17 de febrero de 2014

El "Premio Novel" Severo Ochoa amó profundamente a su Asturias, fue uno de los grandes pioneros de la biología molecular.

Severo Ochoa, un premio Nobel de casa.

http://ignaciogracianoriega.net.
Severo Ochoa es otro ejemplo eminente de asturiano cabal que conciliaba el universalismo con el localismo. Como escribe Teodoro López-Cuesta, una de las personas que más íntimamente le conoció y trató: «Don Severo amó profundamente a su Asturias, sobre todo en sus años finales, cuando las ilusiones de futuro se sustituyen por la ternura de los recuerdos. Don Severo sintió a su tierra al final de sus días de una manera especial, como puede quererse al hijo que no tuvo o a la mujer en la que sublimó el amor». Sus veranos en La Granda le permitían el reencuentro con la tierra natal, de la que había permanecido demasiados años ausente, cosa que él mismo reconocía, melancólicamente. En La Granda vivía en paz y sosiego, haciendo la vida cotidiana de los demás asistentes a los cursos, charlando de asuntos varios con Juan Velarde o Teodoro López-Cuesta, e incluso atendiendo a las inquisiciones dietéticas de Manolo Galé: «Eso, mejor se lo pregunta a Paco». Se refería a Francisco Grande Covián. Durante una época le gustaba salir conduciendo su automóvil Mercedes por caminos desviados y caleyas, y regresaba asombrándose ingenuamente de su popularidad, porque los automovilistas que se cruzaban con él le tocaban el claxon. Le tocaban el claxon porque Ochoa no era un buen conductor, pero él interpretaba aquellas recriminaciones acústicas como saludo de los lugareños al sabio. Luego, dejó de conducir; dejaba que le condujera su bastón.
Severo Ochoa nació en Luarca el 24 de septiembre de 1905. Están próximos a cumplirse, pues, los cien años de su nacimiento. Con este motivo, espero que Asturias le recuerde con dignidad, del mismo modo que el «Diccionario biográfico español» le considera en lugar destacado. Entre sus antepasados se encontraba el capitán de la Marina mercante Rafael Ochoa, que hizo el viaje en agosto de 1869 desde el puerto de Filadelfia, en los Estados Unidos, al de Luarca en diecisiete singladuras a bordo del «Favorita», «clipper» de dos palos, y era tío suyo, por la parte materna, el político Álvaro de Albornoz, que durante la guerra civil de 1936-39 fue embajador de la República en Francia, para exasperación del secretario general del Ministerio de Exterior, Alexis Léger, que firmaba Saint-John Perse su obra poética, por la que recibiría el premio Nobel de literatura en 1960, porque apenas entendía el francés. Refiriéndose a su nacimiento asturiano, Ochoa escribe: «Nací en Asturias y para mí la realidad comienza, naturalmente, con Asturias. Mis primeros recuerdos son de Asturias, concretamente de Gijón y Luarca. En Gijón iba al colegio durante el invierno; en Luarca pasaba el verano. Si bien nací en una calle del pueblo de Luarca cercana a la iglesia, mi conciencia de Asturias se inicia en la vecina aldea de Villar, sobre la meseta que termina en abrupto y bellísimo acantilado constantemente batido en su base por el mar. Allí es donde veraneábamos desde que tengo uso de razón. Al Sur, la montaña, suave, con todos los tonos verdes imaginables; al Norte, el mar Cantábrico, tranquilo y azul en ocasiones, más a menudo gris, negruzco y amenazador». Durante los veranos en Luarca entra en contacto directamente con la vasta maravilla de la naturaleza, la observa con detenimiento, e incluso pretende interpretarla: «Mi vida en la aldea me hizo entusiasta observador de la naturaleza desde muy niño, y mis andanzas por las escarpadas playas de las cercanías me hicieron enamorarme de la misma. Durante la bajamar pasaba las horas muertas observando la enorme variedad de vida animal y vegetal que poblaba los innumerables pozos formados al retirarse el mar en las oquedades de las rocas. Tal vez fuese éste el despertar de mi futura afición a la biología».
