5 de agosto de 2015

Una epidemia desconocida hizo presa en el Avilés de 1927

Dos meses que aterrorizaron a Avilés
Avilés en la obra «Recuerdos y bellezas de España» (1855), antigua parroquia
Una epidemia desconocida hizo presa en el Avilés de 1927 sembrando enfermedad y horror
Antiguos depósitos de Valparaíso. INFOGRAFÍA DE MIGUEL DE LA MADRID
Se dice que, al enemigo, ni agua, pero el agua también tiene enemigos. El tifus es uno. Y lo fue hasta bien avanzado el siglo XX. Para Avilés, que tardó en disfrutar del agua corriente, el tifus no era un enemigo corriente. Era de los peores. Y ya se sabe que, en todo tiempo, el asunto del agua suele tener consecuencias inmediatas en cuanto pierde la transparencia.
Desde siempre, a Avilés no le habían faltado ni agua ni tampoco un buen repertorio de enfermedades con que diezmar a sus habitantes, pero las fiebres tifoideas no estaban habitualmente dentro de ese repertorio. No se presentaban como epidemia, a pesar de los problemas de abastecimiento de la población y de que su parte baja confundía en muchos tramos marismas e inmundicias y salud con las endémicas y muy dañinas fiebres tercianas, responsables durante décadas cuando la salud faltaba en Avilés.
Pero el tifus y sus afines no habían sido, históricamente, enfermedades de preocupar. Es cierto que, en 1910, se declaró un brote epidémico en San Cristóbal, parroquia por entonces mucho más alejada de la trama urbana de lo que hoy está. La infección tífica estaba alejada, localizada y, pese a afectar a quince personas y provocar seis muertos, pronto quedó controlada. Pudo ser importante, pero quedó abortada. Bastó que la Junta de Sanidad ordenase condenar un pozo de agua potable del que bebían las familias de los enfermos. Entonces la epidemia desapareció.

Fuente antigua del parque en Avilés
Lo mismo ocurrió con brotes similares en Miranda o Villalegre, controlados con poco esfuerzo y, desde luego, sólo de incidencia limitada. Es más, cuando en 1911 Gijón fue asolado por una terrible epidemia de tifus que amenazaba con llegar hasta aquí, la decidida labor del ayuntamiento, con amenazas de severas multas a todo aquel que no siguiera las normas de profilaxis, impidió que Avilés se viese perjudicada por un desastre que parecía demasiado cercano. Sólo se declararon quince casos, todos ellos venidos de Gijón, y sólo dos muertos. Buen saldo para tan terrible enemigo que iba dando anchos tajos de guadaña por donde pasaba.
Parecían males viejos. De poblaciones sin abastecimientos, sin higiene y sin medios para defenderse de aquellas enfermedades tan antiguas como mortales, pero el tiempo pasó y lo del tifus no desapareció. En 1927 languidecía la dictadura de Primo de Rivera y Avilés iba, poco a poco, cerrando su red de suministro de agua corriente, distribuida a partir de los dos depósitos de Valparaíso. Quienes ya tenían instalado un contador disponían también de todo el agua que pudieran pagar. Y había para todos. Para las fuentes públicas, sin restricción alguna, para suministro de fábricas, e incluso de forma gratuita para instituciones benéficas.
Lo dicho, suministro abundante y en movimiento, pues si el agua siempre había sido cooperador necesario en la difusión de enfermedades tifoideas, se trataba normalmente de agua estancada, de agua de pozo. Ya se sabe que "agua corriente no mata a la gente". Y no parecía que los tiempos y el suministro de Avilés pudiesen permitirse tal debilidad. Esos tiempos modernos habían traído modernas conducciones que parecían proteger de los viejos peligros.
Fotografía de Aviles (Asturias), d la inauguración del tranvía eléctrico 
Pero hay peligros que nunca envejecen y para los que jamás encuentra uno defensa. El tifus seguía merodeando por Europa en los años veinte, entre 1915 y 1922 afectó a 30 millones de personas en Rusia y Polonia. Mató a tres millones. Sin ir más lejos, ese mismo año de 1927 el tifus se declaraba en Trubia, un pueblo que, sin traída de agua, se contagió por la infección de las fuentes que surtían a la población. Esa dañina enfermedad y sus socios no andaban lejos, seguían merodeando por los alrededores y acabaron llegando a Avilés. Como fantasmas, dejando ver fugazmente su cara cuando ya era tarde.
