque seguramente no se trataba del escritor Ramón Gómez de la Serna, puesto que en aquel momento ya era lo suficientemente famoso como para que se citase en la crónica, y además su visión de estas cosas era más original: "El cometa es una estrella a la que se le ha deshecho el moño", decía una de sus greguerías. Seguramente fuese el periodista Ramón de la Serna y Espina, el primogénito de Concha Espina, que residía en Madrid por aquellos años. Pero esto es lo de menos.
Siguiendo con los datos, desde El Ferrol también llegó la noticia de que unos testigos afirmaban que la estela había seguido el curso de su ría, lo que le daba una dirección aproximada de Suroeste a Nordeste, la misma que se había notado en Mieres. Pero comparando lo visto en los dos puntos existía la notable diferencia de que en Galicia no se había llegado a sentir ninguna explosión y en Asturias sí. La novedad de Bermeo estaba en que la opinión de los testigos era que la luz llevaba una trayectoria ascendente, como si tratase de un cohete, lo que parecía contradecir el hecho de el bólido se hubiese fragmentado con anterioridad.
La observación más completa fue la que proporcionó don Ramón de La Serna. Para él se había tratado de un espectáculo espléndido que apareció en la sierra madrileña por el lado de El Escorial y siguió la trayectoria Nordeste haciendo explosión hacia Somosierra.
Según los investigadores del periódico, basándose en los conocimientos de aquel 1929, los meteoritos se hacen incandescentes al penetrar en la atmósfera terrestre a una velocidad comprendida entre 30 y 100 km por segundo y casi siempre pueden verse cuando se encuentran entre los 120 y los 80 km de la superficie, dándose la circunstancia de que aquellos que de mayor tamaño suelen explotar entre los 50 y los 20 km.
Este es el destino -aclaraba el periódico de muchos miles de millones de estos cuerpos que en su inmensa mayoría se consumen vaporizándose antes de llegar a la superficie de nuestro mundo, pero cuando el uranolito (preciosa palabra en desuso) es lo suficientemente grande, su poca conductividad para el calor y la falta de homogeneidad de la materia que lo forman, determinan la explosión, que generalmente va acompañada de un resplandor vivísimo y de una fuerte detonación.
Hoy sabemos que no se equivocaban mucho en estos datos, aunque se estima que solo unos cien meteoritos de diverso tamaño logran entrar en la superficie terrestre cada año y menos de diez pueden recuperarse para ser estudiados por los científicos.
 Mapa de meteoritos caídos en España, realizado por Paluzie Borell (año 1951)
Los españoles aún tenían en la memoria el que había estallado sobre la Península el 10 de febrero de 1896 con un fulgor tan grande que en la zona centro, a pesar de que todo estaba a pleno sol, se había notado incluso en el interior de las casas, donde también llegaron a retemblar los cristales a causa de la enorme detonación.
La investigación de "La Voz", a partir de todas las informaciones, fue envidiable. Combinando todos los datos, sus redactores se atrevieron a asignar al bólido un recorrido probable sobre España de 240 km, apareciendo cerca del zenith por Benavente, en la provincia de Zamora, para estallar sobre el Cantábrico en un punto situado a 42 km de Bermeo, 215 de Mieres, 340 de Madrid y 405 de El Ferrol.
En cuanto a la explosión, para poder contemplarse desde puntos tan distantes, tuvo que haberse producido a unos 50 km de altura, lo que explicaría que en Bermeo y Madrid pareciese un cohete, ya que el ángulo de visión sería entonces en las dos ciudades respectivamente de 50 y 80 grados. Mientras tanto en Mieres solo llegó a 12 grados y a 5 en El Ferrol, por lo que en Asturias dio la impresión de que había estallado en un monte próximo y en Galicia pareció que había seguido su curso sin más. Además, la caída del uranolito en el mar también era la razón por la que no se pudo recoger ningún pedazo para su análisis.
Un trabajo perfecto para la época, completado con un dibujo a mano alzada, donde se colocaron todos estos datos a la manera de las antiguas enciclopedias para que los lectores pudiesen comprender de qué se trataba sin agobiarse por tanto número.
Pero si repasamos las informaciones, vemos que hay algunos mimbres que quedan sueltos en este cesto, ya que realmente en Bermeo no se notó la gran explosión de Asturias, sino -ya lo hemos visto más arriba- un globo brillante, que dejó tras de sí como una cola de fuego, siguió su camino y desapareció en el horizonte con dirección al Este. Parece que los técnicos se saltaron ese detalle.