 La familia de Ochoa pasaba los inviernos en Málaga. Al llegar la época del ingreso en la Universidad, el joven Severo Ochoa duda entre la ingeniería y la biología, pero considerándose un matemático deficiente, e ilusionado por un buen profesor de biología, se decide por esta rama. Ingresa en la Universidad impresionado por la obra de Ramón y Cajal, a quien «soñaba con tenerlo como profesor de Histología»; más no fue posible, ya que el ilustre sabio se había jubilado. Poco sospecharía Ochoa que, con el tiempo, él también recibiría el premio Nobel de Medicina. A falta de Ramón y Cajal, Ochoa encuentra profesores cuyo magisterio le acompañará siempre, como Teófilo Hernando o Negrín, que «abrió amplias y fascinantes posibilidades en mi imaginación». En 1924, a instancias de Negrín, ingresa en laboratorio de Fisiología de la Residencia de Estudiantes, dirigido por Pío del Río Ortega, y allí conoce a Francisco Grande Covián, con quien colabora en un estudio sobre el papel de las glándulas adrenales en la contracción muscular, que, ampliado, habría de convertirse en su tesis de doctorado.
Al tiempo que se inicia como investigador, amplía sus estudios en el laboratorio de Noel Patton en Glasgow y en el Instituto de Biología en Berlín-Dahlem, dirigido por Otto Meyerhof, premio Nobel de Medicina. En 1931 contrae matrimonio con Carmen Cobián en Covadonga; poco después marcha a Inglaterra, a estudiar en el Instituto Nacional de Investigación Médica, dirigido por sir Henry Dale. De vuelta a España, colabora con el doctor Carlos Jiménez Díaz, en Madrid, residiendo en la llamada Casa de las Flores, famosa porque en ella vivió también otro futuro premio Nobel, el poeta y diplomático chileno Pablo Neruda. El estallido de la guerra civil cambia por completo su horizonte; como escribe López-Cuesta: «Ni los medios que tenía en el laboratorio, aún siendo excepcionales en España, le permiten hacer la investigación que precisa y sueña ni la situación en España le permite continuar con serenidad su trabajo». Gracias a un salvoconducto que le proporciona el doctor Negrín, que ha pasado de ser catedrático de Medicina a ministro de Hacienda (y, más tarde, jefe del Gobierno de la República), puede abandonar España por Barcelona, llevando como viático siete mil dólares que Carmen había obtenido de la liquidación de unos negocios familiares en Puerto Rico. Ochoa esperaba volver a trabajar con su maestro Otto Meyerhof, pero siendo éste judío, su situación en Alemania era muy difícil, por muy premio Nobel que fuera. A ese gran promotor de la cultura que fue Hitler le traían sin cuidado los premios Nobel: Thomas Mann hubo de huir por el aire, perseguido por un avión del Gobierno, y Carl von Ossietzky se encontraba en un campo de concentración por haber publicado un informe sobre la carrera armamentística alemana. A raíz del premio Nobel de la Paz concedido a éste, Hitler prohibió a cualquier alemán, quienquiera que fuese, que aceptara el prestigioso galardón que se otorgaba en Suecia. Finalmente, por mediación del profesor Hill, que había compartido el premio Nobel con Meyerhof, Ochoa recibe una beca de seis meses para ir a Inglaterra, a trabajar en el Laboratorio de Biología Marina de Plymouth. Más tarde consigue una beca en Oxford, lo que le permite continuar en Inglaterra; pero a consecuencia del estallido de la II Guerra Mundial, Ochoa decide irse a Norteamérica. Embarca en el puerto de Liverpool en agosto de 1940, instalándose en St. Louis, Missouri, y posteriormente pasa a trabajar en el laboratorio de la Washington University dirigido por Carl y Gertry Cori. Un año más tarde marcha a Nueva York, y como el propio Ochoa reconoce, «de Nueva York proviene no sólo la mayor parte, sino la esencia de mi trabajo científico».
Este continuado y esencial trabajo científico le conduce a recibir el premio Nobel de Medicina de 1959, compartido con su discípulo, el profesor Arthur Kornberg, el cual señaló, en su elogio, que «Ochoa ha concebido objetivos difíciles y los ha atacado con el firme convencimiento de que tenían solución y de que él era capaz de resolverlos. Su genio consiste en haber sabido evitar los planes grandiosos y en haberse dedicado a las tareas difíciles, que otros consideraban inabordables».
Se jubila a los 70 años en la Universidad de Nueva York. Entonces empieza a plantearse el regreso a España. El ministro de Educación español, Villar Palasí, llegó a ofrecerle el rectorado de la Universidad Autónoma de Madrid, lo que hizo a Ochoa reír a carcajadas. Finalmente, fracasados diversos proyectos, regresa a la patria como un particular: a descansar y a recordar.

