6 de marzo de 2016

Agustín Rodríguez, un sereno de Cangas del Narcea

Un sereno asturiano no teme a Serrano Suñer.
Sereno de Madrid
Agustín Rodríguez, uno de los muchos vigilantes de Cangas del Narcea que trabajaron en Madrid, llegó a plantar cara al cuñado de Franco en una ronda: "Tenía que ver que a mí no me intimidaba nadie"

Serrano Suñer

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"De los 2.500 serenos que había en Madrid no éramos todos de Cangas del Narcea y alguno de Tineo, como se suele decir: había uno que era de Segovia", comenta entre risas Agustín Rodríguez Álvarez "Jarabo". Este hombre es la viva imagen de un tiempo de posguerra, de miseria, en la que los emigrantes del Suroccidente, y mayormente los de Cangas del Narcea, se convirtieron en el cuerpo de seguridad privada más importante de Madrid y, por lo tanto, de España. "Era la mejor seguridad privada del mundo y al Ayuntamiento no le costaba ni un céntimo", dice.
"Esta tierra siempre fue la más pobre de Asturias. Había tradición de ir a Madrid de aguadores, para subir barricas a las casas, de carboneros... Y tras la guerra la mayoría nos hicimos serenos", explica Rodríguez. El hecho de que fueran casi todos de Cangas del Narcea se debe al efecto llamada y porque las plazas se adjudicaban de forma privada: la propia Sociedad de Serenos se encargaba de la gestión, lo que llevaba a hermanos, primos, familiares y conocidos del pueblo a unirse al trabajo.
Recuerda "Jarabo" que aquel hombre de Segovia -"un infiltrado dentro de la Quinta Columna de Cangas, que era como nos llamaban"- levantó la voz en una ocasión, pues era tradición en Navidad mandar dinero para las monjas del hogar de los jubilados cangués: "Nos dijo que le parecía muy bien que mandásemos dinero a nuestra tierra por el frío que pasaban los viejinos, pero que no se enterasen en Sevilla, no fuera que nos pidieran para fresqueras".
Eran los años 50 en Madrid y la vida no era sencilla. Los de Cangas tenían fama de mal dormir, es decir, de no dejar pasar ni una. "Eso lo sabía la gente, los gandules. Si pillábamos algún ladrón preferíamos sobarle los morros, ya fuera guapo o feo, que llevarlo a comisaría... Era la mejor forma de lograr que no volviera a hacerlo".

Plaza de La Cibeles (Madrid) en el año 1950
Los serenos tenían sus calles perfectamente marcadas y estaban considerados como auxiliares de agentes de la autoridad. Conocían a todos los vecinos de sus calles, pues era de vital importancia la información en caso de ocurrir alguna urgencia, y tenían las llaves de todos los edificios. Su sueldo provenía de lo que les pagaban los comercios y las comunidades de vecinos, aunque este pago no era obligatorio para nadie, por esa protección nocturna. Se pasaban la noche en la calle y si alguien tocaba las palmas ellos acudían.
Un trabajo así, y en aquella época, da para cientos de anécdotas. "Jarabo" no es escaso en ellas. "Yo trabajaba en la calle Zurbano y allí tenía alquilado un bajo el señor Serrano Suñer (Ramón, cuñado de Franco) a un tal señor Flórez. Se ve que quería recuperar el bajo, pero el hombre no cedía, porque tenía un restaurante que le iba bien. Un día el señor Flórez me dice que tenga cuidado porque cree que se la pueden jugar y, efectivamente, una noche llega Serrano Suñer con un notario y un cerrajero en un Mercedes y trata de abrir el local. Me acerco y le digo que ni se le ocurra tocar ahí, que eso tiene dueño. La cosa se calentó y eché mano a la sobaquera, que era donde tenía la pistola, para que viera que a mí no me intimidaba ni el cuñado de Franco ni nadie... Y se fue. No obstante, lo que sé es que el señor Flórez no volvió por allí más".
La mayor parte de las veces los serenos tropezaban con ladrones de poca monta. "Gandules había, menos que ahora, pero había, y si los pillábamos, ya hacíamos por que no se les ocurriera volver". Por ejemplo, Agustín Rodríguez quedó encargado de proteger los bienes de un ingeniero italiano, Mario Gasparini, que había viajado a España a montar la SEAT. Había metido los bultos en el coche. "Yo le dije que se despreocupara, que ahí no tocaba nadie. Pero, oye, un gandul me vigiló el tema y me desvalijó el coche. Tomando una cerveza me dicen "fue aquel"... Lo enganché, le obligué a devolverlo todo al coche y cuando le estaba dando una buena masa de jabón, latigazos como para bajarle la piel a los pies, apareció el ingeniero y me pidió que parara, que no pasaba nada".
El sexo, por supuesto, era un tema tabú en la época, pero eso no impedía que los serenos no estuviesen al pie de la calle también en ese ambiente: "Había mujeres, algunas viudas, que alquilaban las camas. Pero era algo clandestino y controlado. Les abrías la puerta y te caía una buena propina". De la misma forma, los serenos sabían de asuntos muy privados. "Había gente de postín, señores que se iban de viaje y a sus casas venían otros señores", relata "Jarabo" con el gesto serio.
"Pero tú no te podías meter en la vida de nadie. Te decían que iban a tal piso y, como no los conocías, preguntabas a la señora si los dejábamos pasar, te decía que sí y aquí paz y después gloria. Tú no puedes prejuzgar ni meterte en asuntos que no son tuyos. Esta gente de gran posición sabían que no se nos escapaba nada, pero también sabían que se podía confiar en nosotros: te apurrían una buena propina, muchas gracias señora y se acabó".
Los serenos madrileños desaparecieron en 1977, pero el declive de la profesión comenzó mucho antes. Agustín Rodríguez, por ejemplo, volvió a Cangas a finales de la década de los 50 y dejó su plaza a un hermano. "Y bien que me pesó luego, pero estaba cortejando con mi señora y volví a trabajar a Cangas con un taxi". Algunos de aquellos cangueses se integraron en la policía municipal de Madrid, pero la mayoría acabaron siendo taxistas en la capital.
Farolero Madrileño, escultura de Madrid

