2 de diciembre de 2013

El pueblo Celta, asentado en Asturias, tuvo abundantes manifestaciones de su Arte en España, además los Celtas siempre acompañaban los ritmos estacionales con exuberantes fiestas.

La sociedad celta en España.
                                     Toros de Guisando en Ávila. http://es.wikipedia.org
http://www.arteespana.com
Los keltoi (así es como los griegos conocían al pueblo celta) penetraron en la Península Ibérica a través de los Pirineos en torno al siglo VI ó VII antes de Cristo procedentes de centroeuropa, de donde fueron expulsados, y en ocasiones asimilados, por teutones y romanos, y se asentaron en la zona norte, en lo que hoy es Galicia, Asturias y el norte de Portugal.
Más tarde entraron en contacto con los íberos, dando lugar a la llamada cultura celtibérica, que se extendió por Soria, Guadalajara, La Rioja, Burgos, Aragón, Cuenca, etc. (incorporando a arévacos, vettones, vacceos, lusones y otros grupos étnicos) y desarrolló una serie de formas características y originales fruto tanto de la situación periférica del territorio como de la influencia posterior de griegos y romanos.
Y fueron escritores grecolatinos como Estrabón, Diodoro o Julio César, los que primero dieron cuenta de este pueblo describiéndolo como brutal y poco civilizado, amante de la juerga, las leyendas y las hazañas bélicas, aunque los restos que nos han quedado transmiten, además, que los celtas fueron sin embargo un pueblo refinado y con un gran sentido estético, alcanzando un alto grado de maestría en la forja, la orfebrería o el urbanismo.
La sociedad celta concedía una especial importancia a la identidad cultural, que lograban en gran medida con la representación de patrones básicos en sus motivos decorativos.
Tanto en la vestimenta como en las joyas, armas u objetos de uso doméstico proliferaban los complejos diseños a base de líneas entrelazadas formando nudos. También recurrían a la ornamentación a base de figuras de plantas y animales muy estilizados, o incluso de figuras humanas esquemáticas pero de gran expresividad.

Torques celtas.

Los torques son uno de los vestigios mejor estudiados de todos los que nos ha legado el mundo celta. En la Península se han encontrado numerosos de ellos, realizados en hierro, bronce o en metales preciosos. Algunos resultan tan bastos y pesados que cuesta creer que pudieran ser utilizados; sin embargo otros son exquisitos trabajos de orfebrería ricamente decorados, ligeros y flexibles. Los torques eran usados en diferentes rituales (igual que las máscaras, calderos, vasos o tallas representando a dioses) a modo de adorno en torno al cuello y constituían un símbolo distintivo para los miembros más relevantes de la tribu, como es el caso de los guerreros, los druidas o los nobles, a la muerte de los cuales frecuentemente pasaban a formar parte de su ajuar funerario.

Fíbulas celtas.
Otro objeto que nos habla del refinado gusto de los celtas por el embellecimiento personal son las fíbulas, objetos a modo de alfileres o prendedores equivalentes a nuestros actuales imperdibles y que usaban hombres y mujeres indistintamente tanto para sujetar los pliegues de la ropa, como para ahuyentar a los malos espíritus. Se conservan ejemplos de fíbulas de extraordinaria delicadeza cubiertas de motivos vegetales o de figuras zoomórficas y también otros elementos de uso personal como pendientes, brazaletes, collares o cinturones, así como cerámicas pintadas (conocidas como kalathos).

Armas y material bélico.
Las armas eran objetos casi sagrados para los antiguos celtas y por eso mostraban hacia ellas un cuidado especial. En los yacimientos arqueológicos se han hallado dos tipos: las pensadas exclusivamente al campo de batalla, más sobrias y funcionales, y aquellas destinadas a usos ceremoniales, mucho más elaboradas (como la vaina del puñal de Pintia).
Encontramos armaduras, escudos o arneses para las cabalgaduras en los que proliferan los motivos típicos de la decoración celta, pero donde los artesanos mostraron su mayor creatividad fue en las empuñaduras del arma por excelencia: la espada. Las grandes empuñaduras que requerían las enormes hojas eran el lugar en el que se aplicaban piedras preciosas, marfiles o esmaltes, y tanto estas espadas como los cascos podían adornarse además con originales figuras humanas o cabezas de animales.
Los Verracos
Sin embargo en la Península Ibérica y debido a la gran cantidad de grupos étnicos prerromanos existentes, resulta muy difícil adscribir los objetos encontrados a una cultura en concreto, tal fue la influencia de los celtas sobre ellas. Berones y pelendones, lugones y vetones, turdetanos y várdulos, son sólo algunos esos pueblos. Los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de catalogar los restos arqueológicos más conocidos de ese periodo, como pueden ser los Toros de Guisando o el jabalí de Las Cogotas, pertenecientes ambos a una serie de esculturas zoomorfas que se han dado en llamar "verracos" y de las que se han encontrado numerosos ejemplos, sobre todo en la meseta castellana.

