5 de diciembre de 2013

El sadismo del asesino y esqirol Nicanor Iglesias de La Mortera de Telledo en Ribera de Arriba.

El crimen del esquirol.

 
Ilustración: Herman Wiederwohl

 El minero Nicanor Iglesias asesinó en enero de 1915 en Ribera de Arriba a su sobrino Jesús, de sólo 5 años, tras someterlo a todo tipo de malos tratos.

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Seguramente entre todos los crímenes los más detestables son aquellos que en los que asesino y asesinado pertenecen a la misma familia y también los que tienen a los niños como víctimas, así que cuando estas dos circunstancias se juntan, el resultado es doblemente horroroso, como hemos visto hace poco en el caso de la pequeña ahogada por sus padres adoptivos en Galicia.
En las primeras décadas del siglo veinte, una época en la que los sucesos de sangre eran mucho más abundantes que ahora y las puñaladas en altercados callejeros y robos apenas reclamaban la atención de la ciudadanía, estos hechos llamaban tanto la atención como lo siguen haciendo ahora.
En enero de 1905 fue muy comentado el caso de la desgraciada Teresita, de seis años, rescatada por la Guardia civil del infierno al que la sometía su familia encerrándola en un desván en completo estado de abandono. La infeliz, anémica, sucia, con los pies ulcerados y el cuerpo lleno de heridas, pellizcos y renegrones fue recogida por una viuda pobre llamada Josefa Deogracias mientras su madre y tres hermanos mayores pasaron a ser juzgados y condenados por haber sido los verdugos en aquel suplicio.
Este no fue un caso aislado, pero para no perder tiempo con otros parecidos, hoy vamos a detenernos en el más cruel, tanto que todavía hoy, con todo lo que hemos visto, sigue poniéndonos la piel de gallina. Ocurrió diez años más tarde, también en el mes de enero, pero de 1915, en Ribera de Arriba, y la víctima fue un niño de cinco años llamado Jesús, quien antes de morir sufrió en sus carnes un calvario digno de su nombre su pila. Se lo cuento.
Todo tuvo su origen cuando Manuel Iglesias, un minero viudo que vivía con su hijo pequeño en La Rebollada de Mieres, se dio cuenta de la dificultad que entrañaba compaginar los cuidados que este necesitaba con el tiempo y la atención que el debía darle. Desde que su esposa había fallecido, era un hombre solo y triste que ocupaba la mayor parte del día en trabajar o en desplazarse hasta el trabajo, por lo que Jesús quedaba desatendido.
En los últimos días de diciembre de 1914 decidió llevarlo hasta La Mortera de Telledo donde vivía el resto de su familia, su padre y sus hermanos, a las que no les sobraba el dinero, pensando en darles una cantidad mensual a cambio de que se encargasen de alimentarlo y asistirlo.
El abuelo y sus tíos no pusieron ninguna objeción a aquel trato que parecía beneficioso para ambas partes, pero en aquella época, también estaba accidentalmente en la casa otro hermano de Manuel, llamado Nicanor, que tenía diferente catadura. Era uno de esos hombres, que afortunadamente abundan poco, nacidos para hacer el mal, que parecen disfrutar haciendo aquello que a los demás nos causaría vergüenza.
Los periódicos lo describieron como malencarado, picado de viruelas, y con dos cicatrices en el cuello y una mano, recuerdo de sendas puñaladas que había recibido en el transcurso de una huelga en la mina de Arnao, porque en vez de ganarse la vida honradamente trabajando como minero, prefería esperar a los conflictos laborales para presentarse voluntariamente como esquirol, cobrando más e ignorando los insultos y la indignación de sus compañeros. De modo que no se hablaba con nadie y cuando lo hacía siempre era para entrar en discusiones.

