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3 de enero de 2016

Claudio López Brú, semblanza histórica del Marqués de Comillas (II)

Claudio López Brú (1853-1925), desde 1883 segundo Marqués de Comillas
Claudio López, segundo marqués de Comillas.
El Marqués de Comillas y Jacinto Verdaguer (Continua)
Ejercía también Jacinto Verdaguer de limosnero de Claudio López Brú, pero la cosa terminó mal cuando, confundido el poeta, permitió que el presbítero pusiese piso a una admiradora, a cuenta de la generosidad del Marqués de Comillas... 

Jacinto Verdaguer y Santaló (Folgarolas, 17 de mayo de 1845-Vallvidrera, 10 de junio de 1902) fue un poeta y sacerdote español que escribió su obra en lengua catalana, en cuya literatura influyó especialmente el obispo Torras y Bages que lo calificó de «Príncipe de los poetas catalanes». También se lo conoce como «Mossèn Cinto Verdaguer» por su condición de clérigo. Antoni Esplugas i Puig (1852-1929) - (1902). "Mosén Jacinto Verdaguer". Álbum Salón: 157. (...). Saber más... WIKIPEDIA.

Filosofia.org
Así lo cuenta la nada sospechosa enciclopedia Espasa:
«Mosén Cinto tuvo su tragedia, como otros tantos grandes hombres. Según antes se indica, entró en casa Comillas a ruegos de Claudio López y Brú, gran admirador del talento y de las bondades de Verdaguer. Entró de capellán para aplicar diariamente la Santa Misa en sufragio del primogénito López, fallecido prematuramente, pero no entró en calidad de subalterno, con vistas a desempeñar un cargo retribuido, sino que la familia López trató con los honores debidos al gran poeta y al famoso sacerdote, aceptándolo como a un familiar querido y, como tal, a su mesa le sentó siempre. Por su parte, mosén Cinto correspondió a esas pruebas de afecto. En dicha noble casa vio llover sobre sí toda suerte de honores. En un principio, Claudio, que poseía en alto grado el don de caridad, socorría personalmente a unas cuantas familias necesitadas; andando el tiempo, no pudo hacerlo y confió esa misión a mosén Cinto, quien, llevado también de su compasión y de su caridad, vio crecer el número de candidatos a las limosnas de casa Comillas, pero el marqués le autorizó para socorrer cuantas necesidades se ofreciesen, y, en su virtud, Verdaguer se vio asediado a peticiones en el propio palacio, en la calle y en el confesonario. Para el bondadoso poeta, toda lágrima debía enjugarse; pero, con su magnanimidad de corazón, no llegaba a discernir las que eran producidas por la miseria de las que producía la ficción, de manera que, de las cantidades que se repartían, unas servían para endulzar penas y sufrimientos y otras para fomentar corruptelas y disipación en gente maleante. Su corazón compasivo le impelió a dar sin reserva; cada día solicitaba mayores cantidades del marqués, que éste nunca encontró excesivas; pero temiendo abusar de tamaña generosidad, repartió limosnas de casa Comillas y repartió sus propios ahorros, y, cuando éstos se acabaron, acudió al préstamo y contrajo deudas y más deudas, siempre impulsado por el deseo de hacer bien, siempre víctima de descaradas audacias, hasta el extremo que torturaron su vida y priváronle indudablemente de producir nuevas obras literarias. En vista de ello, puestos de acuerdo el obispo Morgades, superior de mosén Cinto, y el marqués de Comillas, propusiéronle que se alejase de tanto agobio y, dejando para otro el reparto de limosnas, fuese él a vivir una vida más en consonancia con su misión de poeta. Así lo aceptó, yendo a instalarse en La Gleva (26 de Mayo de 1893), un santuario de la Virgen, de admirable situación, cerca de Vich. Pero había de ocurrir que, quitada de en medio la mano dadivosa, se perjudicaran intereses creados, y éstos pusieran el grito en el cielo, haciendo correr la especie de que mosén Cinto fue echado de casa Comillas y desterrado a La Gleva. No había tal; el poeta cantaba desde aquel santuario como en sus buenos tiempos, díganlo los libros y poesías que desde allí compuso, y díganlo, sobre todo, su ejemplar vida sacerdotal, dedicada a endulzar