2 de abril de 2014

Mapa Literario Asturiano (I)

Viaje ilustrado por el Oriente.

                                 José del Campillo y Cossío.
Asturias fue poco visitada incluso en los siglos XVIII y XIX, en los que se
despertó en la culta Europa la pasión por recorrer países exóticos y estimulantemente atrasados.
                          La iglesia de Santa Eulalia de Abamia.
A Asturias se entra por todos los puntos cardinales: desde los puertos de alta montaña, como Joseph Townsend, y desde los puertos de mar, como los cruzados del Norte que arribaron a Gijón en 1147 y cuya aventura relata don Juan Unía; por el camino de Francia, acompañando al sol los pocos días que se muestra, como los peregrinos a Santiago que seguían la ruta de la costa, desde los confines de Finisterre, como llegó George Borrow vendiendo biblias (en realidad, la versión del Nuevo Testamento del padre Scio). No era Asturias tierra de fácil acceso, como no lo es ahora, por lo que los puntos cardinales más transitados eran el Sur, a través de las montañas, y el Este, cruzando el río Cares-Deva, que la separa de la montaña santanderina. Del Norte. por mar. venían pocos viajeros. y menos aún del Oeste. En realidad, Asturias fue poco visitada incluso en los siglos XVIII y XIX en los que se despertó en «la culta Europa» la pasión por recorrer países exóticos y estimulantemente atrasados. Lord Byron, Beckford, Gautier, etcétera, buscaron Oriente en España y Portugal, el extremo más occidental de Europa: las incoherencias del turismo. No obstante, pocos de estos turistas ilustrados atravesaron la cornisa cantábrica, según Ana Clara Guerrero, por ser Asturias y Santander «zona que por su similitud natural con su país de origen merece menos comentarios». Edward Clarke, en el siglo XVIII, destaca las montañas y los bosques de Asturias; Joseph Townsend la compara en varias ocasiones con Inglaterra, sin que nuestra tierra salga mal parada (salvo la sidra).
A Asturias se acercaron los romanos en busca de oro. No hubo demasiados extranjeros en épocas posteriores. Los viajeros ingleses y franceses, que eran de los pocos ciudadanos que podían permitirse viajar, no encontraron exotismo suficiente para que el viaje resultara rentable. Propongo un viaje que me parece que no se ha realizado nunca (no así en la vecina provincia, sobre la que José María de Cossío escribió sus documentadas «Rutas literarias de la montaña»: el autor es tan «antiguo» que no pudo ser «políticamente conecto» y escribir Cantabria en lugar de la preconstitucional Montaña; ¡qué le vamos a hacer! Un viaje en busca de nuestros escritores. Como disponemos de menos espacio que Cossío, nuestro recorrido será más rápido: procuraremos, no obstante, que no falte ningún autor principal. Para evitar las suspicacias inevitables, excluiremos a autores vivos. Suficiente suerte tienen con estar vivos.
La línea de separación entre la Montaña y Asturias la traza el río Deva y va desde las montañas al mar Cantábrico. La Horcadura del Canto, al norte de Tresviso y a 1.268 metros sobre el nivel del mar, ya pertenece a Asturias. lo mismo que aproximadamente la mitad del desfiladero de la Hermida, que don Benito Pérez Galdós propone que se le llame «esófago» en lugar de «garganta», «porque al pasarlo se siente uno tragado por la tierra». El desfiladero, la garganta o el esófago (como se prefiera) acaba poco antes de llegar a Panes, la capital de la Peñamellera Baja, desde donde se puede descender hasta la costa o continuar entre montañas en dirección a Cabrales, hasta la desviación a la derecha que sube a Alles, la capital de la Peñamellera Alta. Es un pueblo que sorprende desde la lejanía, situado en la cima de una montaña y sobre cuyo caserío destaca la monumentalidad de una gran iglesia de finales del siglo XVIII. Otras casas de piedra de aspecto palaciego y algunas con galerías de cristaleras edificadas por indianos a comienzos del siglo pasado otorgan a Alles un aspecto singular y extraño: tales construcciones suntuosas (por así decirlo) es lo que menos espera encontrar el viajero o visitante en lo alto de una montaña. También se conservan las ruinas de la iglesia de San Pedro de Plecín, con una buena portada con capiteles. perteneciente al románico tardío.