Ilustración de: Alfonso Zapico.

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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.........Y en España?
Parecía que descendía a la Tierra una de las estrellas del cielo”

En diciembre del año 2008, se cumplieron 150 años del impacto del mayor meteorito caído en España.

 Recreación de la caída del meteorito de Molina de Segura durante la Nochebuena de 1858. Imagen: Óscar Sacristán / SINC / Ayto. de Molina de Segura.
En la madrugada de la Nochebuena de 1858 "las personas que estaban en las calles, en los caminos y en los campos vieron aparecer un magnífico globo de fuego de una brillantez extraordinaria y deslumbradora, que ostentando los colores del arco iris, oscureció la luz de la luna y descendió majestuosamente desde las regiones aéreas”. Así se recoge en un informe encargado por Rafael Martínez Fortún, vecino del municipio murciano de Molina de Segura, en cuya hacienda cayó el mayor meteorito recogido en España. En 1863 la reina Isabel II aceptó su donación al Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), donde se conserva y exhibe desde entonces.
El relato de Martínez Fortún se recoge en un reciente estudio publicado en la revista Astronomy and Geophysics por los científicos Jesús Martínez Frías, geólogo planetario del Centro de Astrobiología (INTA/CSIC), y Rosario Lunar, catedrática de Cristalografía y Mineralogía de la Universidad Complutense de Madrid. Martínez Frías explica a SINC que la masa del meteorito de Molina de Segura “rondaría los 144 kilos al caer, pero se dividió en varios fragmentos, y el más grande, de 112,5 kilos, es el que actualmente se muestra en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), en Madrid”.
Los autores precisan que se trata de una condrita ordinaria, “un meteorito rocoso muy primitivo formado por pequeñas partículas esféricas, denominadas cóndrulos, que proceden de la solidificación de polvo y gas de la nebulosa solar primigenia, aquella que dio origen al Sistema Solar y a nuestro propio planeta”. Las condritas, que constituyen más del 85% de todos los meteoritos conocidos, se clasifican en diversas clases dependiendo de su mineralogía, texturas y geoquímica. El de Molina de Segura es del tipo H5, por su alto (High, en inglés) contenido en hierro, y por pertenecer al tipo petrológico “5” (número indicativo del grado de alteración sufrido en el “asteroide padre”).
Además de las características mineralógicas y geoquímicas del meteorito, el estudio recoge gran parte del informe encargado por Rafael Martínez Fortún. Este vecino de Molina de Segura era el propietario del bancal de cebada donde cayó la roca, y se preocupó de elaborar y registrar legalmente el “testimonio literal de la información ad perpétuam a objeto de acreditar los fenómenos físicos que se observaron al descender un aerolito en la madrugada del día 24 de diciembre de 1858”. Este y otros documentos, a los que ha tenido acceso SINC, han salido a la luz gracias a la labor de los expertos del archivo del MNCN.
Creyeron que iba a tocar la torre de la catedral.
En el informe uno de los testigos declara que, a los “tres cuartos para las tres de la mañana”, observó que repentinamente se iluminó la atmósfera por “un gran lucero de un resplandor que eclipsaba la luna, y que caminaba del Mediodía al Norte”. Otro comenta que vio descender “un globo de fuego brillantísimo y de hermosos colores, que no parecía sino que descendía a la Tierra una de las estrellas del cielo”. “Pasó por encima de esta ciudad a tan poca distancia de la torre de la catedral, que creyeron que iba a tocar en la linterna de dicha torre, pero no sucedió así, sino que recorrió unas tres leguas más, salvando esta ciudad y su término”, aparece en el documento encargado por Martínez Fortún.
El impacto sobre el terreno produjo tal sacudida que levantó de la cama a los vecinos de Molina de Segura, un municipio de la vega murciana que actualmente ronda los 65.000 habitantes. “Despertaron muchas personas de las que se hallaban durmiendo, y todas, excepto las que observaron el fenómeno al aire libre, creyeron que era una de esas tormentas tan frecuentes en esta localidad, llenándoles de terror”, continúa el relato. Varios de los declarantes coincidieron en señalar que se oyó un gran ruido “como el de un cañonazo”, acompañado de un temblor de tierra “parecido al que ocasiona un terremoto”.