tristezas, prodigar consuelos, repartir limosnas y demás obras caritativas de que nos da cuenta Pedro Roca y Redorta, custodio que fue de La Gleva durante la permanencia de mosén Cinto en el santuario. Lo que hay es que, quien más perjudicado se vio con el alejamiento del limosnero de casa Comillas, no paró hasta dar con él en La Gleva, imbuyéndole la idea del destierro y de la persecución y deslizando a su oído tan malsanas ideas, que lograron destruir la felicidad de mosén Cinto, quien acabó por huir de La Gleva y de su obispo, el cual le requirió en vano oficial y oficiosamente, apelando a medios que han dado lugar a hablarse de persecuciones. Empeoró la cosa la publicación de unas cartas del poeta en defensa propia, dando cuenta de su triste vida, escritos que causaron sensación, sí bien el público, lamentando tamaños infortunios no pudo hacer nada por aliviárselos, porque una cosa contaba el poeta y otra veía la opinión imparcial. Ramón Turró, ferviente defensor de mosén Cinto, dice, refiriéndose al marqués de Comillas, «que su Mecenas fue siempre para él un hombre noble y que así hay que proclamarlo y reconocerlo». Cuando el poeta salió de Barcelona, se sabía que el marqués estaba dispuesto a pagar todas sus deudas, a condición de que se dejase guiar y que rehuyera las compañías que le explotaban; y siendo así, entre la gente sensata acabó de descartársele de toda participación en las penas del poeta, máxime cuando el mismo Verdaguer publicó en sus escritos esta carta: «Mi muy querido mosén: En cuanto que examine usted su conciencia acerca de si ha distribuido o no bien mis limosnas, se lo prohibo, si puedo prohibírselo; y en cuanto a que usted en casa no haya hecho nada bueno, sólo le diré que nunca podremos pagarle el bien que nos ha dado y todo el cariño que le debemos. Es usted muy dueño de no creerlo así por su modestia, pero es así, y así lo creo yo. C. López Brú.» ¿Qué barrera infranqueable se oponía a la inteligencia entre Morgades, Comillas y Verdaguer? Nos lo dirá el doctor Turró. Habla de la bondad, candidez y sencillo corazón de mosén Cinto, y exclama: «Sugestionable como era, su cerebro era como de blanda cera; el dedo impreso, allí se quedaba. En estos asuntos doña Deseada era maestra; nadie como ella intuía lo que mejor podía moverle en determinado sentido.» Esta señora, una de las favorecidas con las limosnas de casa Comillas, se trasladó desde su modesta habitación a un confortable piso en la calle de Puertaferrisa, y más tarde en la de Aragón. En aquélla fue a vivir mosén Cinto y allí se hallaba cuando se le prohibió celebrar Misa (23 de julio de 1895) fundándose en la desobediencia a su Prelado, si bien, según dice el reverendo Roca, «en manera alguna ha de considerarse esto como una nota fea para mosén Cinto, atendido a que, si desobedecía, no era directamente para contrariar al Prelado, sino para defender su derecho natural evitando la persecución y la reclusión en un manicomio. Era porque estaba sugestionado, de tal manera, que creía que de este modo cumplía un deber de conciencia...» Porque esto fue así y no de otro modo; porque las obras que compuso mosén Cinto hasta serenarse su tribulación (Flors del Calvari, Roser de tot l'any) en nada desdicen del fervor místico de sus anteriores, si bien manan sangre en algunas de sus composiciones; por ello y nada más que por ello le fueron devueltas por el obispo Morgades las licencias de celebrar, el 5 de Febrero de 1898. El obispo de Barcelona, doctor Catalá, le confirió un beneficio en Nuestra Señora de Belén, y a haberse desasido de aquella familia, que él tomó por una segunda familia, porque decía que le amparó en momentos angustiosos, pero en quien veía todo el mundo a la única causante de sus desdichas, mosén Cinto, para sus propias necesidades, se hubiera enseñoreado nuevamente de la situación, porque el pueblo catalán adoraba en él y, al propio tiempo, lamentaba la excesiva carga que ya pesaba sobre sus espaldas, a la cual debía añadirse el peso de las deudas que antes contrajera, aumentadas durante dicha época