FUENTE: http://ignaciogracianoriega.net - Publicado por La Nueva España el 27 de agosto de 2005
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«Severo Ochoa es uno de los grandes pioneros de la biología molecular»

                                                      Severo Ochoa




http://www.lne.es
«Severo Ochoa es uno de los grandes pioneros de la biología molecular, un miembro destacado de ese selecto grupo de científicos que intuyeron que eso que llamamos "vida" puede ser básicamente explicado a través del estudio de las estructuras, funciones y transformaciones de un pequeño conjunto de macromoléculas».
El juicio es formulado por Carlos López Otín, catedrático de Biología Molecular de la Universidad de Oviedo, quien conoce a fondo no sólo la trayectoria del científico luarqués, sino también las repercusiones de sus hallazgos en la evolución posterior de la disciplina a la que se dedica.
Otín llegó a coincidir con Ochoa en los años ochenta del siglo pasado. El escenario de estos encuentros fue el Centro de Biología Molecular, que, emplazado junto a la Universidad Autónoma de Madrid, lleva el nombre del Nobel asturiano. Con más de 80 años de edad Ochoa continuaba yendo casi a diario por el centro. Le gustaba hablar de ciencia con algunos de sus discípulos más cercanos (Margarita Salas, Eladio Viñuela, César de Haro...) y también con los jóvenes investigadores que iban incorporándose a un equipo científico cuya puesta en marcha había inspirado él mismo. Entre estos últimos figura Carlos López Otín.
¿Por qué le dieron el Nobel a Severo Ochoa? Los campos de acción del científico asturiano fueron numerosos, aunque relacionados entre sí. Destacó en casi todos ellos, pues lo que diferencia a un científico genial de uno del montón es la capacidad de detenerse, observar un proceso, captar la esencia de la cuestión y desentrañarla parcial o totalmente.
«Algunos de los hallazgos de Ochoa han sido determinantes en la evolución de la biología molecular», explica Otín, quien, puesto a elegir uno de ellos, se queda con el desciframiento del código genético, un logro que al que «contribuyó de manera decisiva», aunque no exclusiva.
La explicación de este avance requiere detenerse y tratar de esclarecer algunos conceptos. La bioquímica -la química de la vida- tiene un lenguaje propio, un código específico. Los padres transmiten información a sus hijos fundamentalmente a través de la palabra. Pero la transmisión de la vida se lleva a cabo a través de un código genético que hasta hace poco más de medio siglo era una incógnita. No se entendía ese lenguaje que propicia que cualquier célula de cualquier organismo pueda traducir el lenguaje nucleotídico de los ácidos nucleicos portadores del mensaje genético al lenguaje aminoacídico de las proteínas. Estas últimas -las proteínas- son las responsables de ejecutar las instrucciones contenidas en dichos mensajes genéticos. Por eso es fundamental ese proceso de «traducción» del mensaje.
Pues bien, el científico asturiano fue un destacado artífice tanto del desarrollo de herramientas moleculares que permitieron abrir el camino para la descodificación como de la elucidación de algunos de los vocablos del código.
«Evidentemente, el código genético ha tenido una repercusión enorme, porque es la clave que traduce la información de nuestros genes a las proteínas. Tiene repercusión en toda la actualidad, por ejemplo, en la secuencia del genoma», subraya Margarita Salas, bioquímica asturiana unida a Ochoa por el doble vínculo de pariente y discípula.
            Severo Ochoa, Premio Nobel de Medicina. (Abril de 1966)  http://diariomadrid.net

