1 de noviembre de 2013

El asturiano Servando Ovies viajaba a bodo del todo poderoso "Titanic" el 14 de Abril de 1912, día del fatídico naufragio.

Diez historias del Titanic.

                   Imagen del "Titanic" en sus primeros momentos de navegacion. http://mimundo-nerea.blogspot.com.es

"Pepita, que seas muy feliz". Así se despidió de su esposa junto al bote salvavidas Víctor Peñasco, uno de los diez españoles que viajaban en el buque. El asturiano Servando Ovies iba con ellos. Volvía a Cuba, donde se había hecho rico.



                        Fatal choque del "Titanic" contra el iceberg que lo hundio. http://mimundo-nerea.blogspot.com.es

Eran dos tortolitos. Casados en Madrid el 8 de diciembre de 1910, Víctor Peñasco Castellana, 24 años, nieto de José Canalejas, primer ministro con Alfonso XIII, y María Josefa Pérez de Soto, de 20, iniciaron ese día un viaje de bodas con apariencia de cuento de hadas y paradas en media Europa. La primavera de 1912 les sorprende en París. Allí, acompañados de Eulogio, su mayordomo, y de la doncella Fermina Oliva Ocaña, pasean por los Campos Elíseos y la Place Vêndome, toman chocolate y ‘macarrons’ en Ladurée y almuerzan en Maxim’s.
Un día, leen en los periódicos la noticia del viaje inaugural del imponente ‘Royal Mail Steam_ship Titanic’, el buque estrella de la compañía White Star, que zarpa con destino a Nueva York haciendo escala en la elegante Francia. La pareja se entusiasma con la idea de viajar al Nuevo Mundo en una embarcación que compendia la última tecnología con el lujo más exclusivo. Fermina, la doncella, sin embargo, se inquieta. «La madre de Víctor había presagiado algún peligro y les había rogado que no navegasen. ‘Viajad a donde queráis, pero no toméis ningún barco’», relataría Fermina años después.
Pero la pareja hizo caso omiso a los presagios. Compran sus pasajes de primera clase para el 'Titanic' en una oficina de la rue Scribe. Reciben un ticket con el número de serie 17.758 y les asignan el camarote C-65. Pagan por él la friolera de 108 libras y 18 chelines (el sueldo anual de un empleado del astillero Harland and Wolff, donde se hizo el buque, era de 96 libras). Víctor urde una treta para burlar a Purificación, su madre. Calcula los días de la travesía y de una larga estancia en América, adquiere un fajo de postales y las escribe, fabulando con visitas y encuentros quiméricos. Ordena a su mayordomo que se quede en París y le encarga que ponga cada día un tarjetón en el correo.
El 10 de abril la pareja madrileña se dirige a la estación de Saint-Lazare, donde toman un tren hasta Cherburgo. Una vez en el muelle, se asombran ante la imponente mole del transatlántico, con sus 269 metros de eslora y el casco pintado de negro con la brillante línea amarilla que distingue a la naviera. Entre las once cubiertas del buque pulula un ejército de marineros y sirvientes. Ellos se instalan en su camarote, con vistas al mar, en la zona de proa, a estribor. Un total de 2.207 personas, entre pasajeros y tripulantes, según el Club Fundación Titanic, se encuentran a bordo.
Zarpan y viven la vida alegre del navío: la comida a la carta en ‘Le Parisien’, donde oficia la tropa italiana del impresionante Luigi Gatti, algo así como el Juan Mari Arzak de la época, los bailes con orquesta, la piscina interior, los paseos por la galería cubierta, los olorosos habanos fumados entre alfombras persas y muebles Luis XV... ¿Quién sabe si su mesa fue atendida por Juan Monrós, un español acuciado por las deudas que se enroló de camarero en Southampton? ¿Charlaron tal vez con Servando José Florentino Oviés, un próspero emigrante asturiano que regentaba El Palacio de Cristal en La Habana? ¿Quiso la casualidad que la doncella conversara con alguno de los cuatro catalanes que buscaban hacer fortuna en Cuba? ¿O con las hermanas leridanas Asunción y Florentina Durán?