con los exorbitantes gastos a que por ellas se vio sujeto. Desde 1896, en que apareció el primer número de la revista quincenal L'Atlántida, data una nueva era de producción verdagueriana. El 17 de Agosto de aquel año presidió un certamen literario, organizado por el Ateneo Graciense, en cuya fiesta leyó Lo lliri de l'Escut de Gracia. Publicó Flors del Calvari y Santa Eularia. Dirigió las revistas La Creu del Montseny y Lo Pensament Catalá; presidió otros certámenes en Lérida, La Bisbal, Berga y Sarriá, recibiendo en todos esos puntos pruebas inequívocas del gran afecto que se le guardaba, hasta que, avanzado el mes de Marzo de 1902, mosén Cinto, que, a pesar de su estado de debilidad, se obstinaba en practicar los ayunos cuaresmales, vio agotarse sus fuerzas y acentuarse la enfermedad que hacía años llevaba latente en sus pulmones, precipitando con ello su desenlace. El 17 de Mayo era trasladado a Villa Joana, una posesión situada en Vallvidriera, y a las cinco de la tarde del 10 de junio de 1902 moría santamente el gran místico, después de pronunciar las palabras: Jesús, Jesús, ampareume! (Jesús, Jesús, amparadme!). Cataluña vibró de dolor ante la pérdida de su poeta.» (EUI 67:1419-1420.)
El revolucionario ruso León Trotsky
¿El Marqués de Comillas y Trotski?
León Trotski (1879-1940) vino a España en 1916, expulsado de Francia por germanófilo. En 1929 la Editorial España, de Madrid, publicó en traducción directa del ruso por Andrés Nin, su libro Mis peripecias en España. Con un prólogo especial del autor para la edición española y un esbozo-semblanza sobre Trotski por Julio Alvarez del Vayo. El «Prólogo a la edición española» lo firma Trotski en su destierro de Constantinopla en julio de 1929: «No viví en España como investigador u observador, ni siquiera como un turista en libertad. Entré en este país como expulsado de Francia y residí en él como detenido en Madrid y como vigilado en Cádiz, en espera de una nueva expulsión. (...) Pero si este librito puede despertar el interés del lector español e inducirle a penetrar en la psicología de un revolucionario ruso, no lamentaré el trabajo que ha hecho mi amigo Nin para traducir estas páginas escuetas y sin pretensiones.» En principio no hay por qué dudar del siguiente relato, aunque los desajustes que contiene (¿de Rusia?, ¿a Méjico?) obligan a mantener ciertas reservas:
«Estos días, con motivo del centenario del nacimiento y traslado de los restos mortales del marqués de Comillas al Seminario, he leído a través de la prensa y revistas rasgos y anécdotas de su vida, siempre grandiosos: desde sostener en Barcelona a 300 familias hasta el intento de compra de la ciudad de Roma para el Papa. Hay escritas del marqués de Comillas varias biografías y entre ellas una muy completa y emocional del Rdo. P. Regatillo. Ahora, que tanto se habla y se escribe sobre Rusia y el comunismo, es una pena, que se silencie en ellas, de cómo consiguió el Marqués, que el agitador internacional Trotsky saliera de España, cuando su presencia aquí era gran amenaza y gran peligro, que el Gobierno no advertía, o, si lo advertía, no acertaba a conjurarlo. Trotsky llegó a España fugitivo de Rusia, y trató de poner aquí en pie la revolución. Le habían dicho que esto podía ser fácil. Y él comenzó sus trabajos, confiado en que habrían de obtener el resultado que buscaba. Los manejos llegan a oídos de Comillas, que envía inmediatamente a un emisario para que conozca en cuánto cifra Trotsky un compromiso de abandonar urgentemente el suelo español. «Quiero 5.000 pesetas y un pasaje para Méjico», responde el agitador ruso. Comillas accede inmediatamente a la modesta petición de quien tan encendidos planes revolucionarios traía a España. Trotsky coge su dinero y su pasaje y sale para Méjico. En España nadie, más que el emisario del marqués, se entera de que ha sido Comillas quien ha librado al Gobierno de la amenaza de tal indeseable.» (Carta de José Echeandia, desde Navárniz, el 29 abril 1953, en Unión Fraternal, Comillas, mayo 1953, año XLIV, nº 173, páginas 234-236.)