Lugares sagrados y necrópolis.
Dado que celebraban sus ritos al aire libre no encontramos restos de santuarios propiamente dichos, pero sí se han hallado inscripciones rupestres que nos hablan de lugares sagrados en los que los druidas llevaba a cabo sus ceremonias, como las de Peñalba de Villastar o en la Cueva de San García. También tenemos muestras de importantes necrópolis como las de Aguilar de Anguita o Atienza.

Castros celtas.

Pero si hablamos de las manifestaciones artísticas más conocida del arte celta en la Península Ibérica no podemos dejar de mencionar los castros (del latín castrum: fortificación militar), poblados amurallados situados por lo general en lo alto de colinas estratégicas y protegidos por fosos, que contaban con un torreón desde el que vigilar el área alrededor.
Aunque en un principio las construcciones se realizaron en materiales perecederos, más tarde se comenzó a utilizar la piedra, y es de este material del que nos han llegado restos como el de Las Gogotas (Ávila) o Santa Tecla (Pontevedra). En Uxama, Termes, Segóbriga o Clunia tuvieron los celtíberos centros importantes, pero sin duda el que perdura en la memoria de todos es Numancia, capital de los arévacos, que ha pasado a la historia por su heroica resistencia a las tropas romanas de Cornelio Escipión en el año 133 antes de Cristo.
Y es que parece ser que los historiadores clásicos tenían razón cuando hablaban de las dotes guerreras de este fascinante pueblo, tan feroz en la guerra como sofisticado en sus manifestaciones artísticas.

 El Arte Celta.
Pocas manifestaciones artísticas han sido tan difundidas entre el gran público como las relacionadas con la cultura celta.

Desde la caligrafía, pasando por la decoración hasta la proliferación de representaciones religiosas como las cruces o los manuscritos miniados, numerosos son los ejemplos que encontramos a nuestro alrededor y que nos remiten a una cultura legendaria y fascinante que ha sido sistemáticamente mitificada por antropólogos e historiadores, quizá debido al hecho de que sus tradiciones fueron transmitidas de manera oral, y los pocos textos encontrados nos han llegado a través de autores clásicos que describían a los celtas como bárbaros de apariencia amenazadora.
Sin embargo, este pueblo, lejos de ser tan rudo como griegos y romanos creían, nos ha legado exquisitas muestras de un arte que, aún hoy, sorprende por su delicadeza.
Del pueblo celta se han encontrado vestigios en gran parte de la Europa continental y las islas británicas que se remontan a más de veinticinco siglos, a la conocida como Edad de Hierro. El primer estadio se conoce como cultura de la Hallstatt (por la zona austriaca en la que fueron encontrados los restos) y de esa época se han encontrado tumbas impresionantes y fortificaciones que denotan la riqueza de que gozaban por aquel entonces.
Posteriormente, en torno al siglo VII antes de Cristo, los intercambios culturales con griegos y etruscos darían lugar a un periodo del arte celta conocido como La Tène (Suiza). Es a partir de aquel momento cuando los rasgos característicos del arte celta comienzan a perfilarse.
Sin embargo la estabilidad no duraría eternamente, y cuando llegaron los malos tiempos, las tribus celtas se vieron obligadas a emigrar, invadiendo el territorio griego y romano y siendo invadidos a su vez por éstos últimos, a los que acabarían por asimilarse. Sólo zonas de Britania y de la Bretaña lograron mantener sus costumbres y su lengua durante siglos.
La sociedad celta solía organizarse en torno a fortificaciones asentadas por lo general en lo alto de colinas para dominar el territorio de alrededor. Las llamadas oppida por Julio César contaban con lugares para almacenar el grano y estaban divididas en zonas específicas para cada actividad. Tenemos buenos ejemplos de estos asentamientos en la zona sur de Alemania y también en la Península Ibérica, donde adoptaron el nombre de castros.
La llegada del cristianismo, con la introducción de nuevas costumbres marcó una nueva etapa en la historia celta, que a partir de ese momento vivió un periodo de esplendor. La tradición artesana basada en la escultura, el trabajo de metal y la talla de la madera que habían cultivado hasta alcanzar un nivel admirable vino a unirse a las formas de representación traídas por los misioneros para originar un arte espectacular y delicioso que nos ha dejado muestras tan admirables como el conocido manuscrito iluminado de Kells.

