4 de noviembre de 2013

Gaspar Melchor Baltasar María "Jovellanos", uno de los asturianos más ilustres que han existido - I

Jovellanos, el embajador que no fue.
Como ya saben, en el año 2011 se cumplieron dos siglos desde que una pulmonía acabó en Puerto de Vega con la vida de Gaspar Melchor de Jovellanos, uno de los asturianos más trabajadores y honrados que han existido, porque seguramente hubo otros muchos, anónimos, que también lucieron y lucen estas virtudes, pero entre todos, él es sin duda el más conocido. Por muchas ciudades vinculadas a su existencia -Sevilla, Alcalá de Henares, Ávila, Madrid, Palma de Mallorca?- y sobre todo aquí, en su patria chica, se están celebrando tantos actos y exposiciones que alguien puede pensar en el exceso. Nunca. Otros personajes han tenido también recuerdos culturales y reconocimientos en sus aniversarios y si hemos de hacer las celebraciones ajustándolas a los méritos de cada uno, Jovellanos debería estar conmemorándose un lustro, porque nadie pensó tanto ni tan bien para identificar primero y solucionar después los problemas de Asturias.
La agricultura, la minería, la náutica; las razones del abandono y el aislamiento secular de esta región; la dificultad de sus comunicaciones; la pereza de sus hombres y sus capitales para invertir en el progreso. De todo se ocupó para conducirnos hacia el progreso. Fue un sabio protegido por un rey ilustrado, Carlos III, el mejor que ha tenido España, pero cuando su hijo heredó la corona, lo dejó todo en manos de otros: el gobierno de la Nación, la dirección del Estado e incluso a su propia mujer, que premió a su amante Godoy con un poder similar al suyo. Entonces el erudito cayó en desgracia y fue perseguido y apartado como otros españoles que podían haber cambiado en aquellos momentos la suerte de este país.
Jovellanos se alejó de la Corte en el mismo año de la Revolución francesa, 1789, para sufrir un disimulado destierro en Asturias, donde sus proyectos podían pasar más desapercibidos. Se lo tomó con calma y tardó casi un año en asentarse en Gijón, pero cuando lo hizo, su estancia fue una bendición para los asturianos; estuvo siete años recorriendo pueblos y conociendo gentes e industrias, visitando las pequeñas minas de carbón que se explotaban para abastecer el consumo familiar, hasta convencerse de que allí estaba el futuro de varias generaciones; escribiendo el Proyecto de Ley Agraria, uno de los documentos imprescindibles para abrir las puertas a la España contemporánea; dirigiendo la ejecución de caminos interiores y del que debía comunicarnos con Castilla y trabajando en la creación del Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía, inaugurado en febrero de 1794 con el objetivo de formar técnicos para las minas y la marina, por citar algunas de sus mil ocupaciones.
En una de aquellas misiones se encontraba el 16 de octubre de 1797, volviendo de un viaje secreto a La Cavada, en Cantabria, un lugar que el Conde de Floridablanca había convertido entre 1783 y 84 en estratégico para la fabricación de cañones y que en aquel momento se encontraba en crisis, porque las fábricas carecían de materias primas y sobre todo de combustible para los hornos. Retornaba, en fin, con su informe don Gaspar, dando un rodeo por Castilla para aprovechar así el viaje e inspeccionar de paso la carretera de León, cuando fue sorprendido en Pola de Lena con el nombramiento de embajador en España en Rusia. Así lo dejó escrito en sus diarios:
«Me había yo retirado a escribir en el informe del Sr. Lángara, cuando oí que acababan de llegar de Oviedo mi sobrino Baltasar y el oficial Linares. Iba a salir, cuando este entró ofreciéndome sus brazos y dándome la enhorabuena. "¿Cómo?" "Está usted hecho embajador de Rusia". Lo tengo a burla; se afirma en ello. "Hombre, me da un pistoletazo. ¡Yo a Rusia!, ¡Oh, mi Dios!". Se sorprende, cuida de sosegarme; entramos al cuarto de la señora. Baltasar confirma la triste noticia. Me da las cartas; abro temblando dos con sello, una de Lángara, otra de Cifuentes; ambas enhorabuena, con otras mil; nada de oficio; mil otras. Luego un propio enviado por el administrador Faes. Varias cartas, entre ellas el nombramiento de oficio. Cuanto más lo pienso, más crece mi desolación. De un lado lo que dejo; de otro el destino a que voy; mi edad, mi pobreza, mi inexperiencia en negocios políticos, mis hábitos de vida dulce y tranquila. La noche cruel».