Y, sin embargo, a Ochoa le dieron el Nobel antes del desciframiento de la clave genética. Se lo otorgaron por su descubrimiento de la polinucleótido fosforilasa, una enzima que le permitió sintetizar por vez primera ácido ribonucleico (ARN) en el tubo de ensayo. El ARN desempeña una función crucial: transmitir a las células, a cada célula, la información genética contenida en el ADN. Es, por consiguiente, un factor clave dentro de la cadena de transmisión de información desde el ADN a las proteínas.
Estos hallazgos no han alcanzado nunca la extraordinaria resonancia del descubrimiento, a cargo de James Watson y Francis Crick, de la estructura en doble hélice del ADN. Pero unos y otros, junto a la definición -por parte de Arthur Kornberg, discípulo de Ochoa, con quien compartió el Nobel- de los mecanismos de replicación del ADN, «se sitúan entre los hitos fundamentales sobre los que se ha cimentado el desarrollo de la biología molecular», resume Carlos López Otín.
A la vista de los acontecimientos posteriores, no es exagerado catalogar a Severo Ochoa como uno de los precursores de la moderna biología molecular. Un adelantado en la crucial tarea de leer -y enseñar a leer- el «libro de la vida». Un investigador de curiosidad innata e inusual inteligencia que ganó un premio Nobel y que tal vez se hizo acreedor a otro, aunque los laureles de la Academia sueca por descifrar el código genético se los llevan, en 1968, Marshall Nirenberg y Gobind Khorana.
Esa innata curiosidad de Ochoa ya se había puesto de relieve en su Luarca natal. Nacido el 24 de septiembre de 1905, fue el menor de la numerosa prole de Severo y Carmen, un matrimonio que durante años residió en Puerto Rico y que retornó a España con el tiempo justo para que su hijo pequeño naciera a orillas del Cantábrico. Desde su infancia, Severo se convierte en un «entusiasta observador de la naturaleza», según confesión propia.
En Madrid, en la primera mitad de los felices años veinte, Ochoa comienza los estudios universitarios. Con 22 años publica su primer libro, «Elementos de bioquímica», como colaborador del profesor José Domingo Hernández Guerra. No llegó a tratar personalmente a Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, pero años más tarde comentará que trató de organizar su vida «tomando a don Santiago como modelo y pensando siempre en él».
En 1936, poco después del inicio de la Guerra Civil, Ochoa abandona España en busca de un clima idóneo para hacer lo que siempre ha aspirado a hacer: ciencia con mayúsculas. Tras una breve estancia en París, el investigador y su esposa (se había casado en 1931 con Carmen García Cobián) se instalan en Heidelberg (Alemania). La represión nazi los lleva a Inglaterra, a Plymouth primero y a Oxford después. Y en el verano de 1940 se trasladan a Estados Unidos, escenario de su eclosión como científico. Como muestra de gratitud a su país de adopción, en 1956 Ochoa decidió nacionalizarse estadounidense.
Estatua de Severo Ochoa en los jardines de la Facultad de Medicina de la UCM Estudió Medicina en la Universidad de Madrid

