6 de abril de 2013

Buscando nuestras raíces

Desenterrando nuestras raíces

 
Miguel Ángel de Blas
                                       Catedrático de Prehistoria de la Universidad de Oviedo

A Miguel Ángel de Blas, arqueólogo y catedrático de la Universidad de Oviedo, debemos la mayor parte de lo que se sabe sobre la Prehistoria de Asturias

La Asociación Serondaya, radicada en Cenera, nació como una apuesta personal del escritor Fulgencio Argüelles en otoño de 2005 y ya se ha convertido en la segunda más importante del concejo de Mieres, superando holgadamente los 400 socios. Algo sorprendente si se tiene en cuenta la coyuntura que estamos viviendo, donde la crisis, que no respeta nada, se ceba también con los proyectos culturales.
Uno de sus proyectos más recientes es la entrega de unos premios a la innovación cultural para cuatro categorías: Artes, Letras, Gastronomía, y Ciencias de la Cultura Humana. He tenido el honor de formar parte del jurado que ha concedido este último a la Fundación Belenos, como ya se hizo público por la prensa. Ellos se llevaron el galardón, pero quienes tomamos la decisión también obtuvimos la satisfacción de haber pasado unos buenos momentos en torno a una mesa de trabajo y condumio.
Hoy quiero dedicar esta página a uno de los contertulios de aquella tarde, el arqueólogo y catedrático de la Universidad de Oviedo Miguel Ángel de Blas, al que debemos la mayor parte de lo que se sabe sobre la Prehistoria reciente de Asturias, una disciplina a la que ha dedicado casi toda su vida continuando el camino abierto por su maestro José Manuel González.
Junto al recordado profesor, él empezó a recorrer nuestros montes, ayudando a elaborar los primeros listados de castros y túmulos que, aún hoy, sirven de base a quienes quieren estudiar estas épocas. Cuando aquel falleció en 1977, Miguel Ángel de Blas recogió un testigo que ya no ha abandonado y que le ha convertido en uno de los mayores expertos nacionales en monumentos megalíticos.
En la larga relación de sus excavaciones destacan las que dirigió en las necrópolis de los montes Areo y Deva y las minas de cobre de El Milagro y El Aramo. Hoy vamos a detenernos en este último cordal, que separa los valles de Lena y Quirós, para que ustedes conozcan uno de los frutos de su trabajo: la confirmación de que una alineación de pequeñas estelas de piedra hincadas en la tierra y dispuestas en línea curva que se encuentran en el lugar de Los Fitos fue una obra intencionada de nuestros antepasados de hace 6.000 años, que las colocaron así con una finalidad ritual. Y queremos destacar esta estructura ceremonial porque su existencia es poco frecuente en España.
El profesor pudo identificar y estudiar este lugar en el curso de las campañas que dirigió en los altos de La Cobertoria entre 1980 y 1986, junto a los yacimientos de La Mata´l Casare, el prau Llagüezos y La Collá Cimera, todos situados entre los 1.225 y los 1.330 metros de altitud en una zona que registra bajas temperaturas durante la mayor parte del año y soporta frecuentes nevadas.
En el paraje de Los Fitos se encuentra también otro de estos túmulos, como veremos más abajo, pero vamos a empezar por el monumento más llamativo, que hace volar nuestra imaginación hasta el famoso conjunto inglés de Stonehenge: se trata de un semicírculo formado por pequeñas estelas de arenisca y emplazado sobre un pequeño resalte del terreno que mira al mediodía. Su diámetro es algo menor de 15 metros y las piedras hincadas aunque están ligeramente redondeadas en su extremo superior son irregulares y tienen una altura similar; la mayor, situada en el centro, apenas levanta 80 centímetros sobre el terreno.
Cuando el investigador las vio por primera vez aún estaban en pie 16 y se notaban en el terreno los huecos en los que habían estado situadas otras que se diseminaban por el paraje inmediato. Como suele suceder en la mayor parte de estos yacimientos, los buscadores de tesoros ya lo habían visitado, seguramente en varias ocasiones a lo largo de la historia, aunque la evidencia más reciente la había dejado un ayalguero a mediados del siglo XX abriendo una trinchera exterior a un par de metros de la línea de piedras.
Miguel Ángel de Blas procedió a su excavación en los veranos de 1981 y 1982, encontrando en el centro del semicírculo restos de un fuego antiquísimo y algunos útiles de piedra. Hace pocos años se podría deducir poca cosa de estos restos, pero ahora la arqueología, ayudada por otras ciencias, se ha convertido en una ciencia exacta a la hora de establecer los datos que luego deben interpretarse. De manera que el profesor pudo determinar de donde procedía la madera que se había quemado allí a partir de sus cenizas, encontrando que, junto a otras especies, la mayor parte eran ramas de castaño y de encina, y que esta última seguramente había sido llevada hasta allí desde una cota mucho más baja de la montaña.