Y es que la cosa no era para menos. Partir para Rusia significaba el alejamiento definitivo de las cosas de España. Una jaula de oro encargada por Godoy, según unos para perderlo de vista y según otros mejor pensados porque no había entonces muchos candidatos de su talla para representar a la monarquía de Borbón. El ilustrado no tardó en moverse para rechazar el cargo y escribió al Príncipe de La Paz agradeciéndole la confianza y poniéndose a su total disposición, pero pidiéndole un destino más acorde «con su pobreza, edad, hábitos de vida y la misma oscuridad que en que he pasado en estos siete años de ella».
Mientras tanto, ajenos a su angustia, sus vecinos quisieron agasajarle con fiestas. El 19 de octubre todo Gijón estaba en la calle para recibirlo, se dispararon salvas de cañón desde el cerro de Santa Catalina y el Ayuntamiento y representantes de la burguesía y la Iglesia local salieron a su encuentro acompañándolo a rezar un Te Deum.
En aquellos días ser embajador era uno de los mayores honores que otorgaba la monarquía y los pueblos que podían presumir de tener alguno entre sus hijos lo exhibían con orgullo, por ello le llovieron los regalos, que fue rechazando sistemáticamente, primero por modestia, pero también porque en el fondo aún esperaba que se revocase la orden de marcha. Incluso uno de ellos acabó costándole dinero: el clero local se empeñó en donar 1.500 reales para las celebraciones, algo impensable en la actualidad, que podría acabar llevando a los donantes y al gratificado ante los Tribunales, pero aunque entonces nadie interpretaba así esta acción, el honrado prócer quiso dar ejemplo repartiendo el dinero entre los pobres junto a otra cantidad similar que él puso de su bolsillo.
Y hasta la Universidad de Oviedo, que se había opuesto en su día a que el Instituto Asturiano estuviese en Gijón, por la competencia que suponía para sus instalaciones de la capital (seguro que les suena este argumento si piensan en los problemas que siempre tuvo nuestra Escuela de Capataces, o incluso el Campus del Barredo) le nombró Doctor Honoris Causa en Leyes y Canones? y Jovino aceptó co la condición de que la ceremonia se realizase en la villa marinera, aprovechando además aquellos días de gloria para colocar la primera piedra del edificio del Instituto.
El domingo 12 de noviembre tuvo lugar la ceremonia con toda la solemnidad posible: autoridades, bendiciones, himnos, nuevas salvas disparadas desde la costa y también desde los barcos próximos a la costa y a la noche baile, como parece que corresponde siempre a los embajadores. Aunque en esta ocasión éste fue el primero y el último, ya que Godoy accedió a su petición y a la mañana siguiente un correo llegó a hasta su casa con el nombramiento de Ministro de Gracia y Justicia cerrando así su breve carrera diplomática internacional, que había comenzado en Pola de Lena para concluir 60 kilómetros más al norte, sin haber visto no San Petersburgo, ni siquiera la frontera de Francia.
Pero antes, desde el Instituto se había encargado la publicación de un folleto titulado «La sirena de Torres», de 16 páginas, con un largo poema recitado el día de su recibimiento. Es una canción plagada de referencias a la localidad en la que su título ya identifica lo que hoy conocemos como La Campa Torres; también aparece el río Piles e incluso las playas. Aquí va un fragmento para que vean el tono: El que os daba hasta ahora, / cual Padre cariñoso, / el sustento, el amparo y el reposo, / lleva el hado tirano / a un país tan lejano, / que tarde el Sol le dora, / y baña apenas la rosada aurora...
Jovellanos solo estuvo 9 meses en su nuevo cargo, pero cuando volvió a casa parecía que habían pasado 9 años. Alguien le esperaba en Madrid pensando que era mejor tenerlo cerca: no había pasado ni un mes con su Ministerio cuando fue envenenado en El Escorial, nunca se supo por quién. Salvó la vida, pero sufrió cólicos convulsivos que su médico combatió haciéndole beber grandes cantidades de aceite de oliva, luego tuvo una polineuritis y arrastró las secuelas hasta su muerte. Y con todo -para sorpresa de sus enemigos- fue un buen ministro, aunque no le sirvió de nada. Cuando le cesaron, en agosto de 1798, algún amigo se acordó de aquellos versos guardados en Gijón y los llevo a la imprenta en Salamanca.
Aquí debo dejar el relato, pero entre tanto aniversario y celebración, no estaría de más acordarse en Pola de Lena de colocar una pequeña inscripción recordando aquel 16 de octubre de 1797.
 Ilustración de: Alfonso Zapico

FUENTE: ERNESTO BURGOS-HISTORIADOR.
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 Carta abierta a una ilustrísima vecina.

