2 de noviembre de 2013

El último viaje del escritor mierense Víctor Alperi (1930-2013), falleció el pasado día 21 de octubre de 2013.

Los viajes literarios de Víctor Alperi.

Fue finalista del premio Planeta, ha escrito más de medio centenar de obras en las que se juntan relatos, novelas, ensayos, libros de viaje, de gastronomía, crítica literaria y de arte, diarios… Víctor Alperi (Mieres, 1930) es un escritor a tiempo completo, un gastrónomo consagrado, un amante de la cultura y un viajero infatigable. Su curiosidad le ha hecho asomarse a cientos de ventanas.

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Decía Víctor Guillot que hay hombres cuya literatura ha germinado desde la más amarga y exquisita soledad, una soledad desde la que se ha erigido todo un palacio dorado donde cada habitación es una vida, una historia, un libro, y que así, en cierta forma, veía él la obra de Víctor Alperi: como una sucesión encadenada de habitaciones, de novelas y viaje. Y así, en cierta forma, también es entrar en la casa de Víctor Alperi en Gijón, el piso donde guardaba sus libros y al que se mudó cuando murió su madre, ya que el otro le quedaba demasiado grande para él solo. Decidió vivir entre sus libros, entre esos libros que marcan laberintos de historias, mapas de recetas, rutas de viajes, arsenales de novelas, todo salpicado con fotos, y recuerdos y papeles y máquinas de escribir. Y en mitad de todo ello, su habitante, Víctor Alperi, autor de medio centenar de obras.
Este literato puro y a tiempo completo, como lo define Juan Cueto, se crió en Mieres, en una casa de galería con telas de cretona donde brillaban rosas y jacintos, el lugar en el que su madre devoraba La Regenta y Cumbres borrascosas“Mi vocación me viene porque mi madre era una lectora terrible” cuenta Alperi. “Mi padre, al que le faltaba un ojo, leía un libro diario. Yo crecí rodeado de cultura. Eso es fundamental. Ahora como lo único que hay es televisión, no sé dónde vamos a ir. Porque la televisión es malísima, en general, y además es para un rato. El libro hay que tenerlo en la mano, la cultura hay que tenerla en la mano. Vamos para atrás. Y aquí como no hay tradición, lo que no es tradición, es plagio. A mí ya no me interesa nada. Tengo ya muchos años”. Escribe Carmen Bobes que los personajes de las novelas de Alperi son como cañas pensantes que tienen capacidad para asociar imágenes del pasado con circunstancias del presente, para recordar tiempos mejores que llevan a valorar la vida actual como una degeneración de lo que fue la riqueza, el amor, o los sentimientos claros del pasado. La sensación de venir a menos, de ruina, se impone a personajes apáticos y poco comunicativos, en la mayoría de sus relatos. Tal vez Alperi se haya ido convirtiendo poco a poco en sus personajes, o aventurase que la edad lo haría. De hecho, comenzó su carrera casi anticipándose, añorando el pasado, porque su primera novela, Como el viento (Aguilar, 1957) recoge los recuerdos de un viejo profesor que, ya cansado, rememora su vida.

El gran observador.
Alperi, como un mago que no deja de sacar sortilegios del sombrero, ha escrito casi de todo: novelas, cuentos, libros de viaje, de gastronomía, estudios de arte, ensayos, diarios… Es difícil empezar a desenredar la madeja, tirar del hilo que desenrolle su extensa obra.
“He publicado muchísimo” reconoce Alperi. “He tenido suerte, porque en algunas novelas y en algunos libros he ganado dinero gracias a Dios, pero el mundo de la literatura es muy ingrato. Yo creo que me he equivocado, que tenía que haber continuado con la carrera de Derecho, hacer una oposición y al mismo tiempo seguir escribiendo. Me lo decía mi madre: es que el escritor gana mucho con un libro, y luego gana nada con otro, y eso no puede ser”.
Habla de las editoriales, de las tantas en las que ha estado, como si fuera casas que ha habitado, barrios en los que ha vivido; narra, con cierta resignación e ironía, sin perder la sonrisa en muchos casos, de las triquiñuelas del mundo editorial, de su distribución y muchas veces de sus fracasos. “Mis novelas, en general, están vistas desde el sufrimiento, quitando dos novelas de humor que escribí en unas épocas muy difíciles para mí, que fue la muerte de mi padre y mi madre” relata el autor. “Soy un observador, no me introduzco en la novela, son los personajes los que eligen con total libertad”.
Alperi, uno de los escritores que más ha trabajado por la renovación de la novela española de los años 60 y 70, siempre lírico sea cual sea el tema, recuerda con especial cariño La batalla de aquél general“Tuvo unas críticas fantásticas. La publicó Alfaguara y luego me hizo muchas ediciones Plaza y Janés en la colección Reno. Cada ocho meses sacaban una edición. Se vendió en 15.000 puntos de venta”La batalla de aquel general (1966) habla sobre un mundo que camina a su desaparición, y ya sólo pervive en el recuerdo de las personas mayores; es un mundo de contertulios de casino y de mujeres mayores y solteronas, representadas en las nietas del general. El crítico literario A. Valencia llegó a compararla en su día con La casa verde de Mario Vargas Llosa por sus logros estilísticos y su cuidada construcción.
 Otra novela que Alperi recuerda con orgullo es El rostro del escándalo, que llegó a ser finalista del Premio Planeta 1968. Juan Arbó escribió en La Vanguardia que este libro podía figurar entre las cinco novelas españolas contemporáneas que, como El camino de Delibes o La familia de Pascual Duarte de Cela, eran comparables a las del boom hispanoamericano, que por entonces arrasaba en las editoriales españolas.
Alperi sabe de sobra que su obra es más conocida fuera de España que en su propia tierra. En Rusia, Bélgica y Estados Unidos le han dedicado numerosas tesis: desde su humor a su pesimismo, desde su lírica a su tratamiento de la historia. Incluso una estudiante belga lo tomó como ejemplo en su tesina para hablar sobre el escritor y el camino que lleva el que se dedica intelectualmente a ello. “Aquí no hay dinero para investigar ni para nada, y ahora con los recortes, menos” explica Víctor Alperi. “He sido traducido y leído sobre todo en Norteamérica y Rusia. Normal, porque allí dedican mucho tiempo y dinero en la cultura. Solamente en Moscú ya hay 150 bibliotecas públicas”. Y esto lo dice el escritor con una mezcla de alegría y envidia, como si una ciudad llena de libros fuera un regalo o simplemente una fantasía.