                            Ilustración  de: Manuel Torres Martínez
Nicanor Iglesias no tardó en descargar toda su ponzoña sobre su sobrino. Comenzó a maltratarlo, llevándolo consigo a las labores del campo, obligándolo a caminar delante de los bueyes, sin duda para agotar por el cansancio sus débiles fuerzas, regocijándose en su sufrimiento, como queriendo matarlo poco a poco.
Así las cosas, llegó el día 16 de febrero, en el que persistiendo en sus criminales propósitos se adentró con el niño en un monte que distaba unos dos kilómetros de las casas más próximas de la aldea más cercana, buscando el lugar más solitario y apartado para que nadie pudiese oír los gritos de su víctima y allí dio rienda suelta a sus peores instintos con un sadismo sin límites. Después de quitarle la ropa y los zapatos, sin importarle que el día estuviese especialmente frío, le golpeó con un vara por todo el cuerpo hasta dejarlo inconsciente, luego prendió una hoguera y fue aplicándoles tizones encendidos para acabar exponiéndolo directamente a las llamas. Sobran más detalles.
Fue una vecina quien horas más tarde pudo encontrar al pequeño Jesús, desnudo y abandonado, en tal estado que apenas pudo pronunciar el nombre de su tío cuando le preguntó quién le había hecho aquello y cuando llegó a casa su estado era tan grave que su propio abuelo bajó hasta Mieres para avisar a Manuel Iglesias y denunciar en el cuartel el comportamiento de su hijo. Aunque ya era tarde: la tortura había sido tan intensa y las quemaduras tan graves que dos días después el pequeño falleció sin haberse recuperado.
Entretanto, al día siguiente de que se le hiciese la autopsia Nicanor Iglesias, consciente de la gravedad de su acción, se dio a la fuga para esconderse en el concejo de Laviana, donde acabó siendo detenido el 24 de febrero. Alegó que había ido hasta allí para buscar trabajo, pero su caso tenía ya tal trascendencia que los vecinos se concentraron ante la puerta de la cárcel para tomarse la justicia por su mano, por lo que se tardó un día en llevarlo a escondidas hasta allí, mientras se anunciaba que ya había sido trasladado a la prisión provincial de Oviedo.
El asesino permaneció aislado hasta el día once de noviembre de 1915, cuando se abrió su juicio en el Palacio de Justicia de Oviedo, abarrotado por un público excitado por la gravedad del caso, entre los que se encontraban numerosos vecinos desplazados desde los pueblos de la Montaña Central que habían servido de escenario para esta historia macabra. Ante la evidencia de que la violencia contra el procesado podía estallar en cualquier momento, fuerzas de la policía y de la Guardia civil se hallaban convenientemente distribuidas por el interior de la Audiencia para guardar el orden.
El tribunal estuvo presidido por el magistrado Mauro Santiago; de la acusación pública se encargaba el fiscal Celso Torres, y de la defensa del procesado el abogado Jovino Bertrand y una vez hecho el sorteo para elegir al jurado popular, comenzó la vista con la declaración de Nicanor Iglesias, presentado como casado, minero y de 28 años de edad.
Según su versión, el día de autos había salido de casa a las ocho de la mañana junto a su sobrino para llevar el ganado al monte, donde estuvieron sin comer nada hasta las cinco de la tarde, hora en que emprendieron el camino de regreso a casa, pero en el trayecto le cayó al niño una vara que llevaba, y entonces fue embestido por uno de los bueyes, así que él, después de soltar la carga de leña que llevaba y de separar al animal, castigó al chico por el descuido que había tenido.
Momentos más tarde, este se había desplomado, seguramente desfallecido -siempre según su testimonio- por el hambre y el intenso frío, pero no por su causa, ya que él siempre lo trataba con cariño, al contrario que sus hermanos a los que acusó de ser quienes lo maltrataban desde que Nicanor había dejado pagar las veinte pesetas mensuales prometidas por su custodia.
Luego se examinó la prueba pericial realizada por cuatro médicos que expusieron la conclusión obtenida después de practicar la autopsia en el cadáver de la criatura: Jesús había fallecido a consecuencia de los malos tratos; tenía marcas de mordiscos, puntapiés, palos y pellizcos que evidenciaban palizas previas y múltiples quemaduras, entre ellas una muy extensa que, según su deducción, se había ocasionado cuando el niño desnudo sujeto por el cuello y las piernas fue colocado de espaldas a la acción del fuego. Luego, todo indicaba que tales quemaduras le hicieron perder el sentido y en este estado, el criminal le habría aplicado varias veces un hierro en ignición, dejando sobre la piel unas cicatrices casi geométricas, que demostraban su enorme maldad.
Otros testigos subieron después al estrado para afirmar que unas semanas antes del fatídico día lo habían encontrado perdido en el monte y que cuando intentaron convencerlo para que volviese a casa el niño se negaba. Incluso una vecina declaró que la noche anterior al crimen, notó como el niño no se tenía en pie a causa de una debilidad extrema y tuvo que ayudarlo a llegar hasta la vivienda.
El fiscal terminó considerando a Nicanor Iglesias como autor de un delito de asesinato con las agravantes genéricas de alevosía y ensañamiento y pidió la pena de muerte en garrote vil. Finalmente fue condenado a cadena perpetua y a pagar cinco mil pesetas de indemnización a su hermano Manuel.
No sabemos cuantos años cumplió y cual fue el recibimiento que le hicieron los demás reclusos cuando conocieron los motivos que le habían llevado hasta la celda. Afortunadamente tampoco tenemos que imaginarnos donde estaría ahora si hubiese cometido su crimen hace veinte años.
                                 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR

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