Un truculento crimen en Madrid que se cometió con la pistola comprada al cangués.
A Agustín Rodríguez Álvarez le llaman "Jarabo" por una truculenta historia en la que se vio envuelto de forma circunstancial y que, de una manera u otra, le marcó la vida. José María Jarabo, un madrileño de buena familia, cometió uno de los crímenes más famosos de la época del franquismo. En 1958 asesinó, a sangre fría, a dos socios de una casa de empeños, a las esposas y a la criada de uno de ellos, para tratar de recuperar una joya que, previamente, había empeñado sin el consentimiento de su propietaria, una de las muchas amantes que tenía. El problema para el sereno de Cangas del Narcea es que cometió los crímenes con su pistola.
"Yo conocía al hombre. Era de buena familia. Su tío era magistrado del Tribunal Supremo y luego llegaría a ministro. Parecía un buen tipo, yo no me lo podía creer cuando me enteré de todo", relata. El caso es que Agustín Rodríguez hizo amistad con José María Jarabo y, cuando el primero iba a abandonar Madrid para volver a Cangas del Narcea se lo comentó. "A veces está uno mucho mejor callado", se lamenta con evidente sinceridad. "Le dije que viniera a verme a Cangas del Narcea si algún día pasaba por allí. Así hablando, él me dijo que si le vendía la pistola. Me pareció bien y acordamos arreglar los papeles cuando yo volviera a Madrid, que tenía previsto hacerlo en unos meses".
En cuanto ocurrió el crimen y se identificó el arma, Agustín Rodríguez fue detenido. "Estuve incomunicado una semana. Ya en Madrid estuve en la cárcel de la dirección, en Carabanchel y en la de los juzgados. Me juzgaron por venta ilícita de armas y todo me trajo muchos disgustos y perder mucho dinero".
José María Jarabo fue condenado a morir a garrote vil. En la época se especuló con que, dada su posición, saldría libre, pero el régimen buscó dar ejemplo con él en un ajusticiamiento que paralizó el país.
Sin embargo, el cangués salió absuelto debido a los contactos que había hecho cuando fue sereno. "Alejandro Rodríguez de Valcárcel (abogado del Estado y destacado político del franquismo) fue el que me sacó. Lo conocía, y él a mí, porque vivía en la calle Zurbano, era muy buena persona. Y el magistrado en la Audiencia también me echó un cable porque una vez le había ayudado a cambiar una rueda de un coche. Así es la vida", relata Agustín Rodríguez con gesto sombrío.
El mote de "Jarabo" se lo pusieron sus compañeros del taxi en Cangas del Narcea. En un programa de las fiestas del Carmen sacaron una foto de él con la leyenda: "Coche de alquiler y gran turismo "El Jarabín"". Fue tan célebre el asunto que un juez de Cangas del Narcea le llamó un día para charlar y preguntarle cómo se había librado de los cargos; cuando Agustín Rodríguez le explicó los motivos, el juez exclamó: "¡No, claro, intermediando esos señores. Mira tú qué leche!".
"Jarabo", el de casa Simón de Saburcio, casado en casa La Ancaresa de Agüera de Castañedo, aceptó su mote. Pero es bien cierto que sólo deja de sonreír cuando recuerda este episodio.
José María Jarabo
FUENTE:  PEPE RODRÍGUEZ

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