16 de octubre de 2014

La Revolución de Octubre de 1934 en Asturias

La dinamita toma el poder

Mieres con fecha del día 20 de octubre muestran el estado de las poblaciones tras la negociación de la rendición de los revolucionarios  entre Belarmino Tomás presidente del III Comité  Revolucionario Provincial y el General López Ochoa por parte del ejército. Dicha negociación tuvo lugar en Mieres, justo el lugar donde había empezado el episodio revolucionario, el día 18 de octubre de 1934. Las fotografías serían tomadas para verificar el alto el fuego y comprobar el estado de las localidades tras los combates. Estas poblaciones no fueron tomadas por el ejército hasta el día 18 de octubre en el caso de Pola de Lena y Ujo y el día 19 en el caso de Mieres. http://bibliotecadecaminos.blogspot.com.es
Durante Octubre del 34 murieron 1.051 civiles, medio centenar ejecutados por los revolucionarios, y 324 militares.
La  fotografía es Vega del Rey con fecha del 10 de octubre de 1934. En ella se ve la columna del General Carlos Bosch y Bosch, jefe de VIII Región Militar de La Coruña y Gobernador Militar de León detenida en esta población. La fuerte resistencia de los 3.000 mineros y metalúrgicos asturianos enviados por el comité revolucionario de Mieres detuvo la columna desde el día 5 hasta el mismo día 10.  http://bibliotecadecaminos.blogspot.com.es
La Revolución de Octubre de 1934 dio comienzo en la noche del 4 al 5, tras conocerse la entrada en el nuevo Gobierno de Alejandro Lerroux de tres ministros de la CEDA, cuya legitimidad democrática era negada por la izquierda, al considerar que era una agrupación de partidos derechistas hostiles a la República. Fue uno de los acontecimientos de mayor repercusión en la historia de la España del siglo XX. En ninguna otra parte la revuelta tuvo la trascendencia, alcance y duración que en Asturias. De hecho fue su único teatro a partir del tercer día, aunque en numerosas zonas de España se organizase una huelga general. Para acabar con la revolución, el Gobierno tuvo que poner en pie de guerra lo más granado del ejército, invadiendo Asturias con el mismo rigor que si lo hicieran en un territorio ocupado por el enemigo. La ocupación se hizo por medio de columnas que avanzaron desde los cuatro puntos cardinales. Por el sur, por la carretera de Pajares, lo hicieron una serie de batallones que estuvieron bajo las órdenes de Bosch, que quedó encerrado entre Vega del Rey y Campomanes, y fue finalmente relevado por el general Balmes, ante su impotencia para superar la resistencia de los revolucionarios. Por el oeste comenzó su progresión la columna del general López Ochoa, que tenía el mando en jefe de todas las fuerzas en Asturias, y era la menos numerosa. Por el norte, en Gijón, desembarcó primero un batallón del Regimiento de Infantería nº 39, que no pudo pasar de la Venta de Veranes y tuvo que retroceder al punto de partida, y luego fuerzas de Marina y legionarios y regulares, que integraron una columna de dos mil hombres dirigida por el teniente coronel Yagüe. Por el este avanzó el coronel Solchaga, que llegó el 14 de octubre a Infiesto. Desde el aire colaboró en todas las operaciones, sin discriminar sobre dónde bombardeaban, las tres escuadrillas procedentes de León y otra de Getafe.
Prisioneros en Asturias - 1934
Cuando el Gobierno terminó el despliegue militar sobre Asturias, las fuerzas movilizadas superaban sustancialmente en número a los efectivos revolucionarios. Fueron unos 17.000 hombres, a los que se sumaron fuerzas de la Guardia Civil y de Asalto, y otras que se desplegaron desde León, al mando del coronel Antonio Aranda, para impedir la huida de los revolucionarios a través de los puertos de montaña.
Uno de los asuntos más debatido en torno a la revolución de octubre en Asturias es el relativo al número de hombres que se enfrentaron y al armamento de que dispusieron. Las cifras que se suelen manejar son engañosas, pues se contabiliza el total de armas recogidas al terminar la intentona, después que los insurgentes se hubieran apoderado de las fábricas de armas de Trubia y de Oviedo, además de todos los cuarteles de la Guardia Civil de las cuencas mineras. Pero al iniciarse el movimiento, el armamento de los revolucionarios era escaso y deficiente, pese al escándalo que había suscitado el alijo del "Turquesa" y a la constancia de que en la Fábrica de Armas de La Vega se robaban armas, incluida una ametralladora. Tenían pistolas y escopetas de caza (varios guardias civiles resultaron heridos con postas), pero pocos fusiles y escasas ametralladoras al comenzar la acción. El gran arma revolucionaria fue la dinamita, que aunaba efectos demoledores en los débiles cuarteles de la Guardia Civil y un estruendo intimidador. De hecho, el levantamiento triunfó en aquellos lugares donde había mineros y se empleó la dinamita. Una de las armas más poderosas utilizada por los revolucionarios que clavaron a la columna del general Bosch en Vega del Ciego fue un lanzabombas construido en Mieres que no era sino un "gomeru" que lanzaba cartuchos de dinamita. En cuanto al número de revolucionarios movilizados, nunca superó los quince mil. Se trataba además de un ejército no sometido a la disciplina castrense, sino que luchaban porque creían estar haciéndolo por una sociedad más justa, pero de la misma manera podían retirarse del frente a descansar en sus casas sin las rigideces del reglamento militar.
