12 de junio de 2015

La historia conservera de Asturias

Desde el siglo XIX los grandes conserveros de pescado han protagonizado un desplazamiento progresivo de su actividad en la cornisa desde el País Vasco hacia Galicia

“Los pescadores”, por Antonio Mengs

La conservera “Albo”  enlató durante más de un siglo (1895-2009) en Candás (Asturias),
se instaló en Candás en el año 1895 y se hacían muchas cosas artesanalmente, produciendo anchoas en salazón y escabeches, durante un tiempo fabricó en exclusiva bonito para la Península
trabajadoras candasinas de Albo en 1961,
Conservas Albo fue fundada en 1869 con el nombre de Albo y Arredondo en Santoña (Cantabria), uno de los puertos pesqueros de mayor importancia del litoral Cantábrico. Su fundador fue Carlos Albo Kay hombre singular de conocimientos polifacéticos, profesor de inglés, francés y matemáticas en el Instituto de Manzanedo del que llegó a ser Director.
A principios del siglo XX,  Albo desarrollo un notable aumento de su producción, debido principalmente a la conserva “Appertizada”, llegó a tener hasta once factorías implantadas a lo largo de los litorales Cantábrico y Atlántico, necesidad impuesta por la ausencia de la tecnología del frío y en consecuencia, aproximarse a los puertos con mayor aportación de pesca en fresco.
En Asturias los trabajadores/as de la centenaria conservera del concejo de Carreño (en torno a los 58), se temían lo peor cuando en un escueto comunicado de la dirección de la empresa Conservas Hijos de Carlos Albo, S.A., repartió  a los representantes de los trabajadores de manos del jefe de personal, un documento donde se informaba que la fábrica de Candás cerraría el 31 de julio de 2009, la factoría cesó la producción nacional y comenzó el trasladó a la planta de Vigo.
La actividad que dio progreso a la villa, y en la que Albo era el estandarte, llego a su fin, tras el anuncio de cierre de la planta, Candás ya no era lo mismo, había algo diferente en la villa, después de 114 años ya no estaba la fábrica de Albo en activo y eso haría a Candás más triste y desdichada.
Muchas cosas han cambiado desde que la firma cántabra de Albo y Arredondo echó anclas en Candás un día de 1895, Algo que había permanecido inalterado en la villa durante muchísimos años, la fabricación de latas de conserva,  ya no era algo habitual y cotidiano.

Candasinas, en la planta de Albo, en una foto antigua.
En el año 1995, con motivo del centenario de la conservera, bajo el mandato del que fue alcalde, y ya desaparecido, José Luis Vega “Pelís”, el Ayuntamiento de Carreño editó un libro en el que se recoge la larga historia de la conservera en la villa candasina. Por sus instalaciones pasaron muchas generaciones de vecinos, destacando en todo momento la alta cuantificación de sus trabajadores en el tratamiento y elaboración del bonito.
La primera referencia de la firma Albo y Arredondo, formada por los empresarios Manuel Arredondo y Carlos Albo Kay, data de 1891. Cuatro años después se abrió la factoría de Candás, apareciendo en el registro de la matrícula de industria y comercio de Carreño. Le siguieron los años más brillantes de su larga historia, con gran expansión económica, sobreviviendo incluso al fallecimiento de su fundador, en 1909, y pasando a denominarse la empresa con el nombre actual de Hijos de Carlos Albo.
Según las cifras recogidas por el historiador carreñense Manuel Ramón Rodríguez, en el año 1897, de abundante pesca, la fábrica de Candás ya elaboró doce millones de sardinas, cien mil kilos de bonito. Y amplió su gama de productos en 1899 con la fabricación de salazones. Entonces tenía una plantilla de 40 obreros y ya exportaba a Egipto, Italia y el continente americano.
Trabajadora en la preparación del producto a enlatar
Alfonso Albo se hizo cargo de la compañía en Candás en 1909, protagonizando la etapa de expansión y apogeo de la fábrica. En 1925 recibió incluso la visita del entonces Príncipe de Asturias, don Alfonso de Borbón. En 1928 Candás tenía 4.000 habitantes, 100 embarcaciones pesqueras y 540 obreros de ambos sexos trabajando en la conserva. En 1931 se realizó un balance de beneficios tras el primer año como sociedad anónima: con ocho fábricas en funcionamiento, los beneficios iban en siete de ellas desde los casi 15 millones de las antiguas pesetas de la fábrica de Cillero (Lugo), hasta los 73 de Vigo. Sólo una factoría se salía del mapa. Y era la de Candás, la más beneficiosa, con 125 millones de pesetas en ganancias. La villa era ya entonces la mejor arma de la firma, quintuplicando incluso los resultados de la fábrica madre de Santoña, que se quedó en 25 millones de beneficios.
Llegó julio del 36, la guerra, y la fábrica, como las demás de Candás, fue incautada por el Frente popular. No se reanudó la actividad hasta marzo de 1938. Un hijo de José Albo Abascal, también Alfonso Albo, ocupó el puesto de gerente hasta 1962. Ese año cesó la fabricación de envases de hojalata, con lo que Candás pasó a elaborar exclusivamente bonito y atún.
Naves de la conservera Albo en Candás.
Así, la fábrica adquirió protagonismo en las exportaciones al extranjero, especialmente a Suiza, y mantuvo la producción para la Península de igual modo, y de manera exclusiva, hasta la elaboración de bonito en la fábrica de Vigo. Esa medida, y la imposibilidad de llevar las instalaciones a un polígono agroalimentario, termino por finiquitar la historia de Albo en Candás, (versión en su día de la empresa). Albo fue una más de las que se fueron de una villa que contó con cerca de cien conserveras, y de las que hoy, sólo quedan calles con sus nombres; Bernardo Alfageme, Pedro Herrero, Carlos Albo Kay...
«En los años 70 llegaban diariamente a la fábrica 40 o 50 camiones con atunes que en ocasiones alcanzaban los 200 kilos de peso, levantados a pulso entre tres trabajadores/as». Muchos de los trabajadores/as fueron testigos del cambio producido en la fabricación industrial de las latas de bonito, especialidad de la firma en Candás.
Elaboración del filete de anchoa
Son muchos los recuerdos de una larga vida de la factoría en la villa candasina, aquellos tiempos de los fríos inviernos en la nave, bajo la cual transcurría el río Noval, o lo costoso por parte de los trabajadores/as, de levantar los grandes atunes que llegaban, y el peligro de que se  clavaran espinas como espadas de grandes, de un pescado que llegaba a bajo cero…..
Hasta el año 2008, la fábrica producía 100.000 latas de bonito al día, y 4.000.000 de kilos del pescado pasaban por las manos de estos trabajadores/as que por entonces trabajaban en la factoría. Cuando llegó enero del año 2009,  la producción nacional fue cancelada, dedicándose la fábrica a producir en exclusiva para Suiza.
Antigua vista de Candás