E Rey Alfonso XIII en 1916.
Fabulosa y supuesta bilocación del Marqués de Comillas en 1917
«Su Majestad el Rey D. Alfonso XIII (Q. S. G. H.), contó después de una comida de familia en el Grand Hotel (Roma) en la primavera del año 1940 el siguiente episodio: En una de las más graves crisis se encontraba el Rey desanimado, y echando de menos a Comillas que se encontraba en Barcelona, exclamó: "Esta vez no vendrá ni Comillas, por estar fuera de Madrid." En aquel momento se le anunció la visita del Marqués. Como siempre, se le ofreció incondicionalmente y se permitió darle algunos consejos. Al cabo de un rato de despedirse el Marqués, necesitó su Majestad de su colaboración y le hizo llamar. Contestaron de su casa que el Marqués estaba en Barcelona desde hacía una semana... Hizo entonces el Rey telefonear a Barcelona y pudo hablar personalmente con él, recibiendo, como siempre frases de adhesión, y lamentando no haber podido acudir personalmente a Palacio como en otras ocasiones similares... El Rey terminó diciendo que aunque hoy día hay gente que trata de explicar estos fenómenos, él lo atribuía a milagro. El precedente relato le oyeron de labios del mismo Rey, además de otras personas, su hijo D. Juan y el Secretario particular de éste, D. Ramón Padilla, que lo atestiguan; el cual en carta al P. Regatillo añade que la crisis política en que acaeció este caso de bilocación debió ser la de 1917, cuando D. Antonio Maura tuvo que formar el famoso Gobierno Nacional.» (Eduardo F. Regatillo, S. J., Un marqués modelo. El siervo de Dios Claudio López Bru, segundo Marqués de Comillas, Sal Terrae, Santander 1950, páginas 226-227.)
Fallecimiento, causa de beatificación y Centenario
«¡Era un santo! ¡Vivió como un santo! Y santa y dulcemente como había vivido, entregó en Madrid su alma a Dios el 18 de abril de 1925, a los setenta y dos años de edad, el excelentísimo señor don Claudio López Brú, segundo marqués de Comillas. La imagen del Crucifijo fue lo último que contemplaron sus ojos al velarse; la voz de su esposa, verdadera mujer fuerte que le ayudaba a bien morir con fortaleza y magnanimidad admirables, el último sonido que escuchó. Su vida se extinguía, como se apagan los últimos rayos del sol poniente. Con él desaparecía un glorioso adalid de la Iglesia militante en nuestra Patria. Con él se iba toda una época, toda una tradición de catolicismo práctico. España perdía en él a uno de sus hijos más preclaros; la Iglesia, uno de sus más ilustres defensores. (...) Delante de su cadáver acudieron a llorar cuanto de grande había en la Corte: los Reyes, el Gobierno, los Prelados, los políticos, la nobleza. Todos, a una, asentían a la frase del Monarca a la viuda: «Tú has perdido un esposo modelo; nosotros y España hemos perdido más que tú.» Sí; el Rey de España, la Monarquía y la Iglesia perdieron al mejor de sus servidores. Ninguna otra muerte hubiera arrancado lágrimas tan sinceras de tantos ojos y de tantos corazones. El financiero, el naviero, el industrial, el hombre de negocios podían ser reemplazados. El gran patriota, el monárquico ferviente, el hombre generoso, dispuesto en todo instante al sacrificio, ése, no. (...) En una sencilla caja de caoba con aplicaciones artísticas de metal, pasaron sus restos, amortajados con una humilde sotana de jesuita, por las calles de nuestra capital, en el entierro más solemne –con la solemnidad de una procesión– que haya visto Madrid. Todas las clases sociales, cuantos en vida se relacionaron con él, cuantos debían gratitud a su generosidad, cuantos pudieron apreciar sus dotes admirables, se dieron cita en este callado homenaje. Hasta el Rey, a quien el protocolo impedía sumarse al fúnebre cortejo, ordenó