18 de febrero de 2013

Rosario de Acuña y Villanueva.

Hipatia en el recuerdo

En mayo de 1923 fallecía en su casa de El Cervigón Rosario de Acuña y Villanueva.






El día 5 de mayo del año 1923 fallecía en su casa de El Cervigón Rosario de Acuña y Villanueva. Una traicionera embolia cerebral acabó de manera inesperada con la vida de quien, renunciando a los privilegios que su distinguido origen le tenía reservados, prefirió caminar con valeroso entusiasmo por la intrincada senda de la «verdad y la libertad», por más que tal decisión le acarreara todo tipo de penalidades.
Nacida el primero de noviembre de 1850 en el seno de una distinguida familia que hundía sus orígenes en las raíces de los Grandes de España, sus primeras décadas de vida debieron semejarse bastante a las de aquellas jovencitas de la burguesía madrileña que la novela realista tan bien nos ha retratado: una vida cómoda salpicada por fiestas, teatro, viajes, modas... y ¡poesía!, para la que la señorita de Acuña parece estar especialmente capacitada, a tenor de los parabienes que reciben algunas de sus obras.
En 1876 su vida parece felizmente encarrilada: en febrero alcanza un clamoroso éxito con el estreno de «Rienzi el tribuno», su primera obra dramática; y en abril se casa con el capitán de Infantería Rafael de Laiglesia y Auset, con quien a finales de junio se traslada a Zaragoza, donde el matrimonio fijará su nueva residencia. Sin embargo, unos años después Rosario se separa de su marido, se declara librepensadora, ingresa en la masonería y se convierte en una escritora militante. A partir entonces su pluma se convierte en arma demoledora al servicio de la libertad de pensamiento, el racionalismo, la educación laica, el republicanismo o la defensa de los más desfavorecidos. Sus numerosos artículos, publicados en diversos periódicos y revistas, tanto del país como del extranjero, dan cumplido testimonio de su lucha, larga y penosa lucha, contra el fanatismo, el fundamentalismo religioso y la postergación social a la que está sometida la mujer.
El cambio de rumbo en la vida de Rosario de Acuña se produjo a mediados de la década de los ochenta, cuando su vida mediaba la treintena. Fue entonces cuando ingresó en la logia Constante Alona de Alicante y cuando, puesta a buscar un nombre simbólico, dio con Hipatia, filósofa griega que, tras algún tiempo explicando a Platón y a Aristóteles en la escuela que abrió en Alejandría, murió lapidada en los albores del siglo V por las huestes del fanatismo hábilmente incitadas por algunos de los monjes del lugar. Todo un símbolo al que nuestra escritora convierte en protagonista de la obra que con el escueto título de «Hipatia» publica en 1886. Dada la importancia de la misma y comoquiera que desde entonces no ha vuelto a ser reeditada , me parece interesante recuperar en fecha tan señalada un fragmento de la misma:
«Y sonó en el reloj de los tiempos tu último minuto; a tu alrededor se revolvía la muchedumbre embriagada por las sugestiones de Cirilo, el primero, sino el mayor de tus enemigos; el pueblo había olfateado la sangre, ¡sangre de joven y de sabio! ¡para qué necesitaba más! Por si acaso desmayabas allí estarían los vicarios de Roma, los primeros frailes católicos, el trono de aquella raza de inquisidores que se abotargaban con el calor de la carne humana churruscada en el quemadero; allí estaban, empuñando la cruz por arena, para excitar el irresponsable vulgo: un grito, cualquiera, el de "¡hereje!" "¡ramera!" o "¡bruja!" ¿qué más da? el grito que tienen siempre en los labios los herejes, las rameras y las brujas surgió de entre las masas y encendió el reguero de ideas de muerte en aquellos pensamientos entenebrecidos; los corceles de tu carro, con la nobleza instintiva, pero grande, que imprime la naturaleza, se encabritaron entre sus arreos; con las crines erizadas y el fuego del espanto escapándose de su boca hicieron la protesta al desafuero, pero cien jarras cayendo sobre sus cervices humillaron su impulso generoso e independiente: una mano osada te retorció la muñeca en que liabas las riendas; lo demás todo fue hecho como hacen las fieras sus festines, a zarpazos. ¡Aquella belleza escultural de tu hermoso cuerpo no te sirvió de nada! Si hubieras sido meretriz impura, vendedora de tu carne al mejor postor, entonces, acaso al hallarte desnuda habrían sentido un instinto de lástima tus impíos verdugos; pero no lo eras; no podía realizarse en ti el juicio de Iriné; no eras la hembra que, bien sea gran señora o hija del pueblo, necesita de la multiplicidad del varón para descansar reposada; no eras la cortesana reconocida por el Estado ni la cortesana defendida por un esposo bonachón, la que alternativamente ocupa su lecho entre varios, sin más intervalo que el necesario para tomar el precio de su venta, la una en oro o planta constante, la otra en joyas, suntuosidades, títulos de congregaciones benéficas o blasones por añadidura de su nombre? tú eras la mujer que llora viuda por la muerte o abandono comprobado de su compañero y deja que, al secarse lentamente las lágrimas de sus ojos y el recuerdo de su corazón, renazcan sus sentimientos a la vida; ¡a la vida, a la cual tiene derecho como criatura que es! y torna al amor de su igual sin que nunca se oculte ni mienta; entregándose con el alma, la voluntad, la conciencia, la fe, el entusiasmo; sin que ni en el pensamiento ni en la palabra, ni en la obra, engañe, venda o envilezca.
»Tú sentías; tú pensabas; tú eras algo más que carne y vanidad y por esto al mirarte desnuda no compadeció nadie aquel tu hermosísimo cuerpo. Te arrancaron la última túnica que defendía tu pudor, y fuiste arrastrada a una iglesia cercana; era el templo de los católicos; en aquel recinto se hallaba una divinidad impuesta por el pontificado; allí se adoraba bajo una de las infinitas formas del paganismo, conservado por la naciente secta, el llamado Dios de las misericordias; allí se reunían sus adeptos para escuchar lo que decían, era la base de su doctrina: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (hasta el presente no se sabe que Dios dijese que prójimo era sólo el católico).