Dos tendencias del arte celta.
Se pueden distinguir dos tendencias bien diferenciadas en el arte celta; una es aquella que se basa en la representación de la naturaleza. Para entender este tipo de manifestación debemos señalar que estamos hablando de un pueblo que basaba su economía en la agricultura y que mantenía una estrecha relación con la naturaleza y los fenómenos celestes.
Sus creencias espirituales se fundamentaban en dichos ciclos naturales y en la continuidad entre el mundo material y el más allá. Los druidas enseñaban que cada fenómeno terrestre tenía su correspondencia en el mundo celeste y de ahí que sus representaciones tuvieran un significado eminentemente simbólico. Así, encontramos numerosas manifestaciones que imitan elementos de la naturaleza de complicada fantasía: hojas, flores, guirnaldas, animales, etc. que se interpretan de manera estilizada, siendo reducidos a esquemas.
Por otro lado tenemos la tendencia geométrica, que consiste en una ornamentación basada en decoraciones abstractas de líneas intrincadas que dan lugar a complicados y bellos diseños de una gran armonía. Un ejemplo de este tipo de decoración lo encontramos en los llamados knotworks, o trabajos a base de dibujos entrelazados realizados con una línea continua que fluye formando curvas, nudos y zigzags. También son muy frecuentes las espirales que tenían una profunda carga simbólica y solían representarse solas o formando grupos, como el conocido triskel, consistente en tres espirales unidas que aludía las tres naturalezas del alma humana (o los tres elementos sagrados: tierra, mar y cielo).
Todos estos elementos los podemos encontrar también en los que son, quizá, el más bello ejemplo del arte celta: los manuscritos iluminados, auténticas obras maestras de una práctica que los artesanos dominaban, la caligrafía. En ellos encontramos bellísimos diseños realizados con gran habilidad y decorados con fantásticos colores que aun hoy provocan asombro de quien los contempla.
Sin embargo se han hallado otros ejemplos en los que los artesanos celtas demostraron su destreza. Tal es el caso de la orfebrería, de la que tenemos restos como collares, pendientes o las fíbulas usadas tanto a modo de alfiler para sostener la ropa como de amuleto, y que muestran en algunos casos deliciosas formas zoomórficas; o de los llamados torques, pesados collares utilizados frecuentemente por los miembros relevantes de la sociedad, que se realizan de diferentes metales, algunos estaban ricamente decorados con filigranas y otros motivos. Entre los objetos cotidianos los celtas demostraron su creatividad en las máscaras ceremoniales, los calderos o las figuritas votivas.
Otro ejemplo del dominio que este pueblo tenía sobre la manufactura del metal lo tenemos en las armas: espadas con grandes empuñaduras ricamente ornamentadas o escudos y cascos de hierro y bronce decorados con figuras muy elaboradas que simbolizaban fuerza y poder.
Sin embargo la herencia que con más nitidez podemos rastrear en al actualidad son los mitos, cuentos y leyendas que han llegado hasta nosotros a través de la tradición cristiana, muchas de cuyas propias historias están basadas en fábulas de la historia celta. Tal es el caso de la mitología que incluye seres fantásticos como hadas, héroes, duendes o gigantes, o como las fascinantes narraciones del Rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda, historias cuyas raíces más profundas se hunden en el brumoso y evocador pasado de bardos, vates y druidas transmitidas de generación en generación.

Arte Celtibérico en España.