que el cadáver pasara ante su Palacio. Allí, desde su balcón, con una tristeza inmensa en el semblante, dio el último adiós al más leal de sus vasallos. «Bien puedes llorar –se decía para sus adentros el apoderado del marqués, señor Guasch, contemplando el tristísimo ademán de Su Majestad, apoyado el brazo en el hierro del balcón y la frente sobre la palma de la mano–, bien puedes llorar, pues se te va el mejor de tus amigos.» El cadáver fue trasladado a la Capilla-panteón de Comillas. Desde Torrelavega, los caminos, atestados de un gentío inmenso, que lloraba y bendecía su memoria, hicieron de su entierro un triunfo fúnebre, igual al que se tributa a los santos.» (Berta Pensado, El Marqués de Comillas, Temas españoles nº 83, Publicaciones Españolas, Madrid 1954, páginas 4-5.)
universidad pontificia comillas
El 15 de noviembre de 1948 se entregaban a la Sagrada Congregación de Ritos, en el Vaticano, los procesos diocesanos practicados en España para lograr la beatificación del segundo marqués de Comillas, «el Santo laico», «el Marqués humilde de la caridad». A partir de 1952 desde la Universidad Pontificia de Comillas se redobla la propaganda de la causa de beatificación del marqués:
«Dos ruegos del R. P. Rector [del Seminario-Universidad Pontificia de Comillas] (...) B) Suplicó después la colaboración de todos con el Seminario en la campaña proyectada de mayor propaganda en pro de la Causa de Beatificación del que fue Segundo Fundador del Seminario, D. Claudio López. De Roma se reciben gratísimas impresiones. El próximo octubre (* se ha diferido el traslado para la próxima primavera) se trasladarán, Dios mediante, los venerables restos de su cuerpo, del panteón a la capilla de San Ignacio, de nuestra iglesia; simétrica, como todos recuerdan, a la de San Antonio, donde descansan las cenizas del P. Tomás Gómez. Un excelente medio para esa propaganda es dar a conocer la vida popular de D. Claudio, escrita, en estilo ameno y con pleno conocimiento de la materia, por el P. Regatillo.» («Desde la Cardosa», en Unión Fraternal, Comillas, noviembre 1952, año XLIII, nº 171, página 278.) «Probablemente hacia el 20 de febrero (hoy no se puede precisar más), serán trasladados del Panteón a nuestra iglesia pública los venerandos restos del Siervo de Dios, D. Claudio López, segundo Marqués de Comillas. Ya han excavado el hueco para la urna que los contenga, abierto en el muro lateral del evangelio de la capilla de San Luis. Serán estas, como lo esperamos, la fecha y ceremonia iniciales de una propaganda más activa a favor de su causa de beatificación, de cuya marcha en Roma, por otra parte, se tienen buenas impresiones.» («Desde la Cardosa. Habla la Central, 7 enero 1953», en Unión Fraternal, Comillas, febrero 1953, año XLIV, nº 172, páginas 1-2.)
Imagen antigua de la Universidad Pontificia de Comillas en Cantabria 
FUENTE: FILOSOFIA.ORG.  (Seguir leyendo)
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AUTORES.

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 El proyecto Filosofía en español ofrece, desde enero de 1996, textos, artículos, reliquias y relatos de la filosofía construida y pensada en la lengua, universal e internacional, que hablan los cientos de millones de personas que forman la hispanidad. Proyecto Filosofía en español. Fundación Gustavo Bueno. FUENTE: Filosofia.org.

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 La Historia es una disciplina académica que aspira a comprender el pasado y la forma en que se ha configurado el presente. Es necesaria para entender, para cambiar y para saber cómo ha llegado a existir la sociedad en la que vivimos.

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