8 de marzo de 2014

LOS NOMBRES DE LA MONARQUÍA ASTURIANA (XIII), Alfonso III ocupó el trono entre el 866 y el 910, fue el último rey del período conocido como Monarquía asturiana.

Alfonso III, el último rey.

El retrato de Alfonso III el Magno que se encuentra en el salón de plenos del Ayuntamiento de Oviedo.

http://www.lne.es.
Muerto Ordoño, le sucede al frente del reino su hijo Alfonso, que contaba 18 años de edad, según la "Crónica Albeldense", la principal y más cercana fuente para el conocimiento de su reinado, pues fue escrita en el año 883. Otra crónica, la denominada de "Sampiro", escrita a comienzos del siglo XI, da cuenta de todo su reinado y es fundamental para el período posterior a 883. Esta "Crónica de Sampiro" dice que tenía 14 años al acceder al trono, pero merece más crédito la "Albeldense", por su proximidad temporal y haber sido redactada muy posiblemente con conocimiento del propio rey Alfonso. Éste debía de ser el mayor de los hijos varones de Ordoño, pues se sabe por algunos documentos que tenía varios hermanos, de nombres Fruela, Odoario, Vermudo y Nuño, además de una hermana, la princesa Leodegundia, que casó con un rey navarro.
 Alfonso III ocupó el trono entre el 866 y el 910,y es el último rey del período conocido como Monarquía asturiana. Fue un hombre culto y guerrero notable y decidido. "Ilustre por su saber" y "de gloria guerrera dotado", dice de él la "Crónica Albeldense". Durante su largo reinado, que se extendió desde 866 a 910, dio un gran impulso al Reino de Asturias, cuyas fronteras extendió en todas las direcciones, hasta la línea del río Duero. Antes de acceder al trono, en vida de su padre, realizó tareas de gobierno en Galicia y tuvo participación en la repoblación de la sede episcopal de Orense, a cuyo frente puso a un prelado mozárabe de nombre Sebastián, que había sido obispo de Arcabica, una de las antiguas sedes visigodas dependiente de Toledo, que se localiza en Cabeza de Griego (Saelices, Cuenca). Este obispo Sebastián se supone que es el personaje a quien está dirigida la carta que encabeza la versión de la "Crónica de Alfonso III" conocida precisamente por eso como "Sebastianense" o "A Sebastián".
Su reinado no estuvo exento de luchas y dificultades internas, como ocurriera a sus predecesores. A poco de ocupar el trono fue despojado del mismo por el conde gallego Froila y hubo de refugiarse en Castilla. Logró recuperar la corona con la ayuda de sus "leales" ovetenses y del conde castellano Rodrigo, que debía de ser tío suyo. También se rebelaron contra él los vascones, a los que "humilló por dos veces con su ejército", según la "Albeldense". A su jefe Eylo lo llevó encadenado a Oviedo. Años después tuvo lugar, según la "Crónica de Sampiro", una rebelión protagonizada por sus hermanos, que, capitaneados por Fruela, tramaron su muerte. Desbaratado el intento, los condenó a la ceguera, aunque uno de ellos, Vermudo, logró huir de Oviedo a Astorga y se mantuvo en rebeldía durante siete años. Otros conatos de rebelión se produjeron en Galicia, aunque fueron todos sofocados.
La revuelta vascona producida al comienzo de su reinado debió de pesar en el ánimo de Alfonso III para tratar de solucionar de una vez por todas la inestabilidad de ese extremo oriental de su Reino. Con ese fin casó con Jimena, noble navarra de la que no se sabe con certeza a qué familia pertenecía, si a los Jimeno o a los Arista, siendo en este caso hija de García Iñíguez, rey de Pamplona. Parece lo más probable esto último, lo que explicaría también las buenas relaciones que mantuvo Alfonso III con los Banû Qasî de Zaragoza, emparentados con el rey navarro, hasta el extremo que entregó a su segundogénito Ordoño (el futuro Ordoño II) para que se educara con ellos.
Al margen de las dificultades internas, Alfonso III prosiguió las líneas directrices marcadas por su padre. Avance conquistador y repoblador por el norte de Portugal, hasta alcanzar Coimbra y el río Mondego ofreciendo al mismo tiempo una válvula de escape para la nobleza gallega. Continuó con la estrategia de alianzas con los rebeldes de la España musulmana, como por ejemplo el muladí Ibn Marwan de Mérida. Idéntica línea sostuvo en territorio castellano, donde estrechó la relación con los Banû Qasî, si bien con algunas alternancias de hostilidad.


