30 de septiembre de 2015

Virgilio Álvarez es de los pocos asturianos que sobrevivierón a la Guerra Civil y la II Guerra Mundial tras una estancia de ocho años consecutivos en los campos de batalla

Un piloñés a las órdenes de De Lattre
Jean Joseph Marie Gabriel de Lattre de Tassigny (2 de febrero de 1889 – 11 de enero de 1952) fue un militar francés considerado un héroe de la Segunda Guerra Mundial. musee-clemenceau-delattre.fr
Virgilio Álvarez participó con el Ejército galo, al que llegó tras escapar de los franquistas, en la II Guerra Mundial y ayudó a liberar Francia de los nazis al entrar por la Provenza tras el Desembarco de Normandía
Virgilio Álvarez, con el uniforme de la Legión Extranjera francesa, en 1943. Reproducción de l. b.anco
Virgilio Álvarez es muy posiblemente de los pocos asturianos que pueden decir que sobrevivierón a la Guerra Civil y la II Guerra Mundial tras una estancia de ocho años consecutivos en los campos de batalla. Miembro de una familia de campesinos republicanos de Piloña, fue llamado a participar en el Ejército republicano y desde entonces emprendió un duro camino que le llevó en dos ocasiones al hospital por heridas de metralla y a terminar desarrollando toda su carrera profesional en Francia.
Álvarez nació en el pueblo piloñés de Rozapanera el 22 de diciembre de 1916. Fue el pequeño de los doce hijos que su madre logró sacar adelante, con la ayuda de su padre, de un total de 17 partos. Las vacas y el campo eran la única fuente de riqueza de una familia muy querida en el pueblo, pero que se vio forzada a separarse por las necesidades que llevaron a varios de los hermanos de Virgilio a emigrar y otros como él a buscar un nuevo país de adopción empujados por la guerra.
Corría el año 1937 cuando fue reclamado por el Ejército republicano para luchar en el frente de León. Allí combatiría durante meses contra las tropas franquistas hasta que éstas fueron avanzando y obligaron a replegarse a los rojos. Virgilio se trasladaría entonces formando parte del batallón Piloña a la zona de Peñamellera, donde participaría en la resistencia hasta que fue apresado por los nacionales, no sin antes haber pasado un periodo en el hospital, recuperándose de heridas de metralla.
Aunque en un primer momento estuvo detenido en el campo de concentración de la Cadellada, una vez terminada la guerra fue trasladado a un espacio similar situado en las proximidades de Irún. «Franco tenía miedo de un ataque francés al comenzar la II Guerra Mundial y nos tenían todo el día construyendo pistas y alambradas en la frontera», relata un Virgilio que aunque reconoce que fue una etapa dura en la que tuvo que soportar maltratos y vejaciones, tuvo la suficiente entereza para salir adelante.