En cuanto a los restos materiales, se trata de pequeños fragmentos -lascas- de cuarcita, silex, cuarzo blanco y cristal de roca, como los que aparecen en otros yacimientos megalíticos similares y que estarían destinados a preparar para el curtido las pieles que vestían y con las que también formaban sus cabañas. De nuevo volvemos a sorprendernos al leer que ya es posible determinar con exactitud el lugar del que salieron algunas de esas piedras, que se obtuvieron, al menos en un caso, nada menos que en la depresión del río Piloña, a 50 kilómetros en línea recta de las alturas del Aramo, lo que prueba como se desplazaban los grupos que levantaron este monumento.
En cuanto al túmulo, ya les he contado en otras ocasiones que estas estructuras se empleaban como enterramientos y que están formados por una acumulación de tierra o piedras en cuyo centro se colocaba una pequeña cámara formada por lajas de piedra hincadas cubiertas por otra mayor para formar una especie de caja donde se depositaba el cadáver, casi siempre acompañado por un pequeño ajuar que debía acompañarlo al otro mundo.
Este tipo de monumentos sí son relativamente frecuentes en lo alto de nuestros cordales y en el momento actual debemos al profesor de Blas la mayor parte de los estudios que se han realizado sobre ellos en Asturias. El de Los Fitos se colocó 2.000 años más tarde que el semicírculo de piedras hincadas, sobre un espolón rocoso en la ladera desde donde se domina una amplísima panorámica sobre los montes de los alrededores.
Tiene forma de elipse irregular, de 10 por 8 metros y está formado por lajas pétreas que se fueron colocando cuidadosamente desde el centro hacia el exterior a la manera de escamas, con una pequeña prolongación de 1,50 metros que tal vez fuese una entrada ritual al monumento, ya que si se traza una línea imaginaria desde ella, iremos a enlazar con el semicírculo de piedras que hemos visto antes, lo que abre la posibilidad de que se hubiese hecho ex profeso para vincular el túmulo con el antiguo complejo que convertía en sagrado al lugar. Miguel Ángel de Blas señala también la originalidad de dos alineamientos de bloques en curva que enmarcan un lado de la cámara, sin que tengan ninguna finalidad arquitectónica, lo que hace suponer que también obedecían a un simbolismo que se nos escapa.
Por aquí pasaron de nuevo los saqueadores y en fecha tan cercana como los años 70, uno de ellos encontró un hacha de bronce y un fragmento de piedra de lo que se conoce como «brazal de arquero», que afortunadamente pudo recuperar el arqueólogo gracias a la generosidad de don Isaac Antolín, que conservaba las piezas en el cercano palacio de Llanuces.
Los brazales son pequeñas piezas alargadas con dos orificios en sus extremos, por ellos pasaba una tira de cuero para que se pudiesen colocar en la muñeca y así amortiguar el impacto de la cuerda cuando se disparaba una flecha. Son raros en la Cornisa Cantábrica y el de Los Fitos es único en Asturias; parece que se fabricó específicamente para formar parte del rito funeral de un personaje señalado y nunca se pensó en usarlo de otra manera; luego la suerte quiso que en la excavación de 1982 se localizase en el túmulo el pedazo que le faltaba y así pudo reconstruirse por completo.
A poca distancia, en la Mata´l Casare, Miguel Ángel de Blas halló también un extraordinario anillo de oro en otra tumba protohistórica, lo que señala la categoría de quienes fueron sepultados en esta zona de alta montaña y la importancia que llegó a alcanzar a pesar de su mala climatología.
Ahora queda plantearse por qué se construyeron estos monumentos. Parece aceptado que se trata de estructuras sagradas relacionadas con la muerte, algo que en el caso del túmulo es indudable, aunque en el caso de La Cobertoria la elección del lugar también se relaciona con el carácter simbólico del propio terreno y el control territorial de quienes lo levantaron, unas gentes que desde la segunda mitad del tercer milenio antes de Cristo estaban explotando las minas de cobre que abrieron en el mismo cordal, apenas a una hora de marcha de los enterramientos... pero esta historia la dejamos para otro día.
 Miguel Ángel de Blas sale de la mina de cobre del Aramo tras realizar una de sus investigaciones.

BIOGRAFIA:  ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR

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