»A aquel santo, misericordioso y fraternal lugar fue elevada Hipatia; sus desgarradas carnes, cruelmente arrastradas por los sayones de Cirilo dejaron ancho reguero de humeante sangre sobre las losas del templo y mientras la lámpara chisporroteaba delante del ara, y mientras el Cristo, irrisoriamente colocado allí por los descendientes de los que le crucificaron, extendía sus brazos en actitud de infinita piedad, uno de aquellos monstruosos felinos, cuyas uñas se hallaban enrojecidas por los despojos de la mártir, levantando la maza sobre su inteligente cabeza hizo saltar en pedazos aquel cráneo en el que la naturaleza había acumulado las maravillas de su poder organizándolo para emitir el divino fulgor de la sabiduría.
»Ya estaba Hipatia muerta; ya nada podía brotar de aquel tronco informe que, esperando su turno en el recinto de las transformaciones, llevaría miles de átomos al remolino eterno e inextinguible de la vida, para hacerlos palpitar, con igual potencia, en el mar, en la roca, en el árbol, en la nube, en la nebulosa; ya nada podían temer aquellos hombres de aquel cadáver que empezaría pronto a circular en la corriente de lo inorgánico y, sin embargo, sus instintos de fiera no estaban satisfechos: una cosa inexplicable les anunciaba que en Hipatia había algo que no moriría, algo de eterno, de inextinguible, de impalpable, de superior a ellos y a los mismo restos que estrujaban entre sus manos, y aguijoneados por esto, que pudiéramos llamar presciencia de la inmortalidad del genio, pretendiendo ¡ilusos! engañarse a sí mismos, imaginaron que cuanto más deshecho quedase el cuerpo, más difícil sería subsistir al alma? ¡el alma! ¡la inteligencia, el verbo latiendo sin cesar, sin cesar renovado en las purísimas fuentes de la verdad! El alma de Hipatia, como el alma de todos los héroes, de todos los sabios y de todos los justos queda unida a la Humanidad, oráculo eterno de la Omnipotencia de Dios, que nos lleva por los espacios infinitos en una inacabable ascensión progresiva. Ella, cuando ya no haya historia, cuando ya no haya resto de nada de lo que fue sobre la Tierra, seguirá subsistiendo, porque en la lucha por la vida hizo prevalecer el espíritu de la verdad, sufriendo los mayores dolores para defenderla, y al participar de ella consagrándola con su martirio, se hizo como ella, eterna en las leyes universales? La rabia con que sus verdugos la descuartizaron indicaba lo seguro de su gloria, lo cierto de su inmortalidad: todo les parecía poco; cuando ya no quedaron de los desmenuzados miembros más que leves partículas; cuando sus huesos blanqueaban, raídos con verdadera ferocidad por los servidores de Cirilo, encendieron la consumidora hoguera, y allí, en las llamas ardientes, avivadas con todos los rencores de que es capaz el hombre cuando se empeña en imitar a la tierra, se tornaron cenizas los inanimados restos del último filósofo de Alejandría.
»Con ella pereció la ciencia, y desde entonces sonó la hora de la decadencia para la filosofía griega que en aquellos tiempos representaba la lucha por la libertad de pensamiento: éste se encontró aherrojado por los corifeos de Roma, que, al destrozar a Hipatia, había derruido el último y más firme campeón de la autonomía de conciencia; ya no, no se debía pensar de otro modo que el impuesto por la autoridad eclesiástica: la verdad no era patrimonio del hombre, sino de unos cuantos hombres, y, fuera de lo que ellos dijeran, nada era cierto, nada era seguro, ni posible, ni siquiera probable. A contar desde entonces todas las obras de las bibliotecas alejandrinas, caudal inmenso del saber, tesoro inapreciable para el mejoramiento de la especie humana fueron dispersadas, con un resto del encarnizamiento sentido hacia Hipatia, y el crimen de los siglos quedó consumado. Una casta cruel y despótica, apoyándose en todas las pasiones bastardas; dominando con el terror al ignorante pueblo; comprando con el oro a los magnates; tranquilizando con indulgencia a los malvados; encubridora de todo cuanto la producía beneficios, y valiéndose de los seres enfermos como reclamos para la santidad y beatitud de sus fines, comenzó su tiranía reinando sobre una parte de Europa, retardando todo progreso, infeccionando toda verdad, oscureciendo toda dicha y reclutando en sus filas como grueso ejército, a las almas abyectas que, habiendo perdido la esperanza de redimirse en la tierra, se acogen a sus banderas creyendo que así les será más fácil redimirse en el cielo. El catolicismo clavó su puñal en el corazón de Alejandría, y el mundo antiguo, al derruirse con la pesadumbre de su fanatismo, dejó tras de sí, como el postrer destello de sus magníficos esplendores, el nombre excelso de Hipatia».
FUENTE:  MACRINO FERNÁNDEZ RIERA 
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http://mujerdelmediterraneo.blogspot.com.es