Celtiberia y los celtíberos.
Los celtas llegaron a la Península Ibérica procedentes de centroeuropa. Su asentamiento se efectuó en varias oleadas. Se cree que hubo una primera invasión entorno al 1000 a. de C. y otra, cuatro siglos después. En un primer momento se asentaron en la zona norte, lo que hoy es Galicia, Asturias y el norte de Portugal. Más tarde, entraron en contacto con los íberos y la mezcla o fusión entre ambos es lo que ha dado lugar la llamada cultura celtibérica.
Los celtíberos se extendieron por Soria, Guadalajara, La Rioja, Burgos, Aragón, Cuenca, etc. Pueden ser considerados como un grupo étnico, ya que incorporan entidades menores, arévacos, bellos, lusones, vettones, vacceos, pelendones y berones.
La Celtiberia esta delimitada por la cuenca media del Ebro al Norte y Nordeste (provincias de Soria, Logroño y parte de Zaragoza, aunque rebasa el Ebro hacia el Norte penetrando en Álava y Navarra hasta rozar la actual Pamplona); al Sur, por las cuencas altas del Tajo y el Júcar (provincias de Cuenca, Guadalajara y parte de Teruel); al Oeste se extiende hasta Madrid, Segovia, Burgos y al Este, limita con los íberos de Levante.
La cultura celtibérica en la Península Ibérica llegará a su fin con la conquista romana.
Arte Celtibéricos.
Asentamientos.
Los asentamientos celtibéricos evolucionan desde los castros, hasta la aparición de las ciudades a partir del siglo III a.C., pasando por pequeños poblados estables situados en lugares estratégicos y fuertemente defendidos.
Los castros son poblados amurallados que se levantan en las cimas de los montes. Sus construcciones son de planta circular. Solían ser estancias únicas realizadas con paja y barro o mampostería. Destacan el de Las Cogotas (Ávila), el de Santa Tecla (Pontevedra), el de Yecla de Yeltes (Salamanca).
El castro de Yecla de Yeltes fue fundado por los vettones alrededor del 500 a. C. y ha sufrido varias ocupaciones a lo largo de su historia. Sabemos que los celtíberos lo habitaron hacia el siglo III a.C. y que en el siglo I d.C., los romanos vivieron en él.

Su emplazamiento es defensivo, aprovecha las pendientes naturales del terreno y cuenta, además, con una gruesa muralla. La puerta de acceso al castro tiene forma de embudo, el espacio interior de acceso se va estrechando paulatinamente creando un pasillo cada vez más estrecho que se remata en una puerta, dejando en una situación muy vulnerable a los posibles atacantes.

En todo el conjunto se han encontrado grabados de animales, muy simples y esquemáticos, representando sobre todo caballos, aunque no faltan asnos, toros o jabalíes. Destaca una interesante escena en la que se reconocen varios jinetes armados con lanzas que persiguen a unos jabalíes.
Ejemplos de ciudades celtíberas son Numancia, Tiermes y Borjabudo, en la provincia de Soria, o Contrebia Leukade, en Aguilar del Río Alhama, La Rioja.
Numancia vivió uno de los episodios más conocidos de la Antigüedad, la resistencia celtíbera a la conquista romana. Se levantó sobre un altozano. Contaba con un recinto amurallado compuesto de dos muros paralelos de mampostería cuyo espacio intermedio se rellenaba con piedras de barro. El núcleo principal de la ciudad se disponía en forma ovalada. Estaba cruzada por dos calles principales, que cortaban, a su vez, otras diez menores. Las casas eran de planta rectangular, las paredes de adobe y las cubiertas de barro y ramaje.
Contrebia Leukade fue una ciudad donde se asentaron hacia el 700-750 a. de C. los pelendones, quienes construyeron una fortificación aprovechando un escarpe rocoso sobre el río y edificaron casas excavadas en la roca con planta rectangular.
Más tarde, llegaron otras tribus celtíberas, los Arévacos, ampliaron el poblado y reforzaron los sistemas defensivos con un profundo foso excavado en la roca y una muralla que rodeaba la ciudad. Éstos se mantuvieron hasta la llegada de los romanos, que conquistaron la ciudad a comienzos del siglo II a. de C.

La ordenación del interior de la ciudad se ajusta a la irregularidad del relieve. Las casas se disponen alineadas respecto a calles bien marcadas. Su planta es rectangular. Las más completas constan de tres habitaciones, un vestíbulo, una habitación principal en la que se situaba el hogar y un almacén.