En Alles nació en 1693 don José del Campillo y Cossío: con él se inaugura la ilustre galería de los ilustrados asturianos, entre los que destacan como cumbres el marqués de Santa Cruz de Marcenado. Campomanes y Jovellanos. Antes que todos ellos fue Campillo, quien, al igual que Campomanes, ocupó altísimos cargos en el Gobierno de la nación: llegó a ser ministro universal de Felipe V. A diferencia de Jovellmos, cuyo breve paso por el Gobierno sólo le permitió ser un ilustrado teórico. Campillo fue teórico y gobernante, y el más teórico junto con Jovellanos. La profesora Mateos Dorado, editora de algunas de sus obras, observa que Campillo, cuando nació, no era asturiano, ya que Aller era un lugar de realengo del valle de Cueto de Arriba, perteneciente al partido de Laredo, en la provincia de Burgos, del Reino de Castilla la Vieja. En lo eclesiástico dependía del Obispado de Oviedo, y en 1833, con motivo de la reforma administrativa de Javier de Burgos, Peñamellera pasa a ser Asturias. «Así, encontramos que Campillo se convierte en asturiano más de un siglo después de un nacimiento», comenta Mateas Dorado.
Campillo vivió muy poco tiempo en Alles, sólo los primeros años, y allí cursó los estudios elementales, ya que existía una buena escuela de latinidad. Aquel rincón tan apartado había sido cantera de inquisidores, con destino en Logroño los más de ellos. Muy joven, Campillo abandonó la montaña natal para no regresar a ella: lo mismo que Alonso de Quintanilla, de Paderni, al lado de Oviedo y de quien decía Antonio de Nebrija que parecía mentira que una tierra tan oscura como la de Asturias hubiera sido la patria de un hombre tan brillante; o el dramaturgo Francisco Bances Candamo, nacido en Sabugo (Avilés).
Campillo, nuestro primer ilustrado en el orden cronológico, es de los primeros en el intelectual. Escribió mucho, seguramente robándole horas al sueño. El interés de algunos de sus libros es histórico y documental; otros son tan actuales, útiles y dignos de ser leídos y meditados como algunos escritos de Jovellanos. Entre estos destacan «Lo que hay de más y menos en España» y «España despierta». En la España del siglo XVIII, como en la de ahora, sobraban muchas cosas y faltaban muchas más. Sobraban jueces y faltaba justicia, faltaban navíos y sobraban ociosos, faltaba trigo y sobraban hurtos, sobraban tributos y faltaba gobierno. En la cuestión tributaria, por ejemplo, «cargando lo menos a los que debían imponer lo más, queda esto para el pobre». Y faltando virtud, el vicio estaba generalizado, «La justicia se halla desfigurada», estando «los vicios en el puto tan alto en que los vemos». Campillo no sólo era un ilustrado y un hacendista: era un moralista.
De Panes, por una carretera de montaña que pasa por Ruenes, Rozagás y Arangas se sale a Arenas de Cabrales, y ya en la carretera regional, una desviación en el alto de La Rebolleda, más propiamente de Llamargón, se desciende a Posada, y de allí, pasando ante el templo románico de San Antolín de Bedón, se llega a Nueva, de donde era oriundo Gumersindo Laverde, que escribió poco pero incitó a Menéndez Pelayo, que escribió mucho. Más adelante, en una desviación al Norte, se encuentra la parroquia de Pría: en el lugar de La Pesa, al lado de la iglesia, nació Pepín de Pría, «el Mistral del hable», el delicado poeta de «Nel y Flor» y «La fonte de Caí».
Continuando por el interior se atraviesan el concejo de Onís y Corao, de cuya iglesia de Abamia dejó Ambrosio de Morales una descripción épica, pues vio el templo rodeado por las lanzas de los montañeses como si se tratara del campamento de Don Pelayo.
                         La iglesia parroquial de Arangas.

Publicado por  La Nueva España · 7 julio 2013.
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Del territorio mágico de Corao al Lastres del matemático Pedrayes.