Cuando se cumplieron cien años de la tragedia se ha podido establecer que una decena de ciudadanos españoles viajaban en el buque. En ‘Los diez del Titanic’ (LID Editorial. 19,90 euros) Javier Reyero, Cristina Mosquera y Nacho Montero reconstruyen las vidas de estos paisanos, protagonistas involuntarios en el mayor naufragio civil de la historia.
Pero volvamos al buque. La mar está en calma en el Atlántico Norte y el 'Titanic' navega a 22 nudos bajo la tutela del comandante Edward John Smith, un especialista en comandar transatlánticos, con una impecable hoja de servicios, libre de siniestros. La pareja madrileña descansa en su camarote. Ha sido un domingo ajetreado. A las 23.40 horas del 14 de abril se produce la colisión. Un iceberg provoca seis largas fracturas en el costado de estribor. El serviola de guardia, que no llevaba prismáticos, dio el aviso cuando la mole de hielo se encontraba apenas a 450 metros. El 'Titanic', con la máquina en atrás, necesitaba al menos dos millas para detener su andar. El buque para luego los motores. «Se genera un silencio turbador que inspira la sensación de que algo no funciona de manera correcta», se lee en la obra.
Un moscardón en la sopa.
Víctor sube a cubierta. Ve cómo los marineros retiran las lonas de los botes salvavidas. Vuelve al camarote y grita a su joven esposa y a su criada. «¡Que se hunde, que se hunde!». No hay tiempo para nada. Fermina Oliva contará años más tarde que apenas pudo guardarse una estampa de San José que tenía encima de la cama y que introdujo en el chaleco de corcho. Su señora no se quitaba de la cabeza sus joyas, en especial el collar de perlas de cuatro vueltas... Víctor regresa sobre sus pasos... Son las 00.25 horas. El oficial Lightoller da la orden de embarcar. «¡¡¡Las mujeres y los niños, primero!!!», gritan los encargados del abordaje. Eran otros tiempos. Ninguno de los caballeros de a bordo osa siquiera romper el código. María Josefa, deshecha en llanto, y Fermina se arriman al bote 8. Víctor puede alcanzarlas. Los recién casados se abrazan. Él debe quedarse a bordo...
«Pepita, que seas muy feliz», fueron sus últimas palabras.
«Purificación, la madre de Víctor, estaba comiendo en el templete de su palacete, en el número 9 de la calle Fernando el Santo, en Madrid, cuando un moscardón cayó muerto en la sopa», explica a este periódico Elena Ugarte, sobrina nieta de Víctor Peñasco, muerto en el naufragio del 'Titanic'. «A Víctor le ha pasado algo», gritó.
Cuando leyó la noticia del naufragio, sus peores temores quedaron confirmados. A la casona siguieron llegando puntualmente las postales escritas en París, recordatorio diario de la tragedia. «Desde entonces, en nuestra familia los moscardones son símbolo de tragedia», cabecea Elena Ugarte. Pero hay más. El cuerpo de Víctor Peñasco no fue izado a bordo por ninguno de los buques que acudieron en auxilio del 'Titanic' y que encontraron los cadáveres, helados, flotando con los chalecos puestos. «Y, sin cuerpo, Pepita no sería declarada viuda hasta que pasaran 20 años... Su madre compró un certificado de defunción relativo a un bulto, restos de un cadáver, llegado a las costas canadienses y que está enterrado en Halifax», apunta Ugarte. Pepita volvió a casarse en 1918 con Mauricio Barriobero Pérez de Soto, barón de Río Tovía. Tuvieron tres hijos. «En casa siempre escuchamos el relato de Pepita como una hermosa historia de amor con un final triste. En un libro se dice de ellos que estaban enamorados como ‘les canaris’. Como tórtolos».