Las 5.000 recetas de la familia.
Víctor Alperi es un hombre que huele a papel y a puchero, como uno de aquellos escribas que se colaba en las cocinas de los conventos a husmear las ollas. “Yo cocino muy bien” dice con orgullo. Y ese orgullo no sólo esconde un talento, sino también una persona. “Yo cocino muy bien, es lógico. Soy hijo de Sofía Fernández”. Fue precisamente su madre quien le hizo amar la literatura y la cocina, la que se convirtió en la infatigable lectora de sus novelas, en su compañera de viajes y su dictadora de recetas. La imprescindible Sofía Fernández.
Por lo tanto, la inmensa obra gastronómica de Alperi se la debe a su familia. “Convivimos con mis abuelos paternos muchos años, que tenían unos almacenes en Mieres y siempre se interesaron mucho por la gastronomía” explica el escritor. “En aquélla época se reunían en una casona las amigas de mi abuela, mujeres mayores y solteronas. Como no había ningún tipo de entretenimiento como la televisión, como mucho cine una vez a la semana, lo que hacían eran cambiarse las recetas”. Cada uno de esos platos, de esos saberes, están recogidos en El Libro de Oro de la Cocina Española, obra que realizaron Víctor Alperi y su madre: 5.000 recetas repartidas en ocho tomos. “Ahí está todo” resume el autor.
Pero no se quedaron ahí. Víctor Alperi y Sofía Fernández siguieron investigando juntos. Rebuscaron en los monasterios y editaron libros sobre la cocina religiosa, fueron hurgaron en las antiguas recetas de las distintas comunidades autónomas. “Mi madre y yo viajamos e investigamos. Escribo un libro de gastronomía como si fuera una tesis doctoral: haciendo fichas, estudiando y explorando mucho”. Alperi conserva un especial recuerdo de La cocina de Galicia, libro que tuvo mucho éxito. “Cunqueiro decía que el gran corazón de la gastronomía española era Galicia, pero es mentira. Hasta el propio Cunqueiro reconocía que la caza que se comía en Galicia se cazaba en los bosques asturianos. Por lo tanto, yo digo que la capital de la cocina celta es Cangas de Narcea. El amor en el Occidente de Asturias por la cocina es total. Yo lo sé bien, porque mi madre nació en Ibias”.
Junto a su hermana Magdalena firmó La cocina de Cataluña, un saber gastronómico que les venía de lejos. “Durante la guerra, llegó a casa de mis abuelos una señora catalana que buscaba a su marido, quien había estado en las brigadas. Se quedó tres años en casa de mis abuelos. Esa señora cocinaba muy bien y así fue como mi familia descubrió los secretos de la cocina catalana” explica Alperi. “Nosotros sacamos 250 recetas de cocina catalana. Después vino un chico de una universidad americana a estudiar sobre esta cocina y sacó un tomazo de 2.000 recetas. La cocina española es riquísima” dice ilusionado, como si realmente estuviera diciendo que hay tanto aún que probar y descubrir.
Y lo hay. Víctor Alperi rebusca entre sus papeles y coge unas hojas que son el borrador de un libro que sacará próximamente sobre la repostería de los monasterios. Sofía Fernández también figura como autora. “Son sus recetas” explica. Y mientras habla de ella, el escritor extrae de una de sus estanterías Madre de salvación, el libro que le dedicó tras su muerte. “Desprendido de ti, pero no de tus consejos, estoy callado, al lado de la ventana con lluvia; más allá de la puerta espero encontrarte. Mientras tanto, en la mañana o en la atardecida, el camino me espera” escribe Alperi en las últimas páginas del libro.
El viajero bullicioso.
Viajar, apuntar para que no se escape nada, vivir. Alperi, viajero habitualmente bullicioso y disperso, es uno de esos hombres que viaja con más libretas que ropa y que trae de regreso más palabras que fotos. Juan Mollá le definió bien en el prólogo del libro de Víctor Alperi Ávila muere, guía sentimental: “El viajero no cree que viene; cree que no regresa. Un regreso en el tiempo, hacia otra edad. Un regreso hacia dentro, hacia otra conciencia”. Así viaja el autor mierense, y así lo ha plasmado en multitud de guías y diarios de viaje.
He sido invitado a muchos países, he estado en Rusia, en México, en Francia… Pero sobre todo he viajado por España porque creo que son las raíces que tenemos”. Y así Víctor Alperi lo plasmó en España, un corazón desnudo, uno de sus libros más famosos, en el que el autor pasea sus recuerdos y nostalgias de paisajes y viajes, abriendo los ojos a la belleza natural y artística desde Galicia a Barcelona, pasando por Cantabria, La Rioja, las dos Castillas, Madrid y Levante. “A mí lo que más me interesa son las raíces de la cultura española, y una cosa que tengo clara es que Portugal es España. Se ve en la Historia. España y Portugal juntos hubiésemos llegado a ser la gran nación del siglo XX”.
Otro enclave de sus viajes es Marruecos, donde Alperi colaboró con el periódico La opinión de Rabat, e incluso dedicó una novela a este país: Alá bendijo Marruecos. Esta novela lírica es un canto al campo marroquí, a las ciudades marroquíes y a las gentes del Magreb a través de las rejas de las relaciones pesqueras de España y Marruecos que enturbian la vista de los turistas españoles y hacen difíciles los encuentros. “Ese libro tuvo mucha repercusión en la prensa marroquí” rememora Alperi.
Ahora, el autor mierense está pensando en reunir una serie de artículos sobre Cataluña, Aragón y las Islas, ya que posee mucha documentación durmiendo entre sus carpetas. También tiene pendiente otro curioso proyecto: Viajes por Europa para solteronas“Yo hice muchos viajes con mi madre, excursiones en las que acudían muchas mujeres que estaban solteras, y siempre he dicho que son las sacrificadas de la familia, las que cuidan a los padres, a los sobrinos… En los viajes están al tanto de todo, mucho más que las otras. Es algo muy interesante”.
Se ríe recordando los viajes que hizo con su madre, como cuando en España se celebraban los famosos juicios de Burgos y les quemaron el autobús en Génova por ser españoles. Porque cuando habla de Sofía, Víctor Alperi siempre sonríe.

