29 de mayo de 2014

La historia de cinco republicanos en Mauthausen.

La tragedia de los "kapos" asturianos de Mauthausen.

                                     Mauthausen 1945 de Andrekosslick

                                                       Laura S. Leret.

La venezolana Laura Leret recrea la historia de cinco republicanos, dos de ellos de Ribadedeva y Quirós, juzgados por colaborar con los nazis.
                      Indalecio González, antes de su ejecución en Landsberg, en febrero de 1949.


A veces la historia se ríe del destino de los humanos de forma sarcástica. Indalecio González sufrió en su carne ese baile macabro de la historia que fue la primera mitad del siglo XX. Y es que este asturiano de La Franca (Ribadedeva) había nacido para perder. Perdió la guerra de España, que luchó en el bando republicano. Ya en el exilio francés, sufrió las consecuencias de la derrota francesa ante los nazis en 1940. Encerrado en Mauthausen (Austria), quizás harto de estar del lado de los perdedores, eligió servir a sus carceleros y se convirtió en uno de los "kapos" del brutal campo de concentración. Según las actas del juicio que se le siguió en Dachau, entre noviembre de 1945 y agosto de 1948, "Asturias", que por este apodo se le conocía, cometió absolutas vilezas con los presos, sobre todo franceses y polacos, nunca con los españoles, a los que protegió. En febrero de 1949 fue ahorcado por los norteamericanos en la fortaleza bávara de Landsberg, la misma en la que Adolf Hitler había escrito su vesánico "Mein Kampf" un cuarto de siglo antes. Toda una ironía. De nada sirvieron los telegramas del Gobierno republicano en el exilio pidiendo que se le aplicase una pena menos severa, o las súplicas que envió su mujer al presidente Harry Truman.


                         Una visión de Mauthausen sin héroes - Público.es

En el caso de González hay pocas dudas de que cometió los crímenes que se le imputaban, pero no así en el de otros cuatro "kapos" españoles de Mauthausen, entre ellos el quirosano Laureano Navas, que fue condenado a cadena perpetua, aunque fue exonerado después, en 1948, por lo poco fiable de los testigos. La venezolana Laura S. Leret (nieta de Virgilio Leret, el primer oficial republicano fusilado por los sublevados en Melilla en 1936) recupera la historia de estos cinco españoles de Dachau a través de las vivencias de uno de ellos, Domingo Félez, aragonés que aún reside en Venezuela. En "Domingo Félez. Veterano de tres guerras" (Fundación Leret O'Neill), la socióloga y periodista venezolana, hija de la escritora Carlota Leret, recorre la vida de este alcorisano, todo un superviviente: soldado republicano, miembro de las compañías militarizadas de la Línea Maginot, preso en Mauthausen, guerrillero en los sesenta, empresario...


Félez coincidió con "Asturias" y el resto de los acusados españoles del juicio de Dachau. Como indicó en 2012 a LA NUEVA ESPAÑA, su trato fue más bien superficial, sin entrar en los motivos que les habían puesto ante tribunal militar norteamericano. "En aquellas circunstancias era mejor no preguntar", indica. En el caso de Félez, que era el "peluquero" de Gusen (o Mauthausen II), se le acusaba de haber seleccionado para las cámaras de gas a 180 presos. Pero él pudo demostrar que cuando se produjo este incidente había sido trasladado a otras instalaciones. Félez reconoce que en alguna ocasión golpeó a algún preso, como cuando uno a los que tenía que "pelar" (literalmente, porque había que quitar todo el pelo del cuerpo) le llamó "rotspaniershizakübel", "rojo español balde de mierda". "Había que obedecer o te daban una paliza", se justifica para explicar lo que era Mauthausen.

                                       Domingo Félez, en 1938.
 
