8 de abril de 2016

José María García Iglesias, ex jefe de proceso de datos de HUNOSA

"La minería fue un chorro de riqueza en Asturias que se va escapando"
José María García Iglesias, en su domicilio de Oviedo
"Quedé huérfano a los 3 años, crecí yendo por los pueblos a vender azulete, velas, jabón y cosas de comer, y en los días de paga íbamos a las bocaminas y los mineros nos compraban linternas"

Pozo Fondón [Archivo Histórico de Hunosa]

La vida está acostumbrada a girar a lo brusco. Uno de esos vaivenes estremecedores lo sufrió José María García Iglesias en 1923, aunque él, un niño de apenas 3 años, pasó de puntillas en aquel momento por el drama que iba a condicionar toda su existencia y, de alguna forma, modelar su carácter de luchador. Su padre salió una mañana de la casina familiar de La Rebollá de Arriba camino del pozo Sotón. Aquel picador nunca regresó, víctima de un accidente minero.
Sin derrabe mortal de por medio es fácil deducir que la vida de Josefa "La Miguela", viuda veinteañera embarazada de su segundo hijo, hubiera sido otra. Seguro que más cómoda. En aquella casa de luto se quedaron una mujer rota, una hermana aquejada de inestabilidades psicológicas, una abuela, un niño y otro que casi llamaba a la puerta. Ingresos, cero.
José María García tiene 95 años, vividos siempre en Asturias, en la cuenca del Nalón, en Oviedo, ahora, y en Gijón, aprovechando los largos veranos de jubilado. Para ser exactos, hay un tiempo por medio de guerra en la Marina.
Jamás fue a la escuela, pero acabó siendo jefe de proceso de datos informáticos de la empresa Hunosa. Autodidacta y emprendedor, se aferra a su prodigiosa memoria para sobrevolar una biografía llena de quiebros, cualquier cosa menos plana. Una biografía que empieza en la montaña, sobre el valle de El Entrego.


Pozo Sotón (San Martín del Rey Aurelio, Asturias)
"Nací el 25 de febrero de 1920. Murió mi padre y nos quedamos sin nada, con una vaquina. El Sotón pertenecía a la Duro Felguera y el ingeniero jefe llamó a mi madre y le dijo que fuera a trabajar en tareas de exterior del pozo. Dio a luz a mi hermano y a los dos meses allí estaba cargando carbón a los vagones que venían de la Renfe. Pero, lo que son las cosas. La mujer tuvo mala suerte. Un día se desprendió una vagoneta y la pilló a ella. No la mató de milagro, pero perdió la vista de un ojo".
A Josefa "La Miguela" le dieron 500 pesetas a modo de indemnización oficiosa y la mandaron para casa con el ojo tapado. De la necesidad, virtud. Aquella mujer de 25 años se las compuso para sacar adelante la familia. "Hacia 1925 mi madre empezó a comprar cosas para venderlas por los pueblinos de alrededor. Esas cosas que no eran fáciles de conseguir, como el azulete para blanquear la ropa, las velas o el jabón. También algunas cosas de comer, por ejemplo, azúcar, chocolate o pimentón. Y así se ganaba alguna ­perruca. Mi madre vio que la cosa podía funcionar y le surgió la idea: el neñu pequeño, con la abuela, y yo con mi madre por los pueblos, dispuestos a ampliar el negocio".
José María tenía 5 años, pero recuerda a la perfección a Josefa "La Miguela" con su pañuelo negro de viuda prematura preparando de madrugada las cestas con los productos. Una cesta en la cabeza, otras dos en cada mano, y el niño detrás, tratando de seguir el paso por caleyas infames. "Ni mi madre ni yo sabíamos leer y escribir. Había muchas familias a las que había que fiar y aunque mi madre tenía muy buena memoria fue necesario llevar las cuentas en una libretina. Ella controlaba a base de signos. Por ejemplo, si una vecina nos debía tres pesetas y media, dibujábamos tres rayas y una cruz. Mamá y yo aprendimos a leer al mismo tiempo".