Se cumplieron en junio de 2013 (7 de junio de 1807), los 206 años de la muerte de doña Josefa de Jovellanos y Jove Ramírez, (hermana de Jovellanos), enterrada en el palacio de Coviella.

   Retrato de Josefa de Jovellanos y Jove Ramírez. 





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Lleva usted descansando más de dos siglos bajo las venerables piedras de la capilla del palacio de Coviella, aquí, a las puertas de Arriondas. Cuando usted nació -un 4 de junio de 1745-, la villa de Gijón no tenía ningún parecido con la que hoy conocemos. En aquella hermosa y cuidada casa gijonesa ya corrían por sus pasillos y galerías muchos de los hermanos que la precedieron a usted en ver la luz de Asturias. Doce habían sido en total, y ocho los que llegaron a edad adulta. Tanto usted como sus tres hermanas estaban destinadas al matrimonio, mientras sus hermanos varones parecían dividir el futuro entre la Marina y la Iglesia. Años más tarde, uno de ellos se llevaría -muy merecidamente- toda la fama y la gloria de la familia.
Baltasar Melchor Gaspar María de Jovellanos había nacido la noche de Reyes del año anterior; él siempre la consideró a usted su hermana predilecta. Cursó usted estudios -en Oviedo y Ávila- que ayudaron a que su innata inteligencia destacase ya desde joven. ¡Cuántos días gratos le deparó la vida! Pero, también es cierto, ¡cuántas desdichas y contratiempos! Desde que usted contrajo matrimonio con Domingo Antonio González de Argandona y Valle, regidor perpetuo y alférez mayor de nuestro concejo de Parres, juez de caballeros hijosdalgo, procurador de Cangas de Onís -su concejo-, así como procurador general en Cortes por el Principado, sus destinos quedaron para siempre en estrecha relación con nuestra comarca. Es verdad que a su familia no le parecía que el Sr. Argandona estuviese a la altura de una Jovellanos, pero usted no cambió por ello sus planes. Sus suegros -Antonio y Francisca- dejaron a su hijo un notable patrimonio, heredado en condición de mayorazgo. Usted y su esposo buscaron mejor calidad de vida en la Villa y Corte de Madrid. En aquella formidable casa de la calle Atocha, número 6, vivió usted los mejores años de su vida. Aún su hermano don Gaspar no había asentado su vida en la capital de España, cuando usted y su esposo frecuentaban las tertulias y amistades más ilustres e influyentes. Argandona supo ganarse muchas confianzas, hasta hacer de puente o enlace entre la Junta General del Principado y destacados poderes madrileños. El conde de Campomanes, otro gran asturiano, ministro de Hacienda con Carlos III, los acercó mucho a ustedes a la Corte.
La felicidad fue efímera, y se encontró usted viuda a los veintiocho años. Le quedaban tres hijas, pero fueron tres esperanzas frustradas. Dos murieron siendo niñas y la tercera, nacida tras la muerte de su padre, falleció también pocos días después. Señora: ¡en qué poco tiempo los plácemes y satisfacciones de la vida le volvieron la espalda! Cronos, ese dios del tiempo que, implacable, nos persigue desde el momento de nuestro natalicio, a veces no nos deja ni unos días en la cuna que estaba preparada para el arrullo materno. Con estas dos muertes comprendemos que abandonase Madrid, sus tertulias, salones y lo que usted comenzaba a considerar frivolidades mundanas. Cuando, ya en Asturias, el amor volvió a pasar por delante de su casa y los lutos de la viudez se habían disipado, se lo confesó a su hermano, en la seguridad de que le daría la bendición para un segundo desposorio. Pero no fue así; a él le pareció un capricho nada decoroso, poco menos que una locura. Usted obedeció, y esa segunda oportunidad se desvaneció. El resto de su vida le dolió no haber sido más fuerte para hacer lo que su corazón le dictaba y no lo que las formalidades de la época conminaban.
Es fácil que su cuñado Antonio, cura de San Vicente de Triongo primero, y abad de Tiñana después, pensase lo mismo que don Gaspar.