Sus ojos cargados de memoria y sueños.
Durante un tiempo, Víctor Alperi vivió en París, mientras realizaba un cursillo sobre su tesis doctoral en la Sorbona. “Allí conocí a gente muy interesante. He escrito mucho sobre Francia y leído mucha literatura francesa”. De esta forma reconoce, tal vez por el desenfado y la belleza en la prosa que comparten, que la persona que más le ha influido ha sido Colette. “Siempre nos hemos mirado más en Francia que en Inglaterra. Aunque he leído mucho en inglés. Agatha Christie, por ejemplo, es una gran escritora inglesa. Aunque realmente lo que he leído más son los clásicos. Sobre todo Quevedo, su poesía es única. Borges también le consideraba el mejor. Todo escritor tiene que leer a los clásicos. Mi padre leyó cuatro o cinco veces el Quijote. Creo que he leído demasiado. Supongo que me ha dado este ictus en el ojo por leer tanto” dice señalando la parte ya ciega de su rostro.
En parte es por esta pequeña pérdida de visión por la que ahora lee menos, y en parte porque afirma que se cansa leyendo el periódico. “Sólo miro algunos artículos asturianos para saber cómo está el panorama. En vez de subir en el aspecto social y cultural, hemos bajado” dice con tristeza, dice cansado. En estas ocasiones, cuando parece que todo le pesa, es fácil reconocer a Alperi en el retrato poético que Juan Mollá hizo de él en el Colofón de España, un corazón desnudo: “El escritor no es joven ya. Sus ojos/ están cargados de memoria y sueños/ y su mirada alberga las edades/ que guarda remansadas,/ los instantes que ha salvado del tiempo/ con su escritura inmarcesible./ Fue joven muchos años. Juventudes/sucesivas le pueblan…” Pero Víctor Alperi, después de hablar, amablemente llena dos copas para brindar y compartir, choca los vasos, eleva el suyo y dice “Por la literatura. Siempre”. Y entonces sí, entonces sus ojos vuelven a ser ventanas encendidas que dejan ver en su interior a un hombre que junto a una galería escribe.