Les enseñó un vecino de La Rebollá, don Crisanto. Era partidor de fincas, algo parecido a un notario rural del que se fiaban los vecinos. "Cuando había que partir una herencia, las familias iban a don Crisanto, él veía lo que había y formaba lotes, sin nombres de los beneficiarios, que después enseñaba a los herederos. Y si todos estaban conformes, los lotes se sorteaban".
Madre e hijo llegaban a La Rebollá por la noche, extenuados. "Yo nunca llegué a explicarme cómo se las arreglaba mi madre para ir con todos aquellos bultos, uno en la cabeza, sin perder el equilibrio, con madreñas y por caleyas hechas polvo. Era una mujer de hierro".
A base de ahorrar céntimo a céntimo La Miguela se permitió el mayor lujo de su vida: compró un caballo. Reconoce José María García Iglesias que aprendió a leer un poco antes que su progenitora, se puede decir que gracias al equino: "Mientras ella guiaba, yo iba atrás con un librín que era un silabario. Practicando". La mercancía se llevaba en canastas, pero cada pueblo -y según el calendario- requería productos distintos. "Cuando se acercaban las fiestas llevábamos cinturones para vender, corbatas, prendedores y camisas. Lo de las telas nos fue muy bien. Viajábamos hasta Gijón, a la fábrica de La Algodonera, en La Calzada, comprábamos al contado y nos trataban de maravilla. Así que llenamos el valle de sábanas".
El valle de Lantero y La Hueria de Carrocera eran el radio de acción comercial de aquella extraña pareja, madre e hijo, que a pesar de las dificultades nunca perdieron la sonrisa. Vendían en Llaneces, en Aragustín, en La Corredoria, La Corca o en Villacedré. También en Lantero, la población que daba nombre genérico al valle. En los días de paga se acercaban a las bocaminas, donde los mineros les compraban linternas, mecheros o navajas. "Tabaco no, mire usted. No me acuerdo de haber vendido tabaco".
Lo más difícil era superar todos los días, ya de vuelta del trabajo, la cuesta de La Rebollá, donde Josefa y su hijo dejaban las últimas fuerzas. Su sueño era acercarse al valle, y aquel sueño fue alimentándose en cada pequeña compra, en cada peseta ahorrada. La hucha familiar llegó a ser de 15.000. Un milagro. "Con aquel dinero compramos un solar en La Oscura, muy cerca de la actual estación del ferrocarril de Langreo y a la orilla del Nalón. Tan a la orilla que cuando había crecidas aquello se inundaba. Cada tarde, tras la venta, mi madre y yo pasábamos por allí y cogíamos regodones y arena del río. Poco a poco hicimos acopio de materiales. Cuando andábamos por el monte nos encontrábamos con algunas cerámicas, generalmente en manos de llaniscos, y hacíamos trueques del tipo de colonias por tejas y ladrillos".
Cuando hubo material suficiente, la familia se puso en contacto con un constructor local. La primera idea era muy modesta, pero había tal cantidad de materia prima que el contratista les animó a abordar algo más ambicioso. "Hicimos una casa con un piso, planta baja y sótano. Con aquella casina ya no era necesario tirar cuesta arriba de La Rebollá, y pudimos abrir chigre y comercio". Se acabaron las caminatas de pueblo en pueblo, pero no el trabajo duro: "Madrugábamos a las seis y media de la mañana para preparar un buen puchero de café. De aquella, el ferrocarril requería mucho personal. Las máquinas cogían agua en la estación de La Oscura, había allí un surtidor porque no servía cualquier líquido. Y yo, un chavalín como de 9 años, allí trabajando en la barra del bar de La Miguela. Sigue existiendo la estación y sigue existiendo el bar. Ahora se llama Mejuto, pero la gente de la zona sigue conociéndolo como La Miguela. Hace unos días paré allí, no sabe qué bien comí, qué bien me atendieron. Fue muy emocionante, no dije quién era y me quedé con las ganas de decirle al propietario que aquello funcionaba muy bien".
http://reconquistandotumente.blogspot.com.es
 -¿Nunca jamás pisó una escuela?