Regresó usted a Gijón para revisar y cuidar las propiedades familiares. La vida le pesaba; los recuerdos, mucho más; de manera que decidió trasladarse a Oviedo, la recoleta y tranquila ciudad donde su hermana -la condesa de Peñalba- la acogería con el amor fraternal que siempre le tuvo. Usted no era de esas señoras que se quedan en casa llorando sus penas y dejando que los días transcurran sin hacer nada útil, de manera que no nos ha extrañado verla colaborando en todo tipo de obras sociales y de caridad, a la par que su piedad se acrecentaba. Todo entraba dentro de los cánones clásicos de la época que le tocó vivir. La evocación de Coviella, pórtico de nuestra villa de Arriondas, traería a su memoria los recuerdos de los días pasados, breves pero felices.
Todo cuanto dejó usted escrito -como maestra y poetisa- se conserva para deleite, solaz y estudio de nuestros contemporáneos. Su nutrida colección de poemas -en el bable del siglo XVIII- invita a la nostalgia y al análisis de un espíritu curtido y sereno como el que usted cultivó. ¡Quién le iba a decir que, más de dos siglos después, iba usted a seguir siendo una figura de referencia en esta materia! ¡Con qué gozo habrá escrito la pieza en la que recrea los festejos que Gijón, su villa natal, organizó para celebrar el nombramiento de su querido hermano como ministro de Gracia y Justicia!
Abrazó usted las ideas de la Ilustración y se puso del lado de los más pobres, frente a los boatos regios que tan bien había conocido. Con agrado recibió el sobrenombre de «la Esbelta», pues usted misma lo utilizó alguna vez en sus escritos. Supongo, por el contrario, que no le agradaría demasiado cuando la llamaban «la Argandona», porque no necesitaba del apoyo patronímico de su marido para ser conocida; siempre brilló usted con luz propia. Además, ese alias tenía demasiado parecido y podía causar confusión con el de «la vieja Argandona», como su hermano Gaspar llamaba a Mariana, la cuñada que usted tenía.
Su hermano alcanzó cimas de poder y respeto tales que ha sido, y será siempre, una referencia de honradez, cultura, sentido común y patriotismo; preocupado siempre por reformar las instituciones y las costumbres vigentes. Con pocos como él, este país hubiese seguido otros derroteros mucho más prósperos y cultos; pero -siempre hay un pero- los españoles no lo entendimos bien; había nacido un 5 de enero y fue como un regalo de los que, de cuando en cuando, le hacen los Reyes Magos a España; pero lo tratamos como a un juguete de esos que los niños traviesos rompen para ver qué lleva dentro? y lo que llevaba era el futuro, un futuro mejor. Ya ve usted lo que es la vida. Lo mismo que el padre Sella que usted contempló tantas veces, aquí tranquilo, allá saltarín, a veces impetuoso, las más cristalino, de cuando en vez arrolladoramente temible.
Sabemos lo mucho que disfrutó usted cuando vio los retratos de su hermano salidos de los pinceles de Goya. Tal vez haya quien piense si se habrá contrariado usted cuando su hermano le dijo que el óleo sobre lienzo que le había pintado don Francisco, en el que aparece sentado junto a una mesa cargada de documentos, se lo había legado a un íntimo amigo. Estamos seguros de que no fue así, usted tenía ya seguras otras intenciones y no eran para nada mundanas. Señora: ¿no es verdad que la sonrisa ha vuelto a sus labios cuando -hace unos meses- se descubrió que, en el otro lienzo de Goya, en el que pintó a su hermano en el arenal de San Lorenzo, el genial aragonés aprovechó una tela en la que antes había pintado a una mujer? Ocurría algunas veces y, ahora, estas modernas técnicas radiográficas lo dejan todo al descubierto. Es que ya no respetan ni a los dioses de la pintura, se habrá dicho usted.
María José Álvarez Faedo, profesora en la Universidad de Oviedo, ha publicado recientemente la vida de usted con gran acierto y minuciosidad. Sus fuentes documentales han aportado la luz necesaria para poder valorarla mejor, después de haber quedado casi eclipsada por la todopoderosa presencia de su hermano Gaspar.
