16 de mayo de 2015

Historias inspiradas en las cuencas mineras asturianas

Un millón de gotas

Ernesto Burgos Fernández nació en Mieres (Asturias) el 7 de julio de 1957. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo (1979). Diploma de Estudios Avanzados en Arqueología Histórica («La romanización en las cuencas mineras del sur de Asturias». 2006)
Las historias inspiradas en las Cuencas están en auge, con autores como Laura Castañón, Fulgencio Argüelles, Alfonso Zapico y hasta el catalán Víctor del Árbol
Ilustración de Alfonso Zapico
http://www.lne.es
Parece que las Cuencas mineras son un buen escenario para la novela. Y además dan suerte a los escritores. No voy a hacer un listado de todos los que han situado aquí sus relatos a lo largo de la historia porque sería interminable, pero en estos momentos debemos congratularnos de que el éxito esté acompañando a nuestros autores. Tanto el consagrado Fulgencio Argüelles como la recién llegada Laura Castañón han conseguido convencer al público con personajes inspirados en los habitantes de estos valles y, por si fuera poco, el dibujante Alfonso Zapico, parte sustancial de estas Historias Heterodoxas desde que nacieron allá por 2005, se ha convertido en el referente de la novela gráfica española con su último trabajo "La balada del norte", donde recrea la revolución asturiana de 1934.

Fulgencio Argüelles y Laura Castañón editan sus obras con Alfaguara, cuya distribución llega hasta cualquier rincón de España y Zapico con Astiberri, que tampoco se queda atrás. Todos empujan sus libros con numerosas presentaciones y entrevistas que los convierten en conocidos del gran público, pero cuentan además con otra ayuda de la no pueden presumir muchos novelistas: los lectores satisfechos que se convierten en la mejor publicidad al ir recomendando sus trabajos a amigos y conocidos, que a su vez hacen lo mismo multiplicando las ventas.
El asunto no es nuevo. Por el motivo que sea, las épocas de crisis -y esta lo es- van asociadas a la buena literatura. Recuerden el siglo de Oro, con una España empobrecida y agónica que inspiró las mejores letras de este país, o las generaciones del 98 y del 27, influenciadas por el pesimismo y los cadáveres que llegaron desde el otro lado del mar cuando se perdieron las últimas colonias de lo que había sido un enorme imperio.