Estatua de Alfonso III el Magno. Rey de Asturias, en Oviedo.
 
Esta política de Alfonso estuvo jalonada de resonantes victorias en el campo militar: Polvoraria (Polvorosa, cerca de Benavente) y Valdemora, en 878; campaña al monte Oxifer (cerca de Mérida), en 881; Pancorvo, Castrojeriz, y otras. Acompañando a las victorias militares, impulsó el avance repoblador: Zamora, Simancas, Dueñas y todos los Campos Góticos, además de Toro que pobló su hijo García, dice Sampiro. Una primera etapa de este progreso se cierra en 883, cuando el emir cordobés se ve obligado a pedir conversaciones de paz. El año 883 fue un momento clave en la evolución del Reino de Asturias. Una curiosa profecía, cuyos orígenes hay que buscar en medios mozárabes de Toledo o de Córdoba, obtuvo un gran eco en la corte de Alfonso y cautivó al monarca con la idea de que él estaba destinado a restaurar el perdido reino de los godos y gobernar en un tiempo próximo en toda España. La profecía está recogida en un texto, fechado en 883 y conocido como "Crónica Profética". Por entonces, tomó cuerpo definitivo la teoría del origen godo de los reyes asturianos y su condición indiscutible de sucesores del reino de Toledo. Esas ideas se transmiten a las crónicas que por entonces se escriben, bajo la inspiración o con la directa intervención del propio monarca Alfonso III, del que se sospecha pudo ser el autor de la conocida como versión "Rotense" de la "Crónica" que lleva su nombre. Tuvo, además, evidentes repercusiones en el orden interno, pues los mozárabes que en número creciente llegaban al Reino de Asturias cobraron un gran protagonismo en la corte y en los medios eclesiásticos y culturales.
El primitivo Reino de Asturias se dotó por ese tiempo de un programa político determinado: la "reconquista" de todo el territorio que formaba el antiguo reino de Toledo. El presbítero toledano Dulcidio, que en septiembre de 883 había ido a Córdoba como enviado de Alfonso III a negociar una paz con el emir Almundir, regresó a Oviedo en enero de 884 y trajo consigo los cuerpos de los mártires cordobeses Eulogio y Leocricia.
Siguió un período de calma, sólo alterado por incidentes fronterizos, hasta que un mahdí (descendiente de Mahoma), Ahmed ben Muawiya, consiguió con sus prédicas levantar a las tribus bereberes del Tajo y el Guadiana y dirigirse sobre Zamora con un numeroso ejército. El choque se produjo a las orillas del Duero y se saldó con una gran victoria de las tropas de Alfonso, en jornada conocida como del "foso de Zamora" y fechada en 901. Con posterioridad a esa fecha y ya en los últimos años de su reinado, de vuelta de una campaña victoriosa contra Toledo, en la que tomó el castillo de Quinicialubel, Alfonso mandó matar a su siervo Addanino, que había tramado su muerte. Luego, al llegar a Zamora, prendió a su hijo García, al que recluyó en el castillo de Gozón, en la costa de Asturias, que él había reforzado. Entonces, todos los hijos del rey, en unión del suegro de García, Munio, "expulsaron a su padre, que se estableció en el pueblecillo de Boiges (Valdediós)". García, que al parecer era el instigador de la conspiración, permitió a su padre, poco después, emprender una peregrinación a Santiago, a cuya iglesia había favorecido ampliamente, y la última campaña contra los moros, a los que causó grandes estragos. De vuelta, de nuevo victorioso, a Zamora, Alfonso enfermó y murió el 20 de diciembre de 910.
La noticia de la rebelión de sus hijos la relata la "Crónica de Sampiro" y se ha discutido sobre su veracidad y la duración del retiro de Alfonso III en Valdediós, lugar donde en 893 se había consagrado una iglesia con influencias artísticas mozárabes, participando en la ceremonia siete obispos, entre los que no estuvo el prelado de Oviedo. Significativamente, en los últimos años de su vida y reinado, Alfonso III hizo importantes donaciones a la iglesia de San Salvador de Oviedo, una en el año 906 y otra en 908. En ese mismo año hizo entrega de la Cruz de la Victoria, justo un siglo después de que Alfonso II donara a la misma iglesia la Cruz de los Ángeles. Da la impresión de que Alfonso III quiso, en la etapa final de su vida, recuperar el favor de las autoridades eclesiásticas ovetenses, un tanto desplazadas del centro de poder por los recién llegados clérigos mozárabes. Alfonso fue enterrado en el panteón de Santa María, en Oviedo, pero tras su muerte el solio del trono se trasladó a León, dando fin con su reinado el período histórico conocido como Reino de Asturias.
Hijo y sucesor de Ordoño en el trono, asumió la reconquista como programa
político y hubo de enfrentarse a la rebelión de sus hijos.