¿Y qué sucedió con la criada? «A mí me dejaron fuera del bote 8. Empecé a gritar, desesperada, y no tuvieron más remedio que llevarme. Me echaron como un saco de paja desde más de un metro de altura. Fue el momento
horrible de mi vida», recordaría años más tarde. El 'Titanic' se fue a pique en apenas dos horas y 40 minutos.
La historia de amor de Víctor y Pepita podía haber dado para una película. Pero entre las 1.502 víctimas del naufragio y entre los 705 supervivientes hay miles de narraciones posibles.
María José Caballero, una arquitecta que vive en Málaga, oyó durante toda su vida que un antepasado paterno murió en las heladas aguas de Terranova.
Pero hasta que no murió la tía Luisa Monrós, una modista solterona de Barcelona, y tuvo que ir a vaciar la casa, no supo cuánto había de verdad. «Era una leyenda familiar. Hasta que encontramos una cajita con papeletas de una casa de empeño de Southampton, con telegramas y hasta una carta de la White Star donde se le pagaba por los cinco días de trabajo en el buque. Siempre creímos que Juan Monrós era traductor, pero se embarcó como camarero. Hablaba francés e inglés y eso le debió de servir para encontrar el empleo. Conservamos una carta -explica María José Caballero- que envió a su madre, contento por haber encontrado un trabajo y en la que le decía que le respondiera a Nueva York». Nunca llegó.
Otro de los fallecidos fue el avilesino Servando Ovies, que había viajado a Europa para ultimar contratos con proveedores para su comercio habanero. Sus descendientes, Jorge y Cintia Ovies, son dos cubanos que ahora residen en Barcelona y aseguran haber «heredado el espíritu aventurero y emprendedor» de su antepasado. «Su caso no era especial -apunta Jorge Ovies Fortún-. Provenía de Asturias y, en los inicios del siglo XX, era habitual que emigraran para hacer las Américas. Él dejó su casa con quince años».
El amigo uruguayo
Entre los 2.207 integrantes del pasaje internacional (con mayoría de británicos y americanos, pero donde había hasta pasajeros coreanos), la decena de españoles tiene un pequeño hueco. Suficiente, sin embargo, para que descuellen las biografías de Julián Padró, Emilio Pallás y Florentina y Asunción Durán. Todos sobrevivieron a bordo de los botes 12 y 9. El salvador de los varones, dos pequeños hosteleros que emigraban a Cuba para hacer fortuna, se llamaba Ramón Artagaveytia, un caballero uruguayo de origen vasco con quien jugaban a las cartas. Padró y Pallás no hablaban inglés, así que Artagaveytia corrió a avisarles del siniestro en su camarote. No les dejaron subirse a un bote y tuvieron que saltar a uno mientras lo arriaban. Emilio Pallás se dislocó una rodilla, perdió el conocimiento, pero salvó el pellejo. Florentina, su prometida, logró subir al bote número 12 junto a Asunción.
Sobre Encarnación Reynaldo, otra superviviente, existe escasa información. Se sabe que nació en Marbella en 1881 y que se casó en 1902. Tuvo tres hijos (uno murió de crío) y, poco después, enviudó. Debió de trasladarse a trabajar a Inglaterra y Gales (los autores del libro han localizado un censo donde aparece su nombre), contratada por un matrimonio gibraltareño al que acompañó a Londres. En abril de 1912 se lió la manta a la cabeza y decidió emigrar a Nueva York, en busca de oportunidades. Logró un puesto en el bote número 9, donde se sentó en la bancada junto a Padrós y Pallás. Fueron protagonistas involuntarios de un suceso que, un siglo después, los recupera para nuestra memoria. Hoy, seguro, serían carne de reality.