Fulgencio Argüelles
Ahora estamos asistiendo a la desaparición de la forma de vida que dio carácter a estos valles durante siglo y medio. La mina, con todo lo que la rodeó, fue creando una mitología basada en la palabra dada, la solidaridad, la resignación ante la enfermedad y los accidentes, y el espíritu revolucionario en la que se forjaron varias generaciones de hombres y mujeres.
Cada vez que repasamos las esquelas de este mismo diario, vemos como día tras día, se van yendo los últimos representantes de esta época, simplemente por razones de edad, y con ellos desaparecen también los recuerdos de una revolución y una guerra que se vivieron en esta tierra como en ningún otro lugar.
Las memorias escritas por los testigos tienen un valor incuestionable, sobre todo para los historiadores; también las novelas de quienes conocieron directamente los acontecimientos, de las que hay ejemplos muy recomendables, pero seguramente les sobra pasión y se han quedado suspendidos en un tiempo que ya es pasado, por eso los lectores actuales prefieren a los personajes actualizados por la ficción, que aunque están ambientados en aquellos años, hablan el lenguaje del siglo XXI y, sobre todo, aman y odian como se ama y se odia en nuestros días.
Quien dio primero con esa clave fue Fulgencio Argüelles, ganador en 1992 del Premio Azorín con "Letanías de Lluvia", desarrollada en una aldea minera llamada Peñafonte a la que acaba de retornar con su último y magnífico libro No encuentro mi cara en el espejo. No me atrevería jamás a hacer una crítica literaria, pero para mí son las mejores páginas de este autor natural de Orillés, que -afortunadamente para nosotros- sigue encontrando su inspiración en otro lugar cercano: Cenera.
Por su parte Laura Castañón, nacida en Santa Cruz, ha dado forma a sus recuerdos de infancia haciéndolos crecer con su primera novela "Dejar las cosas en sus días", publicada en 2013, en la que fabula la vida de una saga familiar a partir de un escenario real, la casa de Pomar, que aún se levanta poco antes de llegar al poblado de Bustiello. Un marco ideal para un relato cincelado con destreza que ha atrapado a miles de lectores, lo que asegura la buena acogida de la segunda parte, en la que trabaja actualmente la autora.
Laura Castañón
A los dos, y también por supuesto a Alfonso Zapico, mi felicitación por su maestría y mi reconocimiento por la manera en que saben llevar el recuerdo de nuestra historia reciente lejos de nuestras montañas. Pero, como todos somos de casa, no hace falta que les siga hablando de quienes ustedes seguramente ya conocen.
Tal vez lo que no sepan es que estos mismos mimbres: familia minera, revolución, guerra y exilio, han servido también para crear el armazón de otra novela de éxito, pergeñada por un autor catalán en mayo de 2014, que se agotaba a la semana de estar en el mercado y ya va por la cuarta edición.
Se trata de "Un millón de gotas", firmada por Víctor del Árbol para la editorial Destino, que acaba de ser introducida en el mercado francés y que conozco gracias al consejo del director del IES Bernaldo de Quirós José Fernández, con quien comparto desde hace años una pequeña tertulia junto a otros amigos cada mañana de domingo.
De Víctor del Árbol sabemos que cursó estudios de Historia, fue mosso d´esquadra en la Generalitat y en su tierra lo conocen como locutor y colaborador de una radio autonómica. También dice su biografía que aún tiene una carrera literaria breve, pero sembrada de premios y que le llegó la fama con una obra que a lo mejor conocen, "La tristeza del samurái", de 2011, traducida ya a diez idiomas; luego vino "Respirar por la herida", que también se está publicando por Europa y América y por fin "Un millón de gotas".
Se ha dicho de esta novela que es un relato conmovedor, atractivo a pesar de su dureza, bien construido? En su trama se van alternando tiempos y espacios con episodios de dos vidas unidas por la misma sangre: la de Gonzalo Gil desarrollada prácticamente en Barcelona desde 2002 hasta casi nuestros días y la de su progenitor, el comunista mierense Elías Gil.
Víctor del Árbol
Gonzalo Gil es un abogado que decide investigar el extraño suicido de su hermana, una policía con la que lleva años sin relacionarse y que en el momento de su muerte está siendo investigada por matar al secuestrador y asesino de su hijo. Siguiendo esa pista, Gonzalo llega a conocer la historia de su padre, considerado como un héroe internacional de la resistencia contra el fascismo.
Elías Gil es a su vez hijo de un viejo minero, pero consigue convertirse en ingeniero y se marcha en 1933 para trabajar en la URSS; por un error acaba deportado por los estalinistas en la Isla de Názino y vuelve durante la Guerra Civil a Barcelona. Luego, cuando la República es derrotada pasa a un campo de refugiados francés y desde allí recorre de nuevo media Europa.
En la obra se hacen escasas referencias al origen de sus protagonistas: "Elías sonrió al pensar en su padre, despidiéndole una semana antes con un fuerte y emocionado abrazo junto a su casucha, en Mieres. Se le llenaba el pecho de ternura al pensar en sus manos de minero viejo sosteniendo entre los dedos una de las obras favoritas de Chéjov: La gaviota". De forma que tal vez el autor escogió esta tierra como paradigma del ambiente minero y comunista que necesitaba para su relato, pero sin añadir otros detalles que habría podido conocer visitándonos.
Además de la familia Gil, Víctor del Árbol recurre al origen mierense para situar a otro personaje secundario, Ramón Alcázar, un comisario de la policía franquista, amigo de infancia de Elías Gil. Un hombre que limita su sentido de la moral a respetar la lealtad hacia su amigo: "?Ramón Alcázar Suñer. ¿No te suena ese nombre?
-¿Debería?
-Es de Mieres. ¿No es ese el pueblo de tu padre? Más o menos son de la misma quinta, y teniendo en cuenta que Mieres no es Calcuta, es probable que se conocieran".
Un millón de gotas es un relato extenso donde las notas sobre la Montaña Central aparecen de pasada, pero el autor ha acertado al situar aquí a Elías Gil, porque aunque el personaje es ficticio, en la historia reciente encontramos un amplio listado de nombres con una militancia similar, viviendo guerras, exilios y hasta aventuras en Rusia que no desmerecen en nada a las imaginadas en la novela.
Es paradójico que cuando nuestras cuencas mineras están a punto de dejar de merecer ese nombre, la literatura siga encontrando aquí un fructífero yacimiento para su inspiración. No sé quien dijo que cuando los hombres se iban sus obras permanecían. Aquí y ahora es al revés

Alfonso Zapico
FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR
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