En San Luis Ochoa trabaja con el matrimonio formado por Carl y Gerty Cori, quienes en 1947 ganarían el Nobel de Medicina. Esta etapa es breve, pues al bioquímico español le ofertan una beca para trabajar en la Universidad de Nueva York. Y los Ochoa se trasladan a la gran ciudad que los acogerá durante casi 45 años. Ya en Nueva York, a finales de 1945, el científico luarqués recibe a su primer alumno posdoctoral, el ya mencionado Arthur Kornberg.
La noticia del Instituto Karolinska le llega el 15 de octubre de 1959. Su nombre ya sonaba desde al menos seis años antes, pero el momento culminante se produjo en 1956, cuando en un congreso celebrado en Baltimore dio a conocer el descubrimiento de la enzima polinucleótido fosforilasa.
La inmensa alegría le empuja directamente hacia su automóvil para comunicárselo personalmente a su mujer. Un guardia de tráfico le detiene por exceso de velocidad. Ochoa explica al agente el motivo de su excitación. El policía se lo cree. Le perdona la multa.
Cincuenta años después, ya se dispone de suficiente perspectiva para apreciar que la huella de Ochoa, Watson, Crick, Kornberg y compañía es fácilmente detectable en nuevos conceptos moleculares gracias a los cuales en los años setenta y ochenta se desarrollaron nuevas tecnologías mediante las cuales el ADN pudo ser aislado, fragmentado y multiplicado hasta el infinito. Asimismo, ha sido posible establecer procedimientos para combinar el ADN de distintos organismos, y con ellos producir proteínas de la clase y constitución deseadas. «No hablamos de elucubraciones puramente conceptuales. Muchas de estas proteínas recombinantes ya se utilizan en la actualidad para tratar enfermedades como la artritis, la diabetes o diversos tipos de cáncer», enfatiza López Otín.
Los mencionados avances de mediados del siglo XX también se hallan en la base del desciframiento del mapa de la vida, que desvela algunos de los más intrincados misterios moleculares. A través del «proyecto Genoma Humano», hoy se conoce el orden preciso de los 3.000 millones de nucleótidos que configuran nuestro material genético, y la forma en la que estas unidades químicas se organizan para construir los aproximadamente 25.000 genes que determinan nuestras características como especie y que nos hacen únicos y distintos de todos los demás seres vivos del planeta.
Pero el misterio no cesa. «Sabemos más, pero al aumentar nuestros conocimientos también visualizamos nuevas incógnitas», precisa Otín. En efecto, ahora sabemos que «lo más importante no es la secuencia del genoma humano, sino cómo se regula la información allí contenida, qué proteínas se sintetizan o se codifican en el genoma humano y cuáles son las funciones de las mismas», completa Margarita Salas.
La biología molecular plantea de continuo nuevos desafíos, nuevas fronteras que hoy parecen inalcanzables y que mañana serán superadas en busca del más difícil todavía. Avances que responderán unos interrogantes y suscitarán otros nuevos. Nuevos Ochoas llegarán que continúen impulsando el avance de la ciencia. Nuevos pioneros que se adelanten a su tiempo, que contribuyan al esclarecimiento de las claves de eso que llamamos «vida» y al hallazgo de fórmulas que contribuyan a hacerla más larga y libre de enfermedades.
                   Severo Ochoa en Luarca, Asturias, verano de 1959

FUENTE: La Nueva España.
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Ochoa, Severo (1905-1993)

Foto coloreada del Premio Nobel de Medicina (1959) Severo Ochoa dedicada a Ángel Lapoza,  http://www.asturias.es

http://www.mcnbiografias.com
Bioquímico y biólogo molecular español, nacionalizado estadounidense, nacido en Luarca (Asturias) el 24 de septiembre de 1905 y fallecido en Madrid el 1 de noviembre de 1993. Fue Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1959, premio que compartió con el bioquímico Arthur kornberg, por sus descubrimientos sobre el mecanismo de la síntesis biológica del ácido ribonucleico (ARN) y del ácido desoxirribonucleico (ADN).
Severo Ochoa inició sus estudios en Málaga, ciudad a la que se trasladó con su familia tras el fallecimiento de su padre, en 1912. Su interés por la biología fue estimulado en gran parte por las publicaciones del gran neurólogo español Santiago Ramón y Cajal; Ochoa se trasladó a Madrid y cursó estudios de medicina que, en aquella época, eran los que mejor salida daban a sus perspectivas futuras; se licenció en 1929 por la Universidad Complutense de Madrid doctorándose poco después, sin embargo, nunca ejerció la medicina; el mismo declaró en numerosas ocasiones que no había visto a un enfermo desde que salió de la Facultad. Durante su estancia en Madrid vivió en la Residencia de Estudiantes, en la que ingresó en 1927, y allí fue compañero de grandes intelectuales y artistas de la época, como García Lorca y Salvador Dalí.
En la Universidad madrileña fue profesor ayudante de Juan Negrín y le fueron concedidas varias becas para ampliar sus estudios en las Universidades de Glasgow, Berlín y Londres, y principalmente en Heidelberg, concretamente en el Instituto Kaiser Wilhelm para la Investigación Médica; durante este periodo trabajó en la bioquímica y la fisiología del músculo, bajo la dirección del profesor Otto Meyerhof, cuya influencia fue decisiva a la hora de tomar una perspectiva en su futura carrera científica.
En 1931, ya de vuelta en Madrid y en el mismo año de su boda con Carmen García Cobián, fue nombrado Profesor Ayudante de Fisiología y Bioquímica de la Facultad de Medicina de Madrid, cargo que ocupó hasta 1935. En 1932 realizó los primeros estudios importantes sobre enzimología, en el Instituto Nacional para la Investigación Médica de Londres, y en 1935 fue invitado por el profesor Carlos Jiménez Díaz a asumir la Dirección del Departamento de Fisiología del Instituto de Investigaciones Médicas de la Ciudad Universitaria de Madrid.
http://diariomadrid.net.  Aficionado a fumar puros, el doctor Severo Ochoa durante la entrevista declaró al fotógrafo que era la primera vez que le fotografiaban fumándose uno.