A la izquierda, la Cruz de la Victoria, que Alfonso III donó a la Iglesia. A la derecha, la recreación de su abdicación tras la revuelta de sus hijos.
 
FUENTE: 

Alfonso III. Rey de Asturias (848-910).

http://www.mcnbiografias.com
Duodécimo rey de Asturias desde el año 866 hasta el año 909. Nacido probablemente en Lugo en el año 848 y muerto en Zamora el 20 de diciembre de 910.

Síntesis biográfica.

Hijo y sucesor de Ordoño I pasó la mayor parte de su infancia en Oviedo, donde recibió una educación esmerada. Nombrado gobernador de Galicia a la edad de 14 años, tras la prematura muerte de su padre en 866, fue proclamado monarca, no sin antes enfrentarse a Fruela Vermúdez, el cual aprovechando su ausencia se apoderó del trono. Durante los cuarenta años de su reinado se enfrentó con éxito a los ejércitos musulmanes en diversas ocasiones y llevó a cabo una intensa labor repobladora, que contribuyó a consolidar las conquistas efectuadas durante su reinado. Aproximadamente un año antes de su muerte, en 909, se vio obligado a abandonar el poder, tras enfrentarse a su hijo García, que contó con el apoyo de la mayoría de sus hermanos. Murió en Zamora, tras haber realizado una expedición por tierras de al-Andalus.

Vida de Alfonso III.

Hijo del monarca astur Ordoño I y de Muniadona o Muña. La mayor parte de los cronistas coinciden en señalar que nació en el año 848, aunque existen diversas hipótesis sobre el lugar en el que se produjo el alumbramiento. Así mientras algunos historiadores han afirmado que Alfonso nació en Santiago, Armando Cotarelo afirmó que lo más probable es que éste naciera en Lugo, ya que era la ciudad gallega de mayor entidad en aquellos momentos.
Muy pronto abandonó Alfonso Galicia, ya que tras producirse la muerte de su abuelo Ramiro I, el 1 de enero de 850, Ordoño I decidió partir a la capital del Reino Astur, para ser proclamado monarca. Pronto dio comienzo la educación del joven príncipe, puesto que su padre se mostró interesado en que fuera formado para ser un buen rey desde su infancia. Sus primeros preceptores fueron probablemente clérigos, los cuales debieron inculcar en él un profundo sentimiento religioso, puesto que en opinión del autor de la Crónica Silense Alfonso se mostró muy sensible ante las necesidades de los grupos más desfavorecidos. También desde su niñez el heredero debió iniciar su adiestramiento militar, ya que era muy importante que adquiriera experiencia en el manejo de las armas.
En el año 862 consideró Ordoño I que la educación que había recibido su hijo había sido suficiente, por lo que decidió enviarle a Galicia en calidad de gobernador. Con un doble propósito, ya que por un lado Alfonso debía representar en estas tierras al monarca y por otro debía completar su formación. De este modo en el año 866, entró por primera vez en combate en dos campañas sucesivas, donde derrotó a los normandos y a los árabes, los cuales intentaron llevar a cabo una expedición de castigo por mar.
Ordoño I murió el 27 de mayo de 866 dejando como heredero de todas sus posesiones a Alfonso. El nuevo monarca confió en que todos sus derechos serían respetados por los nobles astures, por lo que no marchó a Asturias hasta dejar en orden todos los asuntos de Galicia. Pero muy pronto se convencería de lo contrario, puesto que tras iniciar su viaje, recibió la noticia de que Fruela Vermúdez se había proclamado rey aprovechando su ausencia. Acompañado por un séquito reducido, Alfonso temió que el usurpador quisiera enfrentarse con él en campo abierto, por lo que decidió refugiarse en Castilla, donde fue recibido por el segundo conde de este territorio, Rodrigo, el cual le ayudó a organizar un ejercito con el que marchó hacia Oviedo. No fue necesario que se enfrentara con el citado Fruela Vermúdez, puesto que una vez conocida la noticia de que Alfonso se proponía derribarle con un poderoso ejército, éste fue traicionado y murió asesinado. De este modo a finales del año 866 Alfonso fue coronado sin problemas en la Iglesia del Salvador.
Grabado del siglo XIX que muestra la boda entre Alfonso III y Jimena de Pamplona.