FUENTE:  http://www.biblioasturias.com
Principado de Asturias

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El Mieres de Víctor Alperi.

El escritor, fallecido la pasada semana, a los 83 años, siempre tuvo muy presente su villa natal, que fue fuente de inspiración, escenario y transfondo de buena parte de su obra.

Víctor Alperi, con su libro "Mieres. Sinfonía de los valles", en su domicilio de Gijón, en 2009.

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Víctor Alperi, escritor fundamental en la literatura asturiana, descansa para siempre en su Mieres natal. Vivió la mayor parte de su vida en Oviedo, en Madrid y, sobre todo, en Gijón, donde falleció el pasado 21 de octubre a los 83 años, pero nunca olvidó sus orígenes. Siempre volvía a ellos. "Desde niños hemos sentido el latido, la música cercana de ese lugar amado, de la villa de Mieres, de sus barrios, de los pequeños valles que la rodean y configuran; de todo el concejo", escribió Alperi en "Mieres. Sinfonía de los valles" (Ediciones KRK, 2009), libro en el que recopiló buena parte de sus escritos sobre la ciudad: artículos, pregones y fragmentos de novelas como "Sueño de sombra" (1959), "Dentro del río" (1963), con la que ganó el premio Plaza & Janés, "Flores para los muertos" (1984) o "Una saga asturiana" (1999). Allí dejó acta de una ciudad que es como una muñeca rusa, en la que caben muchas otras. Estas son y así las describía. El entrecomillado es su letra.
La ciudad que no existía. "Mieres es como el galopar de un caballo bajo la lluvia. Porque antes de que el galope comenzase, Mieres apenas existía. Era nada más que cuatro casas de piedra con verdín en torno al palacio de los Camposagrado. El resto era tan solo una vega fértil junto al Caudal, el río blanco con castaños hasta el agua, donde saltaban la trucha y el salmón; el salmón que, por entonces, era casi comida de criados, que protestaban si se les daba más de dos veces por semana. (?). Galopa Mieres y el galope ha atravesado los siglos. A caballo el hombre de la mina, el leñador de antaño, el labriego. A veces, muchas veces, como en la leyenda, una mujer sobre el caballo". (De "Sueño de sombra").
La ciudad del recuerdo. "El Mieres eterno, prendido en mi recuerdo, era el pueblo de la mina, y de la fábrica, el de mis novelas "Sueño de sombra" y "Cristo habló en la montaña", sin olvidar "Dentro del río", que narra las grandes crecidas del río, las casas de Santa Marina y Oñón bajo las aguas. Las pequeñas minas o chamizos, la fábrica que se marchó? El viento que borró una página de esta villa fuerte, trabajadora, siempre en pie frente a la desgracia". (De "Mieres. Sinfonía de los valles").
La ciudad de las nieblas. "La primavera, sobre los montes mierenses, pone una corona de niebla y luz, una claridad indefinida que se confunde con las nieblas bajas, con los árboles, con el huerto que trabaja el minero en los tiempos libres? (?) Son esas nieblas de montaña, que no puedo contemplar al lado del mar, las que me obligan a recordar el pasado, el canto del gallo en una quintana de la ladera, la sirena de la fábrica llamando a los trabajadores, los camiones llenos de carbón camino de las estaciones? Un mundo desaparecido en parte, sepultado en una niebla inmensa, que no tiene deseos de perderse en los cielos. Una ciudad que trabaja y espera, que se sacrifica y confía; una ciudad, mi cercano y lejano rincón, que representa, en cierta medida, a todo el Principado". (De "Mieres. Sinfonía de los valles").
La ciudad de los mineros. "Salían de la mina con lo ojos cerrados. En las jaulas que subían desde el carbón a la luz, desde la luz al carbón. Con hombres, con el mineral, con los utensilios para el trabajo. El minero con su casco, y con la luz en el casco. Pequeño gusano de una sola luz camino del tajo, del carbón que le esperaba allí desde millones de años". (De "Una saga asturiana").
