10 de octubre de 2013

Cuando amaneció la democracia en España, (vista desde un prisma asturiano).

El estreno de la democracia.

 
En 1977 se celebraron en España las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco.

Las elecciones del 15 de junio de 1977 configuraron un mapa político en torno a un centro y a una izquierda que el electorado quería considerar como moderada.







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Decía Antonio Machado, que cuando no le entraba la venada de «progre bélico» era razonable, que era posible que los españoles se acostaran cierto día siendo monárquicos y se levantaran al siguiente siendo republicanos. Con esto se daba a entender que los movimientos políticos aparentemente más populares en España se producían sin que la intervención del «pueblo soberano» fuera decisiva, ni siquiera significativa. A partir de la muerte de Franco el pueblo, que iba camino de ser «soberano», se mantuvo a la expectativa con mucha prudencia. Dos cosas le movían a ello: el recuerdo de la Guerra Civil y el temor a perder el bienestar de que disfrutaban y que habían ganado con mucho esfuerzo; por lo que contemplaban la posibilidad de cualquier cambio con recelosa suspicacia. Aquella democracia que la propaganda oficial posterior asegura que «nos dimos», en realidad se urdió en algunas cancillerías y entre algunos grupos muy poderosos en los que la participación popular brillaba por su ausencia, dado que los partidos políticos que empezaban a funcionar se reducían en los más de los casos a simples siglas prácticamente sin bases. La izquierda procuraba hacerse notar en la calle, pero era evidente que su fuerza era muy escasa. Se reducía a pocos militantes empecinados y a jóvenes que creían estar en la toma del Palacio de Invierno, aunque las más de las veces tuvieran que salir echando chispas delante de los grises. Por lo demás, el tipo de democracia que se proponía (la denostada «democracia parlamentaria» o «burguesa») sólo se aceptaba por parte de la izquierda radical, el PSOE incluido, como un marco más cómodo que permitiera desenvolverse en libertad hasta que llegara el momento de aplicar el «programa máximo». Por lo que si hoy tenemos una democracia parlamentaria (todo lo bananera que se quiera, a causa, principalmente, de las injerencias socialistas, que siguen sin entender la separación de poderes) es gracias a un sector reformista del franquismo que impulsaron desde distintos frentes hombres como Torcuato Fernández Miranda, Manuel Fraga y Adolfo Suárez. Las retóricas caducas y poco tranquilizadoras de la izquierda y el franquismo residual fueron los dos factores que volcaron el voto de la mayoría indecisa y preocupada hacia UCD, ese centro bienintencionado y «políticamente correcto» (aunque las palabrejas todavía no estuvieran en boga), que se expresaba propagandísticamente por medio de una canción tan preñada de buenas intenciones que hubiera podido ponerle letra Ingrid Betancourt, cantada por un coro de chicas y chicos como de colegio mayor universitario llamados «Mocedades», tan limpios y relamidos que parecían de plástico. UCD era puro artificio y mala retórica, pero funcionó, y gracias a ello fue posible la democracia.

Desde la muerte de Franco hasta el nombramiento de Suárez como jefe del Gobierno, la pelota estuvo en el tejado, que tenía muchas vertientes, por lo que los que entonces militábamos en la izquierda demostramos un optimismo y seguramente un valor personal dignos de mejor causa. Y después del nombramiento de Suárez todavía seguían las cosas entre Pinto y Valdemoro, hasta la mañana del jueves 16 de junio de 1977, en que pudimos ya respirar tranquilos. Ese día sí podía decirse que amanecía la democracia en España, le pesara a quien le pesara. Los franquistas recalcitrantes estaban furiosos y procuraban manifestar su furia a la menor oportunidad, dándose cuenta de que su espacio cada vez sería más reducido, hasta desaparecer.

Por el contrario, la extrema izquierda convertida en extraparlamentaria por acuerdo casi unánime del electorado, tuvo un comportamiento ejemplar, al aceptar los resultados de un procedimiento político parlamentario que condenaban por principio. Pero era evidente que en 1977 ya no se daban las «condiciones objetivas para hacer la revolución», de manera que más valía irse a casa o apuntarse al PSOE, que abría el banderín de enganche para admitir a toda clase de solicitantes sin que «importara su vida anterior», como si fuera la Legión.