Escultura.

La escultura esta representada fundamentalmente por los verracos, figuras de piedra que representan a cerdos, toros y jabalíes. Están talladas en bloques de granito donde se representa al animal de cuerpo entero así como el pedestal que lo sustenta. La postura es siempre la misma, de pie y frontal. Presentan cierta tosquedad y esquematismo en las formas, aunque se observa la intención de querer indicar las partes del animal mediante unas líneas básicas que permitan identificarlos.

Su finalidad no está muy clara, se cree que delimitaban terrenos dedicados al pastoreo, como protectores de la ganadería, aunque también podrían tener otro significado místico o religioso.

Se distribuyen por el occidente de la Meseta, la mayor parte en las provincias de Zamora, Salamanca, Ávila, Segovia, Toledo y Cáceres.
Son especialmente famosos los Toros de Guisando. Su cronología puede establecerse en los siglos IV y III a.C. Seguramente, fueron imágenes protectoras en los prados vettones, ya que se situaban en sus contornos. Son cuatro esculturas alineadas con las cabezas hacia el oeste y apoyadas sobre basas originales.

Se pueden distinguir algunos detalles de la anatomía del animal, como las mandíbulas, las orejas, las rodillas, el sexo, el dorso y el rabo.

Orfebrería.
Como corresponde a grupos nómadas y guerreros, predominan las armas y los objetos de adorno personal (joyas, broches de cinturón, diademas, brazaletes, torques, peines, etc.), que formaban parte de la vida cotidiana y que han aparecido en sus ajuares funerarios.
Se han encontrado tesoros de oro y plata, como el de Drieves en Guadalajara o el tesoro de Bedoya y otras piezas como la diadema de Ribadeo o los torques de Viveiro.

FUENTE:  http://www.arteespana.com
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LAS FIESTAS CELTAS.
http://celticweb.galeon.com

FUENTE: Roberto Rosaspini Reynolds

Los celtas, como todos los pueblos antiguos, acompañaron los ritmos estacionales con las exuberancias de la fiesta. En su cuatro fiestas, la de Samhain, Beltayne, Ymbolc, y Lugnasad, el hombre celta se abría a los poderes de la fertilidad, la purificación, el contacto con el mundo invisible de los muertos y la veneración del dios Lug. En Fiestas Populares de Temakel, nos acercaremos ahora a las festividades célticas mediante un destacado conocedor del mundo celta, el autor argentino Roberto Rosaspini Reynolds.
El calendario druida estaba basado en las fases de la luna, por lo que cada mes contaba con una mitad positiva, luminosa y ascendiente, que correspondía a la luna en cuarto creciente y llena, mientras que la mitad oscura, decadente y negativa se correspondía con las fases de luna menguante y nueva; de la misma forma, durante el período brillante se llevaban a cabo los conjuros y hechizos de magia blanca, mientras que las ceremonias secretas de magia negra tenían lugar en las fases oscuras.
Cada uno de los meses del año, 12 en total, tenía asignada una letra del alfabeto Ogham, y estaba consagrado a un árbol o planta determinada, a la cual se veneraba durante este lapso.
También conocían la duración y división del año solar, es decir el tiempo que tarda la tierra en recorrer su órbita alrededor del sol, y lo aplicaban para recomendar a su pueblo las fechas para la siembra y la cosecha de los distintos productos agrícolas.
Para compensar la diferencia entre el año solar y el lunar, los druidas establecieron la inserción entre abril y mayo de un mes extra de 30 noches cada tres años (el registro del tiempo se llevaba en función de las noches, y no de los días). Al igual que meses, los años también contaban con una mitad oscura y una brillante; la primera de ellas comenzaba inmediatamente después de la última noche del año, el primero de noviembre, con la fiesta de Samhain (Samhuyn), de la que proviene la actual festividad de Halloween. Samhain fue originariamente una festividad de los muertos, celebrada durante la última noche del año druídico, es decir, la del 31 de octubre, precedente al Día de Todos los Santos. Hasta épocas relativamente recientes, en muchas partes de Europa existía la creencia -probablemente originada en esta festividad celta- de que en la noche de Samhain, las brujas y hechiceros efectuaban sus peores conjuros, y se encendían grandes fuegos para mantener lejos de los hogares a los espíritus malévolos. Es la festividad opuesta a la de Beltayne, ya que en ella se escenifica el encierro del ganado para el invierno, y se encienden simbólicamente los fuegos del hogar.
Posteriormente, a partir del siglo XVll, el cristianismo fue incorporando aportes propios, y la fiesta de Halloween se transformó en un festejo infantil, en el que los niños recorren las casas vecinas, disfrazados de duendes, a solicitar golosinas.
La fiesta de Beltayne (Beltuin), era el primero de mayo. Era una festividad consagrada al dios Belenos y a la Madre Suprema, o Señora del Bosque. Literalmente significa "el fuego de Bel", se conmemora durante la noche del 31 de abril al primero de mayo, y un homenaje de agradecimiento a los dioses familiares, por haber protegido los fuegos del hogar, como así también un augurio de primavera.
Es una fiesta característica de los pueblos agrícolas y pastoriles, ya que llega la fecha de la siembra y de sacar las manadas a pastar. En Alemania y algunos países anglosajones, la noche previa se conmemoraba la Noche de Walpurgis, en que se intentaba conjurar a los seres malignos que se reunían en las colinas elevadas. Los romanos asimilaron Beltayne con las Laridae, es decir, sus propias fiestas en honor a los dioses lares, protectores del hogar.