Agustín Pedrayes y Foyo, ilustre hijo de Lastres, uno de los más relevantes empezó docentes siendo destacado profesor. 
 
Covadonga es la capital espiritual de Asturias, con la naturaleza en todo su esplendor: montaña, bosque, maleza, cueva, río interior y fuente mágica.


                          Real sitio de Covadonga
Entre Corao, Abamia y Covadonga se extiende un territorio mágico, con el recuerdo todavía vivo del paso de las legiones entre los dólmenes al borde de los grandes bosques y el proyecto de un panteón real que desde Abainia se trasladó a Covadonga.
En Abamia también estuvo enterrado un aventurero descrito como un personaje de Hoffmann lujo una lápida rajada y olvidada que recordaba un cuento de Poe.
El alemán Frassinelli, pese a su aspecto romántico, era un chamarilero y especulador que vino a España a beneficiarse de la almoneda de los conventos a causa de la Desamortización.
Covadonga, al fondo de un valle, es el centro histórico de esta comarca y la capital espiritual de Asturias. «El valle va cerrándose con mas aspereza, hasta que sin tener salida se cierra al cabo con una peña muy alta y ancha que lo toma de través», escribe Ambrosio de Morales. Es la naturaleza en todo su esplendor: montaña, bosque, maleza, cueva, un río interior y una fuente mágica, y dando unidad al conjunto, un templo en medio de un cerco de cumbres.
En la cueva moraba un ermitaño y había sido el lugar de culto de una señora («Domina»). Su nombre, desde los remotos orígenes, parece referirse a una cueva honda o a la Cueva de la Señora: «Covadefonga» se la denomina en la donación de varias iglesias territorios y derechos de 11 de noviembre de 741 hecha por Alfonso I y su esposa Ermesinda. El nombre no debe derivarse directamente de «Coua Dominica», que hubiera dado algo parecido a «Covadominga», sino de «Coua Domnica», según Moralejo.
Sobre Covadonga, sobre la cueva, sobre la batalla. sobre el lugar, se ha escrito muchísimo: no todo perdurable, ni siquiera aprovechable. Según Robert Southey, no figura en los heroicos anales de la fama lugar de tanto renombre.
La mencionan Lope de Vega, Quintana, Espronceda, el Duque de Rivas; Jovellanos, Campoamor, Clarín, Teodoro Cuesta, Ramón Pérez de Ayala... Concha Espina desarrolla la novela «Altar mayor» en su majestuoso escenario. No obstante, tiene razón Cayo González Gutiérrez cuando señala que «falta el Ercilla de Covadonga o el Virgilio que ensalce sus extraordinarios paisajes».
Del valle de Covadonga se sale por Soto de Gangas, que, según Ambrosio de Morales, no está a más de una legua del mercado de Cangas de Onís. Cangas fue la capital de don Pelayo, y la primera corte después de la caída de Toledo. La ermita de la Santa Cruz, levantada sobre un dolmen, fue reedificada por el rey Favila el año 737.
Otro de los monumentos de la ciudad es el dedicado al elocuente don Juan Vázquez de Mella, vecino de don Pelayo. Era hijo de un militar destinado en Cangas, según Nicolás Estébanez, «un veterano muy amable, muy digno y, por añadidura, liberal, bastante más liberal que su hijo, el orador carlista». Estébanez, que estuvo algún tiempo de cuartel en Cangas de Onís siendo teniente, relata en sus interesantes y deliciosas memorias que los oficiales jóvenes publicaban un periódico titulado «El Orangután», donde hacían la apología en verso y prosa del oso que devoró al rey Favila, y habiendo sido suspendida la publicación por este motivo, los redactores se acercaban todos los años a Villanueva, donde se suponía que Favila murió, para homenajear al oso regicida.
Como escritor, Vázquez de Mella es ampuloso y doctrinal. enemigo del liberalismo y teórico del regionalismo, que fundamenta en la tradición. Para que vengan ahora los socialistas inventando el federalismo.