Cuando usted pidió el ingreso en el convento de las Madres Recoletas Agustinas Descalzas de Gijón -contrariando los deseos de su hermano-, ya lo había meditado bien. Tenía usted cuarenta y ocho años, que no eran muchos, pero la etapa final estaba decidida.
La imaginamos muy bien en aquel apartado lugar, tras los altos, perimetrales y adustos muros del monasterio. Aún aquellos catorce años dieron mucho de sí. ¿Qué pensó cuando -en su biblioteca- encontró los cuadernos manuscritos de la monja que acompañó a la fundadora de su convento gijonés? Aquella venerable hermana, sor Mauricia, dejó escrita una «autobiografía por mandato» digna de estudio. Retocada la versión por el inquisidor de turno, con el pretexto de «la mala letra de la monja», quedaría usted asombrada de la violencia que la persiguió toda su vida, y pasaría unas intensas tardes en la recreación de lo que le había ocurrido. En el Llanes de 1662 dejaron otra fundación monástica y se trasladaron a Gijón para continuar la misma labor. Los detalles de este itinerario, que hicieron en yegua, no están faltos de gracia y sencilla credulidad. Laura Sampedro Redondo, senadora gijonesa, ha investigado estos cuadernillos manuscritos, guardados en una caja del Archivo Municipal de la villa gijonesa, y ha puesto su contenido a disposición de los interesados.
Señora: uno de los grandes disgustos de su vida fue cuando recibió la noticia de que a su hermano lo habían hecho preso en el mallorquín castillo de Bellver, encarcelado por los que intentaban romper el juguete antes de tiempo. Demasiada honradez, demasiada libertad, demasiada ilustración para la España de Godoy. Le esperaban ocho años de destierro.
Entre tanto, usted, ahora sor Josefa de San Juan Bautista, meditaba bajo las nieblas de Asturias. No se conformó con eso y, como buena pedagoga, fundó una escuela para niñas desfavorecidas, pensando tal vez en las tres hijas que tuvo y que el destino se llevó antes de tiempo.
Las numerosas cartas que usted recibió de su hermano las leía una y otra vez, llenas de optimismo, de ánimos y de recuerdos. La reconfortaban, pero no se explicaba por qué algunas buenas personas tenían destinos tan inmerecidos. Como abadesa, tras penosa enfermedad y con el dolor de sentir a su hermano en el destierro, falleció usted el 7 de junio de 1807, tres días después de su 62.º cumpleaños y un año antes de que su hermano quedase en libertad. Podían haber dejado sus restos en aquel convento de Agustinas, donde su cuerpo encontró un primer descanso bajo las losas del claustro de su convento; pero su familia decidió traerlos a descansar eternamente en la capilla de este palacio que fuera mansión del conde de las Arriondas y que, durante un tiempo, la vio a usted joven y llena de ilusiones. Lo mismo que usted había hecho con las cenizas de su esposo, que trajo «a la cercanía de los suyos, desde muchas leguas». Con Tomás de Kempis habrá repetido usted muchas veces: «O quam cito transit gloria mundi», «Oh, qué rápido pasa la gloria del mundo». Todo cambia, todo es mudable, hasta su convento acabó siendo la Fábrica de Tabacos de Gijón.
No dude usted que tras esta breve reseña de su vida, cada vez que veamos el escudo de nuestro concejo de Parres y nos detengamos en el segundo cuartel del mismo -con sus rosas y la flor de lis-, su recuerdo se hará presente, porque en él se hace memoria específica de los apellidos de su consorte: González de Argandona y Valle; quien portaba el pendón que, más que una bandera, era símbolo de nuestra primigenia comunidad como concejo.
Al cumplirse los doscientos seis años de su óbito, es por lo que hemos acudido a depositar sobre su tumba dos rosas rojas, una como memoria de su marido y sus tres hijas; la otra como homenaje a usted misma, muy apreciada señora; a ellas unimos el símbolo de este Principado de Asturias al que usted, lo mismo que su insigne hermano, tanto honró y defendió.
Sepulcro de Josefa de Jovellanos y Jove Ramírez, en Coviella.
                                         