Las otras dos fiestas importantes de carácter religioso y comunal,
que se intercalaban entre estas, eran: Ymbolc (Imbolc), el primero de febrero. Se representa en la actualidad, en Irlanda, como la fiesta de Santa Brígida o Brigantia, y en el resto del mundo católico por la Calendaria. Es una fiesta de purificación y recogimiento a comienzos del invierno. Y, por último, la fiesta Lugnasad (Lughnassadh), el primer día de agosto. Se celebraba en conmemoración de las bodas del gran dios Lug en Irlanda, que aún se festeja en muchas aldeas y pueblos de este país.
El día de Beltayne, primero de mayo, se iniciaba entre los Irish Gaél un mes de libertad sexual, denominado Cyann, festejando la unión entre el gran dios Cernunnos, representado con una gran cornamenta de ciervo, y la Madre Suprema, la Tierra. En este período, los jóvenes podían formar parejas tentativas, que duraban un máximo de un año y un día, y al cabo de ese tiempo, debían ser refrendadas si deseaban continuar unidos; si la
experiencia no era satisfactoria, cualquiera de los dos podía negarse, ya que, de allí en más, el matrimonio se convertía en permanente.

En sus relaciones de pareja, los celtas daban prioridad a la familia por sobre toda otra consideración, y no concedían demasiada importancia a la virginidad; se estimulaba la actividad sexual entre los jóvenes, especialmente durante la festividad de Cyann, y consideraban a los niños gestados durante este lapso como protegidos de los dioses.
Según la tradición, los responsables de despertar las inquietudes sexuales entre los jóvenes eran las sidh (hadas) y los leprechauns (duendes o elfos), quienes los incitaban a marchar hacia el bosque y pasar allí los días juntos. Durante este período, las mujeres vestían de verde claro, un color que la tradición asignaba a las vestiduras de las hadas, y los jóvenes de verde oscuro, el tono tradicional de los leprechauns, pero a partir del siglo VI d. C., los evangelizadores cristianos comenzaron a difundir la especie de que el verde era de mala suerte, en un fútil intento de que los jóvenes, especialmente las muchachas, abandonaran esa actitud promiscua que, por supuesto, no era bien vista por la Iglesia Católica.


Las fiestas anuales.
Además de la división del año en cuatro períodos, los druidas contaban, también, con otras dos mediciones cronológicas de mayor duración: el Ciclo Estelar, que se reiniciaba cada 46 meses lunares (19 años), y la Era Druídica, que abarcaba 630 años. Todas estas mediciones tenían como punto de partida la fecha de la batalla final de Mac Tuireagh, día en que los Thuatha Dé Danann vencieron definitivamente a los invasores formoré.
Entre las festividades no-programadas, cabe mencionarse un rito sacrificial Irish gaél, practicado en la coronación de los reyes, y cuyas características lo hacen muy semejante al ritual hindú del sacrificio del caballo (asvhamedha), por que algunos autores sugieren la existencia de una rama común muy antigua entre los celtas y los hindi.
El historiador eclesiástico Giraldus Cambrensis (c. 1180-1230) describe este ritual, rescatado, según sus palabras, de la tradición oral de los reinos del norte de Irlanda, llevado a cabo durante la coronación de los reyes, en el que se incluye el sacrificio de una yegua blanca. "...Al comienzo de la ceremonia -relata el narrador- el futuro rey simula una cópula simbólica con el animal, que luego es sacrificado y hervido, y el heredero al trono se baña en el caldo, bebe de él y come la carne de la yegua. De esa forma, el rey obtiene la fertilidad necesaria para asegurar a su pueblo un heredero varón, a la vez, que se compromete con los dioses a procurar la prosperidad de su pueblo, y a que si actúa en forma injusta, la cólera de los dioses caerá impiadosa sobre su persona".

