7 de agosto de 2015

Pero que “guarros” éramos en la Edad Media (I)

Las Costumbres “muy poco agradables” de la Edad Media
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Si hay un momento histórico donde seguro no quisieras vivir es en la Edad Media y Asturias no se libra de ello. 
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Fue una época fascinante, se inventaron muchas cosas y se dieron conquistas que nos afectan aún en la actualidad. Sin embargo, también fue una época oscura, donde la ignorancia y el poder del conocimiento en unos pocos hizo que las personas vivieran en malas condiciones. La pobreza y el hambre estaban presentes, así como las guerras y los asesinatos.

Las calles de los pueblos y ciudades en la  Edad Media
Las calles y plazas eran auténticos vertederos por los que con frecuencia corrían riachuelos de aguas servidas. En aumentar la suciedad se  encargaban también los numerosos animales existentes: ovejas, cabras, cerdos y, sobre todo, caballos y bueyes que tiraban de los carros. Como si eso no fuera suficiente, los carniceros y matarifes sacrificaban a los animales en plena vía pública, mientras los barrios de los curtidores y tintoreros eran foco de infecciones y malos olores. En aquella época no había pavimento, pero uno esperaría caminar sobre tierra o piedras, ¿no? Pues bien, todo lo contrario, lo que los pies tocaban eran excrementos. Las personas y los animales solían hacer sus necesidades en cualquier sitio, así que lo que llenaba el piso de las calles, eran las heces y otros residuos humanos y animales.