FUENTE:  FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ.

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 JOVELLANOS Y LA LLINGUA ASTURIANA.


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Jovellanos tenía la intención de crear una Academia Asturiana, tema que comentaba frecuentemente con el canónigo González de Posada. El 20 de noviembre de 1800 comieron en su casa Juan Lespardat y Juan Nepomuceno Fernández San Miguel y Valledor. A la sobremesa, escribe Jovellanos,” les propuse la idea de que nos juntásemos a conversación los jueves, de siete a nueve de la noche, para tener algunas conferencias literarias; algo les dije acerca de la idea que yo tengo de mucho tiempo de formar una academia, que empezando primero por formar un diccionario del dialecto de Asturias, segundo, otro de la geografía, pudiese pasar a cultivar sus antigüedades históricas, y, al fin, su historia natural y económica”.
El 14 de enero de 1801, escribió a Carlos González de Posada dándole cuenta de la citada reunión: “Como yo no puedo callar a usted, no digo mis proyectos, mas ni aún mis sueños literarios, hago ahora escrúpulo de no manifestarle un paso que he dado ya hacia la preparación de nuestra Academia Asturiana. Hace días que los doctores Rodríguez y San Miguel, don Juan Lespardat y yo hemos acordado juntarnos en conferencia los jueves por la noche para hablar en las materias que deben formar su objeto”.
Por entonces, también trabajaba Jovellanos en la elaboración de un diccionario del asturiano, del que informa en esta carta a Posada que llevaba “ ya formadas más de 200 cédulas, con su etimología al canto, en cuya averiguación hallo un gran placer.
Algunas se me resisten, por ejemplo, aína, antainar, dayuri; otras, como que se vienen a la mano. Sé que doy a usted un gusto con esta noticia; pero no lo evaporaremos hasta ver lo que da de sí la intentona”.
El proyecto de esta Academia Asturiana, según anotación de Posada en la anterior carta, “se proyectó en Asturias por los dos de esta correspondencia”.
 González de Posada, el corresponsal de Jovellanos en estas cuestiones, era natural de Candás y estuvo destinado como canónigo en Ibiza y Tarragona. Él mismo fue autor también de un “Diccionario de algunas voces del dialecto asturiano” obra  de 1788.“ No puedo ponderar a V. S. la satisfacción con que leí todo el proyecto” continua su escrito Caveda , “ al ver que en la mayor parte nos hemos encontrado con unas mismas ideas y casi con un mismo arreglo. Hace años que emprendí el trabajo de un Diccionario Asturiano, estudio ciertamente de mi genio, pero después de haber acopiado muchos materiales y de haber hecho mis observaciones, me hallé atacado de tres inconvenientes, que, como insuperables a mis alcances, me hicieron desmayar en la empresa “.
Otro colaborador de Jovellanos en ese diccionario asturiano fue el villaviciosino Francisco de Paula Caveda y Solares, que compartía con el gijonés las mismas inquietudes. En carta de Jovellanos a Caveda, de 1791, decía, referido al asturiano, que le “ había oído hablar de continuo, y aún le entendía y hablaba yo perfectamente en mi niñez”.
La correspondencia que Jovellanos mantenía con su amigo Pedro Manuel de Valdés Llanos durante su encierro en Mallorca, está escrita en asturiano. En 1801, por último, Jovellanos redactó una Instrucción para la formación de un diccionario del dialecto asturiano, trabajo del que ya debería tener hecha una primera versión diez años antes, que envió a Francisco Caveda, tal como se colige de una carta de éste, de 4 de julio de 1791, en la que afirma: “El plan no puede proponerse  más exacto ni más metódico, y el orden, claridad y concisión con que se escribe, desde luego despertarán el deseo de los buenos patricios para contribuir según sus fuerzas, a una obra que quizá será el origen de la ilustración del país”.
 Un hijo de este Francisco de Paula, José Caveda y Nava, publicó en 1839 una “ Colección de poesías en dialecto asturiano “, precedida de un “Discurso preliminar sobre el dialecto asturiano".
  Uno de los libros manuscritos de Jovellanos http://jovellana.blogspot.com.es 
FUENTE: Javier Rodríguez Muñoz ( La Nueva España 20-11-011).

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La «Colección de Asturias» y los «Diarios»

Jovellanos,  Escultura de Manuel Fuxá-1891 (Plaza 6 de Agosto-Gijón), http://jovellana.blogspot.com.es

Jovellanos aprovechó sus numerosos viajes para recabar noticias históricas y describir los principales monumentos.