                                       El Titanic, el buque estrella de la compañía White Star

FUENTE:  JULIÁN MÉNDEZ
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Un avilesino a bordo del Titanic.

Servando Ovies murió en el hundimiento. Vivía en Cuba y había vuelto a Europa por negocios.


Servando Ovies Rodríguez era su nombre. Uno de los cuatro españoles ahogados entre los diez que viajaban en el Titanic era asturiano. Se cuenta que cuando Servando Ovies estuvo por última vez en Avilés, antes de ir a Francia para embarcar en Cherburgo, asistió a una comida de despedida en el chalet de los Pola, en La Magdalena, ofrecida por su tía Florentina Rodríguez, casada con José Manuel García-Pola Cueto, que eran consuegros del que fuera alcalde avilesino y fundador de 'El Diario de Avilés', Florentino Álvarez-Mesa y Arroyo. Al parecer, a los postres y ante los temores que mostraban algunos de los presentes por el viaje que iba a emprender, Servando les tranquilizó afirmando que él iba a estar más seguro en aquel moderno barco que todos ellos en aquel comedor. Hoy, el pecio del Titanic descansa en el fondo del mar y el viejo caserón sigue en pie y en uso.
La historia de Servando Ovies es la de muchos asturianos que cruzaron el charco en busca de un futuro que aquí no tenían. Se les llamó indianos, americanos o cubanos, en el caso de Avilés, dado que en la villa se eligió mayoritariamente aquella isla antillana como destino. La ciudad debe a uno de aquellos indianos su primer alumbrado público, donado por Leopoldo González-Carvajal y Zaldúa, marqués de Pinar del Río, provincia en la que se había enriquecido con vegas de tabaco, junto a fábricas de puros en La Habana. Otros lograron su dinero con los ingenios de azúcar y su cultivo o con la banca. Pero buena parte de ellos hicieron fortuna con el comercio, a lo largo de toda la isla y principalmente en La Habana, donde las más importantes tiendas pertenecían a asturianos.
Uno de aquellos prósperos establecimientos era el Palacio de Cristal, una sedería que había abierto sus puertas en 1850 en la calle Mercaderes. En 1898 se trasladaría a la esquina de las calles Muralla y La Habana, hasta que precisamente en 1912 cambiaría a Aguiar 569. Su negocio consistía inicialmente en la importación de tejidos y sedas de Europa, llegando en sus últimos años a fabricar sus propios productos, como las sábanas Palacio, pantalones Comander y guayaberas Comodoro.
Había sido fundada por el avilesino José Antonio Rodríguez López, tío de Servando, destacado indiano casado con Isabel Suárez Puerta. Según parece, Servando Ovies había llegado a Cuba en 1891, con sólo 15 años, para trabajar en el negocio de su tío José Antonio Rodríguez. Sabemos que cuando murió en el Titanic trabajaba para Rodríguez y Compañía, la sociedad que explotaba entonces el Palacio de Cristal, de la que era uno de sus gerentes y para la que se supone que había venido a Europa a realizar compras y pedidos.
Nacido en Avilés el 21 de febrero de 1876, en la calle del Rivero, fue bautizado dos días después en la parroquia de San Nicolás con los nombres de Servando José Florentino, según consta en su archivo. Era hijo de Ramón Ovies Blanco, de la misma parroquia, y de María del Carmen Rodríguez, de La Magdalena.
Su temprana emigración, que era propia de la época, hizo que viviese la mayor parte de su vida en Cuba, lejos del terruño. Allí se casó el 16 de julio de 1909 -con 33 años, sólo tres antes de la tragedia- con Eva Matilde López del Vallado Riverón, que era cubana, hija de un emigrante santanderino.
Cuando desaparece Servando, con 36 años recién cumplidos, su mujer estaba embarazada del que iba a ser su único hijo, razón por la que no le habría acompañado a Europa, según unas versiones, aunque otras dicen que ya había nacido; le pondría por nombre Ramón Servando Ovies López del Vallado.
Por la documentación publicada con relación al viaje del Titanic, se sabe que Servando Ovies tomó el barco en su escala de Cherburgo (Francia), el miércoles 10 de abril de 1912, ocupando el camarote de primera clase D-43, cuyo pasaje (con el número 17.562) le costó 27 libras con 14 chelines y 5 peniques. Quiso la casualidad que en la cabina C-65 de la misma clase viajara Víctor Peñasco Castellana, de 24 años, hijastro del general de división avilesino Julián Suárez-Inclán González. Realizaba un largo viaje alrededor del mundo con su esposa, María Josefa Pérez de Soto, y su sirvienta, Fermina Oliva Ocaña, que sí sobrevivieron, rescatadas por el Carpathia.
Dudosa identificación
Al no encontrarse entre los supervivientes ni entre los cadáveres identificados, inicialmente se le dio por desaparecido, aunque finalmente su primo José Antonio Rodríguez Fernández, identificó como suyo uno de los cadáveres enterrados en el cementerio Fairview de Halifax, en Canadá, el 3 de mayo. Pertenecía a los recuperados el 22 de abril por el buque Mackay-Bennett, uno de los que intervino en el rescate, señalado con el número 189, que se describe en la ficha que consta en los archivos, como un varón de unos 28 años y pelo oscuro, que se creyó pertenecía a un marinero de la tripulación por llevar un abrigo negro, pantalones azules de sarga y camisa gris. También llama la atención que en la descripción no se hiciera mención del generoso bigote que tenía, según las fotos conocidas, y que, sin embargo, sí se menciona en otros cadáveres recuperados, ni del anillo que reclamó su viuda.
No es posible saber si aquella identificación de su primo se debió a la conveniencia de su viuda para reclamar la correspondiente indemnización por su fallecimiento y resolver su herencia, a efectos legales. Se dice que ella recibió 286.000 de las pesos por su participación en el negocio. Lo cierto es que resulta poco convincente aquel reconocimiento de un cadáver exhumado un mes después de la muerte, quién sabe en qué condiciones de conservación y con pocas coincidencias con nuestro personaje. El caso es que, resuelto el trámite legal y habida cuenta de su condición de católico, se trasladaron los restos el 15 de mayo de 1912 al cementerio católico del Monte de los Olivos, en el mismo Halifax, donde siguen reposando junto a otras 18 víctimas de aquel naufragio.
No hubo una gran cobertura de la noticia en la prensa asturiana. Sólo en 'El Diario de Avilés' se dio una primera información el 19 de abril, en la que se decía erróneamente que nuestro paisano había sobrevivido: «Hemos sabido con satisfacción que nuestro convecino don Servando Ovies, hermano político de don Celestino Rodríguez y gerente de la importante casa comercial de la Habana 'Palacio de Cristal' y que iba de pasaje en el vapor 'Titanic', se salvó del tremendo naufragio ocurrido hace pocos días». Pero dos días más tarde, el domingo 21 de abril, rectificaría y confirmaba que la familia había recibido un 'cablegrama', en el que se daba cuenta de su fallecimiento, aunque cometían el error de invertir el orden de sus apellidos en la noticia. 
                           El "Titanic" comienza a hundirse y las lanchas salvavidas se alejan de la zona