Tras su llegada al poder Alfonso III intentó organizar nuevamente la administración del reino y reparar todos los desajustes que había ocasionado Vermúdez. Pero a pesar de la tranquilidad de los primeros meses de reinado, Alfonso III muy pronto se vio obligado a abandonar sus actividades, ya que a principios del 867 tuvo lugar una sublevación de los vascones, los cuales fueron acaudillados por un noble del territorio llamado Eylón. Alfonso organizó rápidamente un ejército y en pocos días llegó a los territorios que pretendían liberarse de su autoridad, lo cual sorprendió a sus enemigos que prácticamente se vieron obligados a rendirse y a entregar a su líder. Aplacada la sublevación, Alfonso se mostró satisfecho por su logro, aunque poco después tuvo que regresar para acabar con los pequeños focos de rebeldía, que no habían sido pacificados.
Por lo que respecta a al-Andalus, hay que señalar que Alfonso III se enfrentó por primera vez como monarca a los ejércitos musulmanes en el año 868. En esta ocasión el rey cristiano luchó contra el hijo y heredero de Muhammad I, al-Mundir, el cual dirigió una expedición en contra de los reinos cristianos, tras reunir un importante contingente en Toledo. Divididos los musulmanes en dos grupos en la ciudad de Astorga, Alfonso salió al encuentro del mencionado caudillo musulmán en las proximidades de León, logrando una importante victoria, tras lo cual marchó al Bierzo donde también consiguió derrotar a sus enemigos.
A la edad de 21 años el monarca decidió que había llegado el momento de contraer matrimonio, para dar un heredero a la corona. Así tras considerar sus opciones, decidió casarse con Jimena, la hija del rey de Navarra García I Íñiguez. Dicho matrimonio tuvo como fruto el nacimiento, entre otros descendientes, de los futuros reyes García I, Ordoño II y Fruela II.
Parece que Alfonso III muy pronto fue consciente de la delicada situación que se vivía en al-Andalus, por lo que en el verano del 870, aprovechando la sublevación de Mérida, decidió reunir un poderoso ejército con el que acudir en auxilio de la ciudad. Así tras reunir al ejército en León, instaló su campamento en Astorga, desde donde tomó la vía Lusitana, lo cual le facilitó el control de Briguencia, Vico y Aquario, tras lo cual cruzó con sus hombres el Duero y se dirigió a Cáceres. Poco después tras realizar una brillante campaña en la Sierra de Montánchez pudo apoderarse de la plaza de Antena, aunque poco tiempo después se vio obligado a abandonarla, puesto que los ejércitos del emir habían logrado pacificar Mérida. Concluida con éxito la campaña Alfonso III se dirigió a Galicia, donde gracias al cuantioso botín que había obtenido pudo emprender la restauración de algunos edificios, reactivó las obras de la catedral de Santiago y financió la construcción del monasterio de Sahagún.
De regreso en Oviedo aproximadamente en el año 873, emprendió una importante mejora de las murallas de la ciudad, tras lo cual centró sus esfuerzos en llevar a cabo la repoblación de Chaves, Braga y Oporto y en la conquista de Lamego, Viseo, Eminio y Coimbra. Así en opinión de la mayor parte de los investigadores éste no continuó ampliando su territorio, por no contar con efectivos suficientes para repoblar las nuevas zonas conquistadas. El año siguiente (874) tuvo que hacer frente a la sublevación de Lugo, tras declararse en rebeldía el conde Flacidio, pero al parecer muy pronto pudo controlar la situación, tras enviar a algunos de sus generales. Poco después en opinión de algunas fuentes cristianas, Alfonso III acabó con una conjura de sus hermanos, aunque este hecho no ha podido ser comprobado y no aparece registrado en las crónicas musulmanas, que no tenían ningún interés en ocultar un acontecimiento de esta magnitud.
Deseoso de hacer de Santiago de Compostela un importante centro religioso, no emprendió Alfonso nuevas campañas en el exterior de sus reinos hasta el año 876, momento en el que se decidió a apoyar al gobernador de Badajoz en los enfrentamientos que éste mantenía con el emir cordobés. Aunque el monarca no acudió personalmente a la campaña, obtuvo importantes beneficios de la expedición, en la cual fue capturado uno de los generales de Muhammad I, llamado Hasim ibn Abd al-Aziz, por el que pidió un cuantioso rescate.
 Estatua de Alfonso III el Magno. Rey de Asturias, en Madrid, Plaza de Oriente