Rosario de Acuña y Villanueva (Madrid, 1 de noviembre de 1850 - Gijón, Asturias, 5 de mayo de 1923) fue una escritora y publicista española.

Rosario de Acuña es una escritora en cuyos trabajos se advierte un militante y vanguardista pensamiento feminista, sorprendente dada la época y, por tanto, polémico, que, junto con sus convicciones republicanas y su apasionada defensa de la libertad y el humanismo, le iban a ocasionar graves contratiempos a lo largo de su vida.
Nacida en el seno de una familia acomodada, Rosario de Acuña, hija de Felipe de Acuña y Solís y de Dolores Villanueva y Elices, recibe una educación amplia, muy cuidada y esmerada, siendo la suya una formación familiar y autodidacta, tutelada por su padre.
Muy pronto se despierta en ella la vocación literaria y empieza a escribir versos. Su primera colaboración aparece en 1874, en una revista popular y de gran difusión, La Ilustración Española y Americana. En febrero de 1876 se estrena en el Teatro del Circo de Madrid su primera obra de teatro, Rienzi el tribuno, que obtiene un éxito clamoroso y la da a conocer al gran público. Esta pieza, que era una llamada a la libertad en un momento poco propicio para ello, llama mucho la atención y merece el interés de la prensa de la época y el elogio de críticos tan acerados como Clarín.
Rosario de Acuña decide vivir en Pinto (Madrid) donde construye una casa "Villa-Nueva". Dos meses después de su brillante estreno teatral, contrae matrimonio con un joven de la clase media-alta madrileña, el teniente de Infantería Rafael de Laiglesia y Auset. Antes de terminar el año el matrimonio se instala en Zaragoza, ciudad a la que es destinado el militar. La relación no le proporciona la felicidad deseada, por la infidelidad del marido, por lo que se refugia en la escritura, estrenando otros dos dramas, Tribunales de Venganza y Amor a la Patria, a los que sigue una obra de gran belleza, La Siesta (1882). A partir de 1884 la separación del matrimonio es un hecho. Además, en 1901 enviudará.
Que Rosario de Acuña fue una mujer adelantada a su época lo demuestra su intervención en el Ateneo de Madrid, cuyas tribunas nunca habían estado abiertas a las féminas. En la primavera de 1884 protagoniza una velada poética que también fue controvertida.
Por entonces ya es una escritora muy conocida, con abundante obra publicada (prosa, teatro, lírica) y asiduas colaboraciones en los principales diarios ( El Imparcial, El Liberal... y revistas españolas ( Revista Contemporánea, España...).
También hay un progresivo acercamiento suyo a los sectores sociales y culturales que apoyan los republicanos y más afines al libre pensamiento que, en aquel tiempo, defendía la separación de la Iglesia y el Estado.
La polémica que rodea a Rosario de Acuña la alimenta ahora (1886) su iniciación en una logia de adopción masónica, la Constante Alona de Alicante, con el nombre simbólico de Hipatia, que nunca abandonará pues en la firma de escritos suyos va a aparecer solo o junto a su verdadero nombre. Entre 1886 y 1890 su vida es muy agitada: viaja, conoce gente, propaga los ideales de la masonería, se prodiga en recitales y discursos por Galicia, Asturias, Andalucía, el Levante...