En 1936 estalló la Guerra Civil Española y ello favoreció la partida de Severo Ochoa hacia ambientes más propicios para la investigación. Así, llegó de nuevo a Alemania y en ese mismo año fue designado asistente de investigación invitado en el Laboratorio de Meyerhof de Heidelberg, donde estudió las enzimas de ciertos pasos de la glucolisis y de las fermentaciones. Pero tampoco duró aquí mucho tiempo, pues la invasión nazi no tardó en llegar y tuvo que salir del país, ya que su jefe era judío. En 1937 se trasladó a Plymouth y allí investigó en el Laboratorio de Biología Marina y desde 1938 hasta 1941 se dedicó al estudio de la función biológica de la tiamina (vitamina B1) y de otros aspectos enzimáticos del metabolismo oxidativo, en el Laboratorio de Rudolph Peters de la Universidad de Oxford.
Emigró a los Estados Unidos en 1941, esta vez a causa del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Comenzó su andadura americana con un cargo en el Departamento de Farmacología de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington, en San Louis, y allí realizó interesantes estudios enzimológicos con los investigadores Carl Cori y Gerty Cori. Posteriormente, en 1942, pasó a trabajar en la Universidad de Nueva York, donde permaneció gran parte de su vida; allí, y estimulado por su esposa, emprendió una carrera de investigación independiente que más tarde daría sus frutos, mientras realizaba su labor como investigador asociado en la Facultad de Medicina. Fue Profesor Asistente de Bioquímica en 1945, Profesor y Director del Departamento de Farmacología de dicha facultad desde 1946 hasta 1954, y Profesor de Bioquímica y Jefe del Departamento de Bioquímica desde 1954 hasta su jubilación. Aunque Severo estaba convencido de los beneficios que les reportaría la nacionalidad americana, dejó que fuera su mujer la que tomara, más tarde, la decisión de pedir la ciudadanía americana, que les fue concedida en 1956; pero según sus propias palabras él siempre se consideró "un exiliado científico, no político".
Sus experimentos realizados en esta época sobre farmacología y bioquímica, especialmente en el campo de las enzimas, le valieron la Medalla Bewberg de 1951. Investigó el metabolismo de los hidratos de carbono y de los ácidos grasos, y descubrió una nueva enzima que aclaraba el mecanismo de oxidación del ácido pirúvico (ciclo de Krebs); también estudió el papel del complejo vitamínico B en estos ciclos y el proceso de fijación de CO2 por parte de las plantas verdes. Pero sus principales investigaciones se centraron en los fosfatos de alta energía que participaban en las reacciones bioquímicas.
Eran éstos unos años en los que la bioquímica experimentaba una revolución a nivel molecular; así en 1953, J. Watson y F. Crick habían propuesto un modelo en forma de doble hélice que explicaba la estructura molecular del ADN (ácido desoxirribonucleico) y en 1955 Severo Ochoa descubrió y aisló una enzima de una célula bacteriana de Escherichia coli, que él denominó polinucleótido-fosforilasa y que luego fue conocida como ARN-polimerasa, cuya función catalítica es la síntesis de ARN (ácido ribonucleico), la molécula necesaria para la síntesis de proteínas. Con esa enzima, Ochoa consiguió por vez primera la síntesis del ARN en el laboratorio, a partir de un sustrato adecuado de nucleótidos (sus componentes elementales). Un año más tarde, el bioquímico norteamericano Arthur kornberg, discípulo de Ochoa, demostró que la síntesis de ADN también requiere otra enzima polimerasa, específica para esta cadena.
                                    Severo Ochoa recibiendo el Premio Novel