-Nunca, pero lo leía todo, hasta las etiquetas. Y se me daban muy bien los números. Como el negocio funcionaba, mi madre se atrevió a levantar otro piso y allí pusimos unas habitaciones a modo de hostal. A los clientes mi madre les pedía libros. Pude echar mano a la famosa Enciclopedia y a la Aritmética de Bruño. Aprendí a escribir con unos cuadernos que había de letra inglesa, y muy bien, lo que ocurre es que pasa el tiempo y aquella letra pues desapareció. Las circunstancias de mi vida fueron las que fueron y, además, La Rebollá estaba muy lejos de la escuela. En realidad estaba lejos de todo, hasta del agua, porque las minas se la habían quedado toda.
Aquel adolescente inquieto se metió muy joven en la comisión de festejos del valle y mantuvo las responsabilidades durante largo tiempo. "A mí me gustaba la fiesta". Pero los acontecimientos que se avecinan fueron muy poco festivos.
"La Guerra Civil me pilla con 16 años. Al principio, ya sabe, las cuencas mineras eran zona republicana. Las autoridades requisaron la mercancía de todos los comercios y se formó un Consejo General Cooperativo para garantizar el abastecimiento de lo básico a la gente. Había despachos de comercio y a mí me pusieron, con aquella edad que yo tenía, que era casi un niño, al frente de uno de esos despachos, el de El Círculo, en el centro de El Entrego. De ahí pasé a una cooperativa que vendía ropa porque yo sabía medir. Con la entrada de las tropas nacionales, la gente entró en aquellos comercios y se lo llevó todo, una desbandada".
La pensión de La Miguela se llenó de mandos del Ejército nacional. "Un día llegó un señor, al que llamaban Pepito Figarona, que era algo de la Diputación, y me dijo que a ver si me ponía a trabajar en un gran almacén de abastecimiento en la zona de El Molinón. La gente iba y se llevaba las cosas, pero con vales. Allí volvimos a ver el pan blanco, porque durante la guerra aquel pan que se comía... Se hacía pan de todo, incluso de fabes. Todo lo que se podía moler se molía. Fueron meses de un trabajo increíble, noches enteras sin dormir. La guerra lo había parado todo, las minas, las fábricas, todo. Las autoridades dijeron que los que quisieran ponerse a trabajar de nuevo que se presentaran y firmaran. Ponían una condición muy curiosa, que entregaran un arma".
Se organizaron en El Entrego unos comedores de auxilio social "que funcionaron bastante tiempo, no se crea. Acabé llevándolos yo junto a un buen amigo, Luis, que era hijo de Vital Rodríguez, el dueño del cine. Nos ayudaban chicas de la zona, de derechas".
Mientras tanto, La Miguela seguía funcionando. José María siguió al pie del cañón. "Nunca lo dejé, a la hora de comer yo estaba allí echando una ojeada. Todo estaba racionado, pero el sistema de racionamiento pasó pronto a los comercios, que eran los que distribuían a los particulares".
José María García nació en un entorno minero, la mina se llevó por delante a su padre; asistió al nacimiento de Hunosa y a su crecimiento hasta los 28.000 trabajadores. Después, al lento declive. "Y asistiré a su desaparición". Lo dice con nostalgia, pero sin amargura. "La minería fue para Asturias como un chorro de ingresos que se fue escapando. Y nadie tiene la culpa de ello. El paraguas de la empresa pública es pasado".
Volvamos al trienio de guerra y a aquel adolescente que se había convertido casi sin saberlo y seguro que sin pretenderlo en el alma de La Miguela, bar, tienda, casa de comidas y hospedaje. Todo un acontecimiento cuando la familia compró una caja registradora, recuerda.
Cuando los nacionales se hicieron con el control de toda Asturias, en octubre de 1937, José María García Iglesias, ya casi en edad de reclutamiento, hizo planes, calendario en mano. Se tenía la constancia de que a pesar de que todo el frente norte había caído en manos de las tropas de Franco la guerra iba para largo.
"A mí siempre me tiró mucho eso de la Marina, tenía un amigo que era marinero y cuando le veía de uniforme impresionaba. Yo le dije a mi madre que me apuntaba de voluntario. Miguel, mi hermano, ya estaba en edad de ayudar en casa y eso acabó de convencerme".
José María llegó a El Ferrol en 1938 "como voluntario para la actual campaña, como se decía entonces". Fue verdad porque en unos meses acabó licenciado. Pero ¡qué meses!