FUENTE:  LUIS MUÑIZ
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TITANIC (RESUMEN DE LA MAYOR TRAGEDIA MARÍTIMA).
¿Preparados para conocer la verdad, y nada mas que la verdad, sobre el naufragio del Titanic, que tanto nos ha inspirado y fascinado siempre a todos?

 
Edward John Smith, Capitan del "Titanic"

 http://mimundo-nerea.blogspot.com.es

El 10 de Abril de 1912: Construido por la Compañía Marítima White Ligth Star en sus muelles de Belfast, en Irlanda, y como parte de sus lujosos transatlánticos de "clase Olympic", el "Titanic" parte a mediodía del puerto de Southampton, Inglaterra, rumbo a Nueva York. El capítan Edward J. Smith, marino veterano de 62 años con una larga carrera a sus espaldas, y que ya ha navegado antes para la White Ligth Star, ha subido a bordo a las 7:30 de la mañana y ha realizado las pertinentes inspecciones, con la intención de que el que va a ser su último viaje (Smith pensaba poner el broche de oro a su carrera y retirarse tras el viaje inaugural del "Titanic" ) sea perfecto. La carga ( provisiones, equipamiento, carbón, etc) ya ha sido subida a las bodegas el día anterior, y la tripulación embarca a primera hora de la mañana. Entre ellos, se hallan por ejemplo el primer oficial William Murdoch o el segundo oficial Charles Ligtholler, ambos marinos con amplia experiencia, los radio operadores Jack Phillips y Harold Bride, multitud de criados, doncellas, camareros, y no olvidemos al director Wallace Hartley y su célebre orquesta de a bordo. Por último, embarcan los pasajeros. Los de Tercera Clase habían pagado entre 2 y 8 libras por sus pasajes, y eran en su mayoría inmigrantes de diversos rincones de Europa y el Oriente Próximo que iban en busca de una vida mejor en el Nuevo Mundo. Son inspeccionados humillantemente antes de permitirles acceder al barco, por temor a infecciones. Los de Segunda Clase, cuyo billete costaba entre 100 y 500 libras, eran casi todos profesionales de clase media: profesores, médicos, abogados, y demás. Finalmente, embarcan los de Primera Clase. Se estima que han pagado entre 800 y 2000 libras por sus pasajes, y entre ellos, se encuentran la flor y nata de la sociedad angloamericana del momento: estan, por ejemplo, Bruce Ismay, ambicioso millonario y presidente de la White Ligth Star, Thomas Andrews, ingeniero naval responsable del diseño del "Titanic", el millonario William Carter ( y su lujoso Renault , famoso por ser el testigo del fogoso encuentro de Leo Di Caprio y Kate Winslet en la más reciente versión cinematográfica del desastre, y por el que Carter reclamó una fortuna tras el naufragio ) el coronel John Jacob Astor y su joven y embarazada esposa Madeleine, Isidor Strauss ( dueño de los almacenes Macy's ) y su esposa Ida, y el excéntrico magnate Benjamin Guggenhaim.