La complicada historia de la conserva asturiana
El sector conservero fue intensivo en empleo en Asturias hasta los años 60, y una vía de ocupación tradicional para la mano de obra femenina, y que llegó a contar con instalaciones en casi todos los puertos de la región.
La presencia en Asturias de los grandes fabricantes nacionales de conservas de pescado, muchos de los cuales, procedentes casi siempre de otros territorios, consolidaron aquí su relevancia entre finales del XIX y primera mitad del XX. Albo sigue el camino de Alfageme (Miamu), Cabo Peñas, Garavilla y otras marcas de relevancia nacional que tuvieron aquí asiento u origen, y que han acabado por concentrar su peso industrial en Galicia, la región más cualificada y especializada en este tipo de industria. Sobre todo en Vigo.
La conservación del pescado por diversos procedimientos tradicionales y de carácter artesanal (salazón, escabeche, jugo de vinagre y laurel, etc.) fue una actividad consustancial a las villas costeras y puertos de mar. Pero el gran revulsivo del sector se produce con la combinación de dos factores: la mejora de las comunicaciones en el XIX, que facilita la conquista de los mercados del interior por este tipo de elaboraciones y, sobre todo, la aparición del envase de hojalata para las conservas herméticas, que se atribuye a Nicolas Appert en 1833, aunque parece haber existido una patente previa, de 1820, atribuida a Peter Durand.
Sala de preparación del pescado de Pesquerías Astur en 1922. (e. bosquets)
La utilización pionera en España de este nuevo y revolucionario procedimiento de conservación para el pescado se la disputan Galicia y Asturias, según se recurra a unas u otras fuentes, pero desde el primer momento quedó planteado un manifiesto liderazgo gallego en el desarrollo de esta industria. En la etapa preindustrial, Jovellanos había lamentado que faltasen capitales y técnicas que permitieran desarrollar una industria de conservas y salazones similar a la de Galicia. A la superioridad de la comunidad vecina había contribuido la presencia de empresarios catalanes en las costas gallegas, en las que habían introducido sistemas intensivos de pesca y nuevas técnicas. «La competencia de la pesca gallega se hacía irresistible para los productores del Cantábrico», ha escrito Joaquín Ocampo.
A ello se sumaban otras circunstancias. Asturias es la segunda provincia por número de puertos, pero por detrás de Pontevedra, y, además, el Principado, pese a sus óptimas condiciones, aportaba ya en el XVIII los menores índices de barcos matriculados por puerto. Ya entonces Galicia ocupaba al 33% de los pescadores españoles frente al 4,5% de Asturias, y además la flota pesquera asturiana pasó de suponer el 6,14% del total español a fines del XVIII a ser apenas el 2,78% en la segunda mitad del XIX. La estrechez de la plataforma continental asturiana fue un inconveniente adicional al desarrollo de la actividad, junto con una concepción de las embarcaciones poco propicia para la pesca de altura.
La reactivación industrial del sector conservero asturiano se produce en la década de 1880. El ferrocarril favoreció su expansión y su desarrollo capitalista al ampliar los mercados potenciales. También contribuyó a su progreso el desarrollo urbano e industrial, y el aumento en los niveles de renta familiar. Además, en 1885 y 1905, sendos reglamentos de pesca decretaron, aunque con ciertas limitaciones, la libertad para las nuevas artes y equipos extractivos, lo que favoreció la pesca industrial o capitalista frente a la artesanal y familiar tradicional.
Asturias no quedó al margen de este proceso de cambio de escala del negocio, y de ahí que inversores ajenos a la comunidad, como los Massó, Alfageme, Albo, Herrero Hermanos y otros -algunos de ellos, procedentes de tierras de Castilla- tomaran posiciones en la industria conservera asturiana, contribuyendo a su impulso de manera muy preponderante, sin perjuicio de la presencia de promotores autóctonos, como los Alvargonzález, considerados pioneros en la región. En Asturias proliferaron las fábricas de conservas en casi todos los puertos y localidades costeras y la industria conservera pasó a ser un sector pujante e intensivo en empleo.