  El barco 'Rey Jaime II', fue construido en 1906 en el Reino Unido para una naviera francesa con el nombre de Corte. Fue adquirido por Isleña Marítima Compañía Mallorquina de Vapores en 1910. Pasó a formar parte de Trasmediterránea al formarse esta y aparte de navegar en varias líneas participó en el desembarco de Alhucemas. Durante la Guerra Civil estuvo varios meses en Alicante como cárcel. Fue capturado junto con el J.J. Sister en un viaje de Barcelona a Mahón y trasformado en mercante armado. Fue desguazado en Málaga en 1962. Tenía 80 metros de eslora; 10,5 de manga y 6,44 de puntal, con capacidad para 321 pasajeros y una máquina de vapor de cuádruple expansión que le dió en pruebas 16 nudos.
 "Me embarqué en un barco que no era de guerra pero estaba artillado. Se llamaba 'Rey Jaime II' y nos mandaron a vigilar el paso de otros buques en el Estrecho de Gibraltar. Había un convenio internacional de no intervención, pero por aquella zona cruzaban barcos de todo tipo, algunos muy sospechosos. Yo era experto en comunicaciones y el morse lo llevaba de maravilla. Me tuve que aprender frases en inglés porque era este idioma el que se utilizaba para las comunicaciones entre buques".
El sistema de control funcionaba relativamente bien porque había mucho espía en los puertos. "Nos decían, a tal hora salió tal buque, estad atentos. El 'Rey Jaime II' llevaba dos tubos lanzatorpedos. Cuando había sospechas importantes ordenábamos al barco regresar a puerto. Se descubrieron muchas cargas, se apresó mucho, pero supongo que también se escaparían muchos. Nosotros teníamos órdenes de perseguir hasta donde pudiéramos". La tripulación recalaba en Ceuta. Allí se hizo José María García una foto de estudio que aún conserva. Vestido de marinero -traje oscuro- y cruzado de brazos. "¿Ve ese reloj de pulsera? Me lo había comprado en Ceuta, que eran más baratos. El fotógrafo se acercó a mí y me quería tapar el reloj. Yo dije que ni hablar, que aquel reloj tenía que salir en la foto". Y salió.
A la tripulación del "Rey Jaime II" la envían a Menorca. "Desembarcamos en Ciudadela y de ahí a Mahón sin disparar un tiro. La gente se había marchado. Toda. Después estuvimos por las costas de Almería y Granada". Más tarde, en enero de 1939, entró en Barcelona "sin una gran resistencia, por cierto. La ocupación estaba muy bien organizada, cada unidad tenía un destino definido. A la mía la mandan a Correos y cuando entramos aquello estaba desierto, sólo encontramos a una señora de la limpieza, atemorizada. Me acuerdo que le di una tableta de chocolate, y como loca de contenta".
La de José María García era, hasta aquel momento, una guerra sin sangre apenas; más una aventura bélica que una guerra civil. No sabía que le iba a tocar ser testigo de uno de los acontecimientos más terribles de la contienda. Fue el 7 de marzo de 1939, faltaban apenas unos días para el final de la guerra. El escenario: Cartagena.
Lo que sucedió allí fue una sublevación franquista que animó a los mandos nacionales a organizar a toda prisa un desembarco de ayuda en el que iban a participar más de treinta buques, entre ellos el "Rey Jaime II" del asturiano José María García Iglesias. La importante escuadra republicana atracada en Cartagena logra huir el 5 de marzo rumbo a Bizerta, en Túnez, pero apenas unas horas después la 206.ª Brigada Mixta del Ejército republicano logra hacerse con el control de las baterías de costa, abortando cualquier posibilidad de desembarco.
Desde una de esas baterías se lanza un disparo certero que hunde el buque "Castillo de Olite", con 2.112 hombres a bordo. Murieron 1.476 y aquel episodio se convirtió en la mayor tragedia de un buque en la Historia de España.
"Yo iba en el "Rey Jaime II", fue terrible. Fueron unas cuantas horas por la noche tratando de salvar a la gente y en medio de un absoluto desconcierto. Aquello era una carnicería".
De los 2112 hombres que había a bordo, 1476 murieron, 342 fueron heridos
José María García Iglesias
FUENTE:  http://www.lne.es
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