Se producen problemas ya en el puerto: el enorme transatlántico amenaza con arrollar al "New York"; otro barco de menor tamaño, y las cuerdas de las anclas de ambas embarcaciones se enredan peligrosamente. El incidente retrasa una hora la partida, pero una vez superado, el "Titanic" comienza a navegar orgullosamente por las aguas del Canal de la Mancha. Hacia las 17:30 de ese mismo día, hace su primera escala en Cherburgo, Francia, donde desembarcan algunos pasajeros, y embarcan otros, como la orgullosa nueva rica Margaret "Molly" Brown ( a quien luego llamarían la Insumergible Molly Brown ) Después , el barco continua su fatal viaje bordeando la costa Sur de Inglaterra hasta llegar a Cork, Irlanda (entonces llamada Queenstoon) , sobre las 20:30 de esa misma noche. De nuevo, desembarcan en esta escala algunos pasajeros y suben a bordo otros nuevos, en especial de Tercera Clase, obreros irlandeses que emigraban a America. Finalmente, la noche del 10 al 11 de abril de 1912, el "Titanic" se abre paso por las frías aguas del Atlántico Norte, dejando pasmados con su porte a todos los barcos que se cruzan con él al pasar. Navega con buena velocidad, el mar está en calma y el tiempo es apacible. A bordo hay unas 2200 personas, entre pasaje y tripulación. 

11 de Abril de 1912: El "Titanic" continua con buen rumbo, y un tiempo que acompaña a un viaje por mar. Recorre ese día unas 486 millas sin mayor novedad. Hay testigos que aseguran haber oído y visto ese día, durante el almuerzo, una conversación entre el capitán Smith y el señor Ismay, en la que este último instaba al capitán a "forzar más la máquina" para poder llegar a Nueva York dos días antes de lo previsto, batiendo así el record de cruce del Atlántico. Por lo demás, los pasajeros parecen encantados con la potencia y la comodidad del barco, cuyo movimiento, aseguran, apenas si se nota.

12 de Abril de 1912: Aún con buen tiempo y a mayor velocidad si cabe, el "Titanic" recorre en este día unas 519 millas. Se declara un incendio en la sala de Calderas nº 5 ( incendio que, según luego se supo, pudo tener un gran papel en el posterior hundimiento ) Se reciben los primeros avisos de la presencia de hielo e icebergs en la ruta, pero no se tienen muy en cuenta por considerarse algo común en esas latitudes y en esa época del año.

13 de Abril de 1912: El incendio declarado en la Caldera nº 5 es por fin extinguido con éxito, gracias al esfuerzo de los maquinistas y fogoneros. Se reparan de inmediato los daños producidos. Igualmente, se recibe un nuevo aviso de avistamiento de icebergs por parte del buque "Rappahannock", que había sufrido daños al chocar con uno. Se dice también que, a sottovocce, Andrews reveló a alguna rica pasajera su preocupación por la escasez de botes salvavidas, alegando que, en caso de ser necesarios, apenas había en los 20 botes con los que el barco contaba capacidad para la mitad de todas las personas que viajaban a bordo. Al parecer él había diseñado una cubierta más, con capacidad para albergar otra hilera de botes, pero ese diseño fue denegado por Ismay al considerarlo poco estético. Ese día se recorren unas 546 millas.
 Bello fotograma de la pelicula, que nos muestra el poderoso transaltlantico navegando en medio dela noche