En 1891 estrena en el teatro madrileño de La Alhambra otro de sus grandes dramas, «El padre Juan», pieza en tres actos que la convierte en una mujer de teatro tal como se entiende en la actualidad, pues se encarga de la producción, los escenarios y el vestuario, alquila el teatro, dirige la obra, y es la autora del texto y de la puesta en escena. Se trata de un obra anticlerical que, aunque levanta ampollas en la sociedad conservadora, obtiene un rotundo éxito de público. Pero a pesar de haber superado la censura previa y contar con el permiso pertinente, el gobernador de Madrid la prohíbe. La suspensión casi la lleva a la ruina.
Este duro revés le reafirma en su defensa de la emancipación de la mujer y le lleva a viajar por Europa. Al regresar deja Madrid y, en compañía de Carlos Lamo Jiménez —un joven que había conocido en Madrid en 1886 y que nunca la abandonará— y la hermana de éste, Regina, va a vivir a Cueto (Cantabria), donde hace realidad uno de sus sueños: montar una granja avícola. Rosario de Acuña, profunda conocedora del campo y de la naturaleza, llega a convertirse en una experta en avicultura, hasta el punto de acudir a la primera Exposición de Avicultura celebrada en Madrid en 1902 con una colección de artículos publicados en el diario El Cantábrico de Santander y lograr una medalla por su labor de difusión de la industria avícola.
En 1909 comienza la construcción de su solitaria y humilde casa en La Providencia (Gijón), sobre un acantilado, donde vivirá hasta su fallecimiento, después de que los dueños de la finca en que había montado la granja, sometidos sin duda a presiones, le rescindieran el contrato. En la decisión de fijar su residencia en la villa de Jovellanos son decisivos los ruegos en tal sentido de los directivos del Ateneo-Casino Obrero de Gijón.
En 1911 se traslada a vivir a su nueva casa. Pero la polémica vuelve a llamar a su puerta. Esta vez viene de la mano de «La jarca de la Universidad»un artículo que le envía a Luis Bonafoux, editor del periódico francés El Internacional de París, en el que muestra su indignación y utiliza la ironía para criticar los insultos de un grupo de estudiantes a universitarias extranjeras en Madrid, artículo que, reproducido también en El Progreso de Barcelona, causa un gran escándalo y motiva, incluso, una huelga de estudiantes que tiene un masivo seguimiento. Tal y como se ponen las cosas y ante la perspectiva de ir a la cárcel, Rosario de Acuña opta por huir a Portugal. Dos años después, en 1913, regresa del exilio con el gobierno liberal del conde de Romanones. A su vuelta a Gijón se convierte en un icono.
Fallece en su casa de La Providencia el 5 de mayo de 1923, siendo enterrada en el cementerio civil de Gijón. La manifestación de duelo fue extraordinaria.
Lo que algunas personas dijeron de ella:
Ella ha abordado todos los géneros de la literatura, la tragedia, el drama histórico, la poesía lírica, el cuento, la novela corta, el episodio, la biografía, el pequeño poema, el artículo filosófico, político y social, y la propaganda revolucionaria.
Benito Pérez Galdós
Dichosa usted, señora, que puede brillar entre los hombres por su talento, y entre las mujeres buenas por su bondad. Natural es, por consiguiente, que merecer el afecto de usted, alegre y envanezca a su respetuoso y apasionado amigo y servidor
Manuel Tamayo y Bauss
Articulo que casi la lleva a la carcel y la obligo a huir  a Portugal :http://www.telecable.es/personales/mfrie1/obras/articulos/jarca.htm