Descontentos los cordobeses con los avances cristianos en el año 878 decidieron emprender una nueva expedición, la cual fue dirigida por el mencionado Hasim ibn Abd al-Aziz, que había sido liberado poco tiempo antes, y por al-Mundir. Pero a pesar del gran número de hombres que consiguieron reunir, las tropas dirigidas por Hasim fueron derrotadas tras caer en una emboscada en la batalla de Polvorosa. Alfonso envalentonado con su triunfo, decidió perseguir a los musulmanes que se batían en retirada, derrotándolos una vez más en las proximidades de Valdemora. Por su parte al-Mundir tras conocer la derrota de sus compañeros, decidió regresar a sus territorios no sin antes firmar una tregua con Alfonso III por espacio de tres años, la cual fue aprobada por Muhammad I.
Los enfrentamientos con los musulmanes se reactivaron en el año 881, tras romper Alfonso III sus relaciones con el gobernador de Badajoz, que se disponía a conquistar Coimbra. Así no tardó en organizar un ejército con el que logró liberar la ciudad, tras lo cual pasó a la ofensiva, atacó Mérida y derrotó al gobernador en Sierra Morena. Algunos años más tarde, en el verano del año 883, una expedición cordobesa recorrió nuevamente sus territorios, puesto que el emir no veía con buenos ojos las relaciones que mantenía el rey cristiano con los Banu Qasi, pero Alfonso III no llegó a entrar en combate, puesto que éstos se conformaron con atacar algunas zonas de Castilla y La Rioja.
Finalmente en septiembre de 883 Alfonso III deseoso de ocuparse de la repoblación de sus territorios, decidió que había llegado el momento de firmar la paz con Córdoba, por lo que envió a un clérigo mozárabe, llamado Dulcidio a negociar con el emir. Alfonso III satisfecho por las gestiones realizadas por su enviado continuó repoblando el territorio conocido como tierra de campos, lo cual contribuyó notablemente al engrandecimiento del futuro condado independiente de Castilla, y además en estas mismas fechas llevó a cabo la repoblación de Castrojériz y fundó la ciudad de Burgos. Pero a pesar de que había conseguido mantener la paz con sus enemigos exteriores, tuvo el monarca que tomar de nuevo las armas para acabar con algunas sublevaciones internas, como la que protagonizó un noble leonés llamado Hanno que fue duramente castigado en el 885; o la del noble gallego Hermeregildo Pérez, que dirigió una conjura para acabar con la vida del monarca, descubierta en el año 886.
 
Sarcófago de San Justo de la Vega, que contuvo los restos de Alfonso III el Magno. Museo Arqueológico Nacional. Madrid.