Jovellanos tenía una formación muy amplia y un interés muy acusado por todas las cuestiones. Eso le llevaba a preocuparse e interesarse por todo lo que veía en sus continuos viajes. Los «Diarios», iniciados en 1790, son, en ese sentido, una extraordinaria fuente de información, pues en ellos anotó y describió multitud de lugares y escenas de la Asturias de ese final del siglo XVIII. Durante los diez años que pasó en Asturias, de 1790 a 1801, Jovellanos recorrió buena parte de la región, a caballo, cumpliendo con las comisiones que se le habían encargado. Pero también se interesó, allí por donde pasaba, por las características del régimen agrario, tema por el que tenía gran interés, pues por entonces se hallaba redactando su informe sobre el expediente de la Ley Agraria. Igualmente recogía noticias de las costumbres, describe monumentos y se interesa por la documentación antigua que pudiera haber. Cuenta Ceán, a este respecto, que al tiempo que recorría Asturias, allegando noticias para dar cumplimiento al encargo de Antonio Ponz, «no se olvidó de visitar los monasterios de benedictinos y bernardos que hay en el Principado, ni de copiar o extractar los preciosos códices, becerros y demás documentos que halló en sus antiguos archivos, y forman parte de los muchos que en otra época acabó de recoger».
A este celo de Jovellanos, debemos los asturianos el haber conservado un notable centón de documentos que se perdieron o desaparecieron en los años posteriores. Su interés no se limitó a las instituciones asturianas, sino que cuando viajaba fuera de Asturias también copiaba u ordenaba copiar cuantos documentos estimaba de interés. En una carta que dirigió al canónigo González de Posada, también muy interesado en temas históricos, en julio de 1795, relatando el viaje que había hecho por Tierra de Campos, Castilla y La Rioja, le cuenta cómo ha «logrado ver los archivos de Burgos, Belorado y Haro, y de los monasterios de Santa María de Herrera, Nájera, San Millán, Cardeña, Carrión, Sahagún, Eslonza, Sandoval y Sanclodio de León, en donde he extractado y copiado muchas buenas cosas».
En la copia de documentos, labor complicada como bien saben todos los que han leído papeles antiguos o estudiado paleografía, era Jovellanos un experto. Debió de adquirir esos conocimientos con su hermana Benita, que era toda una experta, y fue auxiliado en esa labor por José Acebedo. En las noticias y los documentos que recoge sobre Asturias había por parte de Jovellanos un interés manifiesto por la historia de su país, que él tenía intención de escribir.
La denominada «Colección de Asturias» reunida por Jovellanos ha sido publicada en cuatro tomos, gracias al mecenazgo del marqués de Aledo. El primero apareció en Madrid, en 1947, y transcribe más de doscientos documentos del archivo de la Catedral de Oviedo. El segundo se publicó al año siguiente y copia, entre otros documentos, el «libro becerro» del monasterio de Valdediós y el llamado «libro del Codo» de la iglesia de San Pedro de Teverga, documentos que sólo conocemos por esta transcripción del gijonés. El tomo tercero es de 1949 y el cuarto y último salió a la luz en 1952. Hay en la suma de estos cuatro volúmenes documentos de los principales monasterios asturianos, mucha de ella desaparecida posteriormente, y también del Principado y de algunos ayuntamientos. Es, sin duda, un mérito más que añadir al haber de Jovellanos, que no dejó campo del saber por el que no se haya interesado.
Los «Diarios» contienen páginas memorables de descripciones hechas por Jovellanos de los temas que le interesaban. Entre las primeras excursiones que hizo para dar cuenta de la comisión de minas, se detuvo en Valdesoto, en el concejo de Siero, haciendo una detallada descripción de las labores del maíz: cuándo se siembra, qué instrumentos se utilizan, trabajos que requiere... En 1792 recorrió los concejos de Avilés, Pravia, concejo que entonces comprendía además otros territorios hoy independientes, como Cudillero, Salas y Miranda. En este último concejo visitó y describió el «machucu» de Alvariza. También hizo en este viaje, en territorio praviano, una descripción de las partes de un hórreo, con los nombres de cada una de ellas. Otra excursión memorable fue la que efectuó en octubre de 1796 a Cangas de Tineo, a la vendimia del conde de Toreno, ocasión en la que se alojó en el palacio del conde Peñalba, su pariente. En cada uno de estos viajes, Jovellanos no desperdiciaba la ocasión de acopiar cuantas noticias históricas podía y de visitar y describir los principales monumentos. Otros muchos lugares visitó Jovellanos en estos recorridos por Asturias, convirtiendo algunos fragmentos de sus «Diarios» en un extraordinario libro de viajes.
La Historia tenía para Jovellanos una importancia trascendental y estuvo siempre entre sus primeras preocupaciones. Ya desde su etapa sevillana realizaba resúmenes sobre la historia del derecho nacional o la del teatro. En una carta de enero de 1779 dirigida a José Gil de Araujo se lamentaba: «Los cronistas e historiadores antiguos han cuidado muy poco de dejarnos las noticias respectivas a la parte civil de nuestra historia, como si sólo fuesen dignas de pasar a la posteridad las noticias relativas a las guerras, a las batallas y a las divisiones intestinas, de que sólo hablan».