Los cargos contra Ignacio González eran mucho más graves. En el acta de acusación puede leerse que tenía en Gusen bajo su mando a 14 o 16 "kapos", entre 40 o 50 "kapos" asistentes y 1.600 presos. "Un testigo señala que golpeaba a los presos con los puños, un garrote y una manguera; que a principios de 1945 golpeó a un preso francés hasta la muerte. Otro testigo declara que vio al acusado pegar a un preso polaco hasta que murió, y cómo el cuerpo era llevado hasta el crematorio. 
                                               
También que siete presos fueron asesinados en 1944 al ser arrojados a una letrina llena de excrementos; que vio al acusado empujar a dos de las víctimas y extraer todos los cuerpos al otro día", decía el fiscal.
"Un tercer testigo indica que en septiembre u octubre de 1944 le vio golpear hasta la muerte a un preso llamado Zyrlich, y cómo mataba a un preso polaco con una estaca. Otro testigo le vio matar a un preso judío polaco con una pala", señala el acta de acusación. En su declaración, González sólo reconoció haber golpeado a algún preso con las manos, por robar. Otros testigos (Schulz, Weithofer, Kansmayer) indicaron que nunca le habían visto golpear a nadie, aunque uno de ellos sí dijo que otros presos lo comentaban. Laura S. Leret asegura que los supuestos crímenes de González nunca fueron demostrados. Los testigos señalaron que las muertes no fueron por maltrato, sino por las balas de los SS o las inyecciones de gasolina que se aplicaban a enfermos y heridos.

                                 Laureano Navas posa ante los americanos en Dachau, en 1947.

"Se batió por la libertad", decían quienes trataron de salvar a "Asturias".

Picture made for the new edition of Sine Requie Rpg (© Asterion Press).
Ministros y políticos de la República en el exilio, la Liga de los Derechos del Hombre, un pastor protestante, un abogado alemán y hasta un ministro guatemalteco pidieron clemencia al general Lucius Clay, gobernador estadounidense de Alemania, para que se rebajase la pena a Indalecio González y no se le ejecutase. Entre los argumentos ofrecidos estaba que había luchado por la libertad en España y Francia.
La esposa de González, Francisca, con la que tenía un hijo pequeño, llegó a escribir al presidente Harry Truman un carta transida de dolor, en la que relataba las desgracias que le habían acaecido a la familia desde que tuvieron que tomar el camino del exilio. Indicaba los buenos sentimientos de protección al débil que habían animado la vida de González y su desesperación por tener que morir "con el estigma de un vil criminal".
Añadía esta mujer, que escribía desde el Hospital General de Bourges (Francia), que González se había batido en los campos de España (llegó a ser capitán del Ejército republicano) y Francia por la "libertad del mundo". No sirvió de nada. Fue llevado al cadalso el 2 de febrero de 1949 y compartió el mismo destino que alrededor de 300 criminales nazis juzgados en Dachau y Nuremberg.
En 2010, sesenta años después de la ejecución, un superviviente valenciano de Mauthausen, Luis Estañ, ya fallecido, aseguró que González le había salvado la vida al apartarle de un grupo de presos que fueron arrojados a un barranco por los SS. No está muy claro que un testimonio como éste le hubiese salvado la vida en los juicios de Dachau.
En el libro de Laura S. Leret, Domingo Félez indica que conoció a "Asturias" en Gusen, aunque había comenzado de "kapo" en un comando pequeño en Sankt Georgen. "A partir de 1943 comandaba un grupo grande. Era minero y abrían unas minas en la montaña para meter una fábrica de armamentos. Abrían bóvedas, le echaban concreto al piso y al techo", relata. "No me llevaba bien con Indalecio, se las daba de hombre fuerte. Me imagino que por el trabajo que hacía, por el puesto que tenía; no creas, la cosa era dura, no le quedaba más remedio que cortar oreja y rabo, porque si no... hay que aplicar aquello de que nadie podía negarse a nada", añade.
El otro asturiano, Laureano Navas, que había estudiado Química en Oviedo y llegó a teniente del Ejército francés, fue condenado a cadena perpetua, pero su caso fue revisado en 1948 y fue exonerado al demostrarse que los testigos no eran fiables. Aún le quedan familiares en Asturias. De él, Félez asegura que "siempre supe que era "kapo", pero de dónde, no lo sé, él era un "kapo" segundón".
El 5 de mayo de 1945 el 41º Escuadrón de Reconocimiento de la 11ª División Acorzada de los Estados Unidos, encuadrada en el 3er Ejército Americano, llegaba a las puertas del campo de concentración de Mauthausen. Al día siguiente se hacía la famosa fotografía de la entrada del campo, con la pancarta en la que podía leer: «Los españoles antifascistas saludas a las fuerzas libertadoras». 

FUENTE: 




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