Obras
«Un ramo de violetas» (1873)
«En las orillas del mar» (1874)
«La vuelta de una golondrina» (1875)
«Rienzi el tribuno» (1876)
«Ecos del alma. Poesías» (1876)
«Amor a la patria» (1877)
«Morirse a tiempo. Ensayo de un pequeño poema imitación de Campoamor» (1879)
«Tribunales de venganza» (1880)
«Tiempo perdido» (1881)
«Influencia de la vida del campo en la familia» (1882)
«El lujo en los pueblos rurales» (1882)
«La siesta» (1882)
«Sentir y pensar» (1884)
«Un certamen de insectos» (1888)
«La casa de muñecas» (1888)
«El crimen de la calle de Fuencarral» (1888)
«Discurso leído en el Ateneo-Casino Obrero de Gijón la noche del 15 de septiembre de 1888
«Discurso pronunciado en el Acto de la Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso» (1889)
«El padre Juan» (1891)
«La voz de la patria» (1893)
«La higiene en la familia obrera» (1902)
«Avicultura» (1902)
«El ateísmo en las escuelas neutras» (1911)
«Cosas mías» (1917)
Algunas obras más...
http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-rosario-acuna/83528
http://centros5.pntic.mec.es/rosariod/
http://www.asturmason.es/v1/index.php?option=content&pcontent=1&task=view&id=22&Itemid=57
http://www.escritoras.com/escritoras/escritora.php?i=2
http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-rosario-acuna/835285/
http://es.wikipedia.org/wiki/Rosario_de_Acu%C3%B1a

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