También en Cangas de Onís, de Llano de Margolles, fue Juan Antonio Cabezas, periodista, novelista, memorialista, cervantista, y en Cangas tenía sus raíces la novelista mexicana Elena Garro, casada con el poeta Octavio Paz y autora de «Las vísperas del futuro», que dedicó a la tierra de sus mayores un libro malhumorado e injusto, «La casa junto al río», mas arreglo de cuentas que novela. Elena Garro y su hija pasaron un invierno en Cangas de Onís, y la estancia no debió haber sido estimulante.
Dejando a un lado los ataques a personas todavía viven, la mexicana no debió haberse enterado de en que país se encontraba: a veces intenta describir una situación parecida al franquismo y otras sus personaies leen en «El País». Garro tenía de España y de Cangas una idea absurda: seguramente no había evolucionado desde los días juveniles en que asistía en Valencia al Congreso de Escritores de 1936.
De Cangas de Onís a Arriondas, se sigue la línea del río Sella, dejando atrás las cumbres nevadas de los Picos de Europa. Arriondas, una hermosa población que con la sierra del Sueva a su espalda y los Picos de Europa en la lejanía parece de alta montaña, está en una llanura donde el río Piloña desagua en el Sella.
Emprendemos la ascensión del Sueve por el Fito: al otro lado del puerto coronado de pinos, con las cunetas llenas de agujas, tenemos a nuestros pies la estrecha franja costera en la que caseríos, aldeas y villas se dispersan sobre el terreno hacia Villaviciosa.
Uno de los primeros pueblos en presentarse es Gobiendes, al lado del mar y en la falda del Sueve, con su iglesia del siglo IX y su palacio del siglo XVII, y la casa familiar de Pedro Caravia, filósofo socrático y liberal en tiempo de penuria, cuya escasa obra escrita fue reunida en un volumen titulado «Sobre arte y poesía».
En Colunga, un busto chato, hecho con mejores intenciones que talento, representa al doctor Francisco Grande Covián, nacido en la buena casa que hay detrás. Aquí nació en 1849 el erudito Braulio Vigón, historiador, folclorista y filólogo, autor de «Antigüedades romanas de Colunga» y de «Tradiciones populares de Asturias: juegos y rimas infantiles recogidos en los concejos de Villaviciosa, Colunga y Caravia».
En el estudio de las tradiciones populares no es menos meritoria la obra de Aurelio de Llano Roza de Ampudia, del vecino concejo de Caravia, autor de un librito sencillo y fundamental «Del folklore asturiano», al que le puso prólogo Ramón Menéndez Pidal.
Llano y Constantino Cabal son los verdaderos iniciadores de los estudios etnográficos en Asturias. La obra de Cabal es más amplia y sugestiva; la de Llano, más rigurosa. Lastra a Cabal un estilo pretenciosamente literario, del todo impropio para lo que expone. A Llano no le afectaban las velocidades literarias, sino las «científicas».
Durante la ocupación de Oviedo en 1934 observó los sucesos revolucionarios desde un balcón de su casa, escribiendo sobre ellos un curioso testimonio: «Pequeños anales de quince días». De aquí es, asimismo, José María Uncal, vigoroso poeta del mar.
De La Riera de Colunga era el formidable dominico fray Toribio de Pumarada, autor de un pintoresco y elocuente «Arte general de grangerías (1711-1714)», donde se revela agrónomo experto y sensato, enemigo del monocultivo del «maizón», por ejemplo. Y como buen teólogo, también del buen conocimiento, y del cultivo de la tierra se saca provecho espiritual (además del material, importantísimo).
De Lastres era Agustín de Pedrayes, el matemático amigo de Jovellanos que le daba explicaciones muy enrevesadas sobre cuestiones muy sencillas. Además de un «Tratado de matemáticas» publicado en París en 1799, escribió una «Descripción y noticias del concejo de Lastres», inédito.

Aún puede verse in situ la estructura dolménica sobre la que fue erigida la construcción. Ermita de Santa Cruz de Cangas de Onís
 
Publicado por La Nueva España · 14 julio 2013.
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De la Villaviciosa del ministro Pidal a la Lena del poeta festivo Vital Aza.
                Vital Aza Builla nació en Pola de Lena (Asturias) el día 28 de Abril de 1852.

Alonso Bernardo Rivero escribió una novela a imitación del Quijote, y José Manuel Castañón, dotado para la soflama, creía ser el ingenioso hidalgo manchego.