Esta interpretación parece reafirmarse con el concepto de los celtas insulares de que la soberanía de un rey es, en sí misma, una diosa, a la que el rey debe desposar, a los efectos de asegurar el bienestar de su pueblo. Esta noción, a su vez, puede haberse originado en una creencia
muy antigua de las comunidades shamánicas ancestrales, según la cual
es necesaria la unión entre un dios tribal con la Diosa de la Tierra, del Agua, como fuente de fertilidad. Estas evidencias tienden a sugerir que, al menos entre los celtas insulares, los reyes poseían cierta condición sagrada, y que se preocupaban seriamente por el bienestar y la prosperidad de sus pueblos.
En un pueblo belicoso y expansivo como el celta, no es de extrañar que gran parte de las festividades, incluso las de raigambre pastoril, se festejaran con demostraciones de exuberancias físicas, donde no faltaban las exhibiciones de fuerza y las competencias de resistencia al alcohol, en las que se ingerían ingentes cantidades de cerveza de malta, hidromiel.
Festividades celtas que aún perduran
Un ejemplo de la perdurabilidad de las costumbres y tradiciones celtas hasta nuestros días es el festival de Eisteddfod, término derivado del gaélico eístedd: "sentarse" y fod: "reunión" o "competencia".

Aunque algunos autores niegan su aparición antes del siglo VII, existen evidencias para suponer que estas reuniones de bards (bardos) se realizaban ya en el siglo IV, aunque, probablemente, al principio hayan estado circunscritas a los bardos iniciados, y no pudiera participar de ellas el común de la población, como sucedió más adelante.
A partir del siglo VII, en la región de Gales, al sudoeste de la mayor de las Islas Británicas, Eisteddfod comenzó a convertirse en una reunión abierta, destinada a promover las tradiciones y la lengua galesa a través de interpretaciones competitivas de drama, música y poesía, hasta que, a fines del siglo XIII, Eduardo l, Rey de Inglaterra, provocó una verdadera masacre en la comunidad de los bardos, por temor a su acendrado nacionalismo.
Sin embargo, tres siglos después, hacia fines del 1500, Isabel 1 de Inglaterra cobró un repentino interés por Eisteddfod y, gracias a su mediación, los festivales fueron restablecidos a partir del siglo XVII, bajo patronazgo real. Las competencias, ahora de alcance nacional e internacional, decayeron durante el siglo XVlll, pero un renovado interés en el druidismo y el misticismo revivió la tradición en el siglo XlX. En la actualidad, Eisteddfod aún se reedita año tras año, poniéndose un especial énfasis en la conservación de la pureza de la lengua galesa. (*)

(*) Fuente: Roberto Rosaspini Reynolds, Los celtas. Magia, mitos y tradición, Buenos Aires, Ediciones Continente.


LA FIESTA DE HALLOWEEN: AYER Y PRESENTE.
Otro caso es el que sucede con Halloween. Y quizás este caso sea más característico.
El 31 de Octubre de cada año se celebra la fiesta de Halloween en muchos países, y aunque cada día se hace más popular es bueno saber como se originó y que representa realmente este festejo de origen antiguo.