Imagen de 1930 del trabajo en la fábrica de conservas
Lo que se produce a partir de lo largo de todo el primer tercio del siglo XX, como hecho diferencial en España, es el gran resurgimiento de la industria conservera asturiana, que, aunque no llega a cuestionar el liderazgo pontevedrés, logra dar un vuelco al sector y situar al Principado, a la altura de 1933-1934, como la segunda potencia provincial del país en producción de conservas de pescado. Este gran «boom» conservero asturiano permite a la región casi cuatriplicar la producción de conservas en sus diversas modalidades en el período (pasa de 4.179 a 15.274 toneladas anuales) y sextuplicar la de conservas herméticas en lata (de 2.200 toneladas a 13.933), con lo que en este ámbito específico llegó a aproximarse a los niveles productivos de Pontevedra, que entonces elaboraba 19.218 toneladas.
En ese momento Asturias suponía el 33% de la producción de las provincias cantábricas y era, por consiguiente, la gran potencia conservera de la cornisa.
A este impulso no fue ajena la I Guerra Mundial, que permitió un extraordinario desarrollo de nuevas actividades económicas españolas, y particularmente asturianas, merced a la neutralidad del país. Entre 1914 y 1920, coincidiendo con la conflagración, se produjo una aceleración del crecimiento del sector conservero nacional porque otros grandes países productores estaban involucrados en el conflicto y ello supuso el desabastecimiento de los mercados internacionales.
Diferentes conservas
Como consecuencia de todo ello, y de la generalización del motor en las embarcaciones, que acrecentó las capturas, Asturias pasó a aportar el 12,34% de la producción conservera española a fines de los años 20. El fin de la Gran Guerra, y el consiguiente restablecimiento de la industria conservera europea, abocó al cierre de muchas factorías asturianas entre 1920 y 1926, por lo que en esos años se acelera la concentración de la actividad productiva como mecanismo de supervivencia.
La industria conservera asturiana que superó el trance logró sobrevivir por el acceso al mercado nacional y por las exportaciones, sobre todo por vía marítima: entre 1920 y 1930 Asturias llegó a representar el 17% de las exportaciones españolas de sardina enlatada y el 7,5% del resto de conservas de pescado. Pero la crisis internacional de 1929 y las fuertes medidas proteccionistas que proliferaron en plena Gran Depresión obligaron a la industria conservera de la región a reconducir sus expediciones hacia el mercado interior español.
Ahí la industria conservera encontró la competencia del pescado fresco, favorecido por el ferrocarril, una vez que en 1924 la familia Urquijo, con importantes intereses ferroviarios, puso en marcha la sociedad Vagones Frigoríficos, que centró su actividad en el transporte de pescado en fresco hacia el interior de España.
Mujeres trabajando en una factoría conservera
La Guerra Civil y las difíciles condiciones económicas de la posguerra, con cartillas de racionamiento, hambruna y pobreza generalizadas, marcaron un punto de inflexión en aquel «boom» que se había producido en el sector conservero asturiano en el primer tercio de la centuria. Pese a ello, Asturias aún ocupaba en los años 40 el sexto lugar de España en producción (había perdido cuatro posiciones en el «ranking» provincial del sector conservero en poco más de una década) y a la altura de 1948 aún sobrevivían 105 fábricas en la región, que, en apenas una década más, se verán reducidas a la mitad. En 1957 subsistían ya sólo 59, repartidas por Candás, Gijón, Avilés, Cudillero, San Juan de la Arena, Luarca, Ribadesella, Llanes, Tapia de Casariego, Lastres, Navia, Puerto de Vega, Luanco y Figueras. El decenio de los 50, considerado como una «década bisagra» por algunos economistas, sirve de tránsito del primer al segundo franquismo y de la autarquía a la progresiva liberalización económica del período preestabilizador (1957-1959).