El peligro se hizo presente nada más empezar ese año. Finalizaban los veinte pero, para estos menesteres de las enfermedades, Avilés parecía encontrarse cerca de otros tiempos más antiguos y muy malos. Hablar de enfermedades mortales, mencionar la posibilidad de epidemia, de inmediato se extendía a gran velocidad por el pueblo y era causa de terror entre la población. Ya digo que la memoria actuaba al instante para traer a la gente lo peor de unos recuerdos que aún no eran demasiado lejanos. Infectaba más el miedo que los microbios.
Por eso, cuando empezaron a manifestarse síntomas de enfermedad, las noticias empezaron también a correr. Fueron dos desgracias paralelas: la batalla contra la propagación de la enfermedad y la batalla contra la propagación de las noticias. Ambas contiendas dejaron sus víctimas, de mediados de febrero a mediados de abril. Dos meses de pánico. He aquí la crónica de los hechos.
la muralla del Puerto antiguo. Autor Castor 
Febrero. A mediados de mes ya había enfermos en Avilés. Las noticias no circulaban fácilmente en la villa, estaban controladas, que no censuradas, para evitar alarmas. Pero saltaron al resto de Asturias vía Oviedo. Los periódicos de toda la región lo sabían y contaron con gruesas letras que en Avilés había epidemia, que había muchos enfermos y que se temía un contagio de grandes proporciones.
El primer golpe fue duro, pero intentó pararse. Se dijo que la enfermedad que atacaba a los avilesinos era la gripe. La noticia parecía más blanda, pero no consoló a una ciudad que, en el otoño de 1918, había recibido la visita de la injustamente llamada "gripe española", que llegó a afectar, de diversas formas, a 2.500 avilesinos. Su macabro recuerdo aún estaba fresco. Más aún cuando lo que publicaba la prensa regional es que en Avilés había unas trescientas personas atacadas por la gripe. Eso lo escribía el gijonés "El Noroeste" del día 15, citando como fuente al Inspector Provincial de Sanidad que, a su vez, habría recibido la información del alcalde de Avilés.
Se desmintió. Las autoridades de Avilés salieron al paso. Convocaron al Inspector Provincial de Sanidad, que vino a la villa a visitar a varios enfermos para, decían, no encontrar otra manifestación que la de una gripe corriente, sin especial gravedad. En el Instituto Provincial de Higiene se le hizo un análisis bacteriológico a una muestra de agua procedente del domicilio de un enfermo para concluir, se dijo, que no había ni rastro del bacilo tífico. Se repitió, una vez más, que sólo era gripe, y en proporciones normales, teniendo en cuenta que la enfermedad se extendía por España y el extranjero esos mismos días. Nada de tifus, campañas alarmistas. Pero entre la gente, sobre todo entre los enfermos y sus familias, precisamente empezaba a cundir la alarma.
Puerto antiguo de avilés.. Autor Castor
La gripe, que en efecto era epidemia mundial aquellos días, comenzaba a remitir, pero algunos enfermos presentaban cuadros más complejos. Se sospechaba de algo más y se enviaron nuevas muestras de agua y de sangre de los enfermos para ser analizadas en el Instituto Provincial de Higiene. Allí, en aquellas muestras de sangre, ya se localizó el bacilo tífico.
Cuando finalizaba el mes la alarma era ya pánico y el mismísimo alcalde, Valentín Alonso, hubo de dictar un bando, el día 26, negando el tifus una vez más y prometiendo mano dura a cuantos sostuvieran lo contrario: "Contra algunas personas que se dedican a esparcir rumores alarmistas sobre el estado sanitario de la localidad, bien exagerando el número de enfermos y defunciones, bien atribuyendo éstas a dolencias que con aquéllas no guardan relación alguna".
Gastó mucho esfuerzo el alcalde asegurando que los niveles de mortalidad, por cualquier clase de enfermedades, eran normales en Avilés. Su obligación era que el pueblo gozase de calma, pero esa empresa ya era casi imposible.