Algunos curiosos se acercaron al lugar de la caída unos días después, “y quedaron todos confusos sin saber quién podría haber producido aquello”. Como removieron un poco la tierra y no encontraron nada, “olvidaron completamente” el suceso. Posteriormente, “durante la siega de la cebada”, a uno de los segadores le llamó la atención el hoyo formado por el meteorito “y escarbando con la hoz tocó un cuerpo duro y resistente, lo que comunicó a sus compañeros”, cuya curiosidad les animó a profundizar en el terreno para ver lo qué descubrían.
“Encontraron una piedra de figura cuadrangular, color negruzco y de un peso extraordinario comparado con su volumen, pues tenía diez arrobas y quince libras, lo cual, unido a que no se parece a piedra alguna de las que ellos habían visto hasta entonces en aquellos alrededores ni en otra parte, les llamó sobremanera la atención, quitándole uno de ellos un pedazo con un golpe que le dio con una maza de hierro", detalla el informe.
Hasta ahora se desconocía el lugar exacto de Molina de Segura donde impactó la roca extraterrestre, pero Martínez Fortún indica que su hacienda estaba en el “Partido de la Ornera”. Recientemente se ha declarado “lugar de interés geológico” de la Región de Murcia al paraje conocido como “Alrededores del Rellano y meteorito de Molina de Segura”. Además el ayuntamiento de la localidad se ha propuesto, con la ayuda de los científicos, realizar un estudio detallado de la zona por si aparecieran nuevos datos o piezas.
La reina se sirve en aceptar la donación del meteorito.
Rafael Martínez Fortún decidió remitir el “aerolito” a uno de los museos científicos del Reino, “para que estando a disposición de los hombres de ciencia, lo estudien con la atención debida”. Con este fin recoge los testimonios de los testigos y, junto a otros datos, los incluye en el informe que registra ante un juez de Murcia. La reina Isabel II acepta la donación del meteorito para que entre a formar parte del Museo Nacional de Ciencias Naturales, por entonces dirigido por Mariano de la Paz Graells, según se recoge en la documentación del archivo del propio museo. Los científicos de la época lo estudiaron y extrajeron varios fragmentos para su análisis.
Con el paso de los años algunas piezas pequeñas del meteorito de Molina de Segura también se repartieron por diferentes colecciones e instituciones del mundo, como el Museo de Historia Natural (Reino Unido), el Museo Field de Chicago (EE UU), o la colección de meteoritos del Vaticano.
La publicación científica de Martínez Frías y Rosario Lunar recoge estos datos, y los autores han propuesto además al International Meteoritical Bulletin, considerada la base de datos oficial de los meteoritos del mundo, que sustituyan el nombre de “meteorito de Molina”, con el que permanece registrado, por el de “meteorito de Molina de Segura”. Consideran que este término es más preciso, ya que los meteoritos llevan el nombre de la localidad de caída o hallazgo (o en su defecto la más cercana) y la localidad de Molina cambió a Molina de Segura a propuesta, en 1916, de la Sociedad Geográfica Real.
La ciudad murciana donde cayó el mayor meteorito recuperado en España ha organizado recientemente una jornada científica para conmemorar el 150 aniversario, que incluyó un seminario-taller impartido por Mª Paz Martín, técnica superior del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) y una conferencia de Martínez Frías. El investigador ha destacado la importancia de este tipo de rocas “por ser materiales únicos que permiten conocer cómo era la materia primigenia del Sistema Solar, y explorar otros cuerpos planetarios (como Marte o la Luna gracias a las meteoritos que proceden de allí), además de servir para evaluar las consecuencias de los grandes impactos a lo largo de la evolución geobiológica de la Tierra”.
El mismo año que cayó el meteorito en Molina de Segura, en 1858, el químico alemán Friedrich Wöhler descubrió que algunos meteoritos transportan materia orgánica, y propuso, por primera vez, que estas rocas extraterrestres podrían ser las portadoras de la vida.

Referencia bibliográfica:
Martínez-Frías, Jesús y Lunar Hernández, Rosario. “Molina de Segura: the largest meteorite fall in Spain”. Astronomy and Geophysics 49 (4): 4.26 - 4.29, 2008.

FUENTE: http://www.agenciasinc.es
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