14 de Abril de 1912: Será el día del fatídico naufragio, que por tanto, merece ser descrito casi hora por hora.
9:00: Se recibe un nuevo aviso de hielo e icebergs. Esta vez es el buque "Caronia" el que advierte del peligro, sin que se le haga mucho caso. Sigue haciendo buen tiempo, quizá algo más frío, pero el mar sigue en calma y el "Titanic" navega casi a toda velocidad hacía su destino fatal.
10:30: Tiene lugar una misa en la capilla de la zona de Primera Clase, presidida por el capitán Smith en persona.
11:40: Tiene lugar un nuevo aviso por parte del transatlántico holandés "Noordam", que indica la presencia de icebergs en las mismas coordenadas que ya dió el "Caronia".
12:00: Reunión del capitán con los oficiales.
13:42: Tercer aviso de avistamiento de icebergs, esta vez a través de un mensaje del vapor griego "Athinai", que retransmite a la radio del "Titanic" el transatlántico "Baltic". A pesar de todas las advertencias, nadie hace nada el respecto. Bruce Ismay se guarda este mensaje personalmente en su bolsillo para evitar que cunda el pánico.
13:45: Cuarto aviso, por parte esta vez del transatlántico alemán "Amerika". Los operadores de radio Phillips y Bride lo reciben, pero por algún motivo no lo transmiten al puente de mando, y este aviso no le llega al capitán.
17:30: La temperatura desciende bruscamente, alcanzando los 0 grados centígrados, claro indicador de la presencia cercana de icebergs.
17:50: El capitán Smith ordena finalmente modificar ligeramente el rumbo, con el fin de evitar el hielo.
18:00: El segundo oficial Ligtholler comienza su guardia.
19:30: Quinto mensaje de advertencia, por parte esta vez del vapor "Californian". Phillips y Bride tratan de trasmitirlo de inmediato al capitán Smith, pero este se halla en una fiesta con algunos de los pasajeros de Primera Clase.
20:40: La temperatura ya es bajo cero. Ligtholler, preocupado por el suministro de agua potable, ordena que se haga todo lo posible por evitar que esta se congele.
20:55: El capitán Smith se excusa ante los distinguidos pasajeros y se une a Ligtholler en el puente de mandos. Comentan lo calmada que esta la noche, a pesar del frío, y lo difícil que se hace avistar a tiempo un iceberg en una noche como esa: oscura, con neblina y sin oleaje que pueda romper en la base. Luego el capitán se retira a dormir, dejando a su segundo la orden de avisarle de inmediato si hay algún problema.
21:40: Sexto mensaje de advertencia, avisa en esta ocasión el vapor "Mesaba".
22:00: El primer oficial Murdoch releva a Ligtholler de su guardia.
22:55: Nuevo aviso del "Californian"; que ha quedado atrapado en el hielo y trata de advertir del serio peligro. En ese momento, Bride se ha retirado a descansar y Phillips esta solo en el cuarto de radio. Esta tratando de transmitir los mensajes acumulados de los pasajeros ahora que se halla más cerca deTerranova y la radio tiene una mayor cobertura, y contesta muy groseramente a Ciryl Evans, el operador de radio del "Californian", diciéndole que "¡Sal de ahí y cállate ya, estás obstruyendo mi señal!". El "Californian" se halla tan cerca del "Titanic" en ese momento que el mensaje resuena como un petardazo en los oídos de Phillips.
23:30: "¡Iceberg por proa!" se oye gritar a Murdoch. El pasaje acude a cubierta alarmado. Delante de ellos se alza ya la amenazadora masa de hielo. Murdoch ordena virar a estribor a toda máquina para evitar el impacto frontal. Craso error: el "Titanic" hubiera podido resistir un impacto así, pero, debido a su gran tamaño, no pudo virar a tiempo para esquivar el iceberg.
 Folleto de anuncio de la banda de Wallace Hartley, convertida en leyenda por tocar hasta el ultimo segundo