Ambos compartieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1959 por sus descubrimientos. Estos extraordinarios hallazgos permitieron posteriormente el desciframiento del código genético (que se comprobó era universal para todos los seres vivos) y la confirmada capacidad reproductiva de los ácidos nucleicos hizo que éstos fueran ya considerados como las moléculas de la herencia biológica. Por ello, el científico Hermann Joseph Muller afirmó que la vida se creo artificialmente en el laboratorio en 1955, en alusión al experimento de Ochoa. Posteriormente, vista la importancia biológica de la doble hélice de ADN, Watson y Crick compartieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1963. Severo Ochoa continuó investigando el mecanismo molecular de la lectura del mensaje genético y su expresión.
En 1971 fue nombrado Director del Laboratorio de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid. Dejó la Universidad de Nueva York en 1975, regresó a su país de origen y en la década de 1980 dirigió dos grupos de investigación en biosíntesis de proteínas simultáneamente, uno en el Instituto de Biología Molecular de Madrid y otro en el Roche Institute of Molecular Biology de Nueva Jersey, en Estados Unidos, hasta que en 1985 fijó su residencia definitivamente en España. Aunque se jubiló oficialmente en 1975, nunca abandonó la investigación.
Ochoa tiene en su haber distinciones de Doctor "Honoris Causa" de las Universidades de Saint Louis, en Washington, de Glasgow, de Oxford, de Nueva York, de Salamanca, Santiago de Compostela y de Brasil, entre otras. Es profesor honorario de las universidades de San Marcos, Lima y Perú. Le concedieron la Medalla Neuberg de Bioquímica en 1951, la medalla de la Sociedad de Química Biológica y la de la Universidad de Nueva York en 1959. Fue miembro de varias sociedades y academias en Estados Unidos, Alemania y otros países. Fue además Presidente de la Unión Internacional de Bioquímica. En 1980 le fue concedida una de las más altas distinciones en Estados Unidos, la National Medal of Science.
Asturiano de nacimiento, Severo Ochoa fue Presidente del jurado del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias desde su primera convocatoria en 1981. En 1982 le fue concedido el Premio Ramón y Cajal en su primera convocatoria, que compartió con su amigo el filósofo Javier Zubiri. En febrero de 1897 fue nombrado Presidente del Patronato de la Fundación Jiménez Díaz; el mismo año ingresó en la Real Academia de Medicina y en 1992 en la Real Academia de Doctores. En abril de 1988 fue nombrado Presidente de Honor de la Asociación de Antiguos Residentes y Amigos de la Residencia de Estudiantes.
En mayo de 1986 murió su mujer, y ello supuso para Severo un golpe muy duro que le sumergió en una especie de profunda depresión. A partir de entonces, Ochoa decidió no volver a publicar ningún trabajo científico más, con lo que puso totalmente fin a su brillante carrera. A partir de entonces se dedicó principalmente a dar conferencias, a atender a los medios de comunicación y a tratar con los estudiantes del Centro de Biología Molecular de Madrid.
En junio de 1993 presentó en Madrid su biografía titulada "La emoción de descubrir", escrita por el periodista Mariano Gómez-Santos, y en noviembre de ese mismo año murió en Madrid, a la edad de 88 años, a consecuencia de una neumonía.
Retrato a carboncillo de Severo Ochoa con dedicatoria del artista Javier Clavo para Fernanda Monasterio.

Autor

  • María Isabel Bermejo Bermejo
FUENTE: Texto extraido de  http://www.mcnbiografias.com
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