En marzo de 1927 las fiebres tifoideas mostraron su cara y toda la población avilesina se vio sometida al estado de excepción de una dura epidemia
Para muchos era un secreto a voces, deformado y hasta utilizado por alguna prensa de forma sensacionalista, pero al fin, cuando sólo se llevaban quince días de aquellos dos meses fatales, la infección tífica era noticia. El terror. La crónica continúa.
Ilustración de Alfonso Zapico
Marzo. El primero de mes concluían las especulaciones y los paños calientes. El alcalde contaba la verdad por escrito: Avilés estaba invadida por fiebres tifoideas. Sí, era cierto, y había que tomar precauciones. Profilaxis general. No se podían comer alimentos sin cocer previamente. En los recipientes de la basura no se podían sacar restos de alimentos sino sólo sus cenizas, se prohibía visitar a los enfermos y se declaraba obligatoria la vacunación o inyección antitífica para todos los mayores de dos años. Las medidas empezaban a dibujar un estado de excepción imposible de disimular.
La Escuela de Artes y Oficios funcionaba como laboratorio municipal de campaña para vacunar todos los días de cinco a siete. Pronto se amplió el horario a las mañanas. Las parroquias y las alcaldías de barrio del término municipal colgaban bandos del Alcalde anunciando días y horas de vacunación en cada lugar. El pánico había salido a la calle y, pese a los intentos de lanzar mensajes positivos dentro de Avilés, la prensa de toda España ya lo sabía. En "El Heraldo de Madrid" del día 3 se leía lo siguiente:
"En el Gobierno Civil se ha recibido un telefonema del Alcalde de Avilés informándole de la gravedad de la epidemia tífica en aquella ciudad y pide se envíen médicos porque la mayoría de los de Avilés enfermaron, y los que están bien de salud se encuentran agobiados por el trabajo incesante."
Había más de un recurso literario en esa información. La situación real no era tan grave, pero la declaración de la epidemia ya era oficial y las medidas extraordinarias continuaban. El gobernador suspendió los carnavales y envió al inspector provincial de salud, además de a un médico epidemiólogo, para evaluar el alcance de la enfermedad.
Pronto lo provisional se hizo definitivo y se organizaron los servicios médicos apoyados en la Brigada Provincial Sanitaria y en la presencia del Inspector General de Sanidad, Francisco Bécares, en Avilés hasta el 11 de marzo. Los médicos locales estaban desbordados. Eran quince. Dos ya estaban infectados y fueron sustituidos por Luis López Negrete y Antonio Fernández Mora, que se alojaban en La Serrana. Hasta el hotel había que ir a avisarlos o a dejar la papeleta de la beneficencia para que se desplazasen a las casas pobres, aquellas en las que no había de nada, salvo enfermedad.
La infección seguía progresando y no todos los llamados se presentaban voluntariamente a la vacunación. Se extremaron las medidas, incluso la de multar con 25 pesetas a quien no se vacunase o enviarlo a prisión preventiva (donde sería vacunado). Por bando de 19 de marzo se obligaba a todos los empresarios que tuviesen personal a su cargo a entregar en la alcaldía la relación de todos los vacunados y de los que se hubiesen negado a ello. Se iba peinando la Villa.
De diversas formas el auxilio de urgencia se puso en movimiento. Ya el 5 de marzo visitaba Avilés el obispo de la diócesis, Juan Bautista Luis Pérez. La cosa no era como para estar tranquilo. Una suscripción pública distribuía socorros entre los más necesitados, también la Asociación Patronal hacía lo mismo entre las familias de los obreros de sus industrias. La Diputación Provincial entregó 5.000 pesetas para los mismos fines, las trajo en mano su presidente, el avilesino Nicanor de las Alas Pumariño. Las medidas subieron un escalón, desde la prevención a lo inevitable. El 17 de marzo el alcalde ya prohibía conducir a hombros los cadáveres. Ni siquiera la proyección de "El Rajá de Dharmagar", en el Palacio Valdés, distraía del problema. Hasta Rodolfo Valentino estaba ya muerto.
Entonces a la guerra contra la bacteria se sumó la guerra de opinión que, en el fondo, era también política. Los periódicos de Avilés estaban enfrentados entre sí y con la prensa de Oviedo, que sembró la alarma. En especial "El Carbayón", que hablaba de Avilés como foco de infección procedente de la contaminación de las aguas. El gobernador civil prohibió a la prensa hacer comentarios sobre el asunto.