Jovellanos fue propuesto por Campomanes como miembro supernumerario de la Real Academia de la Historia, el 16 de abril de 1779. Y el 4 de febrero de 1780 leyó en esta institución un discurso sobre la necesidad de unir al estudio de la legislación el de nuestra historia y antigüedades. En él se exponían unas ideas muy avanzadas para la época, influencia de sus lecturas de obras históricas de Voltaire y otros autores franceses. Reniega en él de las viejas crónicas, anales, historias, compendios, donde «apenas se encuentra cosa que contribuya a dar una idea cabal de los tiempos que describen». Esas historias sólo se preocupaban por grandes personajes, batallas, conmociones, hambres, pestes..., por lo que no tiene empacho en afirmar: «La nación carece de una historia». Porque, se pregunta al final del discurso: «¿Dónde está una historia civil que explique el origen, los progresos y las alteraciones de nuestra Constitución, nuestra jerarquía política y civil, nuestra legislación, nuestras costumbres, nuestras glorias y nuestras miserias? Y ¿es posible que una nación que posee la más completa colección de monumentos antiguos; una nación donde la crítica ha restablecido el imperio de la verdad y desterrado de él las fábulas más autorizadas; una nación que tiene en su seno esta academia, llena de ingenios sabios y profundos, carezca de una obra tan importante y necesaria?».
En «Nuevas consideraciones sobre la historia», Voltaire también repudiaba los relatos de batallas y fiestas, los comadreos de la Corte, que llenaban tantas obras, y reclamaba, en cambio, el interés por los hechos llenos de enseñanzas y por los «conocimientos de mayor utilidad y más duraderos».
En el citado discurso leído en su recepción en la Academia de la Historia, lamentaba Jovellanos la poca atención prestada a esta materia en la formación de los juristas. Dice: «Entré en la jurisprudencia sin más preparación que una lógica bárbara y una metafísica estéril y confusa, en las cuales creía entonces tener una llave maestra para penetrar al santuario de las ciencias. Mis propios directores miraban como inútiles los demás estudios, incluso el de la historia; y dedicados siempre a interpretar las leyes romanas, creían perdido el tiempo que se gastaba en leer los fastos de aquella República». Sin embargo, para él la historia es como una «maestra de la vida» y «no hay miembro alguno de la sociedad política que no pueda sacar de la historia útiles y saludables documentos para seguir constantemente la virtud y huir del vicio». La historia, según Jovellanos en el citado discurso, enseñaría al jurisconsulto «a conocer los hombres y a gobernarlos según el dictamen de la razón y los preceptos de las leyes». En gran parte de su obra, Jovellanos recurrirá a la historia para fundamentar sus posiciones y para apoyar las posiciones reformistas.
Abrigó también Jovellanos la idea de escribir una historia de Asturias y un diccionario geográfico. En tal sentido llegó a redactar unas instrucciones para la formación de un Diccionario Geográfico de Asturias. Ya en 1785, Jovellanos había colaborado estrechamente con la Academia de la Historia en la puesta en marcha de los trabajos para la realización de un Diccionario Geográfico de España, y en 1788 leyó en la Academia de la Historia un discurso sobre el lenguaje y el estilo propio de un diccionario geográfico. Por ello, cuando en 1800 se entera de que la Academia de la Historia había encargado a Martínez Marina la dirección del tomo de Asturias, no pudo por menos que sentirse enfadado y menospreciado. Así, el 28 de junio de 1800 escribió a González de Posada: «Pienso también que sea patraña lo del Diccionario de Marina. Es muy estudioso y aplicado, y muy dado a la historia; pero no podría yo ignorar que trajese tal obra entre manos».
Martínez Marina escribió a Jovellanos solicitando su colaboración para el Diccionario, ignorando en su carta que aquél ya hubiera estado comprometido en el proyecto. Éste respondió el 3 de septiembre de 1800 poniendo de manifiesto cómo la idea que Marina le comunicaba había sido siempre objeto de sus deseos. «Desde que llegué a mi casa en 1790 pensé en formar una reunión de sujetos que se dedicasen a tratar de las cosas de nuestro país, con el deseo de que algún día se reuniesen los materiales necesarios para escribir su historia civil y natural». Sin embargo, tuvo de abandonarla por falta de colaboradores, si bien confesaba que «nunca ha dejado de pensar en ella».
No obstante, Jovellanos no niega su colaboración, aunque «sea poco lo que pueda aportar». Ofrece Jovellanos un artículo que tenía escrito sobre «Oviedo» y le comunica que tiene también algunos apuntamientos sobre Gijón. Pero en verdad, muy poco después de ser escrita esta carta, en enero del año siguiente, Jovellanos fue llevado preso a Mallorca y nada pudo ya hacer por el citado Diccionario, aunque en su correspondencia con González de Posada le envió algunas notas geográficas para que las hiciera llegar a Martínez Marina.

                  La «Colección de Asturias» y los «Diarios» 

FUENTE:  JAVIER RODRÍGUEZ MUÑOZ - HISTORIADOR.

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