La legión francesa combatiendo. www.taringa.net
Desesperado por las torturas y las exigencias de su condena decidió un buen día planear su fuga junto a un prisionero madrileño. «Era de noche, pedimos permiso para ir al retrete por separado, nos reunimos y logramos escapar», recuerda con una prodigiosa memoria pese a su avanzada edad. Sabedores que tenían la frontera muy cerca lograron cruzarla y tras una buena caminata ambos llegaron a un cuartel ubicado en Bayona. Allí estuvieron unos días bien atendidos por los gendarmes franceses hasta que miembros del ejercito francés les hicieron una propuesta: o luchaban con ellos en la guerra o se volvían para España. Álvarez no lo dudó: «La vuelta a España habría sido la muerte y otra guerra no se sabía qué nos depararía».
A partir de entonces la incógnita que se le planteó fue cuál sería su destino dentro de una guerra con muchos frentes abiertos. Primeramente le comunicaron que sería trasladado a Finlandia para combatir a los nazis. Sin embargo, el enfriamiento de la guerra en esa región y el recrudecimiento de los combates en otras zonas obligaron a un cambio de planes. «Mi idea y la de algunos compañeros españoles, que éramos la mayoría, era la de ir a Finlandia e intentar escapar a la Unión Soviética, donde esperábamos ser recibidos con los brazos abiertos», relata expresando su desilusión por su destino: África.
Virgilio Álvarez inició pues entre finales de 1940 y comienzos de 1941 un periplo que se extendería durante tres años y le llevaría a recorrer buena parte de la mitad norte del continente africano. Argelia, Marruecos, Túnez o Senegal fueron algunos de los países por los que pasó para luchar bajo el mando del general Jean De Lattre de Tassigny, disidente de la Francia de Vichy y figura esencial en la campaña de Túnez que enfrentó, por un lado, al bando integrado por fuerzas americanas, británicas y de la Francia libre, entre otras, y los ejércitos alemán e italiano. por el otro.
Oficial y Sargento de la Legión Extranjera. www.taringa.net
Fue precisamente en Túnez donde Virgilio vivió sus primeras duras batallas en la contienda global. No obstante, reconoce que su labor en tierras africanas estuvo más apartada del campo de batalla. «Principalmente nos encargábamos de asistir a los americanos y ayudarles a organizar la llegada de suministros y armamento», comenta a la vez que recuerda las diferencias entre los medios del Ejército americano y los que tenían cuando luchaban en el bando republicano en España. «Los americanos poseían medios que nosotros nunca hubiésemos imaginado en el año 1938», cuenta.
Gracias a estos medios las tropas aliadas pudieron ir avanzando y mermando cada vez más a las fuerzas germanas e italianas, dando paso a la tranquilidad en el frente africano.
Así, llegó 1944 y los aliados se prepararon para reconquistar Francia y asestar un último golpe de gracia a Hitler. Fue así como en el mes de junio tuvo lugar el desembarco de Normandía en lo que supuso un gran esfuerzo de los aliados. Con todos los esfuerzos del eje Roma-Berlín centrados en frenar ese ataque los aliados iniciaron en agosto la entrada por el Mediterráneo en la que jugaron un importante papel las tropas de De Lattre, entre las que se encontraba el propio Virgilio Álvarez. «Un enorme barco americano nos llevó hasta Toulon, en la región de Provenza y nos bajamos utilizando pequeños botes», rememora Álvarez acerca de un destino desde el que iniciarían una fuerte ofensiva por tierra.
A partir de entonces, las fuerzas de De Lattre fueron conquistando villas y ciudades bajo dominio alemán, no sin sufrir algún que otro susto. «Si me preguntan si pasé miedo no puedo decir que no, porque hubo varias emboscadas nocturnas que nos pillaron por sorpresa y nos obligaron a recular», indica respecto a lo que no duda en tildar como «la etapa más dura de toda la guerra» y que terminaría una vez que consiguieron cruzar la frontera alemana y el Rhin. «Las batallas de Belfort y Colmar fueron duras, pero una vez que entramos en territorio alemán los enemigos ya se veían derrotados y el avance fue fácil», apunta.
Pasados casi ocho años de tensión y constantes sufrimientos al final había lugar para la alegría a pesar de haber sido testigo de excepción de muchas pérdidas humanas y padecer en primera persona las consecuencias personales de la participación bélica.
«Fue impresionante ver cómo una gran multitud descargaba sus metralletas al aire al conocer la derrota alemana», relata el veterano de guerra. Días más tarde fue recibido en París por una gran multitud entre muestras de euforia por la derrota del fascismo.
Un periodo que como recuerdo le dejó distinciones como la Medalla Colonial o la Cruz del Combatiente, cuyos documentos guarda con orgullo, al igual que el recuerdo de la satisfacción de su padre cuando después de varios años recibió una carta suya para comunicar que seguía vivo. «Me dijeron que mi padre empezó a gritar "ta vivu, ta vivu" por el medio del pueblo entre una gran alegría», destaca. Si bien no volvería a ver a su progenitor al no poder retornar a España por miedo a la represión franquista: «Incluso las cartas tenían que ser discretas porque estaba en juego la vida de mis padres».
Estos individuos tan diferentes entre si, convertidos en formidables soldados por obra y gracia de una discipline férrea y de una instrucción completa en la que no se escatima ningún rigor, han derramado su sangre por Francia en dos guerras mundiales y han dejado sus huesos en cuatro continentes batiéndose en defensa de una bandera que no era la de su nación de origen. http://historiaybiografias.com
Así pues y tras seis meses de instructor en África se instaló finalmente en un pueblo de la región de Normandía donde habitaban muchos españoles emigrados y trabajó en la construcción hasta su jubilación. Asimismo, se casó con una francesa de la que enviudó en los años setenta y, una vez muerto Franco, en 1978 retornó a su Piloña natal donde hoy sigue viviendo. «Me jubilé y como toda mi familia estaba aquí opté por volver», señala.
Ahora vive a caballo entre su piso de Infiesto y la localidad de Llames de Parres, donde convive con sus sobrinos y continúa recibiendo un pequeña pensión como veterano de guerra de «unos 40 ó 60 euros no más». Se mantiene fiel a sus ideales republicanos: «No me hacen gracia la monarquía ni el clero». Habla de algunas malas experiencias vividas con los sacerdotes durante su juventud y sigue defendiendo el papel de su bando en la guerra civil. «Mandaban los de izquierdas y los de derechas querían quitarnos el mando por la fuerza y no nos quedó más que pelear por lo que creímos justo», explica.
Preguntado por las diferencias entre las dos contiendas bélicas, responde con humor y claridad de ideas: «En la guerra de aquí ellos avanzaban y nosotros íbamos para atrás; en la guerra de Francia nosotros tirábamos para adelante y ellos eran los que reculaban». A sus 96 continúa sin perdonar el daño causado por unos adversarios entre los que se encontraban los integrante de la División Azul que una vez derrotados los alemanes intentaron pasarse por republicanos.
«Se hacían pasar por amigos nuestros para evitar problemas, pero nosotros aún teníamos muy fresco lo que nos hicieron en España», rememoraba esta veterano soldado.
Piloña (Asturias). www.snipview.com
FUENTE: Lucas BLANCO
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