Puerto-antiguo, Juan la Cruz Espolita
El semanario local "El Progreso de Asturias", dirigido por Julián Orbón, tomó parte activa en esa lucha. El avilesino José María Graíño Obaño, ingeniero jefe de la División Hidráulica del Miño, denunció ante el gobernador civil las obras que se estaban realizando en el manantial de Valparaíso. Luego, desde las páginas de "El Progreso", achacaba el mal a sus aguas. Se llevó una multa de 50 pesetas por uno de sus artículos, publicado el día 13, además de las iras del alcalde de Avilés, que lo consideró un mal avilesino. Alcalde e ingeniero acabaron enfrentados públicamente, aunque ambos, desde posturas distintas, creían estar defendiendo a Avilés.
El asunto de las aguas era de la mayor importancia. La epidemia era de fiebres tifoideas, una variedad de infección intestinal provocada por la bacteria salmonella tiphy. Sólo puede infectar a los humanos y la principal fuente de infección es el agua contaminada. De ahí que Graíño, y con él la prensa ovetense, atacaran al depósito municipal de Valparaíso.
Pero la demostración rotunda no llegó. El día 15 el ovetense "Región", que también había aventado la contaminación de las aguas, reconocía su error. El propio "El Progreso" había informado sobre un análisis hecho en un laboratorio de Gijón encontrándose un "bacilo de paratifus". Tal análisis jamás se realizó.
A pesar de los desmentidos no se pudo evitar que, con la infección, se fueran extendiendo daños colaterales. No sólo mataba personas, también amenazaba con matar la economía de la villa en producciones típicas de una cabecera de comarca. Sucedía eso con las bebidas gaseosas y, sobre todo, con el pan. El de Avilés empezó a ser rechazado en concejos limítrofes (desde Illas a Grado) por temor a que estuviera contaminado. De poco sirvieron los llamamientos oficiales haciendo saber que las aguas de Avilés, también las que se usaban para hacer el pan, estaban completamente sanas. Los industriales del ramo padecieron la epidemia aún sin contagiarse.
Un ciento de noticias fluían sin cesar. Corría por Asturias la especie de que Avilés, toda ella, era un hospital de campaña, que la gente se caía muerta por las calles y que, para no alarmar al personal, los cadáveres se enterraban de noche, cosa que hasta los propios avilesinos creían. Con o sin exageraciones, marzo se despidió cobrándose cuarenta de las de las noventa muertes acaecidas ese mes en todo el concejo. Muchos muertos para no conocer el foco de la epidemia con certeza absoluta.
Abril. Al finalizar la primera semana del mes se daba por finalizada la epidemia, retornando los médicos de refuerzo y concluyendo el aislamiento al que se había visto sometida la villa. La suscripción pública se cerraba con unas 30.000 pesetas recogidas y repartidas y, por decreto del alcalde, el 21 de abril se volvía a la normalidad reanudándose el curso en escuelas y centros de enseñanza.
No se supo a ciencia cierta quién tenía razón. La versión oficial negaba la hipótesis de la contaminación del agua, con lo que se salvaba la responsabilidad del aAyuntamiento y se ponía sordina a la alarma. La versión de Graíño o "El Progreso de Asturias" no tenían dudas sobre el primer foco de la infección. Medio centenar de avilesinos, fatalmente, ya no preguntarían nada.
Poco después de que pasase el peligro, el Ayuntamiento arrendó todos los prados que rodeaban al depósito de Valparaíso con el fin de evitar que se tratasen con abonos orgánicos?.
La Parca se asomó en forma de epidemia al magro caserío de Avilés. INFOGRAFÍA DE MIGUEL DE LA MADRID
FUENTE: JUAN CARLOS DE LA MADRID
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1 comentario:

  1. Un artículo muy interesante. Mi abuela me relató siendo niña esos hechos. Ella misma padeció la fiebres tifuideas de forma más leve al final del brote.
    Entonces, tengo entendido que existía una fuente en La Maruca. ¿Sería la fuente lavadero de 1925 que aún existe en la actualidad o sería otra? Muchas gracias.

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