1:15: Los botes comienzan a llenarse algo más, pero nunca por completo. En el Gran Salón, la banda sigue tocando, imperturbable. Un miembro de la tripulación reprende seriamente a Guggenhaim, que se ha quitado su chaleco salvavidas y va vestido con un elegante frac, pero este se niega a volver a ponérselo, alegando que “voy vestido como un caballero, y pienso hundirme como un caballero”.
1:25: Se envían nuevos y angustiosos mensajes al “Carpathia”, del tipo “Nos hundimos cada vez más deprisa” o “Estamos poniendo a las mujeres y los niños en los botes”. En la cubierta, cada vez más escorada, apenas quedan ya botes y a pesar de que los galantes y valientes músicos persisten en su idea de seguir tocando y tocando, el pánico ya ha cundido a niveles tan peligrosos que la gente se golpea y se empuja por conseguir embarcar. Alguno de los oficiales se ve obligado a realizar disparos de advertencia al aire; disparos que acaban alcanzando y matando a al menos tres pasajeros de Tercera Clase.
1:35: Se arria el último bote. Cobardemente, Ismay y Carter saltan a él, a pesar de la orden estricta de Ligtholler de que solo se permita subir de momento a mujeres y niños. El propio oficial ni siquiera había permitido subir a bordo del bote a un caballero tan distinguido como el coronel Astor, solo subió su bella y joven esposa, que estaba embarazada. Los botes comienzan a remar alejándose del barco. Ligtholler contempla como una tensa calma se apodera del “Titanic”, en el que aun siguen atrapadas unas 1500 almas. Aun se oye la música de la banda, que toca el “Otoño” de Vivaldi ya en la cubierta principal.
1:55: El capitán Smith, impotente, relega de sus funciones a los radio operadores, y declara que “Ahora cada hombre ha de valerse por sí mismo”: Poco se sabe de lo que le sucedió después, pero lo más probable es que se encerrara en el cuadro de mandos, a enfrentarse solo al hecho de que al menos, moriría como corresponde a todo buen capitán: hundiéndose con su barco. Andrews es visto vagando por el Gran Salón vacío, como un fantasma, presa sin duda del shock. No intenta siquiera salvarse. Se desprende una de las chimeneas, aplastando a muchos de los que ya estaban en el agua. El cuerpo del valiente general Astor es hallado después entre ellos.
2:10: La enorme sección de popa del “Titanic” sobresale varios metros por encima del agua al alcanzar este una posición casi totalmente vertical. La gente se aferra a lo que puede para no caer, como uvas en un racimo, aunque no todos lo logran. La banda se despide con el bello Requiem “Nearer, my Lord, to Thee”, que muchos pasajeros aseguran haber oído en los últimos momentos. Cuando terminan de tocar la melodía, se lanzan a su muerte en el agua helada, acompañados de sus instrumentos. Algunos pasajeros se unen a las oraciones del padre Thomas Byles, que confiesa y da la absolución a quienes pronto se le van a unir en la muerte.
2:15: Las luces al fin se apagan del todo. La sección de proa se resquebraja entre la tercera y la cuarta chimenea, y se hunde después rápidamente, para depositarse en una inmensa llanura submarina a 4 km de profundidad. La popa permanece flotando como un corcho durante unos minutos más.
2:18: La popa se hunde finalmente, depositándose a unos 6 km de donde quedó la sección de proa. El silencio de la helada noche es roto por algunas de las 1500 personas que permanecen en el agua, debatiéndose para no sucumbir a la hipotermia. En un bote lleno de mujeres y niños, el oficial Ligtholler se debate entre regresar para ayudar y permanecer protegiendo a quienes están con él. Opta por lo segundo, y no vuelve para recoger a más supervivientes. Los angustiosos gritos de auxilio que aquellos a quienes pudo haber salvado le atormentarían el resto de su vida. Quien si regresa es otro joven oficial de menor rango, que logra sacar con vida del mar a seis personas más. Horas más tarde, cuando ya casi amanecía, los 705 supervivientes de los botes son recogidos por el “Carpathia”. El “Californian” intenta cubrir su vergonzosa negligencia presentándose a echar una mano en el último momento. Bruce Ismay no puede evitar que el terrible asunto afecte por completo a sus negocios. Pierde la White Star Line y acaba muriendo en la miseria. El “Titanic” descansará en paz hasta ser hallado por el doctor Robert Ballard el 1 de Septiembre de 1985.  

                                       El "Titanic" comienza a hundirse 

Esta es la verdadera historia. Quiza no paso asi. Quiza, como dice Rose de anciana en la pelicula, tan solo hemos brindado un exhaustivo y frio "analisis forense". Después de cumplirse un siglo de la tragedia, seguro sentimos que la experiencia de todas aquellas personas, de quienes murieron y de quienes sobrevivieron, fue realmente diferente. Pero la historia de la caida del poderoso "Titanic" nos seguira fascinando por siempre. Terminamos con el videoclip de la pelicula, "My heart will go on", y con un video que nos muestra el ultimo y bello requiem tocado por los musicos, "Nearer, my God, to Thee"

El "Titanic" hundiendose definitivamente


FUENTE: http://mimundo-nerea.blogspot.com.es

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