La ciudad de inmigrantes. "De toda España, de Extremadura, de Castilla, de Andalucía de Galicia, a Mieres llegan gentes y más gentes. Los trenes dejan riadas humanas que se pierden por las calles de la ciudad, por los barrios de la ciudad, por las casas pequeñas de la ciudad" (De "Dentro del río").
La ciudad industrial. "Los grandes pueblos industriales de Asturias unos al lado de otros, todos en el mismo corazón de la verde tierra del Principado. El fuego en los altos hornos. Las chimeneas doradas y metálicas como cuellos de jirafas perdidas en la civilización, como cuellos de exóticos animales apuntando por detrás de los inmensos barrios obreros. Los ríos negros. El resplandor de los mecheros sobre los talleres de chapa. La luz de las fábricas iluminando las aguas negras; brillando sobre los montes, sobre el sudor y el carbón, sobre los trenes cargados con lingotes o con piedras de mineral. Los grandes barrios obreros mal iluminados, inclinados contra los ríos, metidos en las mismas aguas del río Nalón, Aller, Caudal? Los chigres donde toman sidra los trabajadores. Las canciones de Asturias mezcladas con las de Andalucía. Obreros de mil rincones de España metidos en aquellos pueblos, en aquellos valles profundos y sombríos de Asturias, en aquellos pozos sepultados bajo el humo de la niebla, bajo la lluvia". (De "Dentro del río").
La ciudad cuadriculada. "Toda la ciudad es como un tablero de ajedrez o mosaico con unas calles rectas y largas que se cortan unas a otras. En todas esas calles se alzan edificios de cierta nobleza o de ladrillo rojo la mayoría, con tiendas de modas, comercios de todo tipo, bares, oficinas? Con el paso de los años la cara urbana de la villa ha tenido diferentes maquillajes; muy apropiados la mayoría de las veces". (De "Mieres. Sinfonía de los valles").
La ciudad coral. "Mieres, tierra de orfeones, de coros que no necesitan instrumentos para acompañar sus canciones, pues sus voces, sus temas, salen del alma; en las gargantas de sus mujeres y de sus hombres resuena la melodía de las montañas, de los profundos valles, de los sentimientos más íntimos y de los deseos que pocas veces se pueden definir". (De "Mieres. Sinfonía de los valles").
La ciudad cultural. "Los ateneos obreros del pasado, el Liceo, la Acadenia Lastra, los institutos actuales; todo ello representa la parte cultural de nuestra villa, que ha sido fundamental para definir el ser y el sentir mierense; persona buena, noble, trabajadora por encima de todo, amante de las buenas maneras, de la canción, el Coro Minero? Un largo historial de cultura y de arte que configuraron a Mieres como una ciudad muy digna en el plano espiritual; pero un lugar con gentes de corazón, que conocen la justicia desde la infancia, y que lucharon por ella y continúan en la brecha, sin desmayar, sin descanso; vigías esperanzadores de un mundo mejor que también parece llegar en barco de plata , en una nave que flota en el vaso que se llenó en la fuente de Aguaín". (Del pregón de las fiestas de San Juan de 1994).
La ciudad de postindustrial. "La Asturias negra, las comarcas mineras, cantada por poetas y novelistas, censurada en el pasado por el bucólico Palacio Valdés, va perdiendo su color y su leyenda; los ríos bajan blancos y los símbolos mineros casi han desaparecido, o se dejan en pie , en museos, como breve señal de un tiempo muerto. El viajero de la Ruta de la Plata, o el peregrino que se prepara para ir a rezar a los pies del apóstol, pasa por Mieres y no se detiene". (De "Mieres. Sinfonía de los valles").
La ciudad turística. "Después de tantas luchas, tantos trabajos y tantos afanes en las minas y en las fábricas, se puede definir a Mieres y Pola de Lena -y a Langreo, Moreda de Aller, Cangas del Narcea?- de hermosas villas, sin lugar a dudas pues en cierta medida esa belleza que se creía perdida, por causa de las escombreras que limitaban la grandeza del verde paisaje, y otras causas relacionadas con la industria, sale de nuevo a la luz.