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Todo se reciclaba. Había gente dedicada a recoger los excrementos de los pozos negros para venderlos como estiércol. Los tintoreros guardaban en grandes tinajas la orina, que después usaban para lavar pieles y blanquear telas. Los huesos se trituraban para hacer abono. Lo que no se reciclaba quedaba en la calle, porque los servicios públicos de higiene no existían o eran insuficientes. En las ciudades, las tareas de limpieza se limitaban a las vías principales, como las que recorrían los peregrinos y las carrozas de grandes personajes que iban a ver al Papa en la Roma del siglo XVII, habitualmente muy sucia. Las autoridades contrataban a criadores de cerdos para que sus animales, como buenos omnívoros, hicieran desaparecer los restos de los mercados y plazas públicas, o bien se encomendaban a la lluvia, que de tanto en tanto se encargaba arrastrar los desperdicios.
En verano, los residuos se secaban y mezclaban con la arena del pavimento; en invierno, las lluvias levantaban los empedrados, diluían los desperdicios convirtiendo las calles en lodazales y arrastraban los residuos blandos que desembocaban en los arroyos y posteriormente en los ríos, destino final de todos los desechos humanos y animales, en las calles también era normal que la gente dejara su “huella” en cualquier lugar y si las ciudades estaban sucias, las personas no estaban mucho mejor.
Era muy común tirar los baldes por las ventanas, aunque no es menos cierto que había ciudades en las que se había prohibido tirar los baldes con excrementos por la ventana. No obstante, por norma general, la gente lo hacía igual y había frecuentes peleas y disputas vecinales, si ibas muy distraído, podías llevarte un “interesante” regalo de las alturas.
En palacios, castillos y casas de familia la existencia de los baños era nula. Cuando la necesidad imperaba, los callejones y patios hacían las veces de retretes.
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Del esplendor del Imperio romano al dominio de los “marranos”
Curiosamente, en la Antigüedad los seres humanos no eran tan “sucios”. Conscientes de la necesidad de cuidar el cuerpo, los romanos pasaban mucho tiempo en las termas colectivas bajo los auspicios de la diosa Higiea, protectora de la salud, de cuyo nombre deriva la palabra higiene.
La higiene personal de los ciudadanos/a, brillaba por su ausencia, (estas referencias están perfectamente recogidas en libros, un gran ejemplo es “Los pilares de la Tierra” del maestro de la narrativa “Ken Follett”), la ropa raramente se cambiaba y el baño no era algo común para todos. Además había muchas curtiembres o curtidurías (lugar donde se realiza el proceso que convierte las pieles de los animales en cuero), sobre todo en ciudades grandes, que generaban un olor horrible en la ciudad.
Los médicos del siglo XVI creían que el agua, sobre todo caliente, debilitaba los órganos y dejaba el cuerpo expuesto a los aires malsanos, y que si penetraba a través de los poros podía transmitir todo tipo de males. Incluso empezó a difundirse la idea de que una capa de suciedad protegía contra las enfermedades y que, por lo tanto, el aseo personal debía realizarse “en seco”, sólo con una toalla limpia para frotar las partes visibles del organismo.
Los médicos recomendaban que los niños se limpiaran el rostro y los ojos con un trapo blanco, lo que quita la mugre y deja a la tez y al color toda su naturalidad. Lavarse con agua es perjudicial a la vista, provocaba males de dientes y catarros, empalidecía el rostro y lo hacía más sensible al frío en invierno y a la resecación en verano, además, la Iglesia condenaba este acto por considerarlo "un lujo innecesario y pecaminoso".
La actitud de la iglesia hacia el baño no era positiva, los estudios realizados también señalan que esa actitud proviene en parte de los primeros cristianos, donde los ascetas y eremitas evitaban el baño como un modo de autoflagelación. Es probable que de documentos religiosos que condenaban al baño es de donde proviene la actual concepción de que la gente de la edad media no se bañaba.
La sana costumbre del baño de la época romana se vino abajo de la mano de las grandes epidemias medievales, cuando comienza a pensarse que el agua es la culpable de los contagios entre los cuerpos, porque a través de los poros de la piel se podía acceder a todos los órganos. Empieza entonces la época del baño “en seco”, restringiéndose el uso del agua a manos y cara. Esta situación se mantendría hasta casi el siglo XIX.
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El rechazo al agua llegaba a los más altos estratos sociales. Las damas más entusiastas del aseo se bañaban como mucho dos veces al año, y el propio rey sólo lo hacía por prescripción médica y con las debidas precauciones.
Los baños eran tomados en una bañera enorme llena de agua caliente. El padre de la familia era el primero en tomarlo, luego los otros hombres de la casa por orden de edad y después las mujeres, también en orden de edad. Al final los niños, y los bebes los últimos. Cuando se llegaba a ellos ya se podía perder un bebe dentro del agua de lo sucia que podía estar.
Los nobles se “lavaban” cambiándose con frecuencia de camisa, que supuestamente absorbía la suciedad corporal. Pero incluso quienes se cambiaban mucho de camisa sólo se mudaban de ropa interior (si es que la llevaban) una vez al mes.
El mal olor que exhalaban las personas por debajo de los vestidos era disipado por el abanico. Pero sólo los nobles tenían lacayos que hacían esta labor. Además de disipar el aire también espantaban insectos que se acumulaban a su alrededor.