El resultado electoral demostró que las encuestas habían hilado muy fino, y en Asturias la encuesta publicada en «El País» el domingo anterior acertó casi con exactitud. Tal resultado era previsible, aunque no se esperaba que el PSOE sacara tantos diputados como sacó. La UCD obtuvo 170 diputados, y el PSOE, 115, más de veinte más que los noventa obtenidos en febrero de 1936. De manera que el mapa político de España se configuraba en torno a un centro y a una izquierda que el electorado quería considerar como moderada. Y el PCE aparece como el tercer partido, con 18 diputados, dos o tres más que Alianza Popular, que representaba a la derecha pura, aunque menos dura que las actitudes enloquecidas de los seguidores de Girón de Velasco, Blas Piñar y otros jerarcas agrupados en el «búnker». La Democracia Cristiana de Ruiz Jiménez, que se presentaba como una opción de derechas más civilizada que AP, recibió un duro varapalo, lo que demostraba que la gente de derechas, aunque no confiara en los del «búnker», tampoco las tenía todas consigo con el angelical don Joaquín Ruiz Jiménez, ex ministro franquista reconvertido en sufriente demócrata dispuesto a todos los apaños con las «opciones progresistas», menos el que le preparó Corte Zapico en Asturias, presentándose en coalición para el Senado con los comunistas: ¡hasta ahí podía llegar don Joaquín! Pero otros salieron más escaldados que él. El anterior jefe de Gobierno, Carlos Arias Navarro, no obtuvo plaza de senador, como tampoco obtuvieron la de diputados los ex ministros Cruz Martínez Esteruelas y Gonzalo Fernández de la Mora. También se quedó sin escaño, lo mismo que Ruiz Jiménez, el ilustre político don José María Gil Robles, gran parlamentario de la República y el líder natural de la derecha española durante aquel convulso período. Gil Robles representaba en España la posibilidad de una derecha liberal, sólida y seria, de sello democristiano, aunque más vigoroso que el democristianismo monjil y «progresero» de Ruiz Jiménez. Por desgracia, la vía liberal de Gil Robles se ha extinguido, y a causa de ello a las personas conservadoras no les queda otro remedio que votar a un partido de centro-izquierda, como el actual PP, o quedarse en casa, que tal vez sea lo mejor.

En Asturias el resultado fue como sigue: el PSOE fue el partido más votado, con cuatro escaños, seguido de UCD, con otros cuatro escaños, AP y PCE, con uno cada uno, y el PSP (a quien «El País» le vaticinaba un escaño) se quedó con las manos vacías, pues el diputado que esperaban tener fue para UCD: a fin de cuentas el cambio no revestía gravedad, ya que se trataba prácticamente de la misma clientela, gentes de clase media acomodada y medianamente ilustradas y progresistas. UCD, con su simulacro de partidos liberales, socialdemócratas y democristianos (las tres fuerzas que construyeron la Unión Europea, se decía en la campaña electoral del Senado Democrático en Madrid, candidatura que evidentemente nada tenía que ver con UCD), barrió a los liberales y democristianos de verdad, escasísimos y muy mal organizados y dirigidos. Socialdemócratas no había, porque a los del PSOE les daba vergüenza reconocerse de ese modo. En cuanto al PSP, no tardaría en integrarse en el PSOE, para que con el «oro de Willy Brandt» se hicieran cargo de las facturas impagadas y dieran oportunidad a algunos de sus miembros de ser «cuadros», ya que el PSE era «un partido de cuadros».

En cuanto al Senado, salieron elegidos los tres candidatos del Senado democrático: el socialista Rafael Fernández, el comunista Wenceslao Roces y el tránsfuga democristiano Atanasio Corte Zapico (que mejoraría a Pío Cabanillas Gallas y a Francisco Fernández Ordóñez en transfuguismo y camaleonismo político, pero como era de provincias, no llamó tanto la atención) y Alonso Vega por UCD. Se conoce que los centristas votaban siguiendo el orden alfabético, razón por la que no resultó elegido Adolfo Barthe Aza o el otro centrista, que no recuerdo quién era. Alonso Vega era una excelentísima persona y un caballero discreto, afable y buen jurista. Toda aquella gente de UCD, salvo los pícaros inevitables en toda formación política que se precie, valía mucho más que la calderilla que no tardó en imponerse en las clases políticas españolas, pero qué se le va a hacer.

Por el PSOE salieron diputados el consabido Gómez Llorente; Honorio Díaz, excelente persona procedente del mundo agrario, inhabitual en el socialismo; el bancario gijonés Palacios, de aspecto tristísimo y algo ceniciento, y el gran luchador Emilio Barbón, que era el cuarto de la candidatura. Un mes antes nadie hubiera dado un duro por que Barbón saliera diputado: pero salió, y se lo merecía. Y fue una verdadera lástima que no saliera Horacio Fernández Inguanzo, «El Paisano», por el PC. Le hubiera compensado de una vida de lucha y sufrimientos. Tampoco sacaron escaño López Salinas, Sartorius ni Ramón Tamames, y Rafael Alberti lo consiguió por los pelos.

Los resultados, ya más fiables, publicados el día 17, fueron: UCD, 167 escaños; PSOE, 117; PCE y PSUC, 19; AP, 17; PSP-FPS, 6 y DC, 2. Los democristianos lo hicieron muy mal, se presentaron divididos y pagaron las consecuencias. El resto de los votos fue a parar a los nacionalistas todavía en ciernes, que aún no se manifestaban (porque no tenían poder suficiente) como el gran cáncer de esta democracia.

Los periódicos publicaban en primera página el titular de que aquello había sido el gran triunfo de la democracia. Y lo había sido, efectivamente, más que nada porque la extrema derecha había quedado en la cuneta, lo mismo que, en apariencia, los amigos de ETA, que predicaron la abstención.

Se mostró como presidente de las Cortes a Hernández Gil, y el Rey eligió a varios senadores de designación real, entre los que figuraba Camilo José Cela, demócrata de toda la vida. Antonio Buero Vallejo, dramaturgo sermoneador y pesadísimo, supo estar en su sitio al rechazar aquel cargo, alegando que no concebía que se pudiera ocupar un lugar en el Senado si no era por elección popular.

                             Ilustración de: Pablo García

FUENTE: José Ignacio Gracia Noriega

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