De Lastres se va a Villaviciosa volviendo a Colunga o bien por una carretera secundaria que sale a Terienzo, y de allí, a la Villa nombrada, de la que algún escritor supuso que lo era por la golfería de sus habitantes cuando lo es por la abundancia de sus huertas y frutales: pues en su contexto, «viciosa» vale por «abundante» y «deleitosa», como la Bretaña de una novela de Cunqueiro, que era muy viciosa en caminos.
Villaviciosa es villa monumental con historia ilustre. En Puente Huetes desembarcó el joven Carlos de Gante, camino de ser rey de España y emperador del mundo: ningún otro monarca, salvo su hijo Felipe II, reinó sobre tan extensos territorios del planeta Tierra, en los siete mares y en los cinco continentes.
Con él venía el cronista flamenco Laurent Vital, a quien se le debe una de las primeras descripciones pormenorizadas de un trozo de la región, desde la propia Villaviciosa hasta la raya con la Montaña (entonces no se decía Cantabria y el emperador Carlos nos autoriza a que empleemos la antigua terminología, la que aprendimos en el Bachillerato. Laurent Vital era un espíritu despierto y atento, que anotaba lo que veía y veía muchas cosas nuevas: a él se debe la primera «revista» taurina jamás escrita, porque, dada su condición de extranjero, debemos considerarlo un precursor de Hemingway, Montherlant y Jean Cau.
Villaviciosa es famosa por muchas cosas: por sus templos prerrománicos, por sus huertas, por sus avellanas, famosas en Inglaterra en el siglo XIX, adonde se exportaban por mar. Visitando George Borrow la villa quiso probarlas en su lugar de origen, pero aquí funcionó como acostumbra el sentido comercial de los asturianos: primero le dijeron que no las vendían porque las enviaban a Inglaterra y después de mucha insistencia le vendieron un puñado: la mayoría estaban huecas.
Abundan también en Villaviciosa los escritores: José Caveda y Nava (1796-1882), historiador y político, autor de «La poesía castellana como elemento de la Historia», del «Examen crítico de la restauración de la monarquía visigoda en el siglo XIII» y de una «Historia de Oviedo»; Pedro José Pidal (1799-1865) fue un buen ministro que reglamentó el funcionamiento de las diputaciones provinciales y los ayuntamientos, reformó los servicios de Correos, estableció la primera línea del servicio oficial de telégrafos e implantó un nuevo plan de instrucción pública: cosa que no debe de ser tan difícil, pero que el actual ministro Wert, con mayoría absoluta, es incapaz de hacer.
Como escritor, reunió sus escritos dispersos en los dos tomos de «Estudios literarios»: su prosa no ayuda a la lectura, pero se ocupó de asuntos sugestivos, algunos tratados por primera vez, como la presencia de escandinavos en las costas de América en el siglo IX o la importancia de un escritor por entonces poco recordado como Pedro Malón de Chaide, uno de los grandes prosistas del siglo XVI, gracias a su «estilo sencillo».
Alonso Bernardo Rivero y Larrea, de la mitad del siglo XVIII, fue cura de Ontalvilla y despoblado de Ontariego, en la diócesis de Segovia, y mató sus ocios escribiendo una novela a imitación del «Quijote» titulada «Historia fabulosa del distinguido caballero Don Pelayo Infanzón de la Vega, Quixote de la Cantabria», en la que se encuentran algunas de las primeras muestras del bable en el habla del criado Mateo del palacio. No fue Rivero y Larrea el único asturiano que imitó el «Quijote»: también lo hicieron Siñériz y más recientemente Atanasio Rivero. Si se tiene en cuenta que a Shakespeare le imitaron los eslavos, a Cervantes los ingleses, a Goethe los alemanes y a Poe los argentinos, las imitaciones asturianas del «Quijote» pueden ser un dato más del anglicismo astur, reconocido, entre otros, por Joseph Townsend y Ramón Pérez de Ayala.