Oviedo centró el mayor esfuerzo de los revolucionarios tras dominar los cuarteles de la Guardia Civil en las cuencas mineras y otros lugares de la zona central. A la capital se encaminaron cientos de mineros y obreros de otras industrias y su asalto comenzó el 6 de octubre. Los voluntarios subían a las camionetas que les conducían a la capital, sin armas, y con una mezcla de espíritu jubiloso y sentido trágico, porque sabían que lo que les esperaba no era un juego. Consciente de ese peligro, subido ya en uno de los vehículos, gritaba uno de ellos: "¡También se muere en la mina, chacho!".
Gijón nunca fue controlado del todo por la Revolución, que se hicieron fuertes en barrios obreros como Cimadevilla o El Llano. El día 10 cesó la resistencia.
El 11 de octubre el general López Ochoa, que había salido de Lugo en la noche del día 6, logró llegar al cuartel de Pelayo, en Oviedo, donde comprobó que allí bastantes más fuerzas rodeadas por los revolucionarios de las que contaba su columna, formada en la salida por 360 hombres y que en el camino había ido sufriendo bajas. Al amanecer del día 12, López Ochoa reunió en la Sala de Banderas a toda la oficialidad y les hizo ver "lo vergonzoso que era para aquella guarnición el haber adoptado una actitud de pasiva defensa".
Camilleros con cadáveres de militares en Oviedo.
La dirección del movimiento la ejerció un Comité Revolucionario Provincial, de mayoría socialista, aunque en la práctica fueron los comités locales los que asumieron la organización y se encargaron del abastecimiento, los transportes, la sanidad o la propaganda. Durante las casi dos semanas de dominio revolucionario en las cuencas mineras funcionaron las fábricas, dirigidas por los mismos obreros y algunos técnicos que simpatizaban con ellos, para blindar camiones y producir otros materiales de guerra. En los momentos de confusión que siguieron a la desbandada en Oviedo en los días 11 y 12 de octubre, se constituyó un Comité provisional de mayoría comunista para continuar la lucha, pero pronto se reconstituyó el primero con dirección socialista. Este comité fue el que negoció la rendición con el general López Ochoa el 18 de octubre, cuando los revolucionarios tenían todavía en su poder las cuencas mineras.
La Revolución de Octubre se saldó con un elevado coste de vidas. Se calcula que murieron unos 1.051 paisanos y 324 militares o miembros de las fuerzas de orden, resultando heridos 2.051 y 903 respectivamente. De entre los muertos, alrededor de medio centenar fueron civiles ejecutados por revolucionarios al margen de los combates, la mayor parte de ellos religiosos, 33. Las pérdidas materiales fueron cuantiosas, sobre todo en Oviedo, donde la violencia de los combates quedó testimoniada por los destrozos causados tanto por los revolucionarios como por el ejército.
Tras la derrota siguió una represión inmisericorde, al tiempo que desde las filas de la derecha se levantaban voces clamando por un escarmiento ejemplar, entre ellas las de los diputados asturianos Melquíades Álvarez y José Mª Fernández Ladreda. La entrada de las tropas fue seguida de numerosos fusilamientos de revolucionarios sin juicio previo, como el famoso de Aida Lafuente, y de asesinatos, como el del periodista Luis Sirval. Posteriormente continuaron las matanzas, como la de Carbayín, y las "desapariciones", además de las torturas, los saqueos y numerosos actos de barbarie que se prolongaron durante algún tiempo. La cifra de detenidos superaba todavía a finales de 1934 los diez mil.
La campaña por el indulto a los condenados a muerte constituyó, tras la revolución, la primera gran movilización de la izquierda y provocó una reacción virulenta de la derecha. La campaña electoral de febrero de 1936 discurrió en medio de una gran tensión y una creciente bipolarización, pero la solicitud de la amnistía para los revolucionarios fue uno de los ejes centrales de la misma y clave del triunfo del Frente Popular.
                
La Universidad de Oviedo, destruida tras la Revolución.
FUENTE:   
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