"Siempre he visto a la ciudad como a una madre"

El hombre se hace responsable del paisaje y Mieres del Camino, o en el Camino, es un lugar turístico donde el viajero se puede sentir como en su propia casa. En una casa grata, naturalmente". (De "Mieres. Sinfonía de los valles").La ciudad de la folixa. "Yo definiría estos actos como las fiestas del encuentro, siempre necesario para todos los que estamos lejos de Mieres, y como los ovetenses llaman a su ciudad "Oviedín del alma", yo quiero decir que nuestra villa es "Mieres del corazón", y que su sabia, su sangre, que es verde, como verde es el valle y la montaña, la ladera y el huerto, nos fortalece a todos y nos purifica en el recuerdo". (Pregón de la fiesta de la Folixa).
La ciudad madre. "Siempre he visto a nuestra queridísima Mieres como a una madre que alarga los brazos para recoger al hijo que corre perdido por el mundo; he visto y he sentido a Mieres como un regazo maternal y cálido, como un puerto seguro para el navegante sin brújula en noche cerrada y tormentosa. Pero también la he visto como una madre sufridora y callada que ama a sus hijos en silencio y que desea para ellos lo mejor, y en sueños de poeta la he comparado con una hermosa mujer desposada con el padre Caudal, y los dos juntos formando una huerta fertilísima que alimenta, generación tras generación, a todos los que viven allí". (Del pregón de las fiestas de San Juan de 1994).
La ciudad de leyenda. "Las palabras se quedan cortas, el tiempo escaso, y Mieres es mucho Mieres con mayúsculas. Sus altos montes, Seana, Gua, Pico de las Nieves -que tiene otro nombre, lo sé, pero que para mí siempre se llamará de las Nieves- y otros muchos que abrazan los valles fecundos, son parajes novelescos, de leyenda, propios para crónicas de dulces amores o de trágicos desenlaces; los pueblos, las aldeas que salpican todo el verdor intenso, imposible, como el Hortigal, Cantu la Cruz, Cantu Redondu, Cutieyos, La Cerezal, el Cantiquín, Santa Rosa, San Tirso, Carabanzo? Nombres tan míticos como la noche de San Juan, cuando se recoge la flor de agua cuando se baila la Danza Prima. (Del pregón de las fiestas de San Juan de 1994).
La ciudad escrita. "Sobre mi valle natal he escrito infinidad de trabajos, recordando en primer lugar el solar de mi familia, las tierras en las que pasé mi infancia y adolescencia, cuando los estudios de bachillerato y la estación -del Vasco o del Norte- que siempre me esperaba cuando regresaba de las universidades de Madrid o de Oviedo, centro de mis estudios o de mis ensueños literarios". (De "Mieres. Sinfonía de los valles").
La ciudad del adiós. "El valle de Mieres, amplio y profundo, estaba frente a sus ojos. Había llegado el momento de la despedida y sentía cierta pena por dejar para siempre aquellos parajes frondosos, aquellas sencillas casas metidas en la ladera del monte, parecidas a nidos gigantescos de gloriosas aves que planeasen sobre unas tierras, montañas y valles, donde habitaban unas gentes indomables". (De "Flores para los muertos").

 La despedida de Víctor Alperi en el cementerio de Mieres.Foto,

FUENTE: 

Víctor Alperi: otro camino de la novela. 
        Víctor Alperi, en una de sus últimas, foto.

El excepcional ejemplo de un escritor desinteresado, de una fidelidad sin límite hacia sus amigos, autor de largo aliento y expresión lírica, que vivió una resignada y digna soledad. 