Alrededor del siglo VI antes de Cristo, parte del norte de Europa estaba poblado por los Celtas, una tribu que poseía costumbres muy peculiares relacionadas con la Naturaleza. Ellos celebraban el fin de año el 31 de Octubre, debido a que ese día finalizaban el verano y las cosechas. A partir de ese momento comenzaban los días oscuros y fríos, los cuales eran relacionados con el mundo de los espíritus. Esa misma noche del 31 de Octubre, Samhain, la deidad de los muertos, permitía que los espíritus volvieran a sus antiguos hogares para mezclarse con los vivos. Esto era celebrado por los Druidas, los sacerdotes que dirigían la religión de los Celtas, los cuales encendían grandes fogatas en las cimas de las colinas como protección, ya que muchos espíritus malignos aprovechaban el permiso de Samhain para aterrorizar a los vivos. Otra manera de protegerse de la maldad desatada esa noche era usar disfraces horrendos, mezclarse con los muertos y hacer lo mismo que ellos hacían para así no ser reconocidos por estos.
Con la difusión del cristianismo, este festejo pagano sufrió varias transformaciones. La primera se relaciona con el nombre que se le da actualmente. Muchos se dieron cuenta del acercamiento entre la fecha de rito ofrecido a Samhain y la celebración del día de los Santos del calendario católico, por lo tanto, al antiguo ritual ofrendado al rey de los muertos se le llamó "All Hallow´s Eve", lo cual significa en inglés antiguo "Víspera al día de todos los santos". El tiempo se encargó de transformar el nombre "All Hallow´s Eve" por "Halloween".
Una antigua leyenda irlandesa cuenta la historia de Jack, un personaje tramposo y borracho que al morir no pudo entrar al Cielo por todo lo malo que había hecho. Luego se dirigió al infierno, pero el Diablo tampoco lo dejó entrar allí porque ya le había hecho muchas trampas, así que lo condenó a vagar por el mundo hasta el fin de los tiempos.
Para que iluminara su camino, el Diablo le dio un carbón encendido, el cual Jack tomó e introdujo dentro de un nabo que estaba comiendo, y así fabricó una lámpara. A partir de ese momento fue conocido como "Jack - o´- Lantern", lo cual significa, "Jack, el de la linterna". Muchos aseguraban que estas lámparas hechas con nabos servían para alejar a las brujas y los malos espíritus, por lo tanto las colocaban al frente de las casas durante la noche del "All Hallow´s Eve".

Cuando los primeros inmigrantes irlandeses llegaron a Norteamérica, siguieron celebrando el día de Halloween y se popularizó la costumbre de hacer las lámparas de protección, pero comenzaron a hacerlas con calabazas, debido a que era ideal por su tamaño y forma. Para que tuviera mayor efecto, las personas tallaban las calabazas esculpiendo caras grotescas y colocando una vela dentro.
El comercio y la imaginación popular han transformado esta antigua costumbre en un festejo donde la mayoría de los participantes son niños, que van de casa en casa pidiendo dulces y disfrazados de brujas, duendes, vampiros, fantasmas y monstruos. Frente a las puertas de las casas gritan: "Trick or Treat", con ello tratan de conseguir que le den dulces, de lo contrario ellos harán maldades a la persona que los recibe frente a la casa.
El comercio y la sociedad han aceptado estas costumbres y son ampliamente publicitadas. Hay todo un movimiento social que organiza celebraciones en casas, fiestas en clubes, los establecimientos comerciales adornan con motivos alusivos a prácticas ocultas, y aún los sectores más radicales de la cristiandad guardan silencio ante una práctica que ya no solo es exclusiva de la sociedad norteamericana, sino que ha llegado a Latinoamérica como un producto de importación más de la sofisticada sociedad de consumo norteamericana.
Como ocurre cada año en esta época en los centros comerciales y aún en el comercio ambulante, empiezan a proliferar los disfraces de personajes del más allá. Así también las calabazas, las brujas, los gatos negros con pelo erizado y muchos dulces de procedencia norteamericana con imágenes de espantos entran en escena, esto se mezcla de manera "sincrética" con la aparición de calaveras de dulce y pan de muerto en las panaderías.
A este paso y si seguimos cediendo al impulso del comercio, tendremos 365 días al año de celebraciones, rememoraciones y festividades. Todas tan importantes, que deberemos comprar atuendos y confites acordes a cada una de las ocasiones. (*).

Una de las principales actividades de la festividad consistía en encender hogueras en las montañas y colinas con ritual y significado político.
(*) Fuente: Versión parcial del trabajo realizado por Mariana Virginia Unía para la materia Principales Corrientes del pensamiento Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de Comunicación de la Universidad de Buenos Aires.

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