La dictadura franquista se ve impelida por el fracaso económico a renunciar a su ideario autárquico fundacional (una economía autosuficiente y cerrada al mercado internacional) y esa apertura liberalizadora en todos los órdenes también entraña una gradual mejora de salarios y aumento de costes, lo que obliga a los fabricantes a renunciar al extremado minifundismo en el que se había desenvuelto el sector para conjurar el recorte de márgenes con mayores economías de escala. La atomización, con la proliferación por el litoral asturiano de numerosas pequeñas fábricas (más de medio centenar en 1957), carece de viabilidad económica, máxime cuando la mejora de la capacidad adquisitiva reintroduce el pescado fresco como competidor directo en las opciones de consumo de una incipiente clase media, lo que entraña una merma de la cuota de mercado que la industria conservera tenía hasta entonces en la dieta y en la cesta de la compra de los españoles.
A este retroceso se suma el declive de la pesca local, que acrecienta los precios en origen, y además la difusión de los congeladores domésticos de alimentos, que permitió la aparición de un nuevo negocio, el del pescado congelado.
Dibujo de barco pesquero
En los años 60, tras la liberalización económica que supuso el Plan de Estabilización de 1959, se agudiza la crisis del sector pesquero-conservero y la reducción del número de fabricantes en España: en Asturias se pasa de 40 fábricas en 1968 a 20 -propiedad de 17 empresas- en 1973-74.
Una reducción contundente del 50% del censo fabril en apenas seis años fue un aldabonazo de lo que iba a sobrevenir: la crisis abierta del sector en los años 70.
El desplome que padeció la actividad entre 1960 y 1970, y que causó el cierre de la mayoría de las fábricas conserveras asturianas -en 1969, 11 factorías de la región se fusionaron en FACSA para sobrevivir- coincide con diversos factores intrínsecos al propio sector pesquero (escasez de capturas, aumento de costes, utillaje anticuado...), pero a ello se sumó a la difusión del frigorífico en los hogares y al desarrollo, con la motorización española y el Plan General de Carreteras de 1962-1973, de la flota de camiones-frigoríficos, todo lo cual favoreció aún más el consumo de pescado fresco en detrimento de la conserva, pero también la escasez creciente de materia prima para las fábricas conserveras y su mayor carestía.
Pescadores reparando las redes para salir a faenar
Los fabricantes gallegos se encontraron en muchas mejores condiciones para subsistir. Contaban en sus puertos (sobre todo, Vigo) con la más potente flota de altura y congeladora del país, lo que les facilitaba mayores suministros y a mejor precios, y además gozaban de una costa propicia para los cultivos marinos, con lo que pudieron manejar una mayor variedad de especies, como los moluscos, mientras que la industria asturiana quedó reducida a una gama de productos mucho menos diversificada, por la propia disponibilidad de materia prima, y a mayor coste. Las grandes marcas nacionales acabaron concentrando por ello el grueso de su capacidad de producción y sus sedes centrales en Galicia (origen hoy del 80% de la producción nacional) y sobre todo en Vigo.
La entrada de España en la Unión Europea en 1986 y la posterior apertura del mercado comunitario a conservas procedentes de países extraeuropeos forzó una mayor concentración empresarial en España. En la década de 1988 a 1998 el sector conservero asturiano redujo su empleo fijo de 260 trabajadores a 150, según datos de SADEI, aunque se mantuvo constante el número total de fabricantes (11), porque los cierres se compensaron con la incorporación de nuevos elaboradores, aunque más pequeños. En la década posterior (1998-2008) se produce un ligera recuperación: se pasó de 11 a 13 productores y de 150 a 180 empleos, con una producción de 3.000 toneladas, muy lejos en todo caso de las 15.200 toneladas y 1.846 empleos que tenía el sector en Asturias en 1933.
Trabajadora conservera
FUENTES: Braulio FERNÁNDEZ, Conservas ALBO, Javier CUARTAS
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2 comentarios:

  1. El museo que hay en Candás a este respecto es visita ineludible. Lo recomiendo.

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  2. ¿Sería posible hacerse con un listado de las trabajadoras(solo mujeres) de la fábrica desde 1930 y durante la represión frnquista?

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