La muerte de Muhammad I en el año 886 intranquilizó a Alfonso III, que en varias ocasiones se había enfrentado a su belicoso heredero al-Mundir. Pero ni éste ni su sucesor, Abd Allah (844-912), pudieron hacer nada en su contra, debido a la agitada situación política que les tocó vivir. Así Alfonso sólo tuvo que hacer frente a algunas incursiones de escasa entidad. Por lo que en el año 892 pudo fundar con toda tranquilidad el monasterio de San Salvador de Valdedios, emprender la repoblación de Zamora y de Toro en el año 893 y realizar además importantes donaciones a la catedral de Oviedo y de Lugo en el año 897.
Según apuntan todos los cronistas no preocupó en demasía a Alfonso que su hijo Ordoño, tras ser nombrado gobernador de Galicia, se proclamara rey del territorio en el año 897, puesto que éste confiaba plenamente en la labor que allí ejercía su hijo predilecto. Así en el año 899 acudió a Santiago a presidir la consagración de la primitiva catedral, con toda normalidad.
En la última etapa del reinado fueron evidentes los progresos que se habían realizado en la repoblación de Lusitania, Galicia, Tierra de Campos y Castilla, lo cual llevó a Alfonso III a fijar la frontera de su reino en las márgenes del Duero. Pero fueron precisamente estos progresos los que determinaron que tuviera que iniciar nuevas campañas para proteger sus territorios frente a los musulmanes, puesto que desde el año 901, estos se vieron amenazados por las tropas reclutada por Ahmed ibn Moawia y por un rebelde llamado Abu al-Asserraj, que iniciaron sus prédicas en las tierras dominadas por los bereberes. De este modo ambos caudillos tras reclutar un poderoso ejército con la intención de acabar con los reinos cristianos del norte de la Península, pusieron sitio a la ciudad de Zamora, que se vio desbordada ante la llegada de éste importante contingente. Alfonso III conoció la noticia cuando se encontraba en la ciudad de León e inmediatamente acudió en su auxilio. Muy pronto las deserciones fueron abundantes en las filas musulmanas, ya que algunos caudillos bereberes se negaron a obedecer las órdenes de sus cabecillas, lo cual facilitó la labor de Alfonso, que tras capturar a Ahmed ibn Moawia, ordenó que fuera degollado. Concluidas las operaciones Alfonso III se dirigió a Toledo, con la intención de reafirmar su autoridad frente a los rebeldes, donde obtuvo según indica el monje Sapiro importantes tributos. Poco después algunas fuentes cristianas afirman que el monarca participó en una expedición en contra de los musulmanes aragoneses, aunque parece poco probable que Alfonso participara personalmente en esta pequeña campaña.

 Miniatura medieval que representa a Alfonso III el Magno.

Entre los años 905 y 909 el monarca astur permaneció largas temporadas junto con su familia en la ciudad de Oviedo, donde presidió la el 20 de enero de 905 la inauguración de la catedral. Además continuó financiando la construcción y rehabilitación de edificios religiosos, como el desaparecido monasterio de San Cosme y San Damián o la iglesia de San Miguel de Escalada, pero su tranquilidad nuevamente iba ser perturbada, puesto que en el año 909 su hijo primogénito García se sublevó, posiblemente celoso por el gran protagonismo que había alcanzado su hermano Ordoño. De este modo Alfonso III decidido a frenar las ambiciones de éste y tras poner sitio a la ciudad de Zamora, donde éste se había refugiado, logró hacerle prisionero. Dicho castigo fue considerado excesivo por la mayor parte de sus familiares, que muy pronto se pusieron en contra del monarca, que se vio obligado a repartir sus territorios entre sus hijos y abandonar el poder a finales de ese mismo año.
A pesar de que el reino quedó dividido ninguno de sus hijos se proclamó monarca hasta la muerte de su padre, el cual aprovechando su nueva condición decidió realizar una peregrinación a Santiago, que concluyó a principios del año 910. Prueba que sus relaciones sino amigables, fueron cordiales con García I, es que Alfonso III obtuvo el permiso de éste para realizar una última campaña por tierras de al-Andlus, de la cual apenas disponemos de datos aunque sabemos que obtuvo un cuantioso botín.
Alfonso III murió el 20 de diciembre de 910 posiblemente a causa de una pulmonía a la edad de 62 años, en la ciudad de Zamora. Tras su muerte sus restos fueron depositados en una urna en la catedral de Astorga, donde permanecieron hasta que fueron trasladados a la iglesia de Santa María de Oviedo, para acabar finalmente, desde el siglo XVII, instalados en el panteón real de la catedral de la mencionada ciudad.

Bibliografía

  • CASAREIS, J. E. Historias asturianas de hace más de mil años: edición bilingüe de las crónicas oletease del siglo IX y otros documentos. (Oviedo, Instituto de estudios Asturianos, 1983).
  • COTARELO, A. Alfonso III el Magno, último rey de Oviedo y primer rey de Galicia. (Madrid, Universas, 1991).
  • GIL FERNÁNDEZ, J., MORALEJO, J. L., RUIZ DE LA PEÑA, J. I. Crónicas Asturianas. (Oviedo, Universidad de Oviedo, 1985).
  • MENÉNDEZ PIDAL, R. Historia de España. Los comienzos de la Reconquista (711-1038). (Madrid, Espasa-Calpe, 1976).

Autor

  • Cristina García Sánchez

FUENTE: Texto extraido de  http://www.mcnbiografias.com
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