En la Edad Media la mayoría de las bodas se celebraba en el mes de junio, al comienzo del verano. La razón era sencilla: el primer baño del año era tomado en mayo, así, en junio, el olor de las personas aún era tolerable. Asimismo, como algunos olores ya empezaban a ser molestos, las novias llevaban ramos de flores, al lado de su cuerpo en los carruajes para disfrazar el mal olor. Se tomó entonces, la costumbre de celebrar las bodas en mayo, luego del primer baño.
Los más ricos (nobles), tenían platos de estaño. Ciertos alimentos oxidaban el material y hacia que mucha gente muriese envenenada que, unida a la falta de higiene de la época se hacía muy frecuente los tomates, que eran ácidos y provocaban este efecto fueron considerados tóxicos durante mucho tiempo. En los vasos ocurría lo mismo donde, al contacto con whisky o cerveza hacia que la gente entrara en un estado narcolepsico producido tanto por la bebida como por el estaño. Alguien que pasase por la calle y viese a alguien en este estado podía pensar que estaba muerto y ya preparaban el entierro. El cuerpo era colocado sobre la mesa de la cocina durante algunos días y pasaba con la familia mientras ellos comían y bebían esperando que volviese en sí o no. De esta acción surgió el velatorio que hoy se hace junto al cadáver.
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Necesidades fisiológicas
La orina humana en la edad media tuvo muchos usos. Esta era recogida en vasijas (dispuestas en las calles y en los rellanos de las escaleras) y se utilizaba en las lavanderías (por su alto contenido en amoniaco). La blancura de las lanas y los linos de senadores, emperadores, reyes, nobles y caballeros procedía de los orines de los pobres, los siervos y los campesinos.
Por muy desagradable que parezca, en la edad media la orina también era empleada para la higiene bucal: los europeos de esa época se lavaban la boca con sus propios orines. Los iberos, por ejemplo, almacenaban su orina en recipientes, la dejaban reposar un tiempo y luego tomaban pequeñas cantidades para su uso como dentífrico. Los romanos adoptaron esta costumbre, aunque como eran un poco más finos, mezclaban la orina con piedra pómez y colorantes para hacer más llevadero el enjuague.
Parece que esta costumbre celtíbera caló hondo en la España de los siglos posteriores. En el siglo XVI el licenciado Francisco Martínez aconseja en su obra Coloquio sobre la Materia de la Boca y Maravillosa Obra de la Dentadura, lavarse la boca con agua fresca por la mañana para templar el color de las encías y luego usar los orines. Cuenta cómo una señora que tenía muy afectada la boca por una piorrea, acudió a varios doctores sin encontrar mejoría a su dolencia. Ante semejante fracaso, un labrador le aconsejó que “tomase a las mañanas los orines”, obteniendo un óptimo resultado, a lo que parece. Pero en esa época la práctica no terminaba de convencer más allá de los Pirineos, como refleja este pasaje de Erasmo de Rotterdam:
“Es preciso ser muy cuidadoso de tener los dientes limpios, pues blanquearlos con polvos es propio de jovencitos. Frotarlos con sal y alúmina es muy perjudicial y servirse de la orina para este propósito es cosa de españoles“.
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La mala higiene en alimentación
La alimentación no era muy higiénica, a la hora de alimentarse ya existían las cucharas y los cuchillos, pero no los tenedores y esto hacía que se usaran las manos para comer. Por supuesto que no existía la sana costumbre de lavarse las manos y por ende, las enfermedades abundaban. Pese a lo mencionado anteriormente, muchos intentaban mantener sus dientes sanos y limpios, por ejemplo, quemando y aplicándose romero con las yemas de los dedos. No era una técnica muy efectiva, pero algo es algo. Las extracciones dentales en aquellos años eran muy dolorosas y sin anestesia, por lo que los dientes eran un bien preciado por todos.
El pan resultaba muchas veces alucinógeno, durante el verano los granjeros que se quedaban sin trigo para hacer pan usaban el centeno almacenado. El problema es que generalmente se contaminaba con Pan alucinógeno. Durante el verano los granjeros se quedaban sin trigo para hacer pan y entonces se usaba el centeno almacenado.
El problema es que generalmente se contaminaba con ergot, un hongo que produce efectos alucinógenos similares a los del LSD (El ergot es un hongo que parasita las espigas de los cereales y algunos tipos de césped (paspali), es parecido a un pequeño espolón de color marrón muy oscuro o negro y duro. El envenenamiento por Ergot, conocido como fuego de San Antonio, provoca alucinaciones, pérdida de miembros por gangrena y muerte).
Este hongo produjo estragos en la Edad Media al consumir el pan de centeno contaminado y se asoció a la brujería.
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Los animales iban a juicio
Las costumbres eran tan diferentes en la Edad Media que hasta los animales iban a juicio. Los casos más notorios eran los de asesinato o robo, y generalmente no había mucho que hacer, por supuesto. La ley funcionaba muy bien… o muy mal, depende la perspectiva.

Zapatos largos
En la época medieval avanzada los hombres solían usar zapatos muy largos, considerados última moda. Para que se vieran mejor, solían reforzarlos con huesos u otros materiales, y si querían moverse con facilidad, ataban la punta al pantalón.
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FUENTES CONSULTADAS:
http://curiosidades.batanga.com  - (Katia Silveira)
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