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Durante los primeros ochenta años de su vida, Víctor Alperi evitó cuidadosamente decir su edad; pero cuando los hubo cumplido, se los confesaba a todo el mundo, unas veces como lamentación, otras como queja: "¡Soy un anciano!". Desde que murió Sofía, su madre, ya no volvió a ser lo que era: quedó desoladoramente solo, con una conformidad a la vez melancólica y austera. Como era un "anciano", llevaba por lo menos diez o quince años cuidándose, sobre todo en la alimentación, lo que resultaba una prueba para un gastrónomo como él, aunque era capaz de consolarse con el elogio de los frutos secos. Nunca fue de mucho comer, aunque escribió muchas páginas de gastronomía asturiana y universal. Extrañamente, los gastrónomos asturianos no lo tuvieron en cuenta a pesar del volumen de su obra dentro del género. Cuando se hicieron algunos movimientos para crear una academia de gastronomía asturiana lo avisaron, porque no haberlo hecho hubiera sido tan injustificado como incomprensible, pero al leer en los estatutos que eran miembros natos de la mencionada academia, además de gastrónomos reconocidos como él, los políticos profesionales con mando en plaza en aquel momento, disposición disparatada, él se negó a aceptarla.
Víctor Alperi, después de una vida bulliciosa en Madrid en la que conoció y fue amigo de "folclóricas" como Lola Flores y gentes de la farándula y del Café Gijón, vivió en Asturias una resignada y digna soledad. Los años que correspondieron a su madurez como escritor fueron de olvido. En su juventud fue un novelista brillante y reconocido por la crítica "de Madrid": tal vez otra hubiera sido su historia de haber ganado el premio "Planeta" en una época en la que de vez en cuando ese afamado premio recaía en escritores, y no como ahora, que lo mismo puede concedérsele a un "showman" como Boris Izaguirre que a una ex ministra del "régimen anterior". ¿Qué factores influyen para que un escritor (un buen escritor, en este caso) sea famoso y respetado y pueda optar a un sillón en la Academia o al premio "Cervantes"? Supongo que lo fundamental será "estar en la pomada" y admitir de manera bovina las "ideas vigentes". También vivir en el "rompeolas de las provincias", en los centros donde se encuentran las editoriales, los periódicos de difusión nacional y el poder político. Regresar a la tierra natal, o no salir de ella, aunque sean decisiones llenas de dignidad y valor, condena al escritor a la condición de semiinédito. Alguna vez comentó Alperi lo que era y podía haber sido sin asomo de resquemor. Pero cada uno organiza su vida y su carrera a su manera, y tratándose de una ocupación tan huidiza como la de escritor, algunos echan cuentas y llegan a la conclusión de que, aunque no haya apenas compensaciones, más vale no salir de casa a intentar la aventura en un ambiente tan mezquino como el literario en España hace algunos años (ahora ya no sé si existe siquiera "mundillo literario").
Víctor Alperi fue desvaneciéndose lentamente en el olvido: no lo deploraba, aunque alguna vez comentó que Martínez Cachero, siempre tan poco generoso con los escritores asturianos no reconocidos académicamente o que no hubieran recibido algún premio literario "reconocido", sólo le hubiera dedicado una nota a pie de página en su libro sobre "La novela española entre 1936 y 1980". En cambio, Víctor era un rarísimo ejemplo de escritor desinteresado, de una fidelidad sin límites hacia sus amigos y hacia los escritores que admiraba. Su último gran esfuerzo literario fue organizar en 2011 los actos conmemorativos del centenario de Dolores Medio: a él se deben los que tuvieron lugar con ese motivo, los ciclos de conferencias pronunciadas en Oviedo y en Gijón y la publicación de dos libros que recogen y preservan aquellas actividades. De no haber sido por Víctor Alperi el centenario de Dolores Medio hubiera pasado tan inadvertido como este año está pasando el de J. E. Casariego. Alperi no pedía nunca nada para él por una mezcla de pudor y señorío. Por este motivo estaba agradecidísimo a Carmen Bobes por haberle dedicado el estudio "Víctor Alperi, escritor", que tal vez haya sido la última alegría de su vida. Unos pocos años antes Víctor Guillot reunió sobre él el breve libro "Un espíritu literario". Últimamente tenía la vaga esperanza de que lo propusieran al premio "Príncipe de Asturias", pero eso era imposible, porque esos premios, en pleno frenesí seudocosmopolita, sólo se conceden a escritores de nacionalidades excéntricas o a "progres" de tronío, y el pobre Víctor era de Mieres y tenía poco de "progre". Aquello de premiar a un poeta como Pablo García Baena pasó a la historia, ahora cuentan para el premio la sorpresa o la publicidad.
Víctor Alperi, aunque era un señor bajito que vivía en Gijón y caminaba con pasos cortos, era un novelista muy notable y, sobre todo, singular. Como afirma Carmen Bobes como punto de partida de su estudio: "La obra narrativa de Víctor Alperi es amplia y diversa, pero toda ella mantiene el mismo estilo original y propio". La diversidad temática y de escenarios de sus novelas se confirma en la diversidad de géneros no narrativos cultivados por él, que van desde la crítica de arte y más ocasionalmente la literaria (con un excelente libro sobre Carlos Bousoño, en colaboración con Juan Mollá) a la historia ("Los papas del siglo XX", "Pablo VI, el Papa peregrino"), la gastronomía en sus diferentes facetas y esa mezcla entre el libro de viajes y la gastronomía que es "El camino de Santiago y la cocina de Galicia", en colaboración con Sofía Fernández, donde Víctor viaja y Sofía cocina (y da las recetas). Como autor de libros de viajes alcanzó una personalidad propia desarrollada literariamente con gran maestría, a medio camino entre la estampa y la reflexión: "Alá bendice Marruecos", "Ruta de oro, caminos de plata" (del que decía: "En el camino de plata de la literatura, en la ruta de oro de la amistad"), "Peregrino en Malta", además de sus desplazamientos por Asturias y las provincias limítrofes ("Principado de Asturias", "Breve guía de Cantabria", "Sagrada Galicia"). Tratándose de un novelista, sea quien sea, se suele considerar como secundaria su narrativa breve, de la que Alperi ofrece una buena muestra en "Los sueños de un portugués y otras historias". Pero, sobre todo, fue un novelista original de amplio aliento y expresión lírica, que se apartó de los dos nefastos "realismos" que tanto daño hicieron a la literatura española de su época: el "social" y el "mágico". Víctor Alperi iba a su aire y en su última gran novela, "Dorado palacio de Lisboa", hace resumen de un mundo nostálgico y mágico, desesperado y grotesco, lírico y barroco, picaresco y cosmopolita. Su publicación en Asturias acaso fue la causa de que no se le haya concedido la importancia debida ni siquiera en su propia tierra, donde si hoy, en este momento, afirmamos que Alperi fue el gran novelista asturiano posterior a Dolores Medio, tal vez se piense que exageramos. Si la crítica fuera crítica y nuestro mundo editorial valiera algo, se repararía en la talla de Alperi, un novelista que merece, en la novela española de la posguerra, mucho más que una rutinaria nota a pie de página.

FUENTE:   Ignacio Gracia Noriega  
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Víctor Alperi, in memóriam.
 
Recuerdo último del generoso amigo escritor.