Nicolás Rivero, nacido en el lugar de Las Callejas de la parroquia de Carda, en 1849, después de una historia juvenil bastante agitada como seminarista en Valdediós y guerrillero carlista, emigró a Cuba, donde ejerció el periodismo y fundó el «Diario de la Marina», uno de los grandes diarios de las Américas españolas. Mas si queremos un aventurero, ninguno mejor que Domingo de Toral Valdés, de la aldea de Argüero, que fue paje, vagabundo como lazarillo de un ciego por la piel de toro, soldado en Flandes al servicio del rey de España y en la India al servicio del rey de Portugal, sitiador de la plaza de Ormuz en Arabia y, cansado de tanta bulla, desertor y fugitivo, atravesando el Indostán, Arabia y Persia, ejerciendo como mendigo, tahúr y ladrón hasta que alcanzó los puertos del Mediterráneo.
Embarcado en una nave que le condujo a Marsella, pisó tierra francesa como si fuera la suya propia. Dejó una relación de sus aventuras «escrita por sí mismo», cuya brevedad disculpa: «Pudiera alargarme mucho más en mi particular, pero el hombre ni en bien ni en mal es bien que hable mucho de sí». Podrían haber aprendido de él los poetas que escriben diarios y los autores de novelas interminables. Él, teniendo mucho que contar, fue parco.
Aunque nacido en Nava, el poeta Bruno Fernández Cepeda fue dómine latino en la villa, adquiriendo fama de severo. Otro poeta bable de la misma época, Antonio Balvidares, nació en San Román, en el vecino concejo de Sariego. Sariego actúa como paréntesis y distribuidor hacia el centro de Asturias. Desviándonos hacia el Sur llegaremos a Langreo por Pumarabule. De Ciaño Santa Ana era José María Jove, finalista del premio «Nadal» con «Un tal Suárez» (1949) y autor también de «Mientras llueve en la tierra», de asunto minero y estimulante sencillez y eficacia narrativa. La cuenca del Nalón es una continuidad urbana desde Barros hasta Blimea.
Ovidio Gondi, de El Entrego, es autor de grandes reportajes como «Israel de Perfil» y «Las batallas de papel de la cama de cristal», sobre la ONU. Hacia Laviana el caserío empieza a espaciarse.
La capitalidad de la otra cuenca, la del Caudal, corresponde a Mieres, donde era la simpática figura de presbítero José Antonio Sampil Labiades, amigo de Jovellanos, apicultor y escritor agrónomo, autor de «Nuevo plan de colmenas», de limpia prosa que se lee con gusto.
De Urbiés era otro formidable aventurero, Diego Suárez Corvín (1552-1623), soldado en Orán y en Sicilia, autor de «Historia del maestre último que fue de Montesa y de su hermano don Felipe de Borja», y de cuatro romances en lenguaje antiguo a imitación de los del Cid. Gonzalo Castañón fue periodista patriota y valeroso, asesinado por los separatistas cubanos en Cayo Hueso. Otro periodista, Alberto Fernández, fue el historiador de la participación de españoles en la Resistencia francesa, y César Rubín escribió una novela sobre la mina, «Luz en las tinieblas». Pero la figura literaria más representativa de Mieres es Teodoro Cuesta, poeta festivo que escribió un bable reconocible y entrañable. Otro gran poeta festivo, de ámbito y éxito nacional, es Vital Aza (1851-1912), que triunfó en los escenarios madrileños con piezas cómicas siempre muy bien acogidas por el público, natural de Pola de Lena. También lenense es Manuel Pilares, autor de «Poemas mineros», poesía recia y popular, la otra cara tal vez de los «Romances del grisú» de Jesús Castañón, de Moreda, más artística, y de un admirable volumen de cuentos, «Cuentos de la buena y de la mala pipa», de una sencillez que emociona sin melodramas y provoca la risa como quien cuenta una anécdota entre amigos.
De la extensa obra de José Manuel Castañón, igualmente de Pola de Lena, se cita «Moletú Volevá». Aunque insistió en la novela, estaba más dotado para la soflama y el altivo discurso moral en el que casi siempre se ponía como ejemplo de rectitud. Creyó ser un quijote en un mundo lleno de malandrines.
Monumento al poeta mierense Teodoro Cuesta, obra de Arturo Sordo, en la calle Teodoro Cuesta (la Pasera) de Mieres.
Publicado por La Nueva España · 21 julio 2013
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