2 de agosto de 2014

La jira socialista en "La Camperona" del domingo 7 de agosto de 1977

La fiesta de La Camperona.

Colección Asociación Amigos del Valle de La Hueria (San Martín del Rey Aurelio).
La jira campestre de 1977 fue sencilla y emotiva, sin grandes pretensiones, y contó con las intervenciones políticas de Avelino Pérez, Miguel Garnacho y Agustín Tomé.
   AVELINO PÉREZ. Dirigente socialista y de UGT.





http://www.lne.es
De las jiras campestres socialistas del comienzo de la transición -tan al comienzo que algunos valerosos llaman de «clandestinidad» y «semiclandestinidad»- la del puerto de Tarna, la más importante, tenía un carácter casi interprovincial, ya que a ella acudían socialistas (a veces meros curiosos) procedentes de León y de Santander a través del puerto de San Glorio. Repare el amable lector en que en la época a la que me estoy refiriendo no se había producido todavía el portentoso parto de los montes del Estado de las autonomías según mandato constitucional, según Felipe González, de manera que Santander era la provincia de Santander, tal como se estudiaba en la geografía del Bachillerato (cuando había Bachillerato y se estudiaba geografía: ahora sólo se conocen los nombres de lugares turísticos de moda).
La jira del domingo 7 de agosto de 1977 estuvo precedida por algunos sucesos de carácter local. En el aspecto meteorológico, los últimos días de julio nevó en los Picos de Europa y en el Pirineo francés, y en el terreno político las cosas estaban bastante frías, salvo en la Asociación de Vecinos de Pumarín, que recuperaba las fiestas del barrio después de doce años sin celebrarse.

Antonio Masip, de aquélla muy atento a la política municipal y al movimiento ciudadano, insinuó que le gustaría ser el pregonero de esas fiestas, y como yo era el vicepresidente de la asociación, le propuse a la junta directiva, en la que había mayoría comunista, por lo que le vetaron, alegando que podía hacer campaña electoral, posibilidad en verdad remota, porque por aquellos días no había convocadas elecciones municipales ni de ningún otro tipo. Así que Masip se presentó en el campo de la fiesta, detrás del cuartel de la Guardia Civil, con las cuartillas preparadas, enterándonos allí mismo tanto él como yo de que el pregonero sería Lorenzo Cordero, que pronunció un pregón corto, lleno de sobreentendidos pretendidamente irónicos. Después, el arquitecto Ramón Fernández Rañada habló sobre urbanismo, tomamos unas sidras y todos acabamos tan contentos, menos Masip. Esto sucedió el sábado 30 de julio. El 1 de agosto fue fin de fiesta, con rifa de botella de coñac, canciones asturianas a cargo de Chucha de Nembra, Manolo Ponteo, Silvino Argüelles, Enrique el Abogáu y el Tordín de Frieres, y en un intermedio de los cantiquines subió al estrado José Luis Marrón para explicar con brevedad y concisión, y mucha tranquilidad, la alternativa municipal del PC. En fin, la cosa tenía sus bemoles. Había también tenderetes con propaganda del PC y de CC OO, pero esto no debe interpretarse como un abuso, porque asimismo fueron invitados a participar el PSOE y la UGT, y yo mismo le transmití la invitación al comité local del PSOE, pero me contestaron que Álvaro Cuesta y su novia Ana estaban de vacaciones. Álvaro cuando no le convenía o no le interesaba algo, o no veía manera de promocionarse, estaba de vacaciones. El PSOE siempre consideró con enorme desprecio al movimiento vecinal; como me dijo Luis Gómez Llorente en una ocasión en que yo le planteé esa cuestión, el PSOE nunca estaría en ningún movimiento que no procediera de su iniciativa o del que no tuviera el control.
Quien encajó el desplante con deportividad caballeresca fue Antonio Masip, que comentó, cuando intenté explicarle lo sucedido en la fiesta de Pumarín, aunque no hiciera falta explicación: «No tiene importancia. Se trata de una cuestión romántica».
El 5 de agosto fui a comer al Niza. El comedor estaba lleno, pero había una mesa a punto de levantarse. En ese momento llegó Graciano García con un señor y me preguntó si no me importaba cederles la mesa, porque tenían prisa. Se la cedí, y mientras esperaba limpié los zapatos con un limpiabotas. El comedor seguía lleno cuando hubo terminado el limpiabotas, pero en una mesa del bar se encontraba el veterano socialista Emilio Llaneza comiendo con un hombre de aspecto imponente, alto y delgado, el rostro duro, de facciones muy marcadas, las orejas muy separadas de la cabeza y los cabellos negros peinados hacia atrás. Aparentaba unos 55 años, aunque yo sabía que tenía bastantes más, pero despistaba el cálculo la negrura sin nieves de su pelo. Me senté con ellos y Llaneza me preguntó: «¿Conoces a éste?». No podía decir que no le conocía, aunque fuera la primera vez que le veía en persona. Era el comandante José Mata, que había resistido en los montes de 1937 a 1948, y había dirigido una espectacular salida por mar de treinta y dos guerrilleros, desde las cumbres de Peñamayor al puerto de Luanco, desde donde pasaron a Francia a bordo de una bonitera francesa. Mata era una de las grandes leyendas del PSOE. Al día siguiente de desembarcar en Francia se dirigió a Arlés, donde obtuvo trabajo en una mina, y en sus momentos libres reorganizó las formaciones socialistas españolas en Francia, en compañía de José Barreiro. Después de la muerte de Franco hizo varias tentativas de regresar a España, pero se le pusieron dificultades cuando solicitó el pasaporte, y por otra parte, al PSOE no le interesaba airear a un personaje cuya fotografía más divulgada le presentaba con una pistola al cinto. Al fin pudo regresar Mata, siendo recibido con entusiasmo en Barcelona, aunque a la estación de Oviedo sólo fueron a esperarle de tapadillo Rafael Fernández, Avelino Cadavieco, Álvaro Cuesta y algún otro. No dejaba de resultar curioso que a quien había sido aclamado en Barcelona como un héroe de la resistencia en su tierra se le recibiera a escondidas. Probablemente Mata, de haber encontrado otro ambiente, se hubiera quedado aquí, pero sin demasiados estímulos, no tardó en regresar a Francia. Yo mantuve una larga relación epistolar con él hasta poco antes de su muerte. Conservo sus cartas manuscritas: alguna vez insinué la posibilidad de entregarlas al PSOE, pero siempre obtuve la callada por respuesta.
En aquel primer encuentro, Mata me regaló y dedicó la fotografía del pistolón, que más tarde envié a la Gran Enciclopedia Asturiana como ilustración de mi artículo sobre el comandante Mata, y por allá quedó. Hablamos largo y tendido. Le pregunté por su participación en la Revolución del 34 y me contó que había entrado en Oviedo por San Lázaro, tirando menos dinamita de la que se dice. Después de rendir un puesto situado donde ahora está la farmacia de la calle Magdalena que hace esquina con Gastañaga, y de librar a los defensores de las iras de algunos revolucionarios, se dirigieron al cuartel de Santa Clara, donde había una resistencia más seria. También me habló de los maquis, de manera especial de los hermanos Castillo, con quienes intentó enlazar cierta vez que le hirieron en los Picos de Europa. Charlábamos cuando entró Rafael Fernández. Mata comentó: «Aquí estamos la base y dentro come la burocracia».
El domingo día 7 fue la jira campestre de La Camperona, encima de La Hueria de Carrocera, el pueblo natal de Mata, que él prefería llamar, a la manera antigua, la Hueria de San Andrés. La Camperona es una amplia campa en declive, en la que confluyen los concejos de San Martín del Rey Aurelio, Langreo y Siero. Aunque la reunión se presentaba como un acto de confraternización de los pueblos mineros del valle del Nalón, en el que las organizaciones socialistas eran más fuertes y numerosas, La Camperona nunca consiguió reunir a tantas personas como las concentraciones del puerto de Tarna, de las que proceden las actuales de Rodiezmo, después de haber pasado por Puebla de Lillo. El punto de partida era El Entrego, que entonces, con el castillete de mina en la calle principal, que era al mismo tiempo la carretera general al puerto de Tarna, mantenía entre polvo de carbón y grandes edificaciones de viviendas, desoladas como cuarteles, el ambiente minero. Para ir a La Camperona había que cruzar el río, más allá del parque, y subir la montaña en dirección a La Hueria. La carretera era y sigue siendo con muchas curvas, por lo que la Guardia Civil confraternizaba también dirigiendo el tráfico. En la campa, unas doscientas personas, la mayoría con pañuelos rojos al cuello, no abultaban mucho. Covi le ató un pañuelo rojo a nuestro perro «Black», a pesar de que era un reaccionario. En la campa estaba Pepe Llagos, el gran patriarca del socialismo del Nalón, con Garnacho padre. Abrió el acto el cantautor Avelino, repitiendo una vez más que había desgarrado su voz en los episodios de la lucha obrera, y anunciando que cuando no le quedara voz, trabajaría para la UGT como militante. Después mitinearon Avelino Pérez y Manuel Garnacho, que era el único ugetista de la ejecutiva nacional que no perdía acto minero, y Agustín Tomé, luciendo un jersey rojo muy propio, dijo también algunas cosas más o menos repetidas. Aquellos mineros perplejos y felices escuchaban y no daban crédito a lo que escuchaban: no acababan de explicarse que fueran el gran mito del proletariado mundial. Abajo se veía el valle, verde y muy hermoso. Fue una fiesta sencilla y emotiva, sin grandes pretensiones. Las cosas estaban cambiando y pronto no serían posibles estas fiestas.
                                       Ilustración de Pablo García

FUENTE:  La Nueva España.
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