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Nos dejó Víctor. El Víctor amigo. Nos dejó Víctor, el Víctor escritor. Nos dejó Víctor, el Víctor generoso. Nos dejó Víctor Alperi: el generoso amigo escritor...
¡Qué suave su recuerdo! En el café del Instituto. Lo recuerdo allí, en la mesa de nuestro último encuentro, cuando el verano ya estaba entre nosotros. Como siempre, me había llamado para entregarme un libro. Siempre era o un libro suyo, o un libro sobre Dolores Medio. Dolores Medio, ¿su otro yo? Quizá. No la conocí a ella. Pero él, en buena parte vivía para ella, para conservar su recuerdo, para que no se perdiera. Entré en la obra de la novelista de tu mano, amigo Víctor.
Y también en la vida de Mariana da Costa Alcoforado, la otra dama de la vida de Víctor Alperi. También vivió para conservar el recuerdo de la monja lusa, que nació el 22 de un abril remoto, en vísperas de siglos de la Revolución Portuguesa del 25 de abril. La de los Claveles. Son recuerdos. En los fusiles portugueses no hubo muertes, sino claveles.
¿Qué fue Mariana Alcoforado? Para Víctor, allá en 1987, fue la demostración de que el amor es la luz que domina el espíritu de los hombres y mujeres portuguesas... El amor triste de un fado.
Víctor. La vida de Víctor. La obra de Víctor, quizá fue la letra de un fado. Portugal, la gente portuguesa, tan educada, tan elegante, tan suave. Así fue Víctor. Y también el novelista y el escritor: un hombre en el camino de todas las letras: educado, elegante, suave e inteligente.
Víctor sabía escribir. Lo hacía maravillosamente. Y sabía de cocina. Y sabía de amistad. Y ponía, justo al lado del nombre de su libro, en la página de "etiqueta" unas dedicatorias verdaderamente tiernas. Ternura. Víctor fue tierno, pero no Alcalde.
El amigo nos deja una obra larga de ficción, de reflexiones, de viajes. Una obra que comenzó en 1956, y que acabó cuando la vista comenzó lamentablemente a flaquearle.
Víctor deja, además de su obra, su recuerdo. Para mí, el recuerdo de una amistad entre palabras y cafés. Te prometo, amigo, que no volveré a tomar a media mañana una café en el Instituto hasta que tú vuelvas a llamarme para vernos allí con la disculpa de dejarme tu último libro. Adiós, amigo. Seguro que en adelante todo te será leve.


FUENTE: 
(1930-2013)

El escritor falleció la pasada semana, a los 83 años.


Víctor Alperi, el que fue un escritor fundamental en la literatura asturiana, descansa para siempre en su Mieres natal, Alperi nació en Mieres del Camino el 14 de julio de 1930, vivió la mayor parte de su vida en Oviedo, en Madrid y sobre todo, en Gijón, donde falleció el pasado 21 de octubre a los 83 años.
Este mismo año (2013) en junio, el pleno del Ayuntamiento de Mieres, a petición del Grupo Socialista, aprobó por unanimidad una propuesta para trasladar al Principado la solicitud de lograr para él la Medalla de Asturias. Tampoco pudo ser. Pese a todo lejos estaba de ser corto su catálogo de premios. En su haber están diferentes galardones literarios, entre ellos el de Lengua Española de Plaza-Janés, con su novela "Dentro del río". Presumía especialmente, aunque era un hombre sencillo, nada prepotente, pese a su éxito, del Premio Ruta de la Plata de periodismo literario. 
Alperi fue novelista, ensayista y crítico literario, deja tras él una ingente obra de casi medio centenar de libros.  El escritor mierense que amaba el arte casi tanto como la literatura, se une a la larga lista de grandes hombres que van trazando ausencias en el universo de la cultura.
Doctor en Derecho por la Universidad de Oviedo, después de pasar por la facultad de Madrid, donde intentó convertirse en médico, estudiante de niño León y en Mieres.
Un grupo de gijoneses tenía marcha una propuesta para que el Ayuntamiento concediera al escritor, que compartía su amor por Mieres y Gijón, el título de "Hijo adoptivo" de esta última ciudad, en la que residía desde hace cuarenta años. 
Tenía el Juan Valera (II) y el Antonio Machado de cuentos , pero el que coronó su trayectoria ya en los sesenta, fue el que le convirtió en finalista del Premio Planeta con la novela 'El rostro del escándalo', escrito en 1968 y publicado por la editorial catalana no solo en España, sino también en los Estados Unidos. Y no fue la única que vio la luz fuera de nuestro país. 'La batalla de aquel general', 'Cristo habló en la montaña', 'Los Papas del siglo XX', y 'Una historia de guerra también fueron publicadas en el extranjero.
Enfermo desde hace tiempo, algo apartado de la vida pública, aunque nunca de sus libros y de sus cuadros, Alperi mantuvo su cargo de director y vicepresidente de la Fundación Dolores Medio, a la que le dio impulso y en la invirtió su pasión por la buena escritura. También era miembro activo del Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) y de la Asociación Asturiana de Periodistas y Escritores de Turismo, entre otros cargos de los que se sentía más que orgulloso.

 
"Es una pérdida muy importante no sólo para la literatura, sino también para nuestra cultura"asturiana por la diversidad de sus intereses y escritos". Hasta siempre querido Victor.

"El blog